Y además comprendió que su suegra no era tan mala mujer como había pensado todos estos años La maña…

Y además, comprendí que mi suegra no era tan mala mujer como pensé durante tantos años.

La mañana del treinta de diciembre no fue diferente a las de otros inviernos pasados, desde hace doce años, justo los que Magdalena y Mateo llevaban juntos. Todo transcurría igual que siempre: él se marchaba al amanecer a cazar y regresaría, como de costumbre, justo al mediodía del treinta y uno; el hijo estaba con la abuela, y Magdalena de nuevo se encontraba sola en casa.

Durante todos aquellos años, ya se había acostumbrado: Mateo era aficionado a la caza y la pesca, pasaba todos los fines de semana y festividades en el monte, sin importar la lluvia ni el frío, y ella aguardaba pacientemente en el hogar. Pero, aquel día, le invadía una tristeza y una soledad distintas.

Antes, Magdalena aprovechaba esos días para limpiar, cocinar, o hacer cualquier tarea doméstica. El Año Nuevo siempre lo celebraban en casa de la suegra, así llevaban los doce años de matrimonio: nada cambiaba. Sin embargo, esa vez, nada le salía bien y las ganas le habían abandonado del todo.

Por eso, la llamada de su amiga fue una alegría inesperada. Su mejor amiga desde la infancia, Teresa, siempre optimista pese a su divorcio, era famosa por sus reuniones animadas en su casa. Como en otras ocasiones, no tardó en llamarla:
Ya estás otra vez sola en casa, ¿verdad? ¿Mateo se ha ido a sus montes? Vente esta noche, va a venir gente estupenda, ¿qué ganamos con quedarnos en casa amargadas?

Magdalena no prometió nada ni pensaba salir, pero al caer la tarde la melancolía era aún mayor. Comenzó a recordar su vida y, no sabía por qué, ese día la hería especialmente la ausencia de su marido.

Durante todos aquellos años, su vida había sido trabajo, casa y el hijo, nada más. Nunca salían, Mateo se aburría en reuniones y sólo vivía para la pesca y la caza. Magdalena, por su parte, no era capaz de ir sola a ningún lado. Por eso, tampoco fueron nunca de vacaciones: las pasaban siempre en el pueblo, con la madre de Magdalena. Ella agradecía la buena relación entre ellos, pero secretamente anhelaba ir al mar, descubrir otros lugares y conocer mundo.

Esa noche, pensó: ¿y si voy con Teresa, así al menos no estaré sola? Así que fue, y en aquella reunión, rodeada de amigos de toda la vida, se lo pasó en grande.

Y, el destino quiso que allí estuviera Gabriel, su primer amor del colegio. Sin buscarlo, acabaron pasando la noche juntos. Magdalena no comprendía cómo había sucedido aquello, quizá sólo tomó una copa, pero la avalancha de recuerdos le nubló el juicio.

La mañana siguiente fue dura: sentía vergüenza y arrepentimiento, y deseaba que todo aquello no hubiera pasado. Salió apresurada del piso de Gabriel, sin saber dónde meterse.

Al llegar a casa, le esperaba una sorpresa: nada más entrar, vio la chaqueta de Mateo. Había regresado antes de lo habitual. Aquello le heló la sangre; si su marido descubría que no durmió en casa, imaginaba el escándalo y su ruptura. Estaba convencida de que nunca lo perdonaría; ni siquiera ella misma podía hacerlo.

La culpa la destrozaba: cómo pudo ser tan tonta al destruir su propia familia, si en realidad quería a su marido. Y entonces, sonó el teléfono. Era la suegra, Carmen:
No sé qué habrá pasado entre vosotros, pero anoche llamó Mateo porque no conseguía localizarte. Le dije que estabas con la tía Pilar, que se había puesto mala y te quedaste a cuidarla… No me falles.

De la suegra, Magdalena nunca habría esperado ayuda así. La relación entre ambas siempre había sido peculiar; nunca discutieron, pero Carmen jamás ocultó que la boda no le hizo gracia: creía que era demasiado pronto. Los primeros años vivieron juntas y aquello fue difícil para Magdalena. Cuando por fin se mudaron, la relación se enfrió y apenas se veían salvo en celebraciones familiares. Y aún así, Magdalena le estaba agradecida como nunca: que su marido ignorase la verdad era lo importante.

Esa tarde, fueron juntos a casa de la suegra, y Magdalena aprovechó para hablarle de lo sucedido cuando estuvieron solas en la cocina, entre platos y cacerolas. Quería agradecerle y, de paso, confesarse. Pero Carmen ni siquiera la dejó terminar:
Mujer, ¿acaso crees que no entiendo? Sé bien lo que es vivir con alguien que solo piensa en sus aficiones. Tu suegro, Alfonso, tampoco deja el campo ni a sol ni a sombra, ¿crees que no duele? Lo importante es que no se convierta en costumbre, eso es lo que cuenta añadió, con una sonrisa cansada.

Magdalena lo comprendió todo. Y también entendió que su suegra no era esa bruja que durante años pensó; la vida la había hecho sabia y comprensiva.

Aquella historia, al final, tuvo buen desenlace. Y Magdalena recordó su decisión: nunca más, bajo ningún concepto, saldría de casa sin su marido.

Extraído de viejos relatos.

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MagistrUm
Y además comprendió que su suegra no era tan mala mujer como había pensado todos estos años La maña…