Mira, Diego, no te lo tomes a mal, ¿vale? Pero quiero que sea mi padre quien me lleve hasta el altar. Al fin y al cabo, es mi padre de sangre. Ya sabes, un padre es un padre. Y tú… tú eres el marido de mi madre. En las fotos quedará mucho más bonito si salgo con él. Además, va elegantísimo con traje.
Diego se quedó quieto, con la taza de café a medio camino.
Tenía ya cincuenta y cinco años. Las manos, ásperas y llenas de callos, las de un camionero que ha pasado media vida en la carretera. Y la espalda, maltrecha por los años.
Sentada enfrente estaba Almudena, la novia. Guapísima. Veintidós años.
Diego la recordaba con apenas cinco añitos, la primera vez que entró en aquella casa. Entonces se escondió detrás del sofá, gritando: ¡Vete, eres un extraño!.
Pero él no se fue.
Se quedó. Le enseñó a montar en bicicleta. Pasó noches en vela junto a su cama durante la varicela, cuando su madre, Verónica, caía de agotamiento.
Pagó sus brackets, vendiendo su vieja Vespa. Costeó su matrícula de universidad, trabajando turnos dobles y dejando la salud en el camino.
Mientras, el padre de verdad, Javier, aparecía cada tres meses. Traía un oso de peluche, la llevaba a la heladería, contaba aventuras de sus grandes negocios y volvía a desaparecer. Jamás vieron ni un euro de pensión alimenticia.
Por supuesto, Almu murmuró Diego, dejando la taza sobre la mesa. La taza tintineó sorda. La sangre tira, lo entiendo.
¡Eres un sol! dijo Almudena, dándole un beso rápido en la mejilla sin afeitar. Por cierto, hay que pagar la señal del restaurante. Papá dijo que lo iba a transferir, pero le han bloqueado la cuenta por una inspección de Hacienda, una historia. ¿Podrías adelantar cien mil? Te lo devuelvo con lo que me den en la boda…
Sin decir nada, Diego fue al viejo aparador, rebuscó entre la ropa y sacó un sobre.
Ese dinero era para reparar su viejo SEAT. El motor sonaba fatal, necesitaba arreglarlo desde hacía meses.
Toma. No hace falta que me lo devuelvas. Es mi regalo.
La boda fue de ensueño.
En un club en las afueras, con arco de flores naturales, un maestro de ceremonias carísimo.
Diego y Verónica se sentaron en la mesa de los padres. Diego, enfundado en su único traje, que ya le apretaba un poco.
Almudena brillaba.
Fue Javier quien la acompañó hasta el altar.
Aquel Javier impecable. Alto, moreno, recién llegado de Marbella, con esmoquin alquilado, pero nadie lo supo. Caminaba orgulloso, sonriendo a las cámaras, enjugándose una lágrima invisible.
Las invitadas susurraban: ¡Qué porte! ¡Cómo se parecen padre e hija!.
Nadie sabía que el dinero para el alquiler lo puso Almudena, a escondidas de su madre.
Durante el convite, Javier tomó el micrófono.
¡Almudena! su voz de barítono envolvió la sala. Recuerdo la primera vez que te tuve en brazos, eras mi princesita diminuta. Siempre supe que merecías lo mejor. Que tu marido te lleve en volandas, como yo lo hice cuando eras niña.
Aplausos, algunas lágrimas entre las invitadas.
Diego bajó la vista. No recordaba que Javier hubiera llevado en brazos a su hija. Recordaba, en cambio, que nunca apareció para recogerla en el hospital.
A mitad de la celebración, Diego salió fuera a fumar un cigarro. El corazón le latía raro, demasiada gente, demasiado ruido.
Fue hacia la sombra de los castaños, en el porche.
Entonces oyó voces.
Era Javier. Charlaba por teléfono con un amigo suyo.
Todo en orden, Javi, estamos de fiesta. Vaya boda, colega. Que paguen los tontos y nosotros a lo nuestro. ¿La hija? Muy mona. Ya le he echado el anzuelo al novio, tiene dinero y su padre mueve hilos en el ayuntamiento. Le he soltado la pulla de que al suegro hay que echarle un cable. Parece que ha picado. Ahora me bebo otro champán y le rasco unos cuantos miles más, como si fuera un préstamo. Almudena está loquita conmigo, la niña es un sol, dos piropos y se derrite. Su madre, esa Verónica, está ahí con su chofer, Diego. Envejecida, la pobre. Hice bien en largarme a tiempo.
Diego se quedó blanco.
Los puños se le cerraron solos. Quiso salir y partirle la cara a ese gallito de las fotos.
Pero se contuvo.
Porque vio, al otro lado del porche, en la sombra de la buganvilla, a Almudena.
Había salido a tomar el aire.
Y lo oyó todo.
Almudena se tapó la boca con la mano. El maquillaje perfecto empezó a correrse.
Miraba a su padre, que reía en el teléfono, llamándola recurso y tonta.
Javier colgó, se colocó la pajarita y volvió a la fiesta, sonrisa blanca, la frente alta.
Almudena se dejó caer en el suelo, acurrucada, la cola del vestido manchada de tierra.
Diego se acercó, despacio.
No dijo te lo advertí. No la miró con desprecio.
Solamente se quitó la chaqueta y se la echó por los hombros.
Arriba, niña. Vas a coger frío en la loseta.
Almudena le miró los ojos, avergonzada. Ardía de vergüenza, deseando desaparecer.
Tío Diego… Papá… Javier…
Lo sé respondió Diego, calmado. Basta. Levántate. Es tu boda. Todos te esperan.
No puedo entrar… lloró, borrando el rímel. Te traicioné. Le di el sitio de honor y a ti te senté en la esquina. Qué estúpida he sido… ¡Qué estúpida!
No eres estúpida. Tú sólo querías un cuento de hadas le tendió la mano, grande, rugosa, cálida. Pero los cuentos bonitos a veces los escriben embaucadores. Anda, lávate la cara y baila. No le dejes ganar. Hoy es tu fiesta, no su espectáculo.
Almudena volvió al salón. Iba pálida, aunque erguida.
El maestro de ceremonias anunció:
¡Ahora, el vals de la novia con su padre!
Javier avanzó al centro, sonriente, los brazos abiertos.
Silencio en la sala.
Almudena cogió el micrófono. Temblaba, pero su voz sonaba clara.
Quiero cambiar la tradición dijo. Mi padre biológico me dio la vida, y le doy las gracias. Pero el baile de padre e hija no es sólo para quien da la vida, sino para quien la cuida. Quien cura tus heridas, quien te enseña a no rendirte, quien lo da todo para que hoy esté aquí, con este vestido.
Se volvió hacia la mesa de los padres.
Papá Diego, ven a bailar conmigo.
Javier se quedó clavado con una sonrisa torpe. El salón murmuró asombrado.
Diego se levantó, rojo de vergüenza.
Avanzó hacia ella, torpe, con el traje apretado.
Almudena le abrazó y se apretó contra su hombro.
Perdóname, papá susurró. Perdóname por favor.
No pasa nada, pequeña Diego le acariciaba la espalda con su mano fuerte.
Javier, derrotado, se escurrió entre la gente hasta llegar a la barra, y poco después, desapareció.
Pasaron tres años.
Diego está en el hospital. El corazón, al fin, ha dicho basta. Infarto.
Permanece tumbado, débil, bajo el gotero.
La puerta se abre.
Aparece Almudena, de la mano de un pequeño de dos años.
¡Abuelito! grita el niño, corriendo a la cama.
Almudena se sienta junto a Diego, le coge las manos, besando cada callo.
Papá, te he traído naranjas y caldo. El médico dice que vas a salir de esta. No te preocupes. Ya tengo reservado el balneario para la recuperación.
Diego la mira y sonríe.
No tiene millones ni joyas. Su coche es viejo, y el dolor de espalda no le abandona.
Pero es el hombre más rico del mundo. Porque es padre, sin ningún padrastro por delante.
La vida lo pone todo en su sitio. Ojalá que las lecciones no costaran tanto en dolor y vergüenza. Pero más vale tarde que nunca: uno no es padre por el apellido en un papel, sino por ser la mano que te sujeta cuando te caes.
Moraleja:
No corras tras el envoltorio bonito: muchas veces es pura fachada. Valora al que está siempre a tu lado, al que calla y apoya sin esperar nada a cambio. Porque cuando acabe la fiesta y se apague la música, sólo quedará a tu vera quien de verdad te quiere, no quien quiere lucirse contigo.
¿Y tú? ¿Tuviste un padrastro que fue más padre que el tuyo? ¿O crees que la sangre lo es todo? Cuando Diego cierra los ojos para descansar, siente la pequeña mano de su nieto apretada entre las suyas, cálida y confiada. Almudena permanece allí, hablando bajo, contándole anécdotas cotidianas, que si el niño ha pintado un rinoceronte verde en la pared, que si el abuelo tiene que ir a la función de Navidad.
Diego sonríe hacia adentro: ya no tiene miedo al futuro, ni a las ausencias. Porque entiende, en esa calma de hospital lleno de vidas cruzadas y esperanzas, que las heridas cicatrizan unas veces con palabras, otras veces simplemente estando cerca.
Esa noche, cuando todos duermen y la ciudad se apaga bajo la lluvia, Almudena permanece un rato a su lado. Se levanta para irse, le cubre los pies con la manta, y antes de salir, le susurra:
Nunca más dudas, ¿eh? Eres, y serás siempre, mi verdadero papá.
Diego asiente, porque al fin lo sabe: los lazos del cariño, construidos a diario, valen más que cualquier linaje. Y así, tranquila, Almudena apaga la luz y cierra la puerta con cuidado, dejando tras de sí un murmullo de gratitud y ternura que durará toda la vida.
Afuera, bajo la ventana, asoma un amanecer tibio. La familia no tiene nombre fijo, no siempre se cuenta en sangre. Pero si alguien pregunta, el pequeño nieto se encargará de decirlo bien claro:
Mi abuelo Diego… el mejor del mundo.







