**Vivir para sí misma**
—Pero si solo tengo 49 años… —Margarita miraba al médico con incredulidad—. ¿De verdad no hay nada que se pueda hacer? —preguntó, buscando un atisbo de esperanza.
—Con el tratamiento adecuado y ciertos procedimientos, podríamos alargarlo un poco… quizás un año, año y medio —respondió el doctor Adrián Méndez, golpeando ligeramente el lápiz contra la mesa, el mismo con el que acababa de anotar algo en su historial. Tras una larga carrera, estaba acostumbrado al shock, las lágrimas, los reproches. Cada paciente reaccionaba distinto al escuchar que la muerte llamaba a su puerta.
—Lo pensaré —fue lo único que dijo Margarita antes de salir.
Hasta hace poco, nunca había tenido problemas serios de salud. Ni siquiera resfriados frecuentes. Pero hacía un par de meses, al notar que algo no iba bien, acudió al hospital. El diagnóstico fue claro: un tumor inoperable. «Seis u ocho meses», pronosticó el doctor. Margarita no lloró ni culpó a nadie por no haberlo detectado antes. Solo pensó en lo poco que era ese tiempo. Ni siquiera llegaría a su quincuagésimo cumpleaños.
—Hoy hace un día precioso. —La voz la sacó de sus pensamientos. Al salir del hospital, se había sentado en un banco del parque y no se dio cuenta de que un anciano se acomodaba a su lado. Apoyaba las manos en un bastón, erguido, mirando al sol entrecerrando los ojos.
—Perdone si la he molestado —se disculpó al ver que ella se sobresaltó.
—No, en absoluto —intentó sonreír—. La verdad es que sí, hace muy buen día.
—A mi edad, hasta los días de lluvia me alegran. Pero estos, con sol… son un regalo. Quizá sea un capricho de viejo, pero me gustaría que mi último día fuera así: cálido y luminoso.
—Habla de la muerte con tanta tranquilidad… —comentó Margarita, sorprendida.
—Tengo 94 años —el anciano soltó una risa seca—. Además, la muerte no entiende de edades. ¿Quién sabe cuándo tocará a tu puerta? Hay que estar preparado siempre. Lástima que yo lo entendí demasiado tarde. Si no, no habría dejado tantas cosas para «más adelante». Porque ese «más adelante» a veces nunca llega.
—Por ejemplo, usted… ¿qué haría si supiera que mañana es su último día? Aunque… perdone a un viejo charlatán. Es que no tengo con quién hablar —suspiró—. Mis compañeros de habitación solo saben quejarse. ¿Para qué perder el tiempo así? Detrás del edificio principal está el hospicio. Ahí es donde terminamos todos. Y está claro que la única salida es… ya sabe. Entre este banco y este parque, yo preferiría un crucero. ¡El último viaje! —rió, pero enseguida se serenó—. ¿Que por qué sigo aquí? Bueno… no tengo dinero. Mis familiares me trajeron, el piso ya está a nombre de mi nieto, y hasta cobran mi pensión. Pero no les guardo rencor. Son jóvenes. Seguro piensan que lo necesitan más.
Margarita lo escuchaba en silencio, con una arruga profunda entre las cejas. De pronto, cayó en la cuenta: nunca había vivido como quería. Su trabajo le desagradaba, pero el sueldo era bueno. Primero fue la hipoteca. Luego ayudar a su hija y al yerno. Por eso aguantó. Tampoco amaba a su marido desde hacía años. Hacía una década que descubrió sus infidelidades, recurrentes y con distintas mujeres.
Lloró de rabia, pero el miedo a quedarse sola la mantuvo a su lado. «Si ni siquiera mi marido me quiere, ¿quién más lo hará?». Y eso que siempre se consideró una buena esposa: casa limpia, comidas hechas, sin dramas. A su hija, desde que nació, le dio todo lo que pudo. La malcrió. Incluso privándose de cosas. Pero ahora solo la llamaba para pedirle que cuidara al niño o para llorar porque al yerno no le habían pagado el bonus, o porque faltaba ropa, calzado, abrigos… Y Margarita cedía, enviando dinero mientras posponía sus propias necesidades.
—Me voy a divorciar —anunció al llegar a casa—. Y a pedir la división de bienes. Puedes quedarte el piso si me pagas mi parte. Yo me voy.
—¿Adónde? —preguntó él, desconcertado.
—A viajar —respondió ella, sacando una maleta—. Ahora ni siquiera hace falta ir al juzgado. Piénsalo un par de días. Yo me quedaré en la casa de Laura.
—No lo entiendo.
—Debí hacerlo antes. Así los dos tendremos tiempo de ser felices —dijo Margarita, ya en la puerta.
En el trabajo pidió una excedencia y luego la baja voluntaria. Retiró sus ahorros y se puso a buscar viajes.
—Mamá, ¿recoges a Javierito hoy? Queremos ir a cenar —llamó su hija ese mismo día.
—No.
—¿Cómo que no? —la hija no estaba acostumbrada a negativas.
—Tengo mis cosas.
—¿No puedes dejarlas para otro día? Es una cena importante…
—Contratad a una canguro.
—¡Pero es caro!
—Si tenéis para restaurantes, tendréis para eso.
La hija refunfuñó y colgó. Margarita respiró hondo. Había tomado la decisión correcta.
En la casa de su amiga Laura, el otoño era cálido y seco. El aire olía a flores y manzanas. Margarita se meció en una hamaca, pensativa. Primero dudó: ¿era egoísta? Luego recordó al anciano del parque. Toda su vida la había vivido para otros. ¿No merecía, al menos este tiempo, vivir para sí misma?
Su marido llamó, pero más por sorpresa que por interés. Al tercer día, cedió y aceptó pagarle su parte. Margarita se sintió aliviada. Una semana después, estaba en un chiringuito frente al mar, observando a familias y parejas, inventando historias sobre ellos.
—Buenas tardes. ¿Le importa si me siento? —un hombre se acercó a su mesa.
—Adelante.
—Sería un crimen quedarse en la habitación con este atardecer. Parece que todos pensaron igual —dijo él, riendo.
—Margarita.
—Alejandro. Soy escritor. Suelo encerrarme a trabajar, pero hoy las ideas no fluían. Me alegro —le dedicó una sonrisa—. ¿Y usted?
—Invento historias. Mire esa pareja —señaló a unos jóvenes cogidos de la mano—. Él es un pintor sin un duro. Ella, hija de un magnate que desaprueba su relación. Hoy es su primera noche libres. Ella cree en su talento. Él jura que, por ella, hasta pintaría al diablo en persona.
—¿Los conoce?
—No. ¿Cree que tendría futuro como escritora? —bromeó Margarita.
Alejandro se rió. —El cliché es eterno. Pero si él enloqueciera después de pintar al demonio… ahí habría drama.
Pasaron dos meses. Alejandro se enamoró de ella como un adolescente. Margarita también, aunque el miedo a su enfermedad la atenazaba. Él le propuso quedarse juntos en una casita cerca de la playa.
—Puedo escribir desde cualquier sitio. Y tú serás mi musa —dijo, entusiasmado.
—Aprenderé a cuidar el jardín y a hacer tus empanadas favoritas —respondió ella, besándole la mejilla. Decidió no contarle nada. «Que sea lo que tenga que ser».
Fueron felices. Mañanas de café, tardes paseando por la orilla. Margarita, para no aburrirse, se unió a una ONG. Pasaron los meses, y su salud no empeoró. Al contrario. Su hija, al principio molesta, terminó aceptando su decisión. Incluso prometió visitarla.
Una mañana, el teléfono la despertó.
—Margarita, soy el doctor Méndez. Ha habido un error terrible en el laboratorio… esos análisis no eran suyos.
—¿Entonces qué tenía?
—Nada. Estrés, cansancio… lo siento mucho.
—Yo no —susurró Margarita, mirando a Alejandro, que aún dormía. Colgó y fue a preparar el desayuno, sintiéndose más feliz que nunca.






