—¿Y a dónde se va a ir ella? Mira, Víctor, entiende: una mujer es como un coche de alquiler. Mientras tú llenes el depósito y pagues las revisiones, va donde tú digas. Pero mi Olguita, yo la compré con todos los extras hace doce años. Yo pago, yo elijo la música. Y así, todo fácil, ¿lo pillas? Ni opinión propia ni dolores de cabeza. Es una seda, la mía. Sergio lo decía en voz alta, agitaba la brocheta sobre las brasas chisporroteantes. Lo decía tan convencido como si fuera ley. Víctor, el viejo amigo de la facultad, sólo resoplaba. Olguita, cuchillo en mano junto a la ventana, cortaba tomates para la ensalada. El zumo resbalaba y zumbaba en sus oídos la frase triunfal: “Yo pago, yo elijo la música”. Doce años. Doce en los que Olguita no fue sólo esposa, fue sombra, borrador y airbag de Sergio. Él, por supuesto, se creía genio de la abogacía, estrella del bufete. Ganaba casos difíciles, traía sobres repletos y los lanzaba en el recibidor como un campeón. Cuando Sergio caía rendido en la cama, Olguita sacaba en silencio del maletín los papeles que él llevaba días peinando y se ponía a corregir barbaridades, reescribir churros, buscar en bases legales enmiendas recientes que él, tan sobrado, ni veía. Por la mañana, como al pasar, decía: — Sergio, le he echado un ojo. Igual deberías mencionar el código de vivienda. Te dejé la marca. Él solía rechazar el comentario. — Siempre con tus consejitos de mujer. Bueno, ya miraré. Y por la noche volvía como un héroe, pero nunca, ni una sola vez en todos esos años, dijo: “Gracias, Olga. Sin ti, lo habría perdido”. Él creía que era su brillantez. Y Olguita, en fin, sólo estaba ahí, haciendo sopas. Aquella tarde en la casa del campo no discutió, no salió corriendo al porche, ni tiró la barbacoa. Cortó la ensalada, la aliñó con nata, la puso en la mesa. “¿Eliges la música?”, pensó observando a su marido devorar carne sin saborearla. “Pues oye, a escuchar silencio”. El lunes, Sergio daba vueltas por casa buscando su corbata de la suerte. — Olguita, ¿mi azul, la de la buena suerte? Que tengo reunión con el promotor. — En el armario, segunda balda —respondió ella desde el baño. El tono era tranquilo, demasiado tranquilo. Cuando la puerta se cerró tras él, Olguita no apuró el café ni encendió la tele. Abrió una vieja agenda. El número de Don Borja, su antiguo jefe y el de Sergio, llevaba veinte años igual. — ¿Don Borja? Soy Olga, la esposa de Sergio. No, él no sabe nada. Necesito hablar. ¿Buscan a alguien en el archivo? O alguien que sepa poner orden en los líos imposibles… Silencio al teléfono. Don Borja recordaba a Olga; sus trabajos brillantes y la capacidad de ver el grano entre la paja. Fue el único, doce años antes, que le dijo: “Olga, te vas a aburrir como ama de casa”. — Vente —gruñó—. Tengo un caso que nadie quiere tocar. Si puedes con ello, te contrato. Por la noche, Sergio volvió de un humor de perros. El promotor, duro de pelar, el caso encallado. Soltó la chaqueta en la silla y gritó: — Olguita, ¿qué hay de comer? Me comía un toro. Y, por cierto, plánchame la camisa blanca para mañana. Silencio. En la cocina, limpieza total. Ni cazuelas ni sartenes. En la mesa, una nota: “La cena en la nevera, los empanadillas congelados. Estoy cansada”. — ¿Qué…? —Sergio miró la notita como si estuviera en chino. En ese momento se oyó la puerta. Olguita entró con una carpeta de documentos. Traje sastre, tacones. Hacía años que Sergio no la veía así. — ¿Dónde has estado? ¿Y esa pinta? — Trabajando, Sergio. En tu bufete, por cierto, en el archivo. Don Borja me ha contratado de ayudante. Sergio soltó una carcajada amargada. — ¿Tú, trabajar? No me hagas reír. Doce años sin levantar nada más pesado que un cucharón. ¿Vas a toserte con el polvo en el sótano? — Ya veremos. Se sirvió un vaso de agua. — ¿Y ahora qué, me alimento de empanadillas? Yo soy el que trae el dinero. Yo mantengo la casa. — Ahora yo también trabajo. De momento poco, pero para empanadillas da. Y la camisa, plánchatela tú. La plancha está donde siempre. Esa fue la primera llamada de atención. Sergio pensó que era una crisis de los cuarenta: hormonas, ya sabes. “Que juegue unas semanas y se calme. Verá lo que cuesta ganar dinero y volverá a ser un guante de seda”. Pero la semana pasó, luego otra. La crisis no se iba. La casa cambió. De pronto los calcetines dejaban de aparecer emparejados y se amontonaban sucios. El polvo, invisible antes, campaba a sus anchas. Las camisas, un suplicio plancharlas, dobleces extrañas, mangas arrugadas. Pero lo peor, otra cosa. Olga ya no era su almohada de quejas. Antes se echaba horas despotricando de todo y todos; ella escuchaba, asentía, le daba consejos. Ahora intentaba hablarle: — ¿Sabes lo que ha hecho Gracia, la juez, hoy? —empezaba él. — Sergio, por favor, baja la voz. Mañana tengo una revisión de una quiebra. Eso es un infierno. — ¿A quién le importa tu quiebra? —Estallaba él—. ¡Mi caso es urgente! — A mí me importa mi trabajo. Necesito sentirme útil. Se enfurecía. Sentía el suelo abrirse. Sin sus consejos, empezó a cometer errores: olvidar plazos, confundir apellidos. Los jefes empezaban a desconfiar. Don Borja, en las reuniones, fruncía el ceño mirando a Sergio, y luego lanzaba una mirada aprobatoria a Olga. Ella, por su parte, sacó adelante el archivo en tres días. Encontró documentos desaparecidos. La subieron al área común, con mesa y todo. Sergio veía cada día la espalda recta y digna de Olga, ya no más arrastrando los pies de ama de casa. Los tacones sonaban firmes. El trueno estalló un mes después. Al bufete llegó una clienta de oro: Ana María Viñuales, dueña de una cadena de clínicas privadas. Mujer de hierro, sin tiempo que perder. Litigaba con un antiguo socio que le quería quitar media empresa con papeles falsos, según ella. El caso, para Sergio. Su oportunidad de redimirse. — Me la como con patatas —se pavoneaba en casa, cortando chorizo en la mesa—. Todo clarísimo: peritaje, testigos… Olga no levantaba la vista del libro. — ¿Me oyes? Caso ganado. Me darán un bonus y te compraré un abrigo de piel, a ver si vuelves a la vida normal. Olga bajó despacio el libro, le miró con una calma extraña. — No necesito un abrigo, Sergio. Quiero que dejes de ser tan gallo. Viñuales no soporta la presión. Es de escuela antigua. No intentes apabullarla. Habla con ella. — Venga ya, psicóloga de salón. El día D en la sala de reuniones, la tensión se cortaba. Ana María, en la cabecera de la mesa, pequeña pero implacable. Sergio iba y venía, soltando tecnicismos y gráficos. — Les bloqueamos las cuentas, les presionamos hasta que cedan. — Usted no me escucha. No quiero humillar a nadie. Ese hombre es mi ahijado. Actúa mal, sí, pero no le deseo cárcel. Quiero mi empresa y que desaparezca de mi vida, sin escándalos. ¿Y usted qué me ofrece? Sergio se atragantó. — Pero, doña Ana, si no mostramos fuerza… — Está usted fuera del caso —dijo ella con frialdad, ya de pie—. Don Borja, estoy decepcionada. Pensaba que aquí había profesionales, no demoledores. Don Borja palideció. Perder esa clienta era un agujero descomunal. Sergio, rojo como un tomate. En ese instante se abrió la puerta. Olga entró, con una bandeja de té. La secretaria estaba enferma y tocaba a los juniors ayudar. Vio la escena: la espalada de Ana María alejándose, la desesperación en los ojos de Sergio. Cualquiera en su lugar se habría regodeado. Pero Olga era profesional. El profesional que llevaba dormido doce años salió por fin. — Doña Ana. La voz de Olga se oyó tranquila, pero firme. Viñuales se paró en la puerta. — Perdón, sólo traigo el té que le gusta, con tomillo. Y tiene razón respecto a su ahijado. En el noventa y ocho hubo un caso igual. Se evitó el juicio con un acuerdo extrajudicial y una cesión de acciones como donación. Nadie perdió la cara. Viñuales giró. Su mirada taladró a Olga. — ¿Cómo lo sabe? Aquello era confidencial. — Revisé el archivo. Olga puso la bandeja en la mesa. Mano firme. — Y, si me permite, hay un detalle: los pagarés pueden anularse no por la firma, sino por defecto de forma. Falta un requisito. Un detalle técnico, sin implicación penal. Su ahijado cometió un error. Él saldrá indemne, y usted mantendrá las clínicas, y la discreción. Silencio. Sergio miraba a su esposa como si tuviera dos cabezas. ¿Él había visto ese defecto…? Ni se asomó a los papeles; fue directo al ataque. Viñuales volvió a la mesa, se sentó. — ¿Té con tomillo, dice? —Por primera vez sonrió, el rostro ablandado como una manzana asada—. Sirva, por favor, y cuénteme lo del defecto de forma. Y usted —asintió hacia Sergio, sin mirarle—, siéntese y aprenda. Durante dos horas Olga fue la protagonista. Sergio en silencio, pasando su bolígrafo de mano en mano. Oyó cómo su mujer, su “comodísima” mujer, desmontaba un laberinto legal en llano. No presionaba, escuchaba, proponía alternativas. Cuando Viñuales se marchó firmando el contrato, Don Borja se acercó a Olga y le estrechó la mano. — Doña Olga, mañana nos vemos. Hablaremos de ascenso. El archivo ya es pequeño para usted. Sergio y Olga volvieron a casa en silencio. En la radio, música pop. Sergio solía cambiar a las noticias, pero hoy no se atrevía. Su cómodo reino, donde era rey y dios, y la esposa un servicio más, se había venido abajo. Y sobre las ruinas reinaba una mujer extraña, poderosa, inteligente, hermosa. Y, por fin, comprendió que siempre había sido así. Solo que él era ciego. Entraron en casa. Oscuro, en silencio. Su hijo aún no había vuelto del colegio. Sergio dejó los zapatos, fue a la cocina, se sentó. Olga fue al dormitorio, a cambiarse. Él miraba sus propias manos. Sintiéndose quemar de vergüenza: no por la negociación, sino por aquella frase: “yo pago”. Olga volvió, ya en ropa de estar por casa, sin maquillaje. Cansada, pero con los ojos vivos como nunca. Abrió la nevera, sacó huevos, puso la sartén. — Olguita… La voz de Sergio temblaba. Ella no se giró; cascó el huevo. — Ya lo hago yo. Él saltó, fue a ayudarle, torpe, intentando quitarle la espátula. — Déjame, siéntate, tú has trabajado demasiado. Olga dejó la espátula. Se sentó, mirando cómo él se apañaba a duras penas con los huevos y la sartén, mientras el huevo se rompía y se le quemaban los bordes. — Perdóname —dijo él, mirando la mesa. Olga cogió el tenedor. — Tiene pinta de comestible. — Hoy he entendido… —balbuceó él—. Me has estado salvando, y no solo hoy. Recuerdo cómo corregías mis papeles de madrugada. Solo que yo… me lo creí. Le miró con miedo a que ella se pusiera en pie y se fuese. Porque ahora podía. Tenía trabajo, respeto, un sueldo. Ya no dependía de él. — No me iré, Sergio —respondió al miedo apenas pensado—. De momento, no me voy. Aún nos queda vida que compartir, no solo bienes. Veinte años, al fin y al cabo. Pero las reglas cambian. — ¿Cómo…? ¿Qué debo hacer? — Respetar. Tomó un trozo de pan. — Solo eso. Yo no soy de seda, soy una persona. Y tu pareja. En casa y en el trabajo. Mitad para cada uno. No “ayudar a la esposa”, sino hacer tu parte. ¿Entendido? — Entendido —afirmó él. Y era verdad. — ¿Me puedo comer el huevo? —Sergio sonrió, cogiendo el tenedor. Los huevos estaban sosos y chamuscados, pero más ricos que nunca. Porque aquella cena no era un servicio. Era una cena de iguales.

¿Y dónde iba a ir ella, hombre? Mira, Víctor, una mujer es como el Seat León de alquiler: mientras le pongas gasolina y le pases la ITV, te lleva donde le digas. Pero mi Aurora, yo la compré con todos los extras hace ya doce años. Pago, entonces la música la elijo yo. Práctico, ¿lo pillas? Ni opiniones, ni dolores de cabeza. Es de seda, la mía.

Sergio lo decía a voz en grito, agitando el pincho moruno para que el chorizo chorrease grasilla en las brasas, seguro de sí mismo como de que mañana sería lunes en Madrid. Víctor, su viejo colega de la facultad, apenas gruñía de vez en cuando. Aurora recortaba tomates al lado de la ventana, apuntando para la ensalada. El zumito caía, y en su cabeza retumbaba ese Pago, la música la elijo yo. Doce años, ahí es nada. No solo esposa: sombra, borrador, y, si Sergio iba dormido por la vida, su airbag. Natural que él se creyese genio de la abogacía, emperador del bufete, depositando fajos de euros en la cómoda con una satisfacción de conquistador.

Cuando Sergio roncaba, Aurora sacaba los papeles de su maletín esos que él llevaba una semana peleándose y se ponía a editar: quitaba errores, mejoraba frases retorcidas, buscaba reformas legales que al genio se le habían escapado entre tanto ego. Por las mañanas, como al pasar, decía:

Sergio, he echado un ojo. ¿Igual conviene meter una referencia a la Ley de Arrendamientos Urbanos? Te he dejado el marcalibros.

Él, en su papel, solía espantarle la mosca:

Siempre con tus cositas, mujer. Bueno, lo miro, lo miro.

Y por la noche volvía a casa triunfante, sin una vez, ni una sola, decir: Gracias, Aurora. Sin ti, me habría estampado. De corazón creía que todo era producto de su brillantez. Y Aurora, nada, Aurora estaba en casa, cocinando el cocido.

Aquel día, en el chalé, no montó drama, ni huyó a la terraza, ni volcó la barbacoa. Simplemente terminó la ensalada, le echó aceite de oliva, la puso en la mesa. ¿La música la eliges tú, eh?, pensó, viendo a su marido masticar carne sin saborear. Pues vamos a escuchar un poco de silencio.

El lunes por la mañana, Sergio andaba como un loco buscando su corbata de la suerte.

Aurora, ¿dónde está la azul esa? Que tengo cita con un promotor

En el armario, segunda balda contestó ella desde el baño.

La voz, tranquila. Demasiado tranquila. En cuanto Sergio cerró la puerta al irse, Aurora no se fue al sofá a finiquitar el café ni a ver Ana Rosa. Abrió su vieja agenda. El número de don Borja Pérez, jefe de ambos en otra vida, seguía igual tras veinte años.

¿Diga, don Borja? Soy Aurora. Sí, Hidalgo. La mujer de Sergio No, él ni idea aún. Pero quería preguntarle: ¿sigue buscando gente para el archivo? ¿O alguien que saque adelante embrollos imposibles?

Silencio un instante. Don Borja la recordaba. Y sus trabajos de carrera, su olfato para cortar la paja jurídica y llegar al grano. Fue el único, allá por entonces, que se atrevió a decirle: Aurora, lo tuyo no es fregar suelos.

Vente gruñó. Me ha caído un marrón que nadie quiere. Si lo sacas, ficha fija.

Sergio llegó esa noche de un humor de perros. El promotor, cabezota. Le iba fatal el asunto. Dejó la americana sobre la silla, y gritó:

Aurora, ¿hay algo de cenar? Me comía un toro. Y, de paso, plánchame la camisa blanca para mañana.

Silencio. La cocina, más vacía que un domingo en agosto en Madrid. Ni perola ni sartén a la vista. En la mesa, una nota: La cena está en la nevera, croquetas congeladas. Estoy cansada.

¿Pero qué? Sergio miraba la nota como si le hubieran escrito en arameo.

En ese momento, sonó la cerradura. Aurora entró con una carpeta bajo el brazo, vestida con un traje de chaqueta que él no veía desde la graduación del niño. Tacones incluidos.

¿De dónde vienes? ¿Has asaltado un Zara o qué?

Del trabajo, Sergio. Aurora se quitaba los tacones al pasar junto a él. En tu bufete, por cierto. Archivo. Don Borja me ha cogido de auxiliar.

Sergio estalló con una risita forzada:

¿Tú, trabajar? Anda ya. Doce años sin levantar más peso que una cuchara, y ahora al archivo A la primera de cambios, los ácaros te echan.

Ya veremos.

Se sirvió un vaso de agua.

¿Entonces, ahora croquetas cada día? Yo soy el que trae el dinero. ¡Mantengo la casa!

Yo también trabajo ya. Por ahora, es poco, pero para croquetas basta. La plancha está donde la has tenido diez años.

Primer aviso. Sergio pensó: crisis de los 40: hormonas, la primavera, lo de las mujeres. Se le pasa en una semana. Que corra un poco, así entiende lo que cuesta ganar un euro, pensó tragando las croquetas que sabían a goma. Ya volverá a ser la seda de siempre.

Pero pasó la semana, y la siguiente. La crisis no se iba. La casa ya no era el engranaje invisible, silencioso, al que Sergio estaba acostumbrado. Calcetines desparejados acumulados en el baño, polvo descarado en las estanterías. Planchar camisas, una tortura: siempre una arruga traicionera, un puño rebelde.

Pero lo peor no era eso: Aurora había dejado de ser su psicóloga gratuita. Antes le escuchaba una hora sus historias de lo locos que estaban todos, las miserias del juez o del cliente tacaño. Ella le servía infusión y, lo fundamental, le daba los mismos consejos brillantes que él luego hacía pasar por ideas propias. Ahora intentaba iniciar la charla:

¡No sabes! El señor Camacho ha vuelto a liarla, qué tío

Aurora ni apartaba la vista del portátil. Rodeada de Códigos.

Sergio, por favor, baja la voz. Mañana tengo que revisar un caso de quiebra viejísimo. Un caos.

¿Y a quién le interesa tu quiebra? explotaba él. ¡Yo tengo un cierre importante!

A mí me sirve para sentirme útil.

Él se enfadaba. Sentía que el suelo se le escapaba. Sin sus repescas nocturnas, el trabajo se le llenó de errores pequeños pero letales. Olvidó plazos, mezcló apellidos. Jefes nerviosos. Don Borja, en la reunión, ceño fruncido; de repente, miraba a Aurora y le dedicaba una sonrisa aprobadora.

Resultó que Aurora limpió aquel archivo en tres días. Encontró expedientes perdidos hacía años. Pronto la pasaron al sala noble, escritorio junto al becario. Sergio veía su espalda cada día recta, digna, renovada. Y andaba de otra manera: taconeo firme, nada de arrastrar las zapatillas.

La tormenta llegó al mes. La estrella cliente del despacho era doña Ana María Viñuela, empresaria de clínicas privadas. Una señora de armas tomar, ni pizca de paciencia. Luchaba contra un exsocio que le quería birlar medio negocio con documentos dudosos. Le encargaron el caso a Sergio. Su oportunidad de redimirse tras algunos patinazos.

Esta la clavo presumía en casa, cortando chorizo directamente sobre la mesa en tablas no queda ni el apuntador. Un par de testigos y a arrasar.

Aurora callaba, enfrascada en una novela.

¿Me estás escuchando? le empujó suavemente. Te traeré un abrigo de visón con la prima del caso, a ver si así vuelves a lo de antes.

Aurora cerró el libro y lo miró, largo, raro.

No quiero abrigos, Sergio. Solo quiero que dejes de pavonearte. Viñuela no permite presión, es de la vieja escuela. Hay que hablar, no atacar.

Uy, va, la psicóloga amateur él, poniéndole la mano: Anda ya.

El día de marras, en la sala de juntas, se podía cortar la tensión con jamón ibérico. Doña Ana María, señora mínima pero con mirada taladro, encabezaba la mesa. Sergio gesticulaba, vomitando tecnicismos.

Ordenamos un bloqueo de cuentas y se arrastran.

No me está escuchando, señor abogado. No quiero destruir a nadie, ese hombre es mi ahijado. Quiero que se esfume sin escándalos ni tribunales. Y usted me vende lo contrario.

Sergio se atragantó con sus argumentos.

Pero, doña Ana María ¡es imposible! Si cedemos

Está usted fuera del caso sentenció ella. De pie, cogió el bolso. Don Borja, esperaba profesionales, no excavadoras.

Don Borja se le puso blanco. Perder aquel cliente era el desastre. Sergio, colorado como el pimiento choricero. Entonces la puerta se abrió. Aurora apareció con una bandeja de té. La secretaria andaba mala, así que pidieron refuerzos entre los junior. Aurora, viendo la escena, al borde del desastre, imaginad. Otro, de mala leche, lo habría gozado: Toma, tanto pedir música pues baila.

Pero Aurora era una profesional. Una abogada dormida doce años que despertó del todo.

Doña Ana María su voz sonó calmada, con autoridad. Viñuela paró, espalda a la puerta.

Disculpe, le traigo su té con tomillo. Decía que conoce el caso de su ahijado. En el 98 hubo algo parecido: pacto privado con cláusula de silencio y traspaso de participaciones. Sin escándalo.

Viñuela giró despacio. La taladró con la mirada.

¿Cómo lo sabe usted? Ese procedimiento era confidencial.

Leo archivos.

Aurora dejó la bandeja. Nada de nervios.

Y, si me permite, hay un detalle: los pagarés se pueden invalidar por defecto de forma, no hace falta peritaje de firma. Basta un requisito mal puesto. Puramente técnico no penal. Su ahijado se equivocó, no hay delito. Usted mantiene la clínica y la paz.

Silencio de los gordos. Sergio miraba a Aurora como si le hubiera brotado otra cabeza. Él, ¿sabía del defecto en los pagarés? Ni se había molestado en leerlos.

Viñuela volvió a sentarse.

Té con tomillo, dice sonrió por primera vez. Sírvame, querida, y explique ese defecto de forma. Y usted, le dijo a Sergio sin ni mirarle, siéntese y aprenda algo.

Pasaron dos horas en que Aurora dirigió el asunto. Sergio, callado, jugueteaba con su bolígrafo. Escuchó a su conveniente esposa explicando lo imposible de manera sencilla. Escuchando, negociando, construyendo alternativas.

Al terminar, Viñuela firmó el contrato y don Borja se acercó a Aurora, solemne:

Doña Aurora Hidalgo entonó, mañana venga a mi despacho. Hablaremos de ascensos. Ya basta de sótanos.

En el coche de vuelta, silencio. En la radio, pop del malo. Sergio normalmente ponía las noticias, pero ni se atrevía a moverse. Su mundo ordenadito, donde él mandaba y Aurora era como el servicio, saltó por los aires. En las ruinas estaba esa mujer nueva y a la vez la de siempre. Sólida. Inteligente. Hermosa. Y lo peor: había sido así siempre. Él era el ciego.

Entraron en casa. Silencio. El hijo aún no volvía. Sergio se descalzó, fue a la cocina, se sentó. Aurora entró al dormitorio y salió sin maquillaje ni traje. Cara cansada, ojos vivos. Abrió el frigorífico, sacó huevos, puso la sartén.

Aurora

La voz de Sergio tembló. Ella no se giró, rompió el huevo.

Deja, lo hago yo.

Él se lanzó a por la espátula.

Siéntate, tú estás más cansada.

Aurora cedió y se sentó. Vio cómo Sergio luchaba con la tortilla, cómo el huevo se quemaba, cómo mascullaba en voz baja. Al final, una masa poco apetecible, pero la puso delante de ella.

Perdóname susurró, sin mirarla.

Aurora cogió el tenedor.

La tortilla, mira, ni tan mal.

Hoy he entendido que tú me salvabas. Siempre. Lo de corregir mis cosas de noche Me acomodé demasiado.

La miró. Él tenía miedo de que ella se fuese. Ahora podía. Tenía trabajo, respeto, dinero. Ya no dependía de él.

No me voy, Sergio respondió ella a su pregunta muda. De momento, no. Veinte años dan para mucho. Pero las normas cambian.

¿Cómo? preguntó él, ansioso. ¿Qué hay que hacer?

Respetar.

Ella mordió un trozo de pan.

Simplemente respetar. No soy de seda, soy persona. Y tu pareja. En casa y fuera. Mitad para cada uno. No es ayudar a la mujer, es hacer tu parte. ¿Está claro?

Claro respondió él.

Y era verdad.

¿Entonces como, o qué? Sergio sonrió y cogió el tenedor.

La tortilla, sosa y churruscada, le supo a gloria. Porque ya no era un servicio; era una cena de iguales.

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MagistrUm
—¿Y a dónde se va a ir ella? Mira, Víctor, entiende: una mujer es como un coche de alquiler. Mientras tú llenes el depósito y pagues las revisiones, va donde tú digas. Pero mi Olguita, yo la compré con todos los extras hace doce años. Yo pago, yo elijo la música. Y así, todo fácil, ¿lo pillas? Ni opinión propia ni dolores de cabeza. Es una seda, la mía. Sergio lo decía en voz alta, agitaba la brocheta sobre las brasas chisporroteantes. Lo decía tan convencido como si fuera ley. Víctor, el viejo amigo de la facultad, sólo resoplaba. Olguita, cuchillo en mano junto a la ventana, cortaba tomates para la ensalada. El zumo resbalaba y zumbaba en sus oídos la frase triunfal: “Yo pago, yo elijo la música”. Doce años. Doce en los que Olguita no fue sólo esposa, fue sombra, borrador y airbag de Sergio. Él, por supuesto, se creía genio de la abogacía, estrella del bufete. Ganaba casos difíciles, traía sobres repletos y los lanzaba en el recibidor como un campeón. Cuando Sergio caía rendido en la cama, Olguita sacaba en silencio del maletín los papeles que él llevaba días peinando y se ponía a corregir barbaridades, reescribir churros, buscar en bases legales enmiendas recientes que él, tan sobrado, ni veía. Por la mañana, como al pasar, decía: — Sergio, le he echado un ojo. Igual deberías mencionar el código de vivienda. Te dejé la marca. Él solía rechazar el comentario. — Siempre con tus consejitos de mujer. Bueno, ya miraré. Y por la noche volvía como un héroe, pero nunca, ni una sola vez en todos esos años, dijo: “Gracias, Olga. Sin ti, lo habría perdido”. Él creía que era su brillantez. Y Olguita, en fin, sólo estaba ahí, haciendo sopas. Aquella tarde en la casa del campo no discutió, no salió corriendo al porche, ni tiró la barbacoa. Cortó la ensalada, la aliñó con nata, la puso en la mesa. “¿Eliges la música?”, pensó observando a su marido devorar carne sin saborearla. “Pues oye, a escuchar silencio”. El lunes, Sergio daba vueltas por casa buscando su corbata de la suerte. — Olguita, ¿mi azul, la de la buena suerte? Que tengo reunión con el promotor. — En el armario, segunda balda —respondió ella desde el baño. El tono era tranquilo, demasiado tranquilo. Cuando la puerta se cerró tras él, Olguita no apuró el café ni encendió la tele. Abrió una vieja agenda. El número de Don Borja, su antiguo jefe y el de Sergio, llevaba veinte años igual. — ¿Don Borja? Soy Olga, la esposa de Sergio. No, él no sabe nada. Necesito hablar. ¿Buscan a alguien en el archivo? O alguien que sepa poner orden en los líos imposibles… Silencio al teléfono. Don Borja recordaba a Olga; sus trabajos brillantes y la capacidad de ver el grano entre la paja. Fue el único, doce años antes, que le dijo: “Olga, te vas a aburrir como ama de casa”. — Vente —gruñó—. Tengo un caso que nadie quiere tocar. Si puedes con ello, te contrato. Por la noche, Sergio volvió de un humor de perros. El promotor, duro de pelar, el caso encallado. Soltó la chaqueta en la silla y gritó: — Olguita, ¿qué hay de comer? Me comía un toro. Y, por cierto, plánchame la camisa blanca para mañana. Silencio. En la cocina, limpieza total. Ni cazuelas ni sartenes. En la mesa, una nota: “La cena en la nevera, los empanadillas congelados. Estoy cansada”. — ¿Qué…? —Sergio miró la notita como si estuviera en chino. En ese momento se oyó la puerta. Olguita entró con una carpeta de documentos. Traje sastre, tacones. Hacía años que Sergio no la veía así. — ¿Dónde has estado? ¿Y esa pinta? — Trabajando, Sergio. En tu bufete, por cierto, en el archivo. Don Borja me ha contratado de ayudante. Sergio soltó una carcajada amargada. — ¿Tú, trabajar? No me hagas reír. Doce años sin levantar nada más pesado que un cucharón. ¿Vas a toserte con el polvo en el sótano? — Ya veremos. Se sirvió un vaso de agua. — ¿Y ahora qué, me alimento de empanadillas? Yo soy el que trae el dinero. Yo mantengo la casa. — Ahora yo también trabajo. De momento poco, pero para empanadillas da. Y la camisa, plánchatela tú. La plancha está donde siempre. Esa fue la primera llamada de atención. Sergio pensó que era una crisis de los cuarenta: hormonas, ya sabes. “Que juegue unas semanas y se calme. Verá lo que cuesta ganar dinero y volverá a ser un guante de seda”. Pero la semana pasó, luego otra. La crisis no se iba. La casa cambió. De pronto los calcetines dejaban de aparecer emparejados y se amontonaban sucios. El polvo, invisible antes, campaba a sus anchas. Las camisas, un suplicio plancharlas, dobleces extrañas, mangas arrugadas. Pero lo peor, otra cosa. Olga ya no era su almohada de quejas. Antes se echaba horas despotricando de todo y todos; ella escuchaba, asentía, le daba consejos. Ahora intentaba hablarle: — ¿Sabes lo que ha hecho Gracia, la juez, hoy? —empezaba él. — Sergio, por favor, baja la voz. Mañana tengo una revisión de una quiebra. Eso es un infierno. — ¿A quién le importa tu quiebra? —Estallaba él—. ¡Mi caso es urgente! — A mí me importa mi trabajo. Necesito sentirme útil. Se enfurecía. Sentía el suelo abrirse. Sin sus consejos, empezó a cometer errores: olvidar plazos, confundir apellidos. Los jefes empezaban a desconfiar. Don Borja, en las reuniones, fruncía el ceño mirando a Sergio, y luego lanzaba una mirada aprobatoria a Olga. Ella, por su parte, sacó adelante el archivo en tres días. Encontró documentos desaparecidos. La subieron al área común, con mesa y todo. Sergio veía cada día la espalda recta y digna de Olga, ya no más arrastrando los pies de ama de casa. Los tacones sonaban firmes. El trueno estalló un mes después. Al bufete llegó una clienta de oro: Ana María Viñuales, dueña de una cadena de clínicas privadas. Mujer de hierro, sin tiempo que perder. Litigaba con un antiguo socio que le quería quitar media empresa con papeles falsos, según ella. El caso, para Sergio. Su oportunidad de redimirse. — Me la como con patatas —se pavoneaba en casa, cortando chorizo en la mesa—. Todo clarísimo: peritaje, testigos… Olga no levantaba la vista del libro. — ¿Me oyes? Caso ganado. Me darán un bonus y te compraré un abrigo de piel, a ver si vuelves a la vida normal. Olga bajó despacio el libro, le miró con una calma extraña. — No necesito un abrigo, Sergio. Quiero que dejes de ser tan gallo. Viñuales no soporta la presión. Es de escuela antigua. No intentes apabullarla. Habla con ella. — Venga ya, psicóloga de salón. El día D en la sala de reuniones, la tensión se cortaba. Ana María, en la cabecera de la mesa, pequeña pero implacable. Sergio iba y venía, soltando tecnicismos y gráficos. — Les bloqueamos las cuentas, les presionamos hasta que cedan. — Usted no me escucha. No quiero humillar a nadie. Ese hombre es mi ahijado. Actúa mal, sí, pero no le deseo cárcel. Quiero mi empresa y que desaparezca de mi vida, sin escándalos. ¿Y usted qué me ofrece? Sergio se atragantó. — Pero, doña Ana, si no mostramos fuerza… — Está usted fuera del caso —dijo ella con frialdad, ya de pie—. Don Borja, estoy decepcionada. Pensaba que aquí había profesionales, no demoledores. Don Borja palideció. Perder esa clienta era un agujero descomunal. Sergio, rojo como un tomate. En ese instante se abrió la puerta. Olga entró, con una bandeja de té. La secretaria estaba enferma y tocaba a los juniors ayudar. Vio la escena: la espalada de Ana María alejándose, la desesperación en los ojos de Sergio. Cualquiera en su lugar se habría regodeado. Pero Olga era profesional. El profesional que llevaba dormido doce años salió por fin. — Doña Ana. La voz de Olga se oyó tranquila, pero firme. Viñuales se paró en la puerta. — Perdón, sólo traigo el té que le gusta, con tomillo. Y tiene razón respecto a su ahijado. En el noventa y ocho hubo un caso igual. Se evitó el juicio con un acuerdo extrajudicial y una cesión de acciones como donación. Nadie perdió la cara. Viñuales giró. Su mirada taladró a Olga. — ¿Cómo lo sabe? Aquello era confidencial. — Revisé el archivo. Olga puso la bandeja en la mesa. Mano firme. — Y, si me permite, hay un detalle: los pagarés pueden anularse no por la firma, sino por defecto de forma. Falta un requisito. Un detalle técnico, sin implicación penal. Su ahijado cometió un error. Él saldrá indemne, y usted mantendrá las clínicas, y la discreción. Silencio. Sergio miraba a su esposa como si tuviera dos cabezas. ¿Él había visto ese defecto…? Ni se asomó a los papeles; fue directo al ataque. Viñuales volvió a la mesa, se sentó. — ¿Té con tomillo, dice? —Por primera vez sonrió, el rostro ablandado como una manzana asada—. Sirva, por favor, y cuénteme lo del defecto de forma. Y usted —asintió hacia Sergio, sin mirarle—, siéntese y aprenda. Durante dos horas Olga fue la protagonista. Sergio en silencio, pasando su bolígrafo de mano en mano. Oyó cómo su mujer, su “comodísima” mujer, desmontaba un laberinto legal en llano. No presionaba, escuchaba, proponía alternativas. Cuando Viñuales se marchó firmando el contrato, Don Borja se acercó a Olga y le estrechó la mano. — Doña Olga, mañana nos vemos. Hablaremos de ascenso. El archivo ya es pequeño para usted. Sergio y Olga volvieron a casa en silencio. En la radio, música pop. Sergio solía cambiar a las noticias, pero hoy no se atrevía. Su cómodo reino, donde era rey y dios, y la esposa un servicio más, se había venido abajo. Y sobre las ruinas reinaba una mujer extraña, poderosa, inteligente, hermosa. Y, por fin, comprendió que siempre había sido así. Solo que él era ciego. Entraron en casa. Oscuro, en silencio. Su hijo aún no había vuelto del colegio. Sergio dejó los zapatos, fue a la cocina, se sentó. Olga fue al dormitorio, a cambiarse. Él miraba sus propias manos. Sintiéndose quemar de vergüenza: no por la negociación, sino por aquella frase: “yo pago”. Olga volvió, ya en ropa de estar por casa, sin maquillaje. Cansada, pero con los ojos vivos como nunca. Abrió la nevera, sacó huevos, puso la sartén. — Olguita… La voz de Sergio temblaba. Ella no se giró; cascó el huevo. — Ya lo hago yo. Él saltó, fue a ayudarle, torpe, intentando quitarle la espátula. — Déjame, siéntate, tú has trabajado demasiado. Olga dejó la espátula. Se sentó, mirando cómo él se apañaba a duras penas con los huevos y la sartén, mientras el huevo se rompía y se le quemaban los bordes. — Perdóname —dijo él, mirando la mesa. Olga cogió el tenedor. — Tiene pinta de comestible. — Hoy he entendido… —balbuceó él—. Me has estado salvando, y no solo hoy. Recuerdo cómo corregías mis papeles de madrugada. Solo que yo… me lo creí. Le miró con miedo a que ella se pusiera en pie y se fuese. Porque ahora podía. Tenía trabajo, respeto, un sueldo. Ya no dependía de él. — No me iré, Sergio —respondió al miedo apenas pensado—. De momento, no me voy. Aún nos queda vida que compartir, no solo bienes. Veinte años, al fin y al cabo. Pero las reglas cambian. — ¿Cómo…? ¿Qué debo hacer? — Respetar. Tomó un trozo de pan. — Solo eso. Yo no soy de seda, soy una persona. Y tu pareja. En casa y en el trabajo. Mitad para cada uno. No “ayudar a la esposa”, sino hacer tu parte. ¿Entendido? — Entendido —afirmó él. Y era verdad. — ¿Me puedo comer el huevo? —Sergio sonrió, cogiendo el tenedor. Los huevos estaban sosos y chamuscados, pero más ricos que nunca. Porque aquella cena no era un servicio. Era una cena de iguales.