¿Pero quién te va a querer a ti, Clotilde, sin dientes ni árbol genealógico ni futuro? gritó Pablo, escupió en el suelo y se marchó dejando un aroma a colonia barata y decepción.
Ella se acercó corriendo a la ventana, mirando cómo se alejaba ese señor con el que compartió quince años de convivencia. Ella pensaba que aquello era vivir hasta que la muerte nos separe. Pero en el último momento Pablo le puso los puntos sobre las íes: solo estaba ahí porque era cómodo.
Clotilde tenía un piso de los buenos, cocinaba de maravilla y era la reina de la lencería, todo lo daba por él. Pensó por un momento en abrir la ventana y gritarle que no la abandonara, que ella todavía servía para mucho, aunque fuera solo para preparar tortillas y ordenar los tuppers del frigorífico.
Incluso estaba dispuesta a humillarse con tal de no quedarse sola. Que viviera con ella, aunque estuviera desaparecido días enteros, paseando por la Gran Vía con otra Todo era mejor que quedarse plantada, recién cumplidos los cuarenta y cinco, como una maceta en el balcón.
Ya iba a abrir la ventana, pero de pronto miró el retrato de su padre vestido de uniforme militar mirando el objetivo con esa dignidad que tienen los que nunca se dejan pisar. Y de golpe, Clotilde se avergonzó de sus flaquezas y se tragó el grito de socorro.
Luego les echó un último vistazo: su elegante marido subiendo a un coche reluciente con todas sus corbatas perfectamente dobladas junto a las maletas.
Fue a la cocina pasando por el pasillo. Allí estaba el tocador antiguo, herencia de la abuela. El espejo le devolvía la imagen de una mujer volumétrica, agotada, con el pelo tirando a gris y los ojos caídos. Clotilde sabía que nunca fue belleza de revista. Para colmo, la salud estaba hecha una ruina, dientes a punto de dimitir y dinero para el dentista, ni verlo: que Pablo quería un coche de más caballos y un armario lleno de camisas de marca.
¡Anda, Cloti, que tu Pablo va vestido como Antonio Banderas y tú con ese jersey estirado y falda que ni en Atapuerca! En vez de botas llevas zapatillas y el abrigo es un fósil. Te exige menú de restaurante: hoy quiere solomillo, mañana albóndigas, luego crêpes rellenas. ¡Que se vaya al carajo! Hay que plantarse ante los hombres, colega le decía su amiga Lucía en el trabajo.
Pero Clotilde era de otro rollo y seguía a lo suyo. Hasta que Pablo, muy digno él, anunció que se marchaba con una chiquilla de veintisiete años y cuatro niños.
Es que es joven, Lucía rezongaba Clotilde.
Pero Lucía no se andaba con medias tintas. Se metió en redes sociales, preguntó a los vecinos y se despachó a gusto:
¡Vamos, Cloti! La nueva ni apellido tiene. Te llama sin pedigrí a ti, que eres hija de buena familia, y ella nunca ha trabajado un día, todos los niños son de diferentes padres y, encima, en el octavo mes estaba de botellón perenne. Su madre, tres cuartos de lo mismo. De juventud mejor ni hablar. Los hombres a veces solo ven lo fácil y nada más pero una familia con eso ni de coña, ah. Aguanta, Cloti, ¡que tú vales mucho!
Clotilde aguantó. El piso de sus padres, grande y en pleno barrio Salamanca, estaba a su nombre porque papá ya olía la tostada y lo dejó bien escrito en el registro: Pablo nunca podría reclamar ni un centímetro de parquet. Así, Clotilde decidió alquilar una habitación para poder pagar algún capricho.
Por el barrio estaban construyendo unos edificios y apareció un ingeniero con barba, simpático, culto, llamado don Víctor Benavides. Miró mucho a Clotilde, y de repente le suelta:
¿Por qué no te adelanto el alquiler? Aprovecha y arréglate esa dentadura, que una señora tan guapa no debe sufrir así.
Clotilde se puso colorada y no sabía bien si era guapa, pero la idea de dientes nuevos no era despreciable.
Víctor le adelantó más dinero de lo pactado: Me lo devuelves cuando puedas, no hay prisa. Al poco, llegó el hermano de Víctor. Aquello era para echarse las manos a la cabeza: chaqueta canaria, pantalón violeta y un peinado imposible. Se presentó como Quirico, estilista de profesión.
El hombre tomó cariño a Clotilde y propuso renovar su imagen tras ver cómo agasajaba a los inquilinos con empanada y croquetas.
Y vaya si consiguió el cambio: pelo luminoso, maquillaje que resaltaba las facciones, sonrisa renovada y dientes en perfecta formación. Empezó a ir andando a la oficina, los kilos de más desaparecieron y todas las mañanas corría en El Retiro.
Una mujer nueva, con hoyuelos y sonrisa tierna. Como mariposa saliendo del capullo.
Un día, llamaron al timbre. Víctor fue a abrir y gritó:
¡Cloti, es para ti!
En la puerta, trastabillando con dos bolsas, se encontraba Pablo. Tan desmejorado que ni le reconocía. Un año había envejecido como quince: pálido, flaco y con gesto perdido. Ya de aquel brillo solo quedaba la sombra.
¿Y tú qué quieres? lo abordó Clotilde.
Recordaba cómo intentó llamarle los primeros meses y él, ni caso. Hasta la bloqueó. Pero ahí estaba ahora.
¡Pero cómo te has puesto! exclamó Pablo, sorprendido.
A Clotilde no le sirvió el halago. Solo recordaba sus noches de insomnio y lágrimas, el deseo de salir corriendo a la M-30 y olvidarse de todo.
Buah, Cloti ¡Qué calvario me ha dado esa lagarta! Solo quería mi pasta. Los críos, armando follón a todas horas, y educarles, ni por asomo. Se pega al móvil y no cocina. Solo compra empanadillas congeladas y, un día, me hizo sopa de sobre, ¡sopa! A mí. Ha lavado todas mis camisas juntas, se han desteñido Me he gastado todo en ellos y no me he comprado nada ni una vez. ¡Aquello era el manicomio, Cloti! Eres lo mejor que he tenido. ¿Te parece si lo intentamos otra vez, porfi? suplicó Pablo.
Pero ella solo escuchaba el eco de su desprecio:
¿Quién te va a querer a ti, Clotilde, sin dientes y sin nombre?
Clotilde observó al hombre derrotado ante sí. Entonces se abrió la puerta y salió don Víctor, muy serio:
Cloti, ¿necesitas ayuda? preguntó mirando a Pablo.
Pablo se inflamó ¿Y usted quién es?
Pues mi marido, don Víctor. No vuelvas a pisar esta casa contestó Clotilde, cerrando la puerta en sus narices mientras Pablo daba un respingo de sorpresa.
Se disculpó con Víctor por llamarle marido, pero él suspiró y soltó lo que llevaba tiempo guardando:
Me parece que ya va siendo hora de hablar claro, Cloti. ¡Estoy loco por ti! ¿Cómo pudo dejarte alguien como tú? ¿Quieres casarte conmigo? De verdad, como Dios manda.
Víctor era viudo, así que Clotilde aceptó. En dos meses se casaron. Su marido le llenaba la casa de rosas. Compraron una casita con jardín.
A veces, desde la esquina, el antiguo Pablo los observaba de reojo, machacándose por cambiar una mujer sensacional por un espejismo vacío.
Y así se quedó con una mano delante y otra detrás.
Mientras tanto, Clotilde y Víctor paseaban de la mano por la Plaza Mayor, tan felices y enamorados y ella, esperando un bebé.
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