Viviremos el uno para el otro: Una historia de familia, pérdida y superación entre padres e hijos …

Diario de Jaime Serrano, Toledo

Tras la muerte de mi madre, poco a poco conseguí sobreponerme. Mamá llevaba ya un tiempo ingresada en el Hospital Provincial, allí fue donde falleció finalmente. Antes de eso, estaba en casa, y mi mujer Clara y yo nos turnábamos para cuidarla. Vivimos en casas contiguas; le ofrecí muchas veces venirse a nuestra casa, pero ella siempre se negó.

Hijo, aquí murió tu padre, y aquí quiero quedarme yo. Me resulta más sencillo lloraba, y no pude hacer otra cosa sino aceptar.

Sin duda habría sido más fácil para Clara y para mí tenerla en casa, pero, por otro lado, nuestra Lucía apenas tenía trece años y no quería que viese a su abuela apagándose delante de sus ojos. Yo trabajaba de noche en la fábrica, y Clara era maestra de primaria en el colegio local. Por eso, la abuela nunca estaba sola, incluso pasábamos noches alternándonos en su casa.

Mamá, ¿la abuela se va a morir pronto? me preguntaba Lucía. Qué pena, es tan buena…

No lo sé, hija, pero algún día a todos nos llega esa hora. Así es la vida.

Cuando mamá empeoró, la llevamos al hospital. Yo tengo una hermana, Ángela, tres años menor que yo, con un hijo, Marcos, al que siempre cuidaba la abuela con ayuda de Clara, porque Ángela siempre estaba “de viaje de trabajo”, así lo justificaba. Está divorciada desde hace años, y nunca mostró muchas ganas de cuidar a mamá, pues sabía que Clara y yo nos ocupábamos. Ángela es todo lo contrario a mí. Siempre fría, problemática y con poco corazón.

Mamá falleció a los tres días de ingresar. Tras el entierro, decidimos vender su casa; los años la harían venirse abajo si no la atendíamos. Hace tiempo, mamá la había donado ante notario a mi nombre. Con Ángela nunca se entendió demasiado, e incluso dejó de hablarle por años.

A pesar de todo, en cuanto vendimos la casa, Clara me insistió:

Cuando recibas el dinero, Jaime, repártelo a partes iguales con Ángela.

Clara, Ángela tiene su piso. Su exmarido le dejó un buen lugar donde vivir. Total, va a derrochar el dinero igual…

No importa, Jaime. Así dormiremos tranquilos. Si no, no parará de hablar pestes de nosotros por todo Toledo.

Al final le di la mitad a Ángela y, en vez de darme las gracias, sólo preguntó con desdén:

¿Eso es todo? ¿Y el resto?

Con el tiempo, Lucía cumplió quince años, y llegó otra desgracia. Clara enfermó de gravedad. Siempre se quejaba del cansancio ser maestra no es fácil, pero un día perdió el conocimiento en el patio. Se la llevaron a urgencias y, tras varias pruebas, confirmaron la peor noticia. Era demasiado tarde.

¿Hay algo que se pueda hacer? pregunté desesperado al médico. Sólo alzó los hombros.

Ya es muy tarde. Ni siquiera vino de propia voluntad. ¿No veían que estaba mal?

Yo insistí en que fuese al médico, pero Clara siempre se sacrifica por los demás y nunca piensa en ella le contesté, rindiéndome.

Conseguí que la trajesen a casa, ya postrada, y Lucía y yo la cuidábamos sin descanso. La enfermedad avanzaba rápido. Yo me arreglé para pedir la excedencia; quería estar a su lado. Cuando tuve que volver al trabajo, Lucía, después de clase, daba de comer a su madre y también la aseaba lo que podía; volvía agotada.

Un día apareció Ángela.

Jaime, se me ha estropeado la lavadora. Ven a verla, que tú entiendes.

Vale, iré mañana después del turno.

Fui y arreglé la lavadora. Al irme, le pedí:

Podrías venir de vez en cuando a casa, aunque sea para estar con Lucía mientras trabajo. Mi niña se está encargando de todo sola, tiene sólo quince años, se está cargando con un mundo que ni un adulto soportaría. Clara te ayudó mucho, ¿recuerdas? Crió a tu Marcos y hasta defendió tu piso cuando tu ex quiso el reparto.

Ay, no me vengas con historias del siglo pasado. Marcos ya tiene diecisiete, y yo me casé antes que tú. Si tu Clara me ayudó, yo le regalé un anillo de oro a cambio.

Sí, pero te lo devolvió y tú tan contenta lo recogiste.

Si no lo quería, pues lo cogí. Además, no es lo mismo cuidar a un niño sano que estar día y noche con una moribunda. Ni hablar, paso de eso y se marchó sin siquiera agradecerme el apaño.

No sentí ya ni rabia. Sólo dije:

No vuelvas a pedirme nada. Eres egoísta y cruel.

Nunca más volví a pensar en mi hermana. Clara se apagaba muy deprisa. Lucía me vio volver una tarde y corrió hacia mí:

Papá, mamá no quiere comer, ni beber, se ha quedado mirando a la pared y no habla.

Tranquila hija, saldremos adelante. Tienes a tu padre aquí.

Esa misma noche, Clara se fue. Lloramos juntos su ausencia, yo sentí alivio al pensar que ya no sufría y mi hija tampoco tenía que ver el deterioro. Quise muchísimo a Clara, pero esa enfermedad acabó con todos, la pobre Lucía incluida.

Después del entierro fue un vacío permanente. No podía acostumbrarme a la falta de su risa, su mirada o sus cuidados. La necesitaba, pero nunca volvería. Lucía también sufría, aunque era ella quien intentaba animarme.

Papá, hemos hecho todo por mamá. No está y tenemos que aceptarlo. Ahora ya no sufre, y nosotros poco a poco aprenderemos a vivir así. Nos tenemos el uno al otro.

Qué mayor te has hecho hija mía. Esta desgracia te ha hecho madurar mucho.

Lucía procuraba estar siempre conmigo, y yo, en cuanto terminaba de trabajar, volvía corriendo para estar a su lado. Aprendió a cocinar, y cenábamos juntos cada noche, contándonos nuestras cosas.

Un día, al llegar, me dijo:

Papá, hoy vino tía Ángela después del colegio. La dejé entrar porque llegó justo detrás de mí. Quería llevarse el abrigo de piel de mamá y unas cuantas cosas más, dijo que tú sabías.

No le des nada. Ni caso. Y la próxima vez, cierra con llave nada más llegar. No tiene nada que venir aquí.

Pocos días después, en el trabajo, sentí un dolor agudo en el pecho; me costaba respirar y enseguida me desmayé. Un compañero llamó a emergencias y me llevaron al hospital. Lucía vino llorando; el médico la tranquilizó.

No te preocupes, sólo es un susto, está consciente, pero tiene principio de infarto, necesitará tratamiento.

Ahora era Lucía la que llevaba todo el peso: colegio, casa, cuidar de mí. Hacía visitas al hospital cuando podía, siempre traía algún detalle. Un día, vino Ángela con un pastel.

Lucía, he hecho una tarta para tu padre, ¿cómo está? No quiero verle, sabes que no me soporta. Llévasela, pero no le digas que la hice yo.

Vale, gracias, tía Ángela respondió Lucía, y salió.

Al poco, entró Marcos, que ya ayudaba mucho en casa. Estaba terminando el bachiller y preparaba las pruebas de la universidad.

Me he dejado las llaves, por eso he venido. ¡Vaya, Lucía! ¿Has hecho tú la tarta?

No, ni idea. Es tu madre, que la trajo para mi padre al hospital. ¿Te corto un trozo? Es mucha para él solo y tú vienes de clase…

Marcos aceptó, Lucía le sirvió un poco y tomaron té juntos. Decidieron llevar un trozo al hospital a mi lado. Pero, antes de entrar, Marcos se puso pálido, sudoroso, se agarró a la barandilla y, de pronto, cayó desplomado. Por suerte, ya estaban en el hospital.

Analizaron su sangre: había ingerido alguna sustancia tóxica.

¿Qué ha comido? preguntó el médico.

Sólo la tarta que trajo su madre para mi padre.

No se la des a tu padre. Nos la quedamos para analizarla.

Avisaron a Ángela, que acudió alterada.

¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado, hijo? ¿Cómo te has podido intoxicar así?

Comió tu tarta, tía Ángela. Yo misma le di un trozo contestó Lucía. Ángela se puso blanca en ese instante.

Al poco se la llevó la policía. Pronto confesó: había puesto veneno en la tarta, pensaba acabar conmigo y después vender la casa; Lucía pensaba que se iría a la residencia universitaria. Pero no previó que Marcos también la probaría.

Cuando me dieron el alta, fui con Lucía y Marcos a verla al centro policial.

Perdóname, Jaime, por Dios lloraba Ángela. Perdón, hijito, perdón, Lucía. He perdido la cabeza…

Retiré la denuncia y al cabo del tiempo la soltaron. Marcos, sin embargo, no podía perdonarla y prefería venir a casa con nosotros.

Tío Jaime, nunca la perdonaré. No lo entiendo, ¿cómo pudo?

Marcos, no elegimos a los padres. Lo que hizo fue terrible, sí, pero está arrepentida. Todos cometemos errores graves alguna vez. Dale una oportunidad, te necesita y sufre mucho por lo que ha hecho.

Al final, todo fue volviendo poco a poco a su cauce. Marcos entró en la Universidad Complutense; Lucía terminó el instituto y preparaba su entrada en la Universidad de Castilla-La Mancha, aunque no quería dejarme solo.

No te preocupes, hija le dije, tú debes estudiar. Nos tenemos el uno al otro, y vendrás en vacaciones y fines de semana. Mamá siempre quiso que entraras en Magisterio. Vamos a vivir el uno para el otro, como ella deseaba.

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