Hace ya dos años, la abuela de Inés falleció, dejándole como herencia una casita en un pequeño pueblo de Castilla, con un huerto grande y una frondosa huerta de verduras. Inés recordaba con cariño los días de su infancia cuando jugaba entre los manzanos, ayudando a su abuela en las tareas del hogar y del campo. Todos los fines de semana solía ir con su familia y su suegra para disfrutar del aire puro del campo y saborear la fruta madura recogida directamente del árbol. La relación con su suegra era tranquila; nunca hubo disputas ni malos entendidos entre ellas.
Llegó la época de la cosecha y Inés ya lo tenía todo preparado para hacer mermeladas, conservas y encurtidos. Sin embargo, al llegar a la casa, se llevó un sobresalto enorme: todas las grosellas, las frambuesas y las moras habían desaparecido. Los vecinos comentaron que unos chicos del pueblo habrían entrado y recogido la fruta, pero Inés sabía que recolectar tantas bayas llevaría al menos un día entero y aquello no cuadraba.
De repente, su tía, que también era vecina, acudió presurosa a contarle que la suegra de Inés había estado allí el día anterior y se había marchado llevando dos cubos repletos de frutos del huerto. Inés sintió una mezcla de rabia y asombro; le costaba creer lo que acababa de escuchar.
Enfrentó a su suegra, quien, sin inmutarse, le confesó que había sido ella quien recogió toda la fruta. Explicó que era para darles vitaminas a sus nietos y que, con lo caras que estaban las bayas en el mercado, no podía permitirse comprarlas allí. Inés, indignada, le reprochó aquella actitud, pues ahora tendría que adquirirlo todo en la tienda, a precios altos, para abastecerse para el invierno.
Al volver a casa, Inés relató lo sucedido a su marido, quien se quedó tan sorprendido como ella por la conducta de su madre. A raíz de ello, Inés decidió tomar cartas en el asunto y recogió las llaves de la casa del pueblo, que hasta entonces estaban en poder de su suegra. Desde ese momento, la suegra solo volvía a la casa de campo en su compañía, asegurándose así de que no volviera a suceder nada parecido sin que Inés lo supiera.




