Hace un par de años, la abuela de Leonor falleció, dejándole una casa en un pueblito de Castilla, con una huerta enorme y un jardín lleno de verduras. Leonor guarda recuerdos preciosos de su infancia jugando entre los tomates y ayudando a su abuela a preparar la merienda. Todos los fines de semana, ella iba con su familia y su suegra a disfrutar del aire puro y de las frutas recién cogidas del árbol. La relación con su suegra era más tranquila que una tarde de domingo, sin peleas ni discusiones, una maravilla.
Al acercarse la época de la cosecha, Leonor había ido recopilando todo lo necesario para preparar mermeladas, compotas y hasta unos pepinillos encurtidos que hacen a cualquiera perdonar un día de lluvia en Soria. Sin embargo, al llegar allí, se llevó la sorpresa de su vida: habían desaparecido todas las grosellas, frambuesas y zarzamoras que tenía plantadas, como por arte de birlibirloque. Los vecinos le contaron que unos chavales del pueblo probablemente se habían colado para llevarse el botín, pero Leonor sabía de sobra que un grupo de adolescentes no consigue recoger toda una cosecha en menos de un día ni aunque les prometas una paella gratis.
De repente, apareció corriendo su tía Angustias, también vecina del pueblo, y le soltó el bombazo: su suegra se había pasado por allí el día anterior y se había marchado tan campante con dos cubos inmensos llenos de frutos del campo. Leonor, entre la indignación y la incredulidad, sentía cómo la rabia le subía por dentro.
Fue directa a buscar a su suegra y, con más educación de la que le quedaba, le pidió explicaciones. La señora, imperturbable como si le acabasen de contar que hacía buen tiempo, le confesó sin pestañear que sí, que había cogido todos los frutos porque quería “darle vitaminas a los nietos” y no podía pagar los precios del mercado en euros, que están por las nubes. Leonor apenas daba crédito y le soltó cuatro verdades, pensando en todas las conservas que ahora tendría que comprar en el supermercado y al precio de oro.
Volvió a casa hecha un trapo y le contó todo el lío a su marido, que se quedó más helado que un polo de limón al descubrir de qué era capaz su madre. Como reacción, Leonor decidió que se acabó el cachondeo y le quitó a su suegra las llaves de la casa del pueblo. Desde aquel momento, la suegra solo volvía con el resto de la familia y bajo vigilancia, asegurándose así de que ningún arrebato vitamínico volviera a dejarla sin cosecha para el invierno.





