Y aún hoy, a veces me despierto en mitad de la noche y me pregunto cuándo consiguió mi padre arrebatarnos absolutamente todo. Tenía quince años cuando ocurrió. Vivíamos en una casa pequeña pero arreglada: con muebles, el frigorífico lleno los días que íbamos a la compra y las facturas, casi siempre, pagadas a tiempo. Estaba en cuarto de la ESO y mi única preocupación era aprobar matemáticas y ahorrar para unas zapatillas que me encantaban. Todo empezó a cambiar cuando mi padre comenzó a llegar cada vez más tarde. Entraba sin saludar, lanzaba las llaves sobre la mesa y se encerraba en la habitación con el móvil en la mano. Mi madre le decía: —¿Otra vez tarde? ¿Crees que esta casa se mantiene sola? Y él contestaba, seco: —Déjame, estoy cansado. Yo escuchaba todo desde mi cuarto, con los cascos puestos, haciendo como si nada pasara. Una noche le vi hablando por teléfono en el patio. Se reía en voz baja, decía cosas como “ya casi está” y “tranquilo, yo me encargo”. Cuando me vio, colgó de inmediato. Sentí un nudo raro en el estómago, pero no dije nada. El día que se fue era viernes. Volví del instituto y vi la maleta abierta sobre la cama. Mi madre estaba en la puerta del dormitorio, con los ojos rojos. Pregunté: —¿Dónde va? Ni siquiera me miró y respondió: —Me iré un tiempo. Mi madre gritó: —¿Un tiempo con quién? ¡Dime la verdad! Entonces él explotó y dijo: —Me voy con otra mujer. Estoy harto de esta vida. Me eché a llorar y pregunté: —¿Y yo? ¿Y mi instituto? ¿Y la casa? Solo respondió: —Saldréis adelante. Cerró la maleta, cogió los papeles que guardaba en el cajón, tomó su cartera y se fue, sin despedirse. Aquella noche mi madre intentó sacar dinero del cajero, pero la tarjeta estaba bloqueada. Al día siguiente, en el banco, le dijeron que la cuenta estaba vacía. Él había retirado todo el dinero que habían ahorrado juntos. Además, descubrimos que había dejado dos meses de facturas sin pagar y que, sin avisar, había pedido un préstamo poniendo a mi madre como avalista. Recuerdo a mi madre sentada a la mesa, revisando recibos con una calculadora vieja, llorando y repitiendo: —No llega para nada… no llega… Intentaba ayudarle a juntar los papeles de las facturas, pero ni siquiera entendía la mitad de lo que pasaba. Una semana después nos cortaron el internet, y poco después casi nos quedamos sin luz. Mi madre comenzó a buscar trabajo – limpiando casas. Yo empecé a vender golosinas en el instituto. Me avergonzaba quedarme en el recreo con la bolsa de chuches, pero lo hacía porque en casa no llegaba ni para lo básico. Hubo un día que abrí la nevera y solo había una jarra de agua y medio tomate. Me senté en la cocina y lloré sola. Esa noche cenamos arroz blanco, sin nada más. Mi madre me pedía perdón por no poder darme lo que antes me daba. Mucho tiempo después vi en Facebook una foto de mi padre con aquella mujer en un restaurante – brindando con vino. Me temblaban las manos. Le escribí: “Papá, necesito dinero para material escolar.” Me respondió: “No puedo mantener a dos familias.” Fue nuestra última conversación. Nunca más volvió a llamar. No preguntó si terminé los estudios, si estaba enferma, si necesitaba algo. Simplemente desapareció. Hoy trabajo, pago mis cosas y ayudo a mi madre. Pero esa herida sigue abierta. No solo por el dinero, sino por el abandono, la frialdad, por la forma en que nos dejó hundidas y siguió su vida como si nunca hubiéramos existido. Y aún así, muchas noches me despierto con la misma pregunta, atrapada en el pecho: ¿Cómo se sobrevive cuando tu propio padre te lo quita todo y te deja aprendiendo a sobrevivir mientras aún eres un niño?

Todavía hay noches en las que me despierto sobresaltada, preguntándome en qué instante mi padre consiguió quitárnoslo todo.

Tenía quince años y vivíamos en una casita acogedora, con muebles pulidos y un frigorífico lleno los días de compra, mientras las facturas solían estar pagadas a tiempo. Cursaba cuarto de la ESO y lo único que realmente me preocupaba era aprobar las matemáticas y ahorrar euros para unas zapatillas deportivas que me obsesionaban.

Parecía que un viento extraño soplaba por la casa la primera vez que mi padre empezó a llegar tarde. Aparecía, sin saludar, lanzaba las llaves sobre la mesa y se encerraba en su dormitorio con el móvil en la mano. Mi madre, desde la cocina, decía:

¿Otra vez tarde? ¿Crees que esta casa va a sostenerse sola?

Él apenas respondía, gruñendo:

Déjame en paz, estoy agotado.

Yo escuchaba todo tras la puerta de mi habitación, con los auriculares puestos, fingiendo que todo formaba parte de algún lejano sueño.

Recuerdo una tarde de otoño, en el patio, espiando a mi padre hablar por teléfono, riéndose quedamente, diciendo frases como ya casi está y no te preocupes, lo soluciono yo. Cuando se dio cuenta de mi presencia, cerró la llamada como si temiera que yo portara algún secreto.

El día que se marchó era viernes, ese color de los viernes en Madrid o quizá en algún otro rincón donde la realidad parece doblarse. Al volver del instituto, encontré la maleta abierta sobre la cama. Mi madre, con los ojos enrojecidos, estaba apoyada en el marco de la puerta. Pregunté:

¿A dónde va papá?

Sin mirarme ni una vez, dijo:

Me voy, estaré fuera un tiempo.

Mi madre gritó:

¿Fuera un tiempo con quién? ¡Dime la verdad!

En aquel instante, él estalló, como si la casa se llenara de cristales rotos:

Me marcho con otra mujer. ¡Estoy harto de esta vida!

Me desmoroné y pregunté:

¿Y yo? ¿El instituto, la casa?

Solo respondió:

Os apañaréis.

Cerró la maleta, recogió unos papeles del cajón, cogió su cartera y se fue, sin decir adiós ni una sola palabra. Parecía el final de algún extraño espectáculo.

Aquel mismo atardecer mi madre intentó sacar dinero en el cajero, pero la tarjeta fue rechazada, como si el cosmos hubiera decidido bloquearlo todo. Al día siguiente, en el banco, le dijeron que la cuenta se hallaba vacía: él la había vaciado, llevando consigo cada euro ahorrado. Además, descubrimos que había dejado dos meses de facturas sin pagar y que había solicitado un préstamo con mi madre como aval, todo a escondidas.

Recuerdo verla sentada ante la mesa de la cocina, sumando números con una vieja calculadora, llorando mientras murmuraba:

No alcanza no alcanza para nada…

Intenté ayudarla con las cuentas, aunque ni siquiera entendía el idioma de las facturas que parecían recitarse como una letanía.

En menos de una semana nos cortaron el internet y, poco después, casi la luz. Mi madre comenzó a buscar trabajo limpiando casas en barrios y pisos de desconocidos, mientras yo vendía caramelos y chocolatinas en los pasillos del instituto. Me avergonzaba en los recreos con mi bolsa, pero de algún modo era como estar viviendo en un sueño donde nada tenía sentido lógico y los días se repetían sin esperanza.

Hubo una jornada en la que abrí el frigorífico y solo encontré una jarra de agua y medio tomate. Me senté sola en la cocina, llorando como si el corazón se desdoblara en miles de fragmentos. Aquella noche cenamos arroz blanco, sin más, y mi madre me pedía perdón, como si yo pudiera entender el dolor de perderlo todo.

Mucho después vi en Facebook una foto de mi padre y la otra mujer, brindando con copas de vino en un restaurante iluminado con una luz irreal. Las manos me temblaban cuando le escribí:

Papá, necesito dinero para material escolar.

Él respondió:

No puedo mantener a dos familias.

Ese fue el último diálogo que tuvimos: tan lejano y frío como si hubiese ocurrido bajo la sombra de un olivo antiguo.

Nunca más llamó. No preguntó si terminé el bachillerato, si enfermaba, si necesitaba algo. Simplemente desapareció entre callejuelas y silencios como si se hubiera disuelto en algún sueño extraño.

Ahora trabajo, pago mis cosas solita, ayudo a mi madre, pero la herida sigue abierta y sangrando, no solo por el dinero ni la pérdida, sino por el abandono y la indiferencia, por la forma en que nos dejó hundidas y levantó otro mundo lejos, como si nunca hubiésemos existido.

Y, aun así, muchas noches me despierto, con el pecho apretado y la misma pregunta flotando como una bicicleta voladora sobre los tejados:

¿Cómo se sobrevive cuando tu propio padre se lleva todo y te obliga a aprender a sobrevivir, justo en el momento en que todavía eres una niña?

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MagistrUm
Y aún hoy, a veces me despierto en mitad de la noche y me pregunto cuándo consiguió mi padre arrebatarnos absolutamente todo. Tenía quince años cuando ocurrió. Vivíamos en una casa pequeña pero arreglada: con muebles, el frigorífico lleno los días que íbamos a la compra y las facturas, casi siempre, pagadas a tiempo. Estaba en cuarto de la ESO y mi única preocupación era aprobar matemáticas y ahorrar para unas zapatillas que me encantaban. Todo empezó a cambiar cuando mi padre comenzó a llegar cada vez más tarde. Entraba sin saludar, lanzaba las llaves sobre la mesa y se encerraba en la habitación con el móvil en la mano. Mi madre le decía: —¿Otra vez tarde? ¿Crees que esta casa se mantiene sola? Y él contestaba, seco: —Déjame, estoy cansado. Yo escuchaba todo desde mi cuarto, con los cascos puestos, haciendo como si nada pasara. Una noche le vi hablando por teléfono en el patio. Se reía en voz baja, decía cosas como “ya casi está” y “tranquilo, yo me encargo”. Cuando me vio, colgó de inmediato. Sentí un nudo raro en el estómago, pero no dije nada. El día que se fue era viernes. Volví del instituto y vi la maleta abierta sobre la cama. Mi madre estaba en la puerta del dormitorio, con los ojos rojos. Pregunté: —¿Dónde va? Ni siquiera me miró y respondió: —Me iré un tiempo. Mi madre gritó: —¿Un tiempo con quién? ¡Dime la verdad! Entonces él explotó y dijo: —Me voy con otra mujer. Estoy harto de esta vida. Me eché a llorar y pregunté: —¿Y yo? ¿Y mi instituto? ¿Y la casa? Solo respondió: —Saldréis adelante. Cerró la maleta, cogió los papeles que guardaba en el cajón, tomó su cartera y se fue, sin despedirse. Aquella noche mi madre intentó sacar dinero del cajero, pero la tarjeta estaba bloqueada. Al día siguiente, en el banco, le dijeron que la cuenta estaba vacía. Él había retirado todo el dinero que habían ahorrado juntos. Además, descubrimos que había dejado dos meses de facturas sin pagar y que, sin avisar, había pedido un préstamo poniendo a mi madre como avalista. Recuerdo a mi madre sentada a la mesa, revisando recibos con una calculadora vieja, llorando y repitiendo: —No llega para nada… no llega… Intentaba ayudarle a juntar los papeles de las facturas, pero ni siquiera entendía la mitad de lo que pasaba. Una semana después nos cortaron el internet, y poco después casi nos quedamos sin luz. Mi madre comenzó a buscar trabajo – limpiando casas. Yo empecé a vender golosinas en el instituto. Me avergonzaba quedarme en el recreo con la bolsa de chuches, pero lo hacía porque en casa no llegaba ni para lo básico. Hubo un día que abrí la nevera y solo había una jarra de agua y medio tomate. Me senté en la cocina y lloré sola. Esa noche cenamos arroz blanco, sin nada más. Mi madre me pedía perdón por no poder darme lo que antes me daba. Mucho tiempo después vi en Facebook una foto de mi padre con aquella mujer en un restaurante – brindando con vino. Me temblaban las manos. Le escribí: “Papá, necesito dinero para material escolar.” Me respondió: “No puedo mantener a dos familias.” Fue nuestra última conversación. Nunca más volvió a llamar. No preguntó si terminé los estudios, si estaba enferma, si necesitaba algo. Simplemente desapareció. Hoy trabajo, pago mis cosas y ayudo a mi madre. Pero esa herida sigue abierta. No solo por el dinero, sino por el abandono, la frialdad, por la forma en que nos dejó hundidas y siguió su vida como si nunca hubiéramos existido. Y aún así, muchas noches me despierto con la misma pregunta, atrapada en el pecho: ¿Cómo se sobrevive cuando tu propio padre te lo quita todo y te deja aprendiendo a sobrevivir mientras aún eres un niño?