Vivimos juntas, mi madre y yo, en una casa peculiar cerca del Manzanares. Mi madre tiene 86 años, los mismos que parecen bailar sobre sus párpados cada vez que amanece Madrid.
La vida me condujo por caminos laberínticos y nunca llegué a casarme ni tuve hijos; un itinerario extraño, tejido por sueños torcidos y silencios antiguos. Ahora tengo 57 años. Recientemente soplé las velas de mi cumpleaños, solo acompañada por mi madre, como dos sombras cómplices en la antigua cocina esperando que herviera el té. Nadie más se sentó con nosotras, pues no tengo amigas y nuestros parientes son fantasmas que nunca llegan a llamar.
Siempre nos hemos cuidado mutuamente, como dos gorriones sobre la cornisa de la ventana. No imagino qué haré el día en que mi madre deje la casa vacía de sus risas y sus quehaceres. Aunque sus primeros pasos cada mañana suenan frágiles, sorprendentemente sigue saliendo sola a pasear por la plaza, saludando a las jacarandas como si fueran viejas amigas.
Estoy jubilada, pero el retiro apenas alcanza para llenar la nevera. Por eso sigo trabajando algunas tardes, ordenando papeles y tejiendo sueños con hilos de euros, que siempre parecen derretirse demasiado rápido. No me quejo; tengo a mi madre conmigo. Hay quienes han perdido incluso el rincón donde dormir, alguien con quien compartir un té o una conversación.
Nosotras preferimos la tranquilidad: al caer la noche, nos servimos un té en tazas desparejadas, tejemos bufandas largas como recuerdos, y vemos películas antiguas, donde Madrid parece siempre iluminada por farolas y secretos. Los fines de semana, horneo bizcochos y llamamos a los vecinos, que nos cuentan historias de sus familias dispersas por toda Castilla. Me regocijo por quien sonríe, y rezo para que a nosotras nos esquiven las tormentas y las penas silenciosas.
Así es nuestro vivir, dulce y pausado. Deseo que siga así, largo y sereno, como un domingo interminable para mi madre y para míA veces, cuando la casa está envuelta en silencio y el reloj del pasillo marca una hora indecisa, me detengo a escuchar la forma en que respira la vida: el rumor lejano del tráfico, la voz de mi madre tarareando una canción antigua, el latido persistente de la esperanza. En esos instantes, sé que todo lo esencial está contenido en estos días tranquilos, en el olor a bizcocho y el calor de una mano. Quizás, algún día, la casa se llenará de ecos y yo aprenderé a tomar el té sola, pero por ahora, cada tarde junto a mi madre es una pequeña eternidad que guardo como un tesoro.
Porque este es el truco secreto de la felicidad: saber que, aunque la vida pase, la ternura queda suspendida en el aire, como el perfume de las jacarandas tras la lluvia. Y cuando apague la lámpara y nos cubra la noche, me bastará con saber que hoy fuimos dos y que, pese a todo, Madrid sigue brillando justo al otro lado de nuestra ventana.







