William se ha mudado a casa de ella, y su hermana nos ha invitado a mi marido y a mí a visitarla. Cuando vi por primera vez a su prometido, me quedé boquiabierta.

Inés y yo siempre fuimos inseparables desde que éramos niñas, y la vida no hizo más que unirnos aún más. Un día, ella se mudó a Madrid para estudiar en la universidad y, tras finalizar, decidió quedarse: encontró trabajo y alquiló un piso en el barrio de Chamberí. Aunque la distancia era notable, jamás perdimos el contacto. Venía en vacaciones y hablábamos mucho por teléfono, igual que si siguiera sentada conmigo bajo el viejo olivo del pueblo. A los veinte años, me casé y tuve una hija. Hace un año, mi marido y yo decidimos mudarnos también a Madrid; alquilamos un piso extrañamente justo en el mismo barrio que Inés, como si la ciudad estuviese jugando a los dados con nuestro destino.

Por entonces, Inés tenía veintisiete años y seguía sola. Este hecho siempre me resultó extraño, porque era una mujer de belleza singular, como una estatua románica atrapada en movimiento. Sin embargo, hace poco anunció, con un aire solemne, que por fin había comenzado una relación. Me llené de alegría y curiosidad y le rogué que me presentara a su elegido, pero ella respondió envuelta en misterio: Todavía no es el momento, Laura.

La presentación llegó, como en los sueños, sin aviso un mes después. El hombre, al que llamaremos Feliciano, se mudó con ella; Inés nos invitó a mí y a mi marido a conocerles en su piso. Cuando vi a su prometido por primera vez, sentí que el mundo funcionaba con una lógica absurda. Feliciano parecía rozar los cuarenta, vestido con prendas gastadas, el rostro surcado por la tristeza y el descuido de quien ha conversado largo tiempo con la sombra de un vaso de ron. Parecía un espectro de los parques al atardecer. Mi marido y yo nos miramos con incredulidad, como si estuviésemos atrapados en una zarzuela sin compás. Pronto supe que Feliciano estaba en paro y que sólo había terminado la Educación Secundaria Obligatoria. El puzzle no encajaba.

Me era imposible comprender por qué mi hermana, tan culta, hermosa e ingeniosa, decidía compartir su vida con aquel hombre. Intenté hablar con ella sobre mi inquietud, pero respondió con la furia de una tormenta madrileña: me exigió que no interfiriese jamás en sus decisiones. Incluso me confesó que deseaba tener un hijo con él, y aquel deseo me dejó petrificada, como si los relojes de Dalí hubiesen empezado a derretirse sobre mis pensamientos. La sola idea de tener un niño con Feliciano resultaba, para mí, una sinrazón inexplicable. Yo no lograba entender qué fuerza hay en el amor, que lleva a elegir lo que ninguno de los demás elegiría, como si en sueños estuvieran dictando las reglas.

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MagistrUm
William se ha mudado a casa de ella, y su hermana nos ha invitado a mi marido y a mí a visitarla. Cuando vi por primera vez a su prometido, me quedé boquiabierta.