¿Y este tarro, cariño, para qué es?
La niña ni siquiera alzó la vista.
Para comprar una tarta para el abuelo él nunca ha tenido una.
Lo dijo con una seriedad tan inesperadamente limpia y verdadera, que a su madre se le hizo un nudo en la garganta antes siquiera de comprender lo que acababa de escuchar.
Sobre la mesa reposaban apenas unas pocas monedas de euro, que la niña iba colocando una a una como si fueran tesoros recién llegados de alguna tierra soñada por Don Quijote.
No fue el dinero lo que conmovió a la madre
Fue el corazón de esa niña, que aún no entendía de precios, pero ya dominaba el arte de la gratitud.
El abuelo cumplía años dentro de siete amaneceres.
Hombre de manos endurecidas, callado, acostumbrado a dar y a mirar las golondrinas, sin pedir nunca nada.
Jamás quiso nada para sí.
Pero un día, casi riéndose con el atardecer sobre Madrid, suspiró:
Yo nunca he tenido una tarta solo para mí
Palabras pasajeros, sin peso para los mayores.
Pero para la niña se convirtieron en una búsqueda caballeresca.
Y desde entonces:
apartaba monedas en vez de gastarlas en cromos o chucherías;
no compraba galletas después del colegio en la plaza del pueblo;
vendió dos dibujos suyos a la vecina de enfrente;
y cada noche añadía otra moneda al tarro, que sonaba como campanas de esperanza en una catedral surreal.
Por fin, el domingo del cumpleaños amaneció con un aire encendido.
Sobre la mesa, una tarta sencilla del súper, con una vela torcida.
Una niña temblorosa de emoción, con el pelo despeinado por los sueños.
Y un abuelo, don Manuel, que se deshizo justo en ese instante.
No lloró por el sabor, ni por el tamaño, ni por el coste.
Lloró porque, por primera vez en su vida
alguien le había tenido en cuenta
con un amor tan pequeño por fuera
y tan inmenso por dentro.
Porque a veces el gesto más colosal
cabe en la hucha más humilde.
Y a veces, el cariño más verdadero brota de quien menos posee
pero más siente.







