Mira, te voy a contar lo que nos ha pasado este finde, porque de verdad, sigo dándole vueltas y necesito soltarlo.
Resulta que ha venido a casa el primo de mi marido. Ya sé que igual soy un poco anticuada, o que a lo mejor ahora las cosas van de otra manera, pero te juro que cuesta creerlo.
Mi madre nunca me enseñó eso de cuando vayas a casa de alguien, lleva un detalle, ni lo típico de ir con una bolsita de pasteles o una botella de vino. Pero yo, no sé por qué, lo tengo metido en la cabeza, como si fuera de sentido común. Quizá de tantas novelas, películas o por educación que una misma se va dando, pero es así.
Total, que el sábado vino este primo por un entierro de un tíono de nuestra parte de la familia, sino del otro lado.
Nos preguntaron antes si podíamos hospedarles y claro, dijimos que sí, que no se preocuparan por nada, lo típico.
Por la noche llegaron los tres: él, su hijo y la nuera. Me puse manos a la obra, preparé la cena con toda la ilusión, un buen guiso de carne al horno, sus tortillitas, ensaladas Vamos, lo de siempre. Luego brindamos, porque hacía una eternidad que no nos veíamos, nos echamos unas risas y después les puse una cama cómoda a cada uno. Por la mañana les tenía ya el desayuno listo: sandwiches, té, café de puchero. Todo con su cariño.
Se fueron al funeral, como era de esperar, y después volvieron, estuvieron un ratito y ya se marcharon a su casa.
Hasta aquí, todo normal. Pero lo que me chocó es que vinieron con las manos vacías, ¡ni siquiera una botellita de vino de La Rioja o un simple queso manchego! Y mira que el padre de mi marido (en paz descanse) fue el padrino de bautizo de este primo, y la esposa de mi marido, vamos, mi suegra, vive ahora con nosotros y él lo sabe perfectamente. Anda que no habría sido bonito traerle a la señora una cajita de bombones. Además, se pasó la tarde entera el sábado mirando por la ventana, con la esperanza de verles entrar con algún detallito, y hasta se le salió una lagrimilla, la pobre.
Si hubiera sido yo, lo tengo claro.
Habría traído, por lo menos, una buena botella de licor, y no sólo una, que la gente mayor y los peques siempre agradecen unos dulces o aunque sea una pijadita, algo pensado para cada uno. Habría dado vueltas a la cabeza para elegir qué regalo llevar, porque para mí es lo normal.
Hasta habría traído sábanas, para no molestar ni dar trabajo extra en casa ajena.
Y no es que estén justitos de dinero, ¡que va! Si fueran gente con dificultades, no me molestaría ni un pelo, pero sabiendo cómo son, me sorprende. Este primo que tampoco es que venga mucho, pero cuando viene, siempre igual aparece siempre de vacío, lo juro. En otra ocasión igual; vino por trabajo, de paso, y volvió a aparecer sin nada para agradecer el favor.
Eso sí, todo el rato me habló de lo bien que se le da pescar en el pueblo, de la cantidad y tamaño de los peces que sacan. Ojalá me hubiera traído aunque sea uno de esos para probar
No es que me sepa mal gastar en los invitados, de corazón, pero es que duele la sensación, amiga, de que una está para servir y poco más. Como si una casa y el esfuerzo de preparar todo fuera lo de menos.
Y así, la historia se repite cada vezY mira tú por dónde, cuando me quedé a solas con mi café y mi enjambre de pensamientos, entró mi suegra, arrastrando sus zapatillas con esa dignidad de reina destronada. Se me quedó mirando, me puso una mano en el hombro y, con una vocecita tan suave que casi se la lleva el aire, me dijo: “Hija, hay personas que no saben traer nada, pero no te apures. Lo que cuentas eres tú, no lo que te traigan los otros.”
No sé, igual tiene razón. Sigo pensando que el detalle es bonito, pero a lo mejor lo importante es que, al final del día, yo me quedé tranquila sabiendo que hice lo correcto. Que hay cosas que se dan sin esperar nada, como quien siembra flores, aunque nadie las vea. Y esa noche, justo antes de dormirme, sentí una calma rara, como si de pronto pesara menos todo lo que una espera y no llega.
Quizá ahí esté el truco: aprender a regalar sin esperar, y a soltar lo que los demás nunca van a traer. Total, lo mejor de la casa eres tú. Y eso, aunque venga el primo de vacío, no lo cambia nadie.







