Vuelve ahora a tu pueblo, dijo él, crispado, sin girarse siquiera hacia ella.
La voz de Diego era fría y cansada, un tono plano y hueco, como si todos los afectos se hubiesen helado tras años de silencios, de anocheceres de resentimientos sin palabras.
De pie junto al balcón, miraba el cielo plomizo de noviembre sobre Madrid, ese manto de nubes densas y desvaídas, y de pronto Leonor comprendió: todo. Absolutamente todo.
Ninguna excusa, ninguna lágrima, ningún intento de rehacer lo perdido, cambiaría ya nada. La puerta a su vida común se cerró con un clic mudo y definitivo.
¿Esto es todo? ¿Así simplemente? susurró ella, en voz tan baja que flotó por la habitación vacía. ¿Y qué quieres que sea? No queda nada entre nosotros. Lo sabes.
Dicho esto, él se apartó del balcón, y ese gesto fue más tajante y cruel que cualquier palabra. Se cortó de ella, como quien descose un retal inútil.
Leonor se dejó caer en la orilla del sofá y hundió el rostro en sus manos. Las lágrimas, ya hacía tiempo que se habían secado.
Se le habían escapado, gota a gota, cada día en el amargo café solitario de las mañanas, frente a ese hombre dentro del que sólo quedaba sombra.
Recordó cómo, quince años atrás, él se plantó delante de ella en otra ventana, aquel verano radiante, la luz dorada inundando la estancia y Diego sonriendo, mirándola a los ojos:
Leonor, juntos podremos con todo. Pase lo que pase.
Entonces creyó en él. Tan firmemente que se habría ido con él al final del mundo.
Ahora esas promesas eran sólo imágenes desvaídas, como cartas olvidadas al sol, apenas el contorno de una emoción antigua.
Está bien, dijo Leonor con una extraña calma, no vencida sino inesperadamente serena. Si es tu decisión.
Lo dijo casi sin temblar, pero adentro todo era un nudo de angustia.
Se levantó despacio, con una elegancia distraída, rescató la vieja maleta azul que aún guardaba al fondo del armario.
Llevaba pocas cosas, poquísimas, como si nunca hubiese llegado a adueñarse del piso ni de la vida: una invitada en el sueño de otro.
En el pasillo, los pasos suaves rompieron la quietud. Era Marisol, su hija. Casi adulta ya, universitaria, pero sus ojos aún podían abarcar toda la inquietud de un universo recién resquebrajado.
¿Mamá, qué ocurre? ¿Por qué esa cara? No pasa nada, esbozó una sonrisa rota Leonor. Me voy al pueblo, con el abuelo. Unos días.
Los ojos claros de Marisol se nublaron enseguida, a punto de desbordar.
¿Papá te ha vuelto a decir cosas? ¿Otra vez lo mismo?
No importa. A veces irse es la única forma de no morir quedándose, dijo Leonor. Volveré pronto. Siempre estaremos en contacto. Ahora necesito estar sola.
Diego no salió al rellano. Ninguna despedida. Sólo el silencio pesado de la casa y el tic-tac del reloj en la cocina.
Afuera, sonó la puerta del portal al cerrarse, cuando Leonor arrastró su humilde equipaje hacia lo desconocido.
El tren avanzó toda la noche. Sus ventanillas temblaban y el traqueteo mecía un dolor ajeno y hondo. Leonor se apoyó contra el frío cristal, viendo sin mirar lo de fuera.
Por la ventanilla desfilaban negros los pinares infinitos, andenes solitarios de estaciones pequeñas, figuras envueltas en abrigos que parecían esperar sueños.
Todo era silencio y hielo, igual que ella misma. Vacía como su maleta, repleta de ecos y recuerdos amargos.
En el compartimento viajaba una mujer joven con su hija dormida en brazos, y un muchacho que acariciaba cuerdas de guitarra. No entendía lo que decían, pero una palabra se le insertó: «hogar».
Sí, también ella volvía a casa. Esta vez, quizás para siempre. Lejos del bullicio madrileño, que jamás fue suyo.
Imágenes desdibujadas surgían: el cerezo junto a la casa de su infancia en un pueblo de Castilla, su madre amasando masa de empanada, su padre trayendo miel fresca en una jarra de barro.
De aquellos años manaba la seguridad serena de una estufa encendida, la certeza del futuro.
Al amanecer, la estación del pueblo la recibió con el olor de carbones y leña. El pasado.
Todo parecía pequeño, de juguete: las casas bajas, las callejas estrechas, la misma tienda en la esquina. O quizá ella era quien creció demasiado.
Pero al ver a su padre junto al portón forjado, algo se hizo líquido en ella. Las lágrimas rodaron, cálidas, sin permiso.
Él la miró con ternura y sólo suspiró, lleno de toda la sabiduría de sus años:
Bueno, ya estás aquí. En casa.
He vuelto, papá. Perdóname.
Se quedaron así mucho rato, simplemente cogidos de la mano, como dos supervivientes de una tormenta.
Los primeros días fueron irreales, casi flotantes. Leonor se adaptaba de nuevo: despertaba temprano, ayudaba en pequeñas tareas, iba al mercado por verduras frescas, cocinaba pisto siguiendo la receta materna.
Por la tarde, se sentaba en el salón, mirando la calle vacía. Silencio. No había semáforos, ni gruñidos de jefes, ni prisas artificiales.
Sólo el gallo al amanecer y los coches errantes con el vaho de la víspera.
A veces, Leonor contemplaba la madera de su armario antiguo, donde seguían sus vestidos de colegiala. Tocaba la tela deslucida y el tiempo parecía ovillarse.
Al tercer día, apareció la vecina Juana, charlatana y vital, con un cubo repleto de patatas.
¡Leonor! Ya era hora de que volvieras. El pueblo te necesitaba dijo risueña. ¿La ciudad no resultó para ti?
Pasó, y yo con ella, sonrió débilmente Leonor.
No estés triste, mujer. Aquí la vida hierve, la de verdad. En la escuela hay nuevo director, viudo, joven aún. Ven un día de estos, que te lo presento, ¿eh?
Leonor se excusó, cortés pero desconcertada.
Ahora mismo no tengo ánimos. Necesito encontrarme.
Eso es, date tiempo. Aquí nadie juzga. La gente vale. Quién sabe, un poco de charla te hará bien y la soledad no es buena consejera.
Una semana después, fue a la escuela a ayudar a la contable, y allí conoció a Pablo.
Alto, delgado, con ojos grises y una voz sobria, sin afectación. De esos en quienes la fuerza se esconde en la calma callada.
¿Leonor Jiménez? le preguntó con una sonrisa tibia. Juana me dijo que podría ayudarme con los balances. Tenemos algo de desorden aquí.
Así es, asintió Leonor, sintiendo liberar la tensión. Los balances siempre fueron lo mío.
Nos vendrá bien. Faltan personas confiables.
Hablaron de la escuela, del pueblo, de cosas sencillas. Y Leonor sintió una paz nueva a su lado. No hacía falta fingir.
Pasó el invierno casi sin darse cuenta. Leonor ayudaba, iba con Pablo de gestiones a veces a Valladolid, a veces a pueblos de la comarca. Por la noche, tejía junto al fuego de leña.
Notaba regresar los sabores y luces: el pan, el aceite, el resplandor de una lámpara, el chisporroteo del hogar.
Las heridas de la ciudad se disipaban, reemplazadas por un sentimiento: el de estar en casa.
Marisol llamaba poco. Apenas mensajes: «Todo bien. No te preocupes.» Leonor no exigía, comprendía que la hija necesitaba decidir su lugar.
A veces, de noche, recordaba a Diego. Su mano al principio férrea, afectuosa, su mirada distante años después.
Y se repetía: ¿fue real? ¿O lo inventó todo ella, forzando una imagen imposible?
Cada amanecer en la casa familiar, la respuesta era más nítida: el pasado, por lejos que estuviera, no le pertenecía más.
La primavera llegó arrasando. Derritió el hielo, removió la tierra negra y la perfumó de promesas.
Leonor plantó dalias y tabaco oloroso en el jardín, como hacía su madre. El sencillo hábito devolvió algo perdido.
Pablo venía a menudo: a ayudar con las tablas de la jardinera, a traer clavos.
Una tarde, cuando el crepúsculo pintaba el cielo de melocotón, él le dijo sin mirarla:
Tampoco yo pensaba quedarme. Enterré a mi mujer y juré no volver. Pero la vida decidió. Volví. Los niños, la escuela, me necesitaban.
En el pueblo se sabe de todo, respondió ella, plantando otra dalia.
Que hablen. Lo importante es no engañarse uno mismo.
Lo dijo con ese temple de quien ha caminado por el dolor y aprendido a vivir.
Por primera vez en años, Leonor SENTÍA que vivía. No esperaba nada; simplemente existía, plena, consciente. Sus manos olían a tierra, su pelo a humo. Su alma, por fin, a reposo.
En Pentecostés organizaron una fiesta. A Leonor, aún recordando los cantos litúrgicos, la invitaron al coro.
Vaciló, pero Pablo la animó:
Tienes un timbre claro y hondo, Leonor. No lo escondas. Canta, deja que sea la primavera la que cante contigo.
Tras la actuación, los aplausos del pueblo fueron sinceros y roncos.
Al cruzar una mirada con Pablo cálida, tranquila, luminosa entendió: no era el amor de novela, sino la compañía verdadera y la calma.
El verano llegó dorado. El campo florecía y Leonor viajaba con Pablo a la capital de la comarca a por libros y trámites escolares.
Conducían largo rato en silencio, un silencio tan denso y entrañable como sólo hay entre almas alineadas.
Un día, él dijo, mirando al frente:
Desde que llegaste, eres como la primavera. Hasta el aire cambió.
No exageres, Pablo, sonrió ella, ruborizada.
No exagero. Es un hecho. Como un alba inevitable.
Sintió un asombro tibio. ¿De verdad alguien podía verla asíella, una mujer con canasde manera tan limpia y directa?
En su cumpleaños, la despertó el timbre. Un mensajero en la puerta sostenía un impresionante ramo de rosas rojas, con una tarjeta pequeña:
«Perdón. Tal vez ya sea tarde. Pero si quieres, vuelve. Lo entendí todo. Diego.»
Se quedó largo rato quieta, sosteniendo las flores, sin verlas.
Eran rosas caras, ostentosasjusto como él siempre le regalaba, para saciar algún deber, no por cariño.
Esa noche, al entrar Pablo, Leonor le entregó el ramo:
Mira, un regalo del pasado. Ni sé qué hacer con él.
Déjalo ir respondió Pablo, con su serenidad. Si vuelve, es que debías elegir.
Así lo haré. Gracias.
Puso las rosas en agua dos días. Perfume denso, asfixiante. Sin mirar, las arrojó finalmente al compostero.
Cuando en otoño las hojas bailaron su vals de despedida, Marisol regresó.
Frente al portón, parecía aún niña. Confundida. Ojos heridos.
Mamá ¿Puedo quedarme contigo un tiempo? En la ciudad no aguanto. Claro, hija. Este siempre será tu hogar.
Por la noche, junto al fuego, Marisol habló:
Papá vive ya con esa tal Almudena. Pero, mamá, no le veo feliz. Está huraño, como perdido.
Me dijo: «No es lo que imaginaba, hija.»
Leonor sólo asintió, echando otro leño al fuego.
Nunca es diferente, Marisol. Al final, sólo queda la verdad. O la aceptas, o sigues viviendo con máscaras.
Marisol rompió a llorar bajo la manta.
Mamá, yo aún soñaba que regresaríais. Pero aquí te veo distinta. Mejor. En paz.
Tengo paz, hija, y eso es lo máximo a lo que puede aspirar uno. Serena mañana. Saber que te esperan
El invierno trajo un manto de nieve, silencio hondo, tranquilidad absoluta.
El hogar olía a manzanas secas y a pino de la rama que adornaba el zaguán. Leonor celebraba el Año Nuevo con Marisol, su padre y Pablo.
En la mesa, comida sencilla, auténtica. Afuera, la nevada danzaba.
Cuando el reloj dio las doce, Pablo alzó su copa de mosto casero:
Mi brindis es este: que nunca temamos comenzar de nuevo. A cualquier edad. En cualquier circunstancia.
Leonor miró a los suyos y, con el alma clara, supo: aquí estaba su verdadero hogar.
No en aquel piso neutro de la ciudad, no con el marido ajeno y gris, sino aquí, con estas personas de corazón recto y limpio.
Sonrió con ligereza: Gracias, vida. Has puesto cada cosa en su sitio, como el jardinero experto.
Pasaron dos años. Se rumoreaba en el pueblo: Pronto habrá boda. ¡Leonor se ha rejuvenecido!
Marisol estudiaba en el colegio agrario y volvía cada fin de semana a su casa verdadera.
Pablo era ya familia: amigo, guía, apoyo sereno.
Leonor llevaba la contabilidad de la escuela y participaba en ferias rurales.
Hacía la mejor mermelada de cereza según la receta materna.
Y jamás pensó en la vida de ciudad como pérdida. Solo fue lección, dura, pero esencial.
Al amanecer, con su taza de infusión caliente, salía al porche.
El sol despuntaba sobre la meseta nevada, el viento tintineaba el escarchado de los chopos, y sentía que todo eso era recompensa ganada. Por atreverse a irse. Por encontrarse.
Recordó las últimas palabras de Diego: ¡Vuelve a tu pueblo, entonces!
Y mentalmente, sin enfado ya, replicó: Gracias. Gracias, porque sin ti jamás habría hallado mi sitio en el mundo.
Ya no buscó la felicidad fuera: la había creado ella misma, con materiales antiguos pero sólidos: amor, confianza, trabajo, lealtad.
Y cada día renacía un pequeño milagro: simplemente vivir, respirar plenamente, amar y ser amada. Y saber, con certeza de raíz, que, ahora sí, era para siempre.






