**Y para qué miró hacia atrás? Hubiera seguido de largo…**
Cuando tomamos una decisión, nos convencemos de que es la correcta, buscamos justificaciones. Al principio, las dudas nos atormentan, tememos el boomerang de la vida, la retribución por nuestros actos. Pero no pasa nada, nos calmamos, nos reafirmamos en nuestra elección y seguimos adelante, evitando recordar, evitar pensar.
Hasta que un día, el boomerang regresa. O tal vez es el remordimiento tardío…
Se conocieron a principios de los dos mil. Víctor se acercó a la parada del autobús y esperó. Cerca de él, una chica, común como cualquier otra, pero su corazón dio un vuelco. *«Ahora llegará el autobús, se irá, y no la volveré a ver»*. Incluso miró hacia atrás. Un autobús se acercaba. El corazón le latía con fuerza, urgente. Y Víctor se dirigió a ella.
—Hola. ¿Qué autobús esperas?
La chica lo miró, tratando de reconocerlo. Él, en cambio, clavó sus ojos en los de ella y supo que jamás podría olvidarlos.
—Me llamo Víctor. ¿No esperas el 204?
—No —sonrió al fin—. El 30.
Víctor respiró aliviado. Aún quedaba tiempo.
—¿Vives en el barrio Sur? —preguntó.
—No, voy a casa de mi abuela.
—¿Tienes prisa? —inquirió, resignado.
—No mucha, ¿por? —Ella lo miraba con curiosidad.
—¿Caminamos juntos hasta la siguiente parada?
La chica dudó un instante, pero asintió con una sonrisa.
El corazón de Víctor palpito con emoción. Caminaron juntos hasta la siguiente parada, luego otra más… Hasta llegar al barrio donde vivía la abuela de Lucía, sin sentir el cansancio, sin notar el tiempo.
Cuando Lucía se detuvo frente a la casa, ambos ya sabían mucho del otro, como si se conocieran de toda la vida. Antes de despedirse, intercambiaron números y direcciones. Ninguno dudó de que había encontrado su destino.
Un año vivieron de encuentro en encuentro hasta casarse. Primero, en casa de la abuela de Lucía, pero al terminar sus estudios, con diplomas y trabajos, pidieron una hipoteca y compraron un piso. De dos habitaciones, pensando en el futuro.
Cuando Lucía anunció que esperaban un hijo, el corazón de Víctor dio otro vuelco, igual que el día que la conoció, como si le dijera: *«¿Qué haces ahí parado, papá?»*. Y Víctor sonrió feliz. ¡Sería padre! Algo inesperado, maravilloso, y también una gran responsabilidad.
La vida cambió radicalmente. Solo hablaban del niño, de cómo sería, qué nombre ponerle, dónde colocar la cuna, qué coche de bebé elegir… Víctor incluso detenía a madres en la calle para preguntar sobre cochecitos. Ellas, entusiasmadas, daban consejos hasta sobre la alimentación y la dentición.
Los amigos, con hijos ya, les ofrecían ropa de sus pequeños. Los jóvenes aceleraban el tiempo, ansiosos por conocer a su primogénito. Finalmente, nació un precioso niño de ojos azules. Para cuando Lucía salió del hospital, todo estaba listo: cuna nueva, ropita ordenada en el armario, pañales y un coche moderno esperando en el pasillo.
El día llegó. Víctor, lleno de amor y esperanza, entró al piso con el pequeño bulto en brazos. La casa se llenó de risas, llantos y familiares emocionados.
Pero en la primera revisión médica, Lucía vio la expresión tensa del pediatra.
—¿Pasa algo?
El médico no respondió. Más pruebas. Luego, el diagnóstico. Lucía lloró. Víctor apretó la mandíbula, intentando calmarla. No lo creían. No podía ser verdad. Eran jóvenes, sanos, ¿cómo era posible?
—Parto prolongado, trauma… —explicó el médico, cansado.
Vinieron días de desesperación. La madre de Víctor sugirió internar al niño, deshacerse de la carga. Podrían tener más hijos.
Víctor no pudo mirar a Lucía, pero dijo firme:
—No abandonaremos a Marcos.
El niño creció, les sonreía, parecía normal. Hasta que llegó el momento de caminar. Y no lo hizo. Las piernas débiles lo traicionaban. Los médicos no dieron esperanza: silla de ruedas, quizá de por vida.
Lucía dejó el trabajo. Ella y sus padres vendieron sus pisos y compraron una casa adaptada para Marcos. Cada euro de Víctor iba a la hipoteca y tratamientos.
Un domingo, Lucía pidió:
—¿Puedes pasear con Marcos? Yo limpiaré.
—Prefiero limpiar —dijo Víctor—. No soporto ver a los otros niños corriendo… Las miradas de la gente.
Fue la primera señal. Después, vinieron más.
Hasta que un día, Lucía propuso vender el piso, comprar una casa con rampas.
—Será mejor para Marcos.
—Sí —aceptó Víctor, evitando su mirada—. Pero no cambiará nada. No puedo más.
Lucía lo dejó ir, sin lágrimas, aunque sus ojos brillaban de pánico.
***
Pasaron diecisiete años.
Víctor entró en una tienda, buscando un regalo para su padre. No encontró nada. Al salir, vio a una mujer de traje verde, figura elegante. La siguió, admirándola, hasta que ella se detuvo.
Cuando levantó la vista, él se paralizó. La reconoció al instante.
—Hola, Lucía.
Ella también lo reconoció. Su sonrisa fue cortés, no cálida como antes. Estaba hermosa, con el pelo hasta los hombros, un poco de peso que le sentaba bien.
—Hola, Víctor.
Pidieron café. Él no podía dejar de mirarla.
—Te ves increíble. ¿Casada?
—No. Estoy buscando zapatillas para Marcos.
—¿Camina? —preguntó con cuidado.
—Sí, aunque no como todos. Acaba de graduarse en la universidad, trabaja desde casa. Es programador. Tiene novia. Orgullosa de él.
—Me alegro.
—Costó mucho. Tuve que trabajar. Mis padres ayudaron.
—Eres increíble. Lo siento. Fui un cobarde.
—No importa. Ya te perdoné.
—¿Puedo verlo?
Lucía lo miró.
—No te lo prohibiré. Pero él no te perdonó.
Víctor bajó la cabeza.
—Si pudiera volver atrás…
—No —lo interrumpió—. Lo harías igual. Fue tu decisión.
El teléfono de Lucía sonó.
—Es Marcos. Debo irme.
—¿Te llevo?
—No, gracias.
Se fue. Víctor la vio alejarse, el corazón encogido.
Esa noche, en su piso de soltero, su perro lo recibió con alegría. Llamó a su hija.
—¿Vendrás a verme?
—No tengo tiempo, papá.
Colgó.
—A nadie le importo —murmuró al perro—. Solo a ti.
No pudo dormir. Las decisiones del pasado lo aplastaban.
*«Y para qué miró hacia atrás… Hubiera seguido de largo».*
Por primera vez, los celos le punzaron el corazón.







