¡Y cómo puede la tierra soportar a madres así! Envió a su hijo de 4 años a un hogar infantil porque …

¡Ay, cómo puede haber madres así en el mundo! Abandonó a su hijo en un orfanato porque no quería ocuparse de su tratamiento, y el niño solo tenía cuatro años.

Tengo una amiga muy cercana que se llama Carmen. Nuestra amistad dura ya más de treinta años. Siempre ha sido una persona ejemplar, y estoy seguro de que habría sido una madre maravillosa, pero a ella y a su marido nunca les llegaron los hijos. No fue cosa de ellos, simplemente la vida no lo quiso, pero el amor entre ambos era tan fuerte que jamás permitió que algo así rompiera su matrimonio.

Por mi parte, tengo dos hijas. Carmen, como es la más querida de mis amigas y vive apenas a unas calles de distancia, fue la madrina de ambas, algo natural. No puedo olvidar las veces que jugaba con mis niñas, o cuando le pedía que se quedara con ellas y lo hacía encantada. Más de una vez acabamos las dos llorando en la cocina, porque ella no podía experimentar esa felicidad de tener a un hijo propio.

Un día, sin embargo, recibí una llamada de unos familiares suyos. Resulta que una prima lejana por parte de su padre, en un pueblo de Castilla, había decidido dejar a su hijo en un centro de menores. Al parecer, los médicos le habían dado un diagnóstico muy complicado, y la familia decía que no había dinero para costear el tratamiento. Su madre, de esas que solo piensan en sus propios intereses y no se atan a nada, no quiso cargar con ese peso.

Carmen fue la primera en contarme la noticia. Me confesó que sentía, en el fondo, que tenía que conocer a ese niño. Cuando finalmente fue a ver al pequeño y le miró esos ojos tristes, lo supo al instante: no podría dejarlo ahí. Su marido tampoco dudó en apoyarla.

La vida no fue fácil para ellos tres. Más de un año entre rehabilitaciones y consultas de especialistas. Finalmente, el diagnóstico fue autismo. Pero Carmen y su marido lucharon contra viento y marea, y consiguieron que el niño saliera adelante.

Hoy nadie lo creería, pero ahora JUAN tiene veinticuatro años, es un joven como cualquier otro, ha terminado la universidad y hasta ha conseguido algunas medallas en competiciones deportivas.

Ayer regresaba de su boda, y no pude evitar emocionarme. La vida a veces no da lo que uno espera, pero sí ofrece segundas oportunidades. Aprendí que el verdadero amor y la constancia pueden transformar cualquier destino.

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