Voy al colegio de mi nieto todos los días.

Voy al colegio de mi nieto todos los días. No soy ni profesor ni conserje, solo un abuelo con bastón y un corazón que no sabe quedarse en casa. Me llamo Antonio, y lo hago por Mateo, mi nieto, mi orgullo, mi luz.

La primera vez que lo vi solo, estaba sentado en un banco bajo el jacarandá. Los demás niños corrían, reían, jugaban al fútbol. Él se quedaba ahí, las manos en las rodillas, la mirada perdida, la de un niño que quiere pertenecer a ese mundo pero no sabe cómo.

Cuando lo llevé a casa ese día, le pregunté:
¿Por qué no juegas con los otros?
Se encogió de hombros.
No quieren, abuelo. Dicen que soy lento, que no entiendo las reglas.

Esa noche casi no dormí. A la mañana siguiente, fui a ver a la directora.
Señora Carmen, quiero un permiso especial. Me gustaría estar con Mateo durante los recreos.
Me miró con dulzura.
Don Antonio, entiendo su preocupación, pero
No hay “peros”. Ese niño es mi vida. Si no se siente incluido, yo me encargaré de que lo esté.

Desde entonces, cada mañana a las diez y media, cruzo la puerta azul del patio. Al principio, los niños me miraban con curiosidad. Un viejo con sombrero de paja y bastón, metido en sus juegos. Mateo se avergonzaba.
Abuelo, no tienes que venir.
¿Avergonzarse de qué? ¿De tener un abuelo que te quiere?

Empezamos poco a poco. Le llevé un viejo juego de dominó. Luego, las damas. Se reía cuando hacía como que no veía sus pequeñas trampas. Un día, un niño se acercó.
¿A qué jugáis? preguntó.
A las damas contesté. ¿Quieres jugar con nosotros?

Se llamaba Javier. Tenía seis años, una sonrisa enorme y dos dientes menos. Mateo le explicó las reglas con paciencia. Al día siguiente, Javier volvió, esta vez con su amiga Lucía. Y poco a poco, nuestro banco se llenó de risas y amistad.

Llevé una comba. Organizamos concursos. Mateo no saltaba rápido, así que los demás niños bajaron el ritmo por él.
¡Vamos, Mati, que puedes! gritaba Lucía.
¡Cinco saltos! ¡Récord! decía Javier.

Y yo los miraba, con el corazón lleno.

Una tarde, la profesora de educación física se acercó.
Don Antonio, lo que hace es precioso.
No hago nada especial respondí. Solo soy un abuelo que quiere a su nieto.
No dijo sonriendo, les está enseñando algo que a veces olvidamos: que todos merecen su lugar, sin importar su velocidad.

Han pasado tres meses. Sigo yendo. Pero ya no porque él esté solo. Voy porque ahora, ocho o nueve niños me esperan, gritando «¡Abuelo Antonio!» en cuanto entro al patio. Porque Mateo tiene amigos que lo invitan, lo defienden y lo entienden.

Esta mañana, mientras jugábamos al escondite, me abrazó fuerte.
Gracias, abuelo.
¿Por qué, chaval?
Por no dejarme solo. Por enseñarme que está bien ser diferente.

Me agaché a su altura.
Mateo, tú me has enseñado que el amor no se cansa, que nunca es tarde para cambiar las cosas, y que el verdadero valor está en estar ahí cuando alguien te necesita.

Sonó el timbre. Los niños volvieron a clase. Mateo ya no camina con la cabeza baja.

Mañana volveré. Y pasado también. Porque ser abuelo no es solo cuidar, es tender puentes y recordarle al mundo que nadie, absolutamente nadie, debería estar solo en el patio de la vida.

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