Volví a casa antes
¿Estás en la parada? la voz de mi marido, Iván, sonó en un tono casi chillón. ¿Ahora mismo? ¿Por qué no avisaste? ¡Habíamos quedado para el jueves!
Quería darte una sorpresa frunció el ceño Lucía. Iván, ¿por qué no te alegras? Estoy cansadísima, más que un perro. ¡Baja, venga!
¡Espera! gritó de repente. No vengas… Bueno, sí, ven, pero… Lucía, escucha, en casa no queda ni una miga. Ayer me comí todo lo que había.
Mira, haz una cosa: pásate por el supermercado que abre las veinticuatro horas, el de la esquina. Compra carne, ternera buena.
La bolsa pesada le tiraba tanto el hombro que Lucía soltó un quejido.
Un dolor agudo en la espalda, convertido en su compañero habitual desde hacía dos meses, le recorrió la columna hasta el coxis.
Dejó con cuidado las bolsas sobre el asfalto rugoso, justo al lado de la parada de autobús.
Soltó el aire, posando la mano sobre la parte alta de su vientre.
El bebé se movió dentro de ella, claramente molesto. Seis meses de embarazo no son broma, sobre todo cuando decides darle una sorpresa a tu marido y vuelves de casa de tus padres tres días antes.
Le había echado tanto de menos que los últimos cien kilómetros del viaje los había pasado contando farolas desde la ventanilla.
¿Qué estaría haciendo Iván? Seguro que ni se imagina que ella está ya a diez minutos andando de casa.
El trayecto hasta el portal se le hizo eterno.
Las bolsas, llenas de regalos de los padres tarros de mermelada casera, lomo, manzanas enormes pesaban una tonelada.
Al caminar unos cincuenta metros, Lucía notó que no iba a poder más. La espalda no respondía.
Sacó el móvil y le llamó.
Iván, cariño, hola susurró al escucharle coger la llamada.
¿Lucía? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? preguntó, alarmado.
No pasa nada, bobo. ¡He llegado!
Estoy en la parada frente a casa. Por favor, baja y ayúdame.
Las bolsas pesan horrores; mamá las ha llenado a tope…
Notó una pausa extraña al otro lado. Miró la pantalla para comprobar que no se había cortado.
¿Estás en la parada? repitió Iván, más nervioso aún. ¿Ahora mismo? ¿Por qué no avisaste? ¡Quedamos en el jueves!
Te he querido sorprender insistió Lucía con el ceño fruncido. ¿Es que no te alegras? Estoy agotada. Sal ya, por favor.
¡Un momento! gritó él de nuevo. No vengas aún. Espera… Lucía, de verdad, en casa no queda nada. Me lo comí todo anoche.
Haz una cosa: pásate por el súper de la esquina. Compra carne de ternera buena.
Hoy he pedido el día libre en el trabajo, quería prepararte una comida especial, recibirte como te mereces.
¿Carne, Iván? Lucía se quedó perpleja. ¿Me oyes? Estoy embarazada de seis meses, con dos bolsas enormes, plantada en la calle.
¡Me duele la espalda! ¿Carne? En casa hay patatas y huevos.
Baja ahora. Quiero comer y tumbarme.
No lo entiendes él insistió, atropellado. Quiero que todo esté perfecto. Solo te pido eso.
El supermercado está al lado. Compra algo de carne, y también un par de patatas frescas, que las nuestras están pochas.
Pide ayuda si hace falta, o ves poco a poco…
¡Por favor! Es por nosotros. Yo mientras preparo todo por aquí.
Lucía miró sus manos enrojecidas, marcadas por las asas de las bolsas. Una oleada amarga y cálida le subió al pecho.
¿Tú estás bien de la cabeza? la voz le temblaba. ¿Quieres que yo, tu mujer embarazada, vaya ahora al súper porque a ti te apetece hacer carne?
¿No puedes bajar tú y comprarlo?
Ya he empezado aquí… a preparar cosas. Si salgo, lo echo todo a perder.
Venga, hazlo por mí, por favor. Te he echado mucho de menos.
Cómpra unos 800 gramos de ternera, y una red pequeña de patatas.
Venga, te espero.
Colgó. Lucía se quedó mirando la pantalla ya apagada.
No se lo creía. Se le saltaban las lágrimas ahí mismo, bajo la luz fría del farol.
En vez de un abrazo y una cama caliente, le esperaba una carrera al supermercado.
“Quizás de verdad quiere hacerme algo increíble”, pensó con un suspiro.
Cogió de nuevo las bolsas y, renqueando, se fue al súper.
***
Empujaba el carrito por los pasillos, sintiéndose observada con pena por la cajera somnolienta.
La ternera pesaba un mundo, la red de patatas, aún más.
Al salir del supermercado, ya no sentía los dedos. Eran ganchos inútiles.
Volvió a sonar el móvil.
¿La tienes? preguntó Iván animado.
Sí contestó Lucía, casi entre dientes. Ya estoy en el portal. Ábreme.
¡Espera! casi chilló Iván. ¡No subas! Quédate en el banco. Dame diez minutos.
¿Estás de broma? Lucía alzó la voz, sin preocuparse por los pocos transeúntes ¡Iván, me va a dar algo del cabreo! ¿Diez minutos? ¡Tengo las piernas hinchadas, no puedo estar de pie!
El sorpresa aún no está listo insistía. Si subes, estropeas todo. Siéntate y respira aire fresco.
Cinco minutos, ¡te lo prometo! Cuelgo, que si no no me da tiempo.
Lucía se dejó caer en el banco del portal. Las bolsas cayeron con estrépito.
Le daban ganas de tirar la carne por la ventana del tercero.
Pasaron diez minutos. Luego veinte. Lucía se abrazaba a su tripa, sintiendo que algo bullía dentro.
Imaginaba la escena al entrar… ¿qué habría? ¿Montones de flores, cena con velas, un violinista?
Nada de aquello valdría la pena después de hacerle aguantar en la calle, tras una noche sin dormir.
A los treinta y cinco minutos, chirrió la puerta del portal.
Iván salió disparado, con la camiseta del revés, la frente sudorosa, el pelo alborotado.
¡Ah, estás aquí! forzó una sonrisa, cogiendo las bolsas. ¿Y esa cara? Mira qué día hace… bueno, sí… Vamos, sube.
¿Por qué estás empapado? Lucía lo escrutó mientras subía penosamente, apoyándose en la barandilla. ¿Y por qué hueles a lejía desde lejos?
¡Ya verás! contestó nervioso, casi saltando de impaciencia.
Subieron. Iván abrió la puerta de golpe, esperando una ovación.
Lucía entró en la casa, respirando el olor fuerte a lejía y a un ambientador barato de “brisa marina”.
Revisó el salón, la cocina, el baño.
Todo estaba limpísimo. Y más vacío de lo normal.
Lo que siempre había por medio había desaparecido. La alfombra estaba impecable (aún se veían rastros húmedos), el polvo, ni rastro.
Las figuras de Lucía se acurrucaban en una esquina.
¿Lo ves? Iván sonreía de oreja a oreja. ¡Sorpresa!
Lucía se giró despacio.
¿Eso es todo? preguntó con voz suave.
¿Cómo que todo? Iván casi se sentó de la indignación. ¡Lucía! He estado tres horas limpiando.
He fregado hasta debajo del sofá.
He limpiado toda la vajilla, el inodoro brilla como nuevo.
Quería que al llegar encontraras la casa perfecta, para que tú no tuvieras que hacer nada.
Y mientras tú estabas en el súper, yo acababa los últimos detalles.
A Lucía se le hizo un nudo en la garganta.
¿Por esto… tartamudeó, luchando por no llorar …por esto me hiciste ir al súper y cargar con todo eso, embarazada? ¿No pudiste ni venir a ayudarme porque estabas fregando?
¡Sí! exclamó Iván. ¡Quería que vieras que sí hago cosas en casa!
Llegaste antes de tiempo, me pillaste a medias. Tuve que entretenerte fuera porque no me daba tiempo.
Y tú ahora te pones así, en vez de darme las gracias…
¿Estás tonto o qué? Lucía no pudo más, el grito se le escapó. ¡Me da igual cómo brille el suelo!
¡Me duele la espalda, traía dos bolsas enormes!
Iván, estoy embarazada. ¿Eso lo entiendes? Em-barazada.
Necesitaba que vinieras a por mí, que me cogieras la mano, no que pasaras la fregona.
Iván se puso rojo como un tomate. Lanzó el trapo a la pila.
¡Vaya, ya empezamos! gritó . Por más que lo intento, nunca te parece suficiente. Desde las cinco de la mañana fregando, pensando en ti.
Y llegas y solo sabes gritar.
¿Tú has visto qué limpio está todo? Ni el día de nuestra boda lucía igual.
¿Y para qué quiero todo esto, si el precio son tus prioridades? Lucía ahogada de rabia. ¡Me hiciste esperar media hora en la calle!
Me he quedado helada, tengo las piernas hinchadas.
Me mandaste a comprar carne y patatas cuando apenas podía andar.
Esto no es un sorpresa, es una burla.
¿Así lo ves? Iván empezaba a deambular nervioso Perdona por no ser perfecto.
Cualquier otra se alegraría: marido limpio, comida hecha. Pero tú…
¡Solo piensas en ti! Ay mi barriga, ay mi espalda.
¿Y yo? Yo también me canso. Yo tampoco dormí.
Lucía se tapó la cara.
No te das cuenta… sollozó Nada. Cambiaste mi salud por un suelo limpio.
¡No tiene nada que ver! gritó Iván, golpeando la mesa ¡Has venido antes de tiempo! Me fastidiaste el plan.
Si llegaras el jueves, todo perfecto. Pero no, tenías que aparecer a estas horas y encima echarme la culpa.
Eres una desagradecida, Lucía. Solo eso.
Salió de la cocina, pegando un portazo.
El bebé le dio una patada suave. Lucía se sentó junto a la bolsa de carne, que nadie metió en la nevera.
Se sintió fatal, con arcadas.
Pasados diez minutos, asomó Iván por la puerta.
¿La carne la cocino? gruñó O ¿ya ni comes para fastidiarme?
No quiero nada, Iván dijo Lucía, sin mirarle. Déjame en paz. Solo quiero dormir.
¡Pues allá tú! gritó al cerrar la puerta.
Lucía fue al baño.
Se miró en el espejo: pálida, ojeras enormes, el pelo hecho un desastre.
Recordó su viaje en bus, soñando con un abrazo, un gracias a Dios que has vuelto.
Ya. Sí, un abrazo…
Al salir, el escándalo siguió.
Su marido le volvió a gritar, hasta le lanzó un trozo de carne.
Acabó saliendo tal cual estaba ni siquiera se cambió de ropa.
Otra vez, a casa de sus padres.
***
Toda la familia intentó convencer a Lucía de no divorciarse: sus suegros, su cuñada, hasta parientes lejanos.
Iván la llamaba y le pedía que volviera.
Pero ella ya había decidido: ese no era el marido que quería.
¿Por qué seguir con alguien que prioriza la limpieza de casa por encima de la salud de su mujer y su futuro hijo?
La vida le enseñó que, más allá de sorpresas y suelos brillantes, lo realmente importante es la atención y el respeto hacia la persona que más quieres. Porque a veces, lo que parece un detalle sin importancia puede ser el mayor gesto de amor: simplemente, estar ahí.





