Vivo junto a mi madre. Mi madre tiene ya 86 años.
Así ha sido mi vida: nunca llegué a casarme y tampoco tuve hijos. Es curioso cómo han ido las cosas, como si el destino hubiera decidido por mí. Ahora tengo 57 años. Hace poco celebré mi cumpleaños, pero fue solo entre nosotras dos, mi madre y yo. No tenía a quién invitar. No tengo amigos cercanos y, tanto mi madre como yo, carecemos de familiares próximos.
Compartimos hogar y siempre nos apoyamos mutuamente. Mi madre, aunque cuenta ya con sus ochenta y seis primaveras, sigue con buen ánimo. No sé qué haré cuando ella falte. Sin embargo, pese al paso de los años y las dolencias que trae consigo la edad, mi madre nunca se rinde. Incluso a veces sale sola a dar paseos por el barrio.
Ya estoy jubilada, aunque sigo trabajando de vez en cuando porque la pensión que recibimos no nos alcanza para vivir dignamente aquí en Madrid. No me desanimo por ello y agradezco cada día tener a mi querida madre a mi lado. Al fin y al cabo, hay quienes están mucho peor: algunos no tienen ni piso, ni familia, ni una peseta ahorrada.
Nosotras, por suerte, vivimos tranquilas y sosegadas. Por las tardes, preparamos un té, tejemos al calor del brasero y vemos aquellas películas y series antiguas que tanto nos gustan. Los fines de semana, me gusta hornear algún bizcocho y, de vez en cuando, invito a los vecinos. Ellos nos cuentan historias de sus parientes. Me alegra comprobar la dicha de quienes tienen buena vida y rezo para que, a nosotras dos, nos eludan las desgracias.
Así discurren nuestros días. Sólo deseo que esta vida sencilla y apacible que compartimos mi madre y yo pueda alargarse todo lo posible…







