Victoria había hecho todos los preparativos necesarios para la cosecha y se dirigió ilusionada al pueblo. Sin embargo, al llegar, quedó atónita al descubrir que toda la cosecha ya había sido recogida.

Hace ya dos años, la abuela de Inés falleció, dejándole como herencia una casita en un pequeño pueblo de Castilla, con un huerto grande y una frondosa huerta de verduras. Inés recordaba con cariño los días de su infancia cuando jugaba entre los manzanos, ayudando a su abuela en las tareas del hogar y del campo. Todos los fines de semana solía ir con su familia y su suegra para disfrutar del aire puro del campo y saborear la fruta madura recogida directamente del árbol. La relación con su suegra era tranquila; nunca hubo disputas ni malos entendidos entre ellas.

Llegó la época de la cosecha y Inés ya lo tenía todo preparado para hacer mermeladas, conservas y encurtidos. Sin embargo, al llegar a la casa, se llevó un sobresalto enorme: todas las grosellas, las frambuesas y las moras habían desaparecido. Los vecinos comentaron que unos chicos del pueblo habrían entrado y recogido la fruta, pero Inés sabía que recolectar tantas bayas llevaría al menos un día entero y aquello no cuadraba.

De repente, su tía, que también era vecina, acudió presurosa a contarle que la suegra de Inés había estado allí el día anterior y se había marchado llevando dos cubos repletos de frutos del huerto. Inés sintió una mezcla de rabia y asombro; le costaba creer lo que acababa de escuchar.

Enfrentó a su suegra, quien, sin inmutarse, le confesó que había sido ella quien recogió toda la fruta. Explicó que era para darles vitaminas a sus nietos y que, con lo caras que estaban las bayas en el mercado, no podía permitirse comprarlas allí. Inés, indignada, le reprochó aquella actitud, pues ahora tendría que adquirirlo todo en la tienda, a precios altos, para abastecerse para el invierno.

Al volver a casa, Inés relató lo sucedido a su marido, quien se quedó tan sorprendido como ella por la conducta de su madre. A raíz de ello, Inés decidió tomar cartas en el asunto y recogió las llaves de la casa del pueblo, que hasta entonces estaban en poder de su suegra. Desde ese momento, la suegra solo volvía a la casa de campo en su compañía, asegurándose así de que no volviera a suceder nada parecido sin que Inés lo supiera.

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Victoria había hecho todos los preparativos necesarios para la cosecha y se dirigió ilusionada al pueblo. Sin embargo, al llegar, quedó atónita al descubrir que toda la cosecha ya había sido recogida.