He vuelto a fregar los platos. Es el tercer día que están en el fregadero, ni una taza limpia queda. Esperé, esperé ¿Qué hago ahora? Llego a casa del trabajo, hambriento, enfadado, agotado. Y primero toca limpiar todos los platos, o no hay dónde comer.
Y tampoco hay nada para comer. Encendí la tetera y puse la olla al fuego con agua. Al menos puedo hervir unas salchichas. O simplemente calentarlas. El hambre me consume. Jamás pensé que acabaría pasando por esto… Y qué sopas hacía Marina, qué maravilla su sopa de verduras. Ojalá tuviera ese caldo ahora
Y sus empanadas, y hojaldres con mil rellenos. Costillas, sus especialidades. Y el orden, la limpieza en la casa. Al llegar del trabajo, todo relucía. El aroma de la frescura por todos lados. Ahora
¿Cómo no me di cuenta antes? Creía que Marina no necesitaba nada más que lavandería y cocinar
Un día vi a Lucía. Guapísima, falda corta, tacones altos. Salía de una peluquería. Perfectamente arreglada, toda una diosa. En ese momento me pareció
Marina nunca iba a esos salones, no gastaba dinero en su pelo, no le gustaba teñirse. En las tiendas de moda, rara vez se paseaba. Aunque era delgada y atractiva, no disfrutaba de esas cosas de mujer. Siempre en vaqueros y zapatillas, salía al supermercado o se movía por la casa.
Me he enamorado de otra le dije a Marina al llegar a casa. Me voy con ella. No quiero engañarte.
Marina seguía montando nata para el pastel. Ni siquiera se giró. No vi las lágrimas que caían de sus ojos
Me cansé de ver junto a mí a una ama de casa, no a una mujer. Por eso me entregué tanto a Lucía. Y ahora soy yo quien friega, barre y limpia. A cocinar todavía no le he cogido el truco, y a veces sueño por las noches con las empanadas de Marina
Lucía tiene ahora uñas recién hechas, no puede ni tocar los platos. Está en el sofá hojeando una revista, o yendo a la peluquería a arreglarse el cabello. Por el suelo, vestidos esparcidos y ya me he tropezado varias veces con sus zapatos. No decide qué ponerse para el salón. Y el vaso en la puerta, ayer no lo recogió y sigue ahí.
¿Por qué cambié a mi esposa por una chica tan perezosa? Es para morirse. ¿Hago un poco de pasta? Tengo tanta hambre…
Aprendí demasiado tarde que el verdadero valor está en quien te cuida de corazón, no en la apariencia. Ahora entiendo que el amor y los pequeños gestos dan sentido al hogar y a la vida.




