**La Visita Inesperada**
En el pequeño pueblo de Valdeflores, el aroma del pan recién hecho inundaba la cocina de Dolores Martínez, que lo horneaba en su viejo horno de leña. De repente, un golpe en la puerta rompió la tranquilidad del lugar, como si el humo se desvaneciera. Dolores se secó las manos en el delantal y fue a abrir.
—Mamá, te presento a Liz, mi novia —dijo su hijo Adrián en la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja.
Dolores miró a la joven y se quedó paralizada, como si un rayo la hubiera alcanzado. Liz era alta, casi rozando los dos metros, llevaba una falda corta, unos tacones altísimos, maquillaje llamativo y un bolso enorme en la mano.
—Hola —logró decir Dolores, intentando ocultar su sorpresa—. ¡Antonio, ven aquí! —llamó a su marido—. ¡Adrián ha traído a nuestra futura nuera, preséntate!
Antonio apareció arrastrando las zapatillas, con una camiseta desgastada. Al ver a Liz, se quedó boquiabierto, como si acabara de ver un fantasma.
—Hola —balbuceó antes de regresar corriendo a su cuarto para cambiarse.
Dolores lo siguió con la mirada, llena de reproche. Cuando su hijo le había dicho dos días antes que vendría acompañado, se había alegrado. Adrián ya pasaba de los treinta, era hora de que formara una familia. Se imaginaba una chica recatada, quizás con coleta y un vestido sencillo. ¿Pero Liz? Eso no entraba en sus cálculos. Tacones de aguja, uñas pintadas, un bolso del que sobresalían plumas… Era un desafío a todo lo que Dolores consideraba normal.
—Pasa, Liz —dijo, esforzándose por mantener la compostura—. Antonio, ¡coge el bolso, no te quedes ahí!
Antonio, ya con una camisa limpia, recogió las cosas de Liz y los guió al interior. Aprovechando un momento, Dolores susurró a su hijo:
—Adrián, ¿a quién has traído? ¿Qué es este aspecto?
—Mamá, no empieces —se rio él—. Por fuera es así, pero por dentro es oro, ya lo verás.
Dolores resopló con escepticismo y, santiguándose, murmuró:
—Dios mío, qué sorpresa nos has preparado.
La casa se llenó de ajetreo. Los hombres cuchicheaban en la mesa mientras Liz se instalaba en el dormitorio de Dolores y Antonio, desplegando sus pertenencias. La mujer observaba, fascinada, cómo de su bolso salían sombreros con plumas, bañadores y telas brillantes.
—¿Esto qué es? —preguntó con desdén, levantando algo parecido a un pañuelo diminuto.
—Es ropa interior —respondió Liz con naturalidad—. ¿Quiere que le regale uno? Tengo más.
—No, gracias —refunfuñó Dolores, sintiendo cómo el rubor le subía a las mejillas—. Y, por cierto, ¿por qué estás instalándote en nuestra habitación?
—Adrián no tiene espacio, y el tío Antonio dijo que no os importaba —sonrió Liz.
—¿El tío Antonio, eh? —masculló Dolores, lanzando una mirada asesina a su marido—. Ya veremos.
Lo agarró del brazo y lo arrastró al patio.
—¿Te has vuelto loco? ¿Regalas nuestra habitación? ¡Ahora dormirás en el sofá, anfitrión generoso! —gritó en voz baja.
En ese momento, desde el establo, llegó el mugido de la vaca.
—¡Ay, no he ordeñado a Lucera por culpa de ustedes! —exclamó Dolores, y corrió hacia el corral.
Liz, al oírla, la siguió.
—¿Puedo intentarlo? —preguntó con timidez—. Nunca he ordeñado una vaca.
Dolores la miró de arriba abajo.
—¿Con eso puesto? —preguntó, señalando sus tacones.
—¡Me cambio enseguida! —Liz desapareció en la casa y regresó con unos shorts y una camiseta.
Dolores suspiró.
—Venga, vamos. Pero te pones un pañuelo.
—¿Puedo ponerme un sombrero? —preguntó Liz—. Tengo uno precioso, con flores.
—¡Pañuelo! —cortó Dolores—. Menuda ocurrencia.
En el establo, le entregó un cubo.
—Ordeña así. Yo voy a preparar el desayuno.
Pasó media hora, y Liz no volvía. Dolores puso la mesa y, refunfuñando, fue al corral. Al ver la escena, no pudo evitar reírse. Liz, con el pañuelo torcido, daba vueltas alrededor de la vaca, murmurando algo incomprensible.
—¡No encontraba por dónde empezar! —se justificó cuando Dolores, entre risas, le enseñó la técnica correcta.
Después del desayuno, Liz decidió tomar el sol. Tendió una manta, se puso el bañador y se tumbó en el patio. Antonio, que llevaba días esquivando las tareas, agarró la guadaña y empezó a cortar la hierba junto a la valla, lanzando miradas furtivas a la visitante.
—Liz, ¿me ayudas a recoger frambuesas? —preguntó Dolores con dulzura—. Haremos mermelada.
—¡Claro, tía Lola! —respondió Liz con entusiasmo.
En el frambuesal, Dolores le dio un tarro. Liz se puso a recolectar con tal dedicación que Dolores se sorprendió. Pero entonces la llamó una vecina, y estuvieron charlando un buen rato. Dolores se quejó de que había soñado con otra nuera, y la vecina le aconsejó no juzgar tan rápido.
Al regresar al jardín, Dolores vio que Liz había desaparecido.
—Liz, ¿dónde estás? —llamó.
—¡Aquí! —respondió una voz desde un matorral de ortigas.
Liz emergió, llena de cardos y con el pelo revuelto.
—¿Qué haces ahí? —exclamó Dolores—. ¡Esa tierra no es nuestra!
—Pero las frambuesas son más grandes —contestó Liz con orgullo, mostrando el tarro lleno.
—Ay, qué desastre —suspiró Dolores—. Vamos, que te quite los cardos del pelo.
En el porche, peinándola con cuidado, Dolores le preguntó por su vida. Liz, sincera, contó:
—Crecí con mi abuela. Mis padres siempre viajaban, y luego ya no estaban. Después del instituto trabajé de camarera, luego lavando platos… Después me llamaron de una agencia de modelos, pero no me gustó. Cuando conocí a Adrián, me invitó a trabajar en su oficina, sirviendo café. Allí son todos muy amables.
Dolores la escuchó, y su corazón se ablandó. Bajo esa fachada llamativa, había una chica que había pasado por muchas dificultades.
Por la noche, se reunieron en el porche para tomar café. Liz, mirando a Dolores, dijo en voz baja:
—Tía Lola, ¿me enseñará todo lo que sabe? Aquí se está tan a gusto…
Dolores guiñó un ojo a su hijo.
—¿Y te casarás con mi Adrián?
Liz se sonrojó.
—Él aún no me lo ha pedido —musitó.
Adrián se rio a carcajadas.
—¡Qué lista eres, madre! Parece que no me dejarás en paz.
—Ya has tenido suficiente libertad —refunfuñó Dolores—. Mira, Liz, si no te pide nada, ven con nosotros. ¡Yo te encuentro un novio!
—Gra—Gracias, tía Lola, pero yo solo quiero a tu Adrián —respondió Liz con una sonrisa cálida mientras el sol se ponía tras los campos de trigo.





