Volví a casa antes de tiempo: una esposa embarazada, dos bolsas llenas desde casa de mamá y un marido más preocupado por fregar el suelo que por recogerme en la parada

10 de marzo

He llegado a casa antes de lo previsto.

¿Estás en la parada? la voz de mi mujer, Lucía, tembló en el teléfono. ¿Ahora mismo? ¿Por qué no me avisaste? ¡Quedamos en que volvías el jueves!
Quería darte una sorpresa, gruñí, sintiéndome agotado. Luci, ¿te hace ilusión o no? Estoy roto, ven a buscarme, anda.
¡Espera! gritó de repente. No subas todavía… Bueno, sí, pero… Álvaro, escúchame, la casa está patas arriba. Me acabé lo que quedaba ayer.
Mira, haz una cosa: pasa por el veinticuatro horas, el que está a la vuelta. Compra un poco de ternera, de la buena.

La bolsa pesaba tanto que el asa me cortaba el hombro y no pude evitar un quejido. Me dolía la espada, ya una molestia habitual desde hace meses.

Dejé cuidadosamente las mochilas sobre el asfalto resquebrajado de la parada. Respiré hondo, apretándome el abdomen con la mano.

El pequeño dentro no parecía muy contento; seis meses ya, y vaya si se nota, sobre todo para uno que decide volver tres días antes de lo planeadosolo para ver la cara de Lucía cuando le dé la sorpresa.

La verdad es que la echaba tanto de menos que a cada kilómetro del autobús iba contándolos como un niño en un viaje largo.

Me preguntaba qué estaría haciendo Lucía. Seguro que ni se imagina que estoy aquí, a apenas diez minutos andando de casa.

El trayecto hasta el portal se me hizo eterno.

Las bolsas, llenas de cosas que mi madre no pudo evitar darme tarros de mermelada, un poco de jamón, manzanas enormes pesaban como demonios.

Avancé unos metros más y sentí que no podía más. Se me partía la espalda.

Saqué el móvil y llamé a Lucía.

Luci, cariño, susurré al auricular cuando al fin respondió.

¿Álvaro? ¿Qué ha pasado? preguntó alarmada.

Nada, mujer. ¡He vuelto!
Estoy en la parada. Ven por mí, por favor, que mi madre ha cargado las bolsas y no siento las manos.

Silencio en la línea. Miré la pantalla por si acaso se había cortado.

¿Estás en la parada? repitió Lucía, ahora aún más nerviosa. ¿Ahora mismo? Pero si quedamos en que volvías el jueves.

Ya, pero quería darte una alegría, insistí. Luci, ¿es que no te hace ilusión? Estoy reventado. Baja.

¡Espera! volvió a gritar inesperadamente. No vengas todavía bueno sí, pero… Mira, la casa está vacía. Ayer terminé hasta el último trozo de queso.
Hazme el favor: pasa por el veinticuatro horas que hay en la esquina. Cómprate un poco de carne, de ternera buena.

¿Carne? respondí atónito. ¿Me oyes, Lucía? ¡Estoy de seis meses! Con dos bolsas que pesan un quintal, y me mandas de recados.

Tengo la espalda destrozada, lo único que quiero es comer algo y tumbarme.

No lo entiendes, empezó a hablar a toda velocidad, interrumpiéndome. Quiero que a tu vuelta todo esté perfecto. No te cuesta nada, Álvaro.
El supermercado está justo ahí. Pilla carne y unas patatas frescas, que las de casa están pochas.

Pide ayuda a alguien para subirlas, o llévalas poco a poco…

Venga, cariño. Es por nosotros. Yo mientras dejo todo preparado.

Miré mis manos rojas por el peso de las bolsas. Me recorrió una oleada amarga y caliente.

¿Estás de broma? le tembló la voz. ¿A tu marido embarazado sí, porque así casi me siento le mandas a cargar carne porque te apetece preparar algo especial? ¿No puedes venir tú y subirlo?

¡Que ya empecé con lo de la sorpresa! Si salgo ahora lo echo a perder.

Por favor, Álvaro. Te lo pido. Te he echado tanto de menos.

Compra ochocientos gramos de ternera. Y una bolsa pequeña de patatas. Anda, que te espero.

Colgó. Me quedé mirando el móvil apagado, sin entender nada. Me daban ganas de llorar mismo ahí, bajo la farola, solo y helado.

¿Y si de verdad está preparando algo especial? suspiré. Cargué de nuevo las bolsas y fui, arrastrando los pies, al super de la esquina.

***

Empujaba la cesta por los pasillos, cruzándome con la cajera somnolienta que me miraba con lástima.

La carne pesaba más de lo que pensaba, y la malla de patatas era imposible de cargar.

Salí con los dedos tan entumecidos que parecían ganchos.

El móvil vibró otra vez.

¿Compraste todo? preguntó Lucía con demasiada energía.

Sí, contesté apretando los dientes. Estoy en el portal. Ábreme.

¡No subas! exclamó casi histérica. Espérame en el banco de la entrada. Solo diez minutos.

¡Lucía, esto es una broma de mal gusto! ¡Me duele todo, no aguanto más de pie!

La sorpresa no está lista. Si entras ahora se fastidia. Siéntate y respira un poco.

¡Cinco minutos, te lo juro! ¡Tengo que colgar!

Me dejé caer en el banco de madera junto a la puerta. Las bolsas cayeron con estrépito.

Pensé en lanzarle la carne por la ventana.

Diez minutos pasaron. Luego veinte. Yo, abrazado a la tripa, notaba el hervor por dentro.

Imaginaba qué me esperaría: ¿Ramos de flores? ¿Desayuno a la luz de las velas? ¿Un guitarrista dando serenatas?

Nada de eso justificaba estar así, abandonado en plena calle después de una noche sin dormir.

A los treinta y cinco minutos, la puerta del portal chirrió.

Apareció Lucía, con la camiseta al revés y sudor en la frente, nerviosa como nunca.

¡Ah, estás ahí! sonrió forzada, recogiendo las bolsas. ¿Por qué esa cara? ¡Mira la noche! Bueno, mejor subamos.

¿Por qué estás sudando? pregunté con desconfianza, levantándome y apoyándome en la barandilla. ¿Y por qué hueles tanto a lejía?

¡Ya lo verás! dijo animada, tirando de mí.

Subimos. Lucía abrió la puerta con teatralidad, esperando aplausos.

Entré oliendo un tufo fuerte a detergente barato y ambientador brisa marina.

Fui al salón, a la cocina, hasta al baño.

La casa estaba impoluta, aunque demasiado vacía.

Las cosas de siempre habían desaparecido. La alfombra recién aspirada, el polvo fuera. Mis figuritas apelotonadas en un rincón.

¿Y bien? Lucía sonreía de oreja a oreja. ¿Te gusta la sorpresa?

Me volví despacio.

¿Esto es todo? susurré.

¡Hombre! He estado limpiando tres horas sin parar, Álvaro. ¡Mira cómo brilla el baño! ¡Quería que entraras directo a la casa limpia, sin tener que hacer nada!

Corría como loco para acabar mientras tú ibas a por la carne.

Sentí el nudo en la garganta.

¿Así que me obligaste a ir de compras para limpiar tranquila? ¿Y te costaba tanto bajar a buscarme, Lucía?

¡Quería hacerlo todo bien, para variar! Siempre te quejas de que no ayudo con la casa. Pero viniste antes, no me diste tiempo. ¡Tuve que entretenerte!

Y en vez de darme las gracias, vienes con esa cara de funeral.

¿Es que no te das cuenta? grité, perdiendo el control. ¡Me siento fatal, apenas puedo contigo!

¡Lo único que necesitaba era que me ayudaras a llegar, que me cogieras de la mano! No una casa impecable a base de sacrificarme.

Lucía enrojeció y tiró el trapo en el fregadero.

¡Ya estamos! No hay manera de complacerte. Limpiando la casa desde las cinco de la mañana para que estés contento, y lo único que haces es protestar.

¿Has visto alguna vez la casa así? Ni el día de la boda brillaba tanto.

¿Y de qué me sirve? ¿De qué sirve tanta limpieza si me haces pasar la noche fuera, cargando bolsas?

Me obligaste a comprar carne y patatas cuando iba roto. ¡Esto no es una sorpresa! ¡Es un castigo!

¿Ah, sí? Lucía andaba de un lado a otro, furiosa. Pues perdona si no soy la pareja perfecta.

Cualquier otro estaría feliz de que limpiara y preparara la comida. Pero tú solo piensas en tus dolores de tripa, tus quejas.

¿Sabes lo que me costó la noche sin dormir, esperándote, pensando en darte una alegría?

Me pude las manos en la cara.

No entiendes nada… sollozé. Cambiaste mi salud por brillar el suelo.

No tiene nada que ver. ¡La culpa es tuya, por venir antes! Si hubieras llegado el jueves, todo habría salido perfecto. ¡Ahora encima la culpa es mía!

No eres más que un desagradecido, Álvaro. Des-agra-de-ci-do.

Se fue del salón dando un portazo.

El pequeño dentro volvió a moverse; me senté mirando el paquete de carne, abandonado junto a la nevera.

Me sentía débil, náuseas, aún con el abrigo puesto. A los diez minutos, la puerta de la cocina se abrió.

¿Vas a querer la carne? murmuró ella ¿O piensas ayunar para fastidiarme?

No quiero nada, déjame en paz. Solo voy a dormir.

Como quieras soltó la puerta otra vez.

Me fui al baño, tambaleándome. Me miré al espejo: pálido, con ojeras y echando chispas.

Recordé el viaje en el autobús, cómo imaginé el abrazo de Lucía, que dijera: Menos mal que has vuelto.

Eso fue todo el recibimiento…

Cuando volví del baño la discusión seguía; se me alteró tanto que hasta me lanzó la carne.

Me fui de casa en ese mismo momento, ni siquiera me cambié de ropa.

***

Toda la familia me insistió para no divorciarme: mis suegros, la cuñada, hasta algún primo lejano.

Lucía seguía llamando y pidiendo mi regreso.

Pero yo ya lo tenía claro: no quiero vivir con quien pone antes la limpieza que la salud de su familia.

He aprendido, aunque duela, que no siempre quien se desvive por ti, te cuida de verdad.

Rate article
MagistrUm
Volví a casa antes de tiempo: una esposa embarazada, dos bolsas llenas desde casa de mamá y un marido más preocupado por fregar el suelo que por recogerme en la parada