Ayer estaba sentado en un banco del parque con una vecina, Carmen, y ella no podía contener las lágrimas. Decía que le parecía una pena acabar en una residencia de mayores, que es como rendirse voluntariamente. Y todo por unas palabras que le dijo su hija.
Carmen crió a su hija, Marisol, completamente sola, sin marido. Se quedó viuda siendo muy joven y desde entonces tuvo que cargar ella sola con todo. Marisol creció mimada y caprichosa.
Desde pequeña, Marisol estaba acostumbrada a que su madre le resolviera la vida. Carmen le daba hasta el último céntimo, le compraba todo lo que se le antojaba, la vestía como a una muñeca. Para consentirla y poder vivir, su madre trabajaba sin descanso, a veces hacía turnos dobles en la fábrica. En esos tiempos, al menos, no tenía que preocuparse por la vivienda. La fábrica le asignó un piso. Pero esos tiempos ya pasaron. Ahora, en Madrid, nadie regala un piso; hay que ahorrar cada euro y luchar por una vivienda propia.
Marisol creció, fue a la universidad y se casó.
Los padres de su marido tienen una casa grande en las afueras, en una urbanización cerca de Alcalá de Henares, pero no quieren vivir ahí.
Carmen tiene también su propio piso, pero no se entiende con el yerno. Claro, tampoco es fácil para los jóvenes vivir con suegros; cada uno tiene sus costumbres y sus manías. ¿Para qué estar molestándose unos a otros?
Hoy en día, cualquiera puede pedir una hipoteca. Lo importante es ahorrar para la entrada y luego ir pagando poco a poco. Es mucho más sensato que ir de alquiler por casas ajenas.
Antes los pisos te los daba la empresa, pero eso ya es historia. Ahora hay que sudar cada euro para conseguir un techo propio, por complicado que sea.
Marisol y su esposo tienen buenos trabajos y no les va mal. Tienen amigos que ya se han comprado un piso de esta forma en barrios como Vallecas o Carabanchel.
Pero nada, que ellos no pueden ahorrar. Primero vino un embarazo, luego el segundo. Gasta un dineral en pañales y leche en polvo. Ahora ya nadie quiere pasar trabajo lavando pañales o haciendo purés de verduras.
Todo viene envasado; echas el polvo, añades agua y ya está el biberón. Un pañal, lo usas y lo tiras. Otro nuevo, y así siempre limpio y seco. Así es la vida moderna.
¿Para qué tenían tanta prisa con los niños?
Podrían haberse establecido primero, comprar un piso y ya tendrían tiempo de tener hijos después. Pero no, uno tras otro.
Marisol quiere tener más hijos, tanto ella como su marido son hijos únicos.
Quizá no sea tan mala idea. Los hermanos luego se ayudan y de mayores apoyan también a los padres. Así no crecen tan consentidos.
En fin, tener hijos es una alegría. Pero, sinceramente, parece que muchos padres consiguen luego desentenderse. Y no es una solución.
Yo no lo comprendo. Si no tienes piso propio, ¿por qué no ajustar el cinturón y ahorrar aunque fuera con el mismo abrigo durante tres inviernos? Así hacíamos antes. Pero los jóvenes de ahora son distintos. Quieren de todo inmediatamente. No saben ahorrar pensando en el futuro.
Se han acostumbrado a comer fuera, a comprar chucherías y golosinas a los niños, que no hacen otra cosa que gastar el sueldo. La casa parece un bazar de juguetes. Antes nos apañábamos con dos coches y un par de muñecas, ahora salen colecciones nuevas todos los días.
Y los padres, a comprarlas.
Además, Marisol, como muchos de su generación, es muy de marcas: maquillajes especiales, ropa cara. Nunca viven resignados a lo que pueden. ¿Para qué comprar tantas cosas si ni tiempo le da de usarlas? Luego pasa la moda y ya necesita otro jersey o una chaqueta nueva. Lo viejo lo da o lo tira. Y ese dinero
Cada verano, se van de vacaciones a la Costa del Sol o a las Baleares. “Los niños tienen que disfrutar del mar”, dicen. Y ellos necesitan descansar de tanto trabajo.
No está mal viajar. Pero, ¿por qué no irse al pueblo, a la sierra, y ahorrar algo más?
Con el dinero de las vacaciones, podrían haber pagado ya gran parte de la entrada de un piso, uno pequeño, pero suyo. Pero así andan, de aquí para allá, gastando y sin un techo propio.
Y ayer, mientras Carmen lloraba, me contaba que Marisol la había visitado. Salió el tema del piso de nuevo. Marisol le dijo que ya no necesitaban comprar; están bien en alquiler, disfrutan, comen lo que les apetece y se visten estupendamente. Que cuando llegue el momento, heredarán el piso, ya que tanto ella como su marido son hijos únicos.
Carmen se sintió dolida. Le dio la impresión de que solo esperan a que ella fallezca para quedarse con el piso. Marisol luego pidió perdón, diciendo que no era eso, que ya era suyo de todas formas.
Yo entiendo que, en el fondo, la hija no lo decía con maldad y tiene parte de razón, pero sabe Dios que queda un sabor amargo. Ahora, cuando Marisol la llama para preguntarle qué tal está, Carmen piensa que igual está esperando que haga las maletas y se mude a una residencia o que sencillamente se muera.
He visto que los tiempos han cambiado y los jóvenes siguen su propio camino. Yo, como hombre de otra generación, aprendo a comprender que no todo será como fue para nosotros: cada uno elige su felicidad y su modo de vivir, aunque cueste entenderlo. Hoy me queda claro que debo aprender a aceptar los cambios y disfrutar de lo vivido, sin esperar que la vida de los demás siga mis pasos.






