Vamos a vivir el uno para el otro
Tras la muerte de su madre, Enrique consiguió recomponerse un poco. Su madre llevaba tiempo ingresada en el Hospital Universitario de Salamanca, allí fue donde exhaló su último aliento. Antes de eso, estuvo una temporada en su propia casa, y Enrique y su mujer, Verónica, se turnaban para cuidar de ella. Las casas quedaban una al lado de la otra; aunque Enrique le propuso a su madre que se viniera con ellos, ella nunca quiso ceder.
Hijo, aquí falleció tu padre, y aquí moriré yo. Me siento más tranquila, sollozaba ella, y Enrique no tuvo más remedio que acceder.
A él y a Verónica, claro, les habría sido más fácil tenerla en casa, pero su hija, Inés, tenía trece años y no querían que la abuela se fuera apagando delante de sus ojos. Enrique trabajaba a turnos en la estación de tren, y Verónica era maestra de primaria en el colegio de la plaza. Por eso, la madre siempre tenía a alguien cuidándola y hasta se turnaban para pasar la noche en su casa.
Mamá, ¿la abuela se va a morir pronto? preguntaba Inés. Qué pena, con lo buena que es con nosotras.
No sé, hija, pero algún día llegará ese momento, así es la vida.
La abuela empeoró y la llevaron al hospital. Enrique tenía una hermana pequeña, Carmen, tres años menor, con un hijo, Antonio, que normalmente era cuidado por la abuela y por Verónica, mientras Carmen decía estar siempre de viaje por trabajo. Llevaba años divorciada y nunca quiso cuidar de la madre, sabía que su hermano y su cuñada se encargaban. Carmen siempre fue el polo opuesto de Enrique: dura, insensible, conflictiva.
Tres días después de ingresar, la madre de Enrique y Carmen falleció. Tras el entierro, decidieron vender la casa materna; si la abandonaban, en seguida se echaría a perder. La madre había hecho un testamento y dejado la casa a Enrique; con Carmen nunca tuvo una relación cordial, algo que Carmen sabía de sobra y por lo cual apenas hablaba con su madre.
Al vender la casa, Verónica insistió de forma persistente:
En cuanto recibas el dinero, reparte la mitad con Carmen.
Verónica, que Carmen tiene su propio piso, el exmarido dejó la vivienda y se fue con una mano delante y otra detrás. Además, ya sabes que se lo va a gastar.
Eso da igual, Enrique, así nuestra conciencia quedará limpia. Al menos, no podrá criticarnos a cada paso.
Enrique accedió y, apenas entregó a Carmen la mitad del dinero, ella preguntó, sin pestañear:
¿Y ya está? ¿Dónde está el resto?
El tiempo pasó, Inés cumplió quince años y la desgracia volvió a golpearles. Verónica enfermó gravemente. Había estado arrastrando un malestar, pero lo achacaba al cansancionormal, con los chiquillos del colegio. Hasta que, un día, perdió el conocimiento en el portal de casa. La llevaron al hospital; el diagnóstico fue implacable, llegaba demasiado tarde.
¿Seguro que no hay algo que hacerle? suplicó Enrique al médico, visiblemente angustiado.
Lo sentimos, hacemos todo lo posible, pero ingresó demasiado tarde, ni siquiera vino por su cuenta, llegó ya muy mal. ¿No notaron que estaba enferma?
Claro que sí, yo insistí muchas veces en que se hiciera pruebas, pero Verónica siempre ha vivido para los demás, nunca para sí misma…
Poco después, Enrique la llevó de vuelta a casa; ya no se levantaba de la cama. Entre él e Inés cuidaban de ella, pero la enfermedad avanzaba imparable. Enrique mismo se encargaba de los inyectables, pidió la baja en el trabajo para estar a su lado; pero el permiso acabó y cuando tuvo que regresar, Inés se hacía cargo de la madre, la alimentaba, la aseaba. Claro que se agotaba.
Un día, Carmen apareció por casa.
Enrique, se me ha estropeado la lavadora, ¿puedes venir a echarle un vistazo? Sé que tú entiendes de estas cosas.
Iré mañana, prometió, y al día siguiente, tras terminar el turno, se la arregló.
Al irse de casa de Carmen, le pidió:
Podrías venir de vez en cuando a ayudar, así Inés no se queda sola con Verónica. Tiene quince años, se cansa muchísimo, física y mentalmente. Tiene que pasar noches sin dormir cuando mi turno es de noche. Verónica cuidó de tu Antonio casi hasta los diez años, y te defendió cuando tu marido intentó echarte de tu propia casa.
No empieces con historias del siglo pasado. Antonio ya tiene diecisiete, recuerda que me casé antes que tú. Sí, tu Verónica cuidó de mi hijo, pero yo estaba trabajando fuera. Y le regalé un anillo de oro en agradecimiento.
Sí, lo sé, pero ella no lo aceptó, te lo devolvió inmediatamente.
Si no lo quería, no era para menos. Pero no compares: cuidar a un niño sano no es lo mismo que atender a una persona moribunda. No cuentes conmigo cortó Carmen, ni siquiera agradeció la reparación.
Enrique no sentía tanto rabia como desilusión.
No vuelvas a pedirme favores, eres fría y sin corazón.
Desde entonces, Carmen dejó de existir para él. Verónica se apagaba poco a poco. Ese día, Inés, que esperaba junto a la ventana, vio regresar a su padre y salió a su encuentro.
Papá, mamá está muy mal, se ha girado hacia la pared y ya ni habla. He intentado darle la medicina, agua, pero…
No te preocupes, hija. Saldremos adelante, lo haremos juntas.
Pero esa misma noche, Verónica falleció. Padre e hija lloraron amargamente. Enrique sentía, por un lado, cierto alivio al pensar que su mujer ya no sufría, y que Inés tampoco tenía que seguir presenciando aquella agonía. Había amado profundamente a su esposa, pero la enfermedad no solo se la había llevado, también terminó por desgastarlos a él e Inés.
Tras el funeral, Enrique cayó en el desánimo. Le faltaba su forma de mirar, su risa, su cariño esos recuerdos pesaban demasiado. Inés también sufría, aunque hacía lo posible por consolar a su padre.
Papá, hicimos todo lo que pudimos. Ahora debemos aceptar que mamá ya está descansando, donde está, no sufre. Poco a poco nos haremos a la idea. Lo más importante es que nos tenemos el uno al otro.
Hija mía, qué madura te has vuelto se sorprendió Enrique. Esta desgracia te ha hecho crecer antes de tiempo.
Inés se esforzaba por estar cerca de su padre, y Enrique, al salir del trabajo, regresaba casi corriendo, sabiendo que su hija le esperaba, incluso ya le preparaba la cena. Inés aprendió a cocinar, y aprovechaban las cenas para contarse sus novedades.
Un día, al regresar, Inés le contó:
Papá, hoy después del colegio vino la tía Carmen.
¿Y qué quería esa? dijo Enrique, irritado. No tienes que dejarla entrar.
Entró detrás de mí, no me dio tiempo a cerrar. Dijo que venía a por el abrigo de visón de mamá y unos cuantos objetos, que tú lo sabías.
No le dí nada, se fue enfadada.
Yo no le he dado permiso. Y la próxima vez, hija, cierra bien la puerta. No tiene nada que hacer aquí.
Unos días después, Enrique sufrió un fuerte dolor en el pecho en el trabajo. El aire no le llegaba, se puso pálido y perdió parcialmente el conocimiento. Un compañero llamó a una ambulancia y lo llevaron al hospital. Inés llegó llorando al hospital; un médico la tranquilizó:
No te angusties, tu padre está consciente. Tuvo un preinfarto, pero está fuera de peligro. Requiere tratamiento y descanso.
Ahora todas las responsabilidades recaían sobre Inés: padre, colegio, la casa y no podía contar con nadie. Iba corriendo a todas partes, intentando que todo saliera bien, llegando incluso a preparar algo para llevarle a su padre al hospital. Un día, Carmen apareció con una empanada.
Inés, le he traído esto de mi parte a tu padre. No quiero verle, sabes que no me soporta. Llévaselo, pero no digas que lo he hecho yo.
De acuerdo, gracias, tía Carmen.
A los quince minutos entró Antonio, que a veces ayudaba a Inés; al fin y al cabo, eran primos. Acababa bachiller y se preparaba para la universidad.
Se me olvidaron las llaves y he pasado por aquí. Oye, ¿has hecho tú la empanada?
No, yo no sé hacerlas. Tu madre la trajo para mi padre, para el hospital. Si quieres, te corto un trozo, después del cole siempre vienes con hambre y, para papá, es demasiado.
Antonio aceptó y, además, Inés le sirvió un té. Decidieron entonces ir juntos al hospital. Pero al llegar al patio del hospital, Antonio palideció de repente, empezó a sudar y se apoyó al pretil. Cayó al suelo. Menos mal que ya estaban en la entrada.
Descubrieron que Antonio tenía en sangre una sustancia tóxica.
¿Qué ha comido? preguntó el médico a Inés.
La empanada que trajimos para mi padre, la hizo la madre de Antonio para él.
Bajo ningún concepto se la des a tu padre. Me la quedo para investigar.
Avisaron a Carmen. Llegó al hospital entre llantos.
¡Dios mío, hijo, qué te ha pasado! ¿Con qué te has intoxicado tanto?
Se comió tu empanada, tía Carmen. Le di un trozo antes de ir al hospital respondió Inés, y Carmen se quedó cetrina.
Perdónala, está arrepentida y sufre
Al poco, la llevaron a comisaría. Resultó que había puesto veneno en la empanada para acabar con su hermano y quedarse con su casa. Pensaba que Inés, más tarde, se iría a la universidad y se mudaría a la residencia de estudiantes. Carmen había planeado todo, necesitaba el dinero. Lo único con lo que no contaba era con que su propio Antonio pudiera acabar comiéndosela.
En cuanto Enrique fue dado de alta, fue al calabozo a visitar a Carmen, junto con Inés y Antonio.
Perdóname, Enrique, perdóname, Antonio, y tú también, Inés… Lo he entendido todo. Por Dios, os lo ruego lloraba.
Enrique retiró la denuncia y, al poco, Carmen salió en libertad. Antonio, sin embargo, no podía perdonarla; su relación se volvió fría, pasaba más tiempo en casa de Enrique y de Inés.
Tío Enrique, no puedo perdonarla, la odio, ¿cómo ha podido hacer eso?
Antonio, no elegimos a los padres. Tu madre ha cometido algo terrible, sí, pero está realmente arrepentida y atormentada. Todos podemos errar. Dale una oportunidad, perdónala… está sufriendo.
Poco a poco, todo fue volviendo a la normalidad. Antonio entró en la universidad. Inés preparaba la selectividad, también quería seguir estudiando, aunque le preocupaba dejar solo a su padre.
No pasa nada, hija, tú tienes que estudiar. Viviremos el uno para el otro, vendrás los fines de semana y en vacaciones. Tu madre siempre quiso que estudiarás para ser maestra.







