Vete y no vuelvas nunca —¡Vete, ¿me oyes?! —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos.— ¡Vete y no regreses jamás! Nunca. Con manos temblorosas, el chico desabrochó la pesada cadena metálica, luego arrastró a Berta hasta la valla y, abriendo de par en par la verja, intentó empujarla hacia el camino. Pero ella no comprendía lo que ocurría. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra.— No puedes quedarte aquí. Él volverá y… Justo en ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció en el porche un Vasili borracho, empuñando un hacha. ***** Si la gente pudiese imaginar, aunque solo fuese por un instante, lo dura que a veces es la vida de los perros que terminan en la calle sin desearlo, seguramente muchos cambiarían su forma de verlos. Como mínimo, los mirarían con compasión y lástima, y no con rabia y desprecio, como suele suceder. Pero ¿cómo van a saber qué clase de pruebas deben soportar nuestros amigos de cuatro patas y por qué situaciones deben pasar? ¿Cómo entenderlo?… Los perros no pueden contar nada. Tampoco pueden quejarse de su suerte. Todo su dolor lo llevan por dentro. Pero yo, quizá, os cuente una historia. Una historia de amor, traición y lealtad… Y empezaré diciendo que Berta no fue necesaria para nadie desde pequeña. No se sabe a ciencia cierta qué hizo mal a su primer dueño. Pero algo debió de hacer, quizá, simplemente, haber nacido. Y su dueño no encontró nada mejor que hacer que llevar al cachorro, apenas con dos meses, hasta la aldea más cercana y… …abandonarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla. Ni siquiera tuvo la decencia de meterla en la aldea, donde con suerte alguien la hubiese adoptado. En vez de eso, dejó a la pequeña junto a la carretera y se marchó tranquilamente a la ciudad. Por esa carretera pasaban a toda velocidad coches, autobuses, camiones y toda clase de vehículos pesados. Un paso en falso, y la perrita podía acabar bajo las ruedas. Quizás, eso era lo que quería su dueño. Incluso si el cachorro esquivaba los coches, sin comida ni agua no sobreviviría mucho. Moriría. Tan solo era una cachorra. Pero ese día tuvo suerte. Ese día el pequeño, todavía anónimo, conoció a Miguel. Y gracias a eso se salvó. Todo ocurrió así: justo ese día el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva, y el chico, que cumplía catorce años, salió a estrenarla. —No te salgas del pueblo —le gritó Antonina cuando su hijo montó sobre su “caballo de hierro” y, moviendo los pedales con entusiasmo, se lanzó por la calle.— ¿Me has oído, hijo? —¡Sí, mamá…! —respondió Migue, feliz.— Todo estará bieeen… Pero Miguel, al final, salió del pueblo. Las calles estaban llenas de baches y no eran cómodas ni para pasear, y menos aún para pedalear. Mientras que hacia la carretera que lleva a la ciudad, habían asfaltado hacía un mes, y le apetecía probar la bici “a toda velocidad”. A esas horas, además, el tráfico era escaso. Era día de descanso y todos estaban en casa. Ya casi llegaba a la carretera y pensaba darse la vuelta, cuando vio en el arcén a un pequeño cachorro, corriendo de un lado a otro como loco. Se lanzaba a los coches, y en el último momento saltaba hacia atrás. Era doloroso de ver. “¿Qué le pasa?… ¿Qué hace ahí?” se preguntó Miguel, bajando de la bici. Dejó la bici sobre la hierba y se acercó rápido al animal. ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —dijo Miguel sonriendo cuando entró en casa.— Alguien lo abandonó en la carretera. ¿Podemos quedarnos con él? Es tan bonito… —¿Has salido del pueblo, Migue? —se enfadó Antonina.— ¡Te lo advertí! —Mamá, sólo fui hasta la carretera y ya, —el chico bajó la mirada, avergonzado.— Y mira, no fue en vano. Si no hubiese recogido a este cachorro, podría haber muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonina.— ¿En ti no piensas, hijo? También podías haber tenido un accidente. Es peligroso para los niños. —No volveré a hacerlo, lo prometo. ¿Qué hacemos entonces con el perrito? ¿Podemos quedárnoslo? Te juro que cuidaré de él. Y además, es mi cumpleaños… —Sí, sí, tu cumpleaños —negó con la cabeza Antonina.— ¡Te mereces un buen azote por desobediente! Miguel estrechó al cachorro, temiendo que sus padres se lo quitaran. —Toni, ¿por qué reprendes así al chaval? —intervino el padre, medio borracho y de buen humor.— ¡Hoy cumple catorce! A esa edad, anda que no hacíamos locuras. Y el cachorro es bueno, no es un chucho cualquiera. Vigilará la casa. Quédate con él, hijo. No tengo inconveniente. —Pues si tu padre está de acuerdo, yo también —sonrió Antonina mirando a su hijo. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba feliz. Ese mismo día la llamó (o le llamó) Berta. Al principio Miguel pensó que era un chico, pero pronto se dio cuenta de que era “niña”. Una muy buena. Cariñosa, dulce. Desde el primer día hubo un vínculo especial entre Miguel y Berta. Y, olvidándose de la bici, Miguel empezó a pasar todo su tiempo con su nuevo amigo peludo. Parecía que nada malo podía ocurrir si todo había salido bien al final, ¿no? La perrita, rescatada de la muerte, Miguel feliz con la perra que siempre había soñado (en secreto, convencido de que su padre nunca lo permitiría por ser estricto y poco amante de los perros). Sus padres también estaban contentos de ver a su hijo feliz. ¿Final de cuento? Por desgracia, no… Lo malo ocurrió. Seis meses después. Todo comenzó cuando Vasili, el padre de Miguel, perdió su trabajo y se entregó a la bebida. Bebía como nunca. Todo el dinero guardado para emergencias lo gastó en alcohol. Las súplicas de Antonina (con llantos, gritos, ruegos) fueron inútiles. Solo lograban irritarle. Y pronto, la propia esposa empezó a molestarle. Vasili se había convertido en otro hombre. O, mejor dicho, el vodka, consumido en cantidades industriales, lo volvió bruto, insensible, enfadado con todo. Llegó incluso a levantar la mano sobre su mujer. Por cualquier motivo, el más insignificante. O incluso sin causa alguna. No había embutido en la nevera, el techo tenía goteras, el tabaco y el alcohol subían de precio… Todo era culpa de Antonina. Era inútil explicarle que el culpable era él. —¿¡Yo!? ¿¡Yo soy el culpable!? —gritaba Vasili. Y sí, él era el único culpable. Nadie le había obligado a beber. Podía haber buscado otro trabajo. Quizá no en el pueblo, donde era tractorista, sino en la ciudad. Conductor, cargador… muchas opciones. El hijo pronto ingresaría en la universidad y se necesitaría dinero. Pero Vasili no quería trabajar en la ciudad. Y en el pueblo, tras la quiebra de la empresa donde trabajó veinte años, ya no había trabajo. Al menos, no bien pagado. —¡Toni! ¡Toni, ¿dónde has escondido el vodka?! —por las mañanas gritaba Vasili con resaca. Antonina intentó de todo para salvar a su marido, pero nunca acababa bien. Bastaba decirle una palabra y el escándalo era inevitable. Y si escondía el vodka, rara vez todo quedaba sin golpes. Vasili se transformaba en una fiera. Además, Antonina prohibió tajantemente a su hijo que se metiera. No quería que Miguel también recibiera una paliza. Vasili tenía la mano dura. No era cuestión de tentar a la suerte. Miguel, en esos momentos, se iba a estar con Berta, la acariciaba y miraba en dirección a la casa donde sus padres discutían. Berta le lamía las mejillas (siempre húmedas y saladas), apoyándose en él como podía. Y también miraba hacia la casa. Hasta que un día le tocó al propio Miguel. Antonina había ido a comprar, y él… …él no hacía nada malo. Jugaba en el patio con Berta. Vasili lo vio, lo llamó, le cogió fuerte del brazo y le dio una buena bofetada. Luego otra, y otra… Miguel aguantó al principio, pero no pudo más, gritó de dolor e intentó escapar. Pero su padre lo sujetaba como un torno de hierro. Entonces Berta, siempre buena y tranquila, de repente, empezó a ladrar a Vasili con ferocidad. Tanto que el padre se quedó impactado. Miguel aprovechó el momento y consiguió escapar. Pero… …con un “¡Te mato!” el padre se dirigió tambaleándose hacia la casa. Miguel supo que volvería. Y con algo peligroso. ¿Qué podía hacer? —¡Vete, ¿me oyes?! —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos.— ¡Vete, y no vuelvas jamás! Nunca. Con manos temblorosas, desenganchó la pesada cadena, llevó a Berta hasta la valla, abrió de par en par y la empujó. Pero ella no comprendía nada. ¿La estaban echando? ¿Por qué?… —Vete, te ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra.— No puedes quedarte. Mi padre volverá y… Justo entonces se abrió la puerta y en el porche apareció Vasili, borracho y con un hacha en la mano. —¡Migue!… —gritó con voz furiosa— ¿Por qué has soltado a la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, no lo hagas —dijo Miguel, dando un paso atrás, aterrorizado. En ese momento quería irse lejos con la perra, pero… …Miguel no podía dejar a su madre sola con ese monstruo. —¿¡No hacerlo?! —rugió Vasili, con la mirada perdida en su hijo y la perra, a la que Miguel protegía. —No toques a la perra, papá. Vete a dormir. Ni pareces una persona… —¿Así que no debo tocarla? ¿No debería haberme ladrado? ¡La alimentaba y me ladra!… Voy a encargarme de ella, y después de ti. A ver si aprendes a respetar a los mayores. Vasili dio un paso, tropezó, pareció que iba a caer, pero se sujetó a una viga y bajó corriendo las escaleras. —¡Tráela aquí! —¡Vasili, por favor…! No la mates, es solo una cría, —gritó Antonina, que acababa de llegar con las compras. —¡No me vengas con tonterías! ¡Esta chucha debe recordar quién manda aquí! ¡Miguel! ¡Tráela aquí, te digo! No podía esperar más. Así que Miguel miró a los ojos a Berta, le dio un beso en la nariz húmeda y, empujándola lejos, gritó: —¡Vete! ¡Vete ya! Perdónanos… perdónanos, Berta. No quería que esto fuera así. —¡Te voy a…! —Vasili estalló al darse cuenta de las intenciones de su hijo. Y Berta, mirando por última vez a Miguel, salió corriendo hacia el bosque. Era el único lugar donde podía esconderse. “Y no vuelvas, Berta, o te matará,” gritaba Miguel mientras corría. Berta no vio lo que ocurrió después. Solo podía esperar que su querido amigo y su madre estuvieran a salvo. ***** Desde entonces ha pasado… …no un mes ni un año. Siete años han pasado desde entonces. Siete largos años de esperar un milagro. Berta tenía la esperanza de que algún día volvería a ver a Miguel. Pero año tras año la esperanza se hacía más débil. Porque hacía mucho que Miguel y Antonina ya no vivían en el pueblo. Volvió a su aldea solo medio año después de huir al bosque. Pero… …se acercó con cuidado a la verja (ligeramente abierta), la empujó con la pata y entró con un suave chirrido. Detrás, la casa estaba quemada. Ni rastro de vida. Ni Miguel, ni Antonina, ni, menos aún, Vasili. Volvió tres o cuatro veces más, pero nunca vio a nadie. Pero tampoco sentía que les hubiese pasado nada malo. Seguramente, solo se mudaron. Pero ¿cuándo y adónde? Eso, por desgracia, Berta no lo sabía. Solo comprendía que era muy poco probable que Miguel y Antonina regresaran jamás. Porque ya no tenían casa. Ni ella tampoco tenía ya familia… ni hogar. Pasó así, vagando de aldea en aldea, cerca de un año, quizá más. Hasta que la recogió un anciano, en la carretera cerca del mismo pueblo donde había vivido. Era como un déjà vu… —¿Te has perdido? —preguntó el hombre, de pelo cano y barba larga.— ¿Quieres venirte conmigo? Berta fue con él. No le quedaba otra. El anciano no era mala persona, aunque le gustaba el vino. Y Berta nunca pasó hambre. Sopas, guisos, huesos grandes. Nunca le faltó nada. Además, la llevaba con él a trabajar. Era sereno de noche. Y también guardián. Del cementerio. Al principio a Berta le asustaba andar entre tumbas humanas pero, con el tiempo, se acostumbró. Y a don Nicolás también se acostumbró. Era buen hombre. Pero muy solo. Y desgraciado. Como ella. Cuando bebía, a diferencia de Vasili, no se volvía fiera; suspiraba profundamente y le contaba sus penas a Berta. Que su mujer lo dejó, que su hija ni quería hablarle porque era un “fracasado”. En esos momentos, Berta se tumbaba junto a él, apoyando su hocico en su pierna, y escuchaba, sabiendo lo importante que es dejar que alguien hable. Cuando don Nicolás se callaba, ella recordaba aquellos días felices. A Antonina, a Miguel. A Vasili, mejor ni recordarlo. Y fue así como, en uno de sus paseos por el cementerio, Berta encontró la tumba de Vasili. Al principio no lo creyó; hacía tiempo que había muerto, pero ella… todavía olía su aroma. Un aroma a odio y alcohol. —¿Por qué te detienes? —preguntó don Nicolás al ver que la perra no caminaba junto a él, sino que se quedaba junto a una tumba.— Veamos, quién es… Vasili… Será aquel que murió quemado en su casa. Berta miró sorprendida al anciano. —Sí, ese era. Su mujer y su hijo, por suerte, se largaron a la ciudad, y él, de tanto beber, murió asfixiado. Estúpida muerte. Decían que maltrataba a su familia. Así que, bien merecido. Aunque… —don Nicolás se quedó pensativo.— De los muertos, bien o nada. Vamos, sigamos. Que la tierra le sea leve. Berta vivió casi cinco años con el sereno del cementerio. Hasta que él también falleció. Y ella volvió a quedarse sola. ¿Dónde ir, ahora? Ya no era una cachorra. Nadie más la adoptaría. Así que Berta decidió quedarse en el cementerio. Allí todavía encontraba algo de comida. Allí… Sí, Berta ya lo tenía decidido. Aunque el cementerio fuese para humanos, ella esperaría allí el final. No le hacía falta otro dueño (a don Nicolás nunca lo consideró realmente su dueño, sino un compañero de desgracia). Y así, cuando cayó la primera nieve, ocurrió algo que Berta jamás imaginó. Ese día, como siempre, merodeaba por el cementerio buscando algo de comer cuando oyó voces. Era raro que algún humano viniese en domingo. Pero allí estaban, dos voces: una masculina y otra femenina. Estaban junto a la tumba de Vasili. Berta lo encontró extraño, así que se acercó. —Ya te dije, Oksana, que era mala idea venir a la tumba de mi padre. ¿Qué hago yo aquí? No quiero saber nada de él después de lo que hizo, y dices que tengo que perdonarlo… ¿Por qué? ¿Por meter a mi madre en la tumba antes de tiempo? —Debes hacerlo, Migue… Perdónalo y déjalo ir en paz. Así terminarán las pesadillas. Estoy segura. Por muy monstruo que fuese, era tu padre. Si te aparece siempre en sueños, es que está sufriendo. —¿Tú crees? —Eso decía mi abuela. Perdónalo y todo irá mejor. Para ti y para él. —Bueno… Tal vez tengas razón. Miguel miró la tumba, frunció el ceño, luego relajó el gesto y dijo: —Te perdono, padre. Por mí, por mamá, y por Berta… Solo lamento haber tenido que echar de casa a mi mejor amiga por tu culpa. Espero que ella esté bien. Todo ese tiempo, Berta había estado detrás de Miguel, quieta, sin creérselo. ¡Era él! Su humano querido. Sí, habían pasado muchos años. Había crecido, era otro, pero ella lo reconoció enseguida. ¿La reconocería él? Y Miguel, al notar la mirada a su espalda, se giró de pronto y se quedó pasmado. —¿Qué pasa, Migue? —preguntó Oksana.— ¿Parece que has visto un fantasma? —No un fantasma… una perra —dijo distraído. —Hay muchas perros callejeros. ¿Te asusta? —Me parece… Me parece que la conozco… ¡Espera, es…! Miguel dio unos pasos hacia Berta. Se detuvo a cinco metros, esperado, observándola. Avanzó otro poco. La duda desaparecía a cada paso. Berta agitó ligeramente la cola. También avanzó. Y, en un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Miguel, en cuclillas, ya abrazaba a su perra, a la que no veía hacía siete años, y Berta, encaramada sobre sus hombros, le lamía la cara, la nariz y la barbilla. El sueño más grande de Berta se cumplía. Al fin volvía a ver a su amigo, al que había esperado siete largos años. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta consigo. Se hizo muy amiga de su humana, Oksana. Y vivieron todos juntos. Primero, tres. Luego, cuatro (un día Berta encontró un gatito en la calle y decidieron adoptarlo), y luego cinco. Llegó, finalmente, un pequeño humano llamado Nikita. Y, al poco, Miguel reconstruyó la casa en el pueblo, donde cada año iban de vacaciones toda la familia. Y, pese a todo lo que habían sufrido Miguel y Berta, al final, fueron felices.

10 de abril

Aún tengo el pecho apretado y la garganta llena de nudos. No dejo de preguntarme si he hecho lo correcto.

Vete, ¿me oyes? susurré entre lágrimas. Vete y no vuelvas nunca. Jamás.

Mis manos temblaban mientras le quitaba la pesada cadena de hierro. Arrastré a Luna hasta la verja, abrí la cancela de par en par y traté de empujarla hacia la calle.

Ella solo me miraba perpleja, incapaz de entender lo que ocurría.

¿De verdad la estaba echando? ¿Por qué? No había hecho nada malo…

Por favor, vete repetí, abrazándola con fuerza. No puedes quedarte aquí. Mi padre volverá en cualquier momento y

En ese instante la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció papá, tambaleándose, con un hacha en la mano.

*****

Pienso que pocas personas llegan a imaginar cuán dura puede ser a veces la vida de un perro abandonado, de esos a los que echan sin más a la calle. Si lo supieran, seguro muchos cambiarían su manera de verlos, tal vez los mirarían con compasión en vez de desprecio, como ocurre a menudo aquí, en tantos pueblos y ciudades.

Pero ¿cómo podrían saberlo? Los perros no cuentan nada, no pueden quejarse. Llevan el dolor por dentro, en silencio.

Hoy quiero contar mi historia. La historia de Luna. De amor, traición y lealtad… Porque ser perro en España puede ser tan duro como serlo en cualquier otro sitio.

A Luna nadie la quiso desde pequeña. No sé exactamente qué molestó a su primer dueño, quizá simplemente nacer, existir. El caso es que una mañana en la provincia de Salamanca, el hombre la subió al coche y la dejó sola junto a una carretera, sin mirar atrás. Ni siquiera se molestó en entrar en el pueblo; la dejó a la suerte de los coches que volaban por la nacional, camiones, autocares, furgonetas. Un paso en falso y ese cachorro ya nunca más volvería a mirar el cielo.

Creo que el hombre lo sabía… quizá hasta lo deseaba. Aunque si el tráfico no acababa con ella, sin comida ni agua no habría sobrevivido muchos días. Apenas dos meses de vida tenía Luna.

Pero ese día, por fortuna, el destino hizo que yo pasara por allí. Todo ocurrió porque mi padre me había regalado una bici por mi decimocuarto cumpleaños y estaba deseando estrenarla. Cuando salí de casa, mamá me gritó:

Martín, ¡no te alejes del pueblo!

Vale, mamá, solo hasta la carretera y vuelvo le dije, entusiasmado, sin saber que iba a desobedecerla.

La calle principal estaba llena de baches, imposible para la bici. Pero hacía poco el ayuntamiento había asfaltado el camino hacia la carretera nacional. Y, claro, yo quería sentir la brisa. En domingo apenas pasa nadie, todos duermen la siesta o marchan a misa.

Cuando ya casi había llegado al cruce, la vi. Una bolita negra correteando, metiéndose delante de los coches, saltando cada vez que uno pasaba rugiendo. Me paré, dejé la bici sobre la hierba y me acerqué cuidadoso a la cachorra, que me miró entre asustada y alegre.

*****

¡Mamá, papá, mirad lo que he encontrado! entré en casa sonriendo. Alguien ha abandonado este perro. ¿Podemos quedárnoslo? Es buenísima.

¿Fuiste hasta la carretera? exclamó mamá, con cara de susto. ¿No te dije que no salieras del pueblo?

Solo fue un momento… Si no le recogía, se habría muerto.

Pero, hijo suspiró mamá, preocupada. ¿Y si a ti te pasa algo? Es peligroso ir solo por ahí. Imagínate si te atropellan…

No volverá a ocurrir, lo prometo. ¿Puedo quedarme con ella? Juro que me haré cargo. ¡Además, hoy es mi cumpleaños!

Papá, que ese día estaba más alegre de lo habitual, intervino:

Deja a Martín, mujer, que tenga una alegría, que ya es todo un hombre. Cuando era joven hice mil locuras peores y aquí estamos. Además, el perro parece listo y de buena raza. Puede cuidar la casa. Déjaselo, anda.

Vale, hijo, pero te haces cargo dijo mamá, por fin con una sonrisa.

No cabía en mí de alegría. Le puse de nombre Luna, aunque al principio pensaba que era un macho. Pero nada más ver sus ojillos mansos y el modo en que se acurrucaba, supe que era una perra, y una amiga increíble. A partir de entonces, me olvidé de la bici y pasé todo el tiempo con Luna.

¿Quién diría que las cosas podían terminar mal tras un comienzo tan feliz? Salvé a Luna de una muerte casi segura, mis padres estaban contentos, yo cumplía mi sueño de tener perro.

Pero el destino a veces da bruscos giros. A los seis meses todo empezó a cambiar.

Papá perdió el trabajo en la cooperativa y se hundió en la bebida. Cada botellín de DYC vació el monedero y llenó la casa de discusiones. Mamá, Antonia, luchaba por evitarlo, pero no servía de nada. Papá se fue volviendo un hombre duro, amargado. Ni siquiera Luna lograba alegrarle el día.

Empezó a gritar por cualquier cosa, incluso a levantarle la mano a mamá. Yo tenía prohibido meterme, pero no podía evitar sentir rabia. Algunas veces, cuando la tensión era insoportable, me iba con Luna al corral. Ella, como si lo entendiera, me lamía las lágrimas y se tumbaba a mi lado.

Una noche, papá me pegó. Lo hizo porque jugaba fuera con Luna, nada más. Me llamó y, sin razón, me arreó un par de tortas. Quise huir, pero me agarraba con fuerza descomunal. De repente, Luna, mi perra buena y tranquila, empezó a ladrarle con fuerza. Papá se quedó helado. Aproveché para soltarme, pero sabía que aquello no quedaría así.

Corrí con Luna a la verja, solté la cadena con torpeza y le abrí la puerta.

Tienes que irte le repetí, abrazándola fuerte. Si te quedas aquí, te hará daño.

En ese momento, papá salió arrastrando los pies con el hacha y la cara desencajada.

¡Martín! bramó. ¿Por qué sueltas al perro? ¿Quién te da permiso?

No lo hagas, papá, por favor…

¿No lo haga? He criado yo a este animal y me ladra a mí… Ahora verás.

En ese instante, mamá apareció cargada con una bolsa del supermercado.

¡Por Dios, no lo hagas, Segundo! Es solo una perra…

¡Basta! Esta chucha tiene que aprender quién manda aquí.

No pude más. Miré a Luna a los ojos, la besé en el hocico y la empujé fuera.

¡Corre! ¡Vete ya! Perdónanos, Luna, por favor…

Papá se enfureció aun más, pero Luna corrió hacia el campo, sin mirar atrás.

Ojalá entendiera que lo hacía para salvarle la vida.

*****

Solamente puedo imaginar lo que fue de Luna después porque nunca volvimos a verla por años. Pasaban los meses y a veces me asomaba al camino con la ilusión de que reapareciera, pero nada. Hasta que un día, después de mucho tiempo, pasó de nuevo por delante de nuestra vieja casa, encontró la puerta entreabierta… y vio cenizas. Todo se había perdido en un incendio. Nosotros ya vivíamos en Madrid.

Luna vagó sin rumbo de aldea en aldea, hasta que un anciano de barba blanca la recogió junto a la carretera. Se llamaba Nicolás y era el vigilante del cementerio de nuestro antiguo pueblo. Un hombre solitario, dado a la bota de vino, pero de gran corazón. Luna encontró con él cierta paz: la alimentaba bien y le hablaba de su soledad. Ella comprendía, y en silencio también le acompañaba en su tristeza.

Un día, paseando juntos entre las tumbas, Luna se paró sin moverse delante de una lápida: la de Segundo, mi padre. Nicolás suspiró y le contó que aquel hombre, borracho y solo, había muerto en un incendio.

Dicen que maltrató mucho a su familia. Si es verdad, bien merecido lo tiene… aunque sobre muertos, dicen que mejor no hablar. Vamos, Luna, que aquí ya nada hay para nosotros.

Cinco años duró la vida de Luna junto a Nicolás. Pero cuando él también falleció, la perra quedó otra vez sola. Ya mayor y sin fuerzas, decidió quedarse en el cementerio, sin esperar más milagros.

*****

Hoy volvió a nevar, y por alguna razón quizá un presentimiento decidí volver al pueblo con mi esposa, Isabel. No sé ni cómo acabamos delante de la tumba de mi padre, la misma donde Luna se había quedado tantas noches.

No entiendo por qué tengo que perdonarlo le dije a Isabel. Por él mi madre acabó enferma y yo perdí a mi mejor amiga.

Hay que dejar atrás el dolor, Martín. Da igual cómo fuera tu padre, es hora de soltar el rencor.

Respiré hondo, miré la lápida y, por dentro, acepté que tenía razón.

Te perdono, papá. Por mí, por mamá… y por Luna. Solo espero que ella esté bien.

Entonces sentí que alguien me observaba. Me giré, y tras unos metros entre las lápidas, estaba ella. Vieja, canosa, pero inconfundible. Nuestra Luna.

Al principio dudé. Caminé despacio hacia ella, y cuanto más me acercaba, más seguro estaba. Ella movió apenas el rabo, como reconociéndome. Corrimos el uno hacia el otro y la abracé, llorando como aquel niño que la salvó en la carretera. Luna me lamía la cara y gimoteaba feliz.

Al fin, el viejo sueño se cumplía. Mi amiga volvía a casa.

Nos la llevamos con nosotros, y pronto se adaptó a la familia. Primero fuimos tres, después cuatro con la llegada de un gatito callejero que Luna trajo consigo, y poco después cinco, cuando nació nuestro hijo Javier.

Ahora, cada verano volvemos al pueblo, a la vieja casa reconstruida. A pesar de todo lo que pasamos, acabamos siendo felices.

Y hoy, al mirar a Luna dormida al sol, no puedo evitar pensar que, pase lo que pase, a veces la esperanza y la lealtad tienen su recompensa.

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MagistrUm
Vete y no vuelvas nunca —¡Vete, ¿me oyes?! —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos.— ¡Vete y no regreses jamás! Nunca. Con manos temblorosas, el chico desabrochó la pesada cadena metálica, luego arrastró a Berta hasta la valla y, abriendo de par en par la verja, intentó empujarla hacia el camino. Pero ella no comprendía lo que ocurría. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra.— No puedes quedarte aquí. Él volverá y… Justo en ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció en el porche un Vasili borracho, empuñando un hacha. ***** Si la gente pudiese imaginar, aunque solo fuese por un instante, lo dura que a veces es la vida de los perros que terminan en la calle sin desearlo, seguramente muchos cambiarían su forma de verlos. Como mínimo, los mirarían con compasión y lástima, y no con rabia y desprecio, como suele suceder. Pero ¿cómo van a saber qué clase de pruebas deben soportar nuestros amigos de cuatro patas y por qué situaciones deben pasar? ¿Cómo entenderlo?… Los perros no pueden contar nada. Tampoco pueden quejarse de su suerte. Todo su dolor lo llevan por dentro. Pero yo, quizá, os cuente una historia. Una historia de amor, traición y lealtad… Y empezaré diciendo que Berta no fue necesaria para nadie desde pequeña. No se sabe a ciencia cierta qué hizo mal a su primer dueño. Pero algo debió de hacer, quizá, simplemente, haber nacido. Y su dueño no encontró nada mejor que hacer que llevar al cachorro, apenas con dos meses, hasta la aldea más cercana y… …abandonarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla. Ni siquiera tuvo la decencia de meterla en la aldea, donde con suerte alguien la hubiese adoptado. En vez de eso, dejó a la pequeña junto a la carretera y se marchó tranquilamente a la ciudad. Por esa carretera pasaban a toda velocidad coches, autobuses, camiones y toda clase de vehículos pesados. Un paso en falso, y la perrita podía acabar bajo las ruedas. Quizás, eso era lo que quería su dueño. Incluso si el cachorro esquivaba los coches, sin comida ni agua no sobreviviría mucho. Moriría. Tan solo era una cachorra. Pero ese día tuvo suerte. Ese día el pequeño, todavía anónimo, conoció a Miguel. Y gracias a eso se salvó. Todo ocurrió así: justo ese día el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva, y el chico, que cumplía catorce años, salió a estrenarla. —No te salgas del pueblo —le gritó Antonina cuando su hijo montó sobre su “caballo de hierro” y, moviendo los pedales con entusiasmo, se lanzó por la calle.— ¿Me has oído, hijo? —¡Sí, mamá…! —respondió Migue, feliz.— Todo estará bieeen… Pero Miguel, al final, salió del pueblo. Las calles estaban llenas de baches y no eran cómodas ni para pasear, y menos aún para pedalear. Mientras que hacia la carretera que lleva a la ciudad, habían asfaltado hacía un mes, y le apetecía probar la bici “a toda velocidad”. A esas horas, además, el tráfico era escaso. Era día de descanso y todos estaban en casa. Ya casi llegaba a la carretera y pensaba darse la vuelta, cuando vio en el arcén a un pequeño cachorro, corriendo de un lado a otro como loco. Se lanzaba a los coches, y en el último momento saltaba hacia atrás. Era doloroso de ver. “¿Qué le pasa?… ¿Qué hace ahí?” se preguntó Miguel, bajando de la bici. Dejó la bici sobre la hierba y se acercó rápido al animal. ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —dijo Miguel sonriendo cuando entró en casa.— Alguien lo abandonó en la carretera. ¿Podemos quedarnos con él? Es tan bonito… —¿Has salido del pueblo, Migue? —se enfadó Antonina.— ¡Te lo advertí! —Mamá, sólo fui hasta la carretera y ya, —el chico bajó la mirada, avergonzado.— Y mira, no fue en vano. Si no hubiese recogido a este cachorro, podría haber muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonina.— ¿En ti no piensas, hijo? También podías haber tenido un accidente. Es peligroso para los niños. —No volveré a hacerlo, lo prometo. ¿Qué hacemos entonces con el perrito? ¿Podemos quedárnoslo? Te juro que cuidaré de él. Y además, es mi cumpleaños… —Sí, sí, tu cumpleaños —negó con la cabeza Antonina.— ¡Te mereces un buen azote por desobediente! Miguel estrechó al cachorro, temiendo que sus padres se lo quitaran. —Toni, ¿por qué reprendes así al chaval? —intervino el padre, medio borracho y de buen humor.— ¡Hoy cumple catorce! A esa edad, anda que no hacíamos locuras. Y el cachorro es bueno, no es un chucho cualquiera. Vigilará la casa. Quédate con él, hijo. No tengo inconveniente. —Pues si tu padre está de acuerdo, yo también —sonrió Antonina mirando a su hijo. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba feliz. Ese mismo día la llamó (o le llamó) Berta. Al principio Miguel pensó que era un chico, pero pronto se dio cuenta de que era “niña”. Una muy buena. Cariñosa, dulce. Desde el primer día hubo un vínculo especial entre Miguel y Berta. Y, olvidándose de la bici, Miguel empezó a pasar todo su tiempo con su nuevo amigo peludo. Parecía que nada malo podía ocurrir si todo había salido bien al final, ¿no? La perrita, rescatada de la muerte, Miguel feliz con la perra que siempre había soñado (en secreto, convencido de que su padre nunca lo permitiría por ser estricto y poco amante de los perros). Sus padres también estaban contentos de ver a su hijo feliz. ¿Final de cuento? Por desgracia, no… Lo malo ocurrió. Seis meses después. Todo comenzó cuando Vasili, el padre de Miguel, perdió su trabajo y se entregó a la bebida. Bebía como nunca. Todo el dinero guardado para emergencias lo gastó en alcohol. Las súplicas de Antonina (con llantos, gritos, ruegos) fueron inútiles. Solo lograban irritarle. Y pronto, la propia esposa empezó a molestarle. Vasili se había convertido en otro hombre. O, mejor dicho, el vodka, consumido en cantidades industriales, lo volvió bruto, insensible, enfadado con todo. Llegó incluso a levantar la mano sobre su mujer. Por cualquier motivo, el más insignificante. O incluso sin causa alguna. No había embutido en la nevera, el techo tenía goteras, el tabaco y el alcohol subían de precio… Todo era culpa de Antonina. Era inútil explicarle que el culpable era él. —¿¡Yo!? ¿¡Yo soy el culpable!? —gritaba Vasili. Y sí, él era el único culpable. Nadie le había obligado a beber. Podía haber buscado otro trabajo. Quizá no en el pueblo, donde era tractorista, sino en la ciudad. Conductor, cargador… muchas opciones. El hijo pronto ingresaría en la universidad y se necesitaría dinero. Pero Vasili no quería trabajar en la ciudad. Y en el pueblo, tras la quiebra de la empresa donde trabajó veinte años, ya no había trabajo. Al menos, no bien pagado. —¡Toni! ¡Toni, ¿dónde has escondido el vodka?! —por las mañanas gritaba Vasili con resaca. Antonina intentó de todo para salvar a su marido, pero nunca acababa bien. Bastaba decirle una palabra y el escándalo era inevitable. Y si escondía el vodka, rara vez todo quedaba sin golpes. Vasili se transformaba en una fiera. Además, Antonina prohibió tajantemente a su hijo que se metiera. No quería que Miguel también recibiera una paliza. Vasili tenía la mano dura. No era cuestión de tentar a la suerte. Miguel, en esos momentos, se iba a estar con Berta, la acariciaba y miraba en dirección a la casa donde sus padres discutían. Berta le lamía las mejillas (siempre húmedas y saladas), apoyándose en él como podía. Y también miraba hacia la casa. Hasta que un día le tocó al propio Miguel. Antonina había ido a comprar, y él… …él no hacía nada malo. Jugaba en el patio con Berta. Vasili lo vio, lo llamó, le cogió fuerte del brazo y le dio una buena bofetada. Luego otra, y otra… Miguel aguantó al principio, pero no pudo más, gritó de dolor e intentó escapar. Pero su padre lo sujetaba como un torno de hierro. Entonces Berta, siempre buena y tranquila, de repente, empezó a ladrar a Vasili con ferocidad. Tanto que el padre se quedó impactado. Miguel aprovechó el momento y consiguió escapar. Pero… …con un “¡Te mato!” el padre se dirigió tambaleándose hacia la casa. Miguel supo que volvería. Y con algo peligroso. ¿Qué podía hacer? —¡Vete, ¿me oyes?! —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos.— ¡Vete, y no vuelvas jamás! Nunca. Con manos temblorosas, desenganchó la pesada cadena, llevó a Berta hasta la valla, abrió de par en par y la empujó. Pero ella no comprendía nada. ¿La estaban echando? ¿Por qué?… —Vete, te ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra.— No puedes quedarte. Mi padre volverá y… Justo entonces se abrió la puerta y en el porche apareció Vasili, borracho y con un hacha en la mano. —¡Migue!… —gritó con voz furiosa— ¿Por qué has soltado a la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, no lo hagas —dijo Miguel, dando un paso atrás, aterrorizado. En ese momento quería irse lejos con la perra, pero… …Miguel no podía dejar a su madre sola con ese monstruo. —¿¡No hacerlo?! —rugió Vasili, con la mirada perdida en su hijo y la perra, a la que Miguel protegía. —No toques a la perra, papá. Vete a dormir. Ni pareces una persona… —¿Así que no debo tocarla? ¿No debería haberme ladrado? ¡La alimentaba y me ladra!… Voy a encargarme de ella, y después de ti. A ver si aprendes a respetar a los mayores. Vasili dio un paso, tropezó, pareció que iba a caer, pero se sujetó a una viga y bajó corriendo las escaleras. —¡Tráela aquí! —¡Vasili, por favor…! No la mates, es solo una cría, —gritó Antonina, que acababa de llegar con las compras. —¡No me vengas con tonterías! ¡Esta chucha debe recordar quién manda aquí! ¡Miguel! ¡Tráela aquí, te digo! No podía esperar más. Así que Miguel miró a los ojos a Berta, le dio un beso en la nariz húmeda y, empujándola lejos, gritó: —¡Vete! ¡Vete ya! Perdónanos… perdónanos, Berta. No quería que esto fuera así. —¡Te voy a…! —Vasili estalló al darse cuenta de las intenciones de su hijo. Y Berta, mirando por última vez a Miguel, salió corriendo hacia el bosque. Era el único lugar donde podía esconderse. “Y no vuelvas, Berta, o te matará,” gritaba Miguel mientras corría. Berta no vio lo que ocurrió después. Solo podía esperar que su querido amigo y su madre estuvieran a salvo. ***** Desde entonces ha pasado… …no un mes ni un año. Siete años han pasado desde entonces. Siete largos años de esperar un milagro. Berta tenía la esperanza de que algún día volvería a ver a Miguel. Pero año tras año la esperanza se hacía más débil. Porque hacía mucho que Miguel y Antonina ya no vivían en el pueblo. Volvió a su aldea solo medio año después de huir al bosque. Pero… …se acercó con cuidado a la verja (ligeramente abierta), la empujó con la pata y entró con un suave chirrido. Detrás, la casa estaba quemada. Ni rastro de vida. Ni Miguel, ni Antonina, ni, menos aún, Vasili. Volvió tres o cuatro veces más, pero nunca vio a nadie. Pero tampoco sentía que les hubiese pasado nada malo. Seguramente, solo se mudaron. Pero ¿cuándo y adónde? Eso, por desgracia, Berta no lo sabía. Solo comprendía que era muy poco probable que Miguel y Antonina regresaran jamás. Porque ya no tenían casa. Ni ella tampoco tenía ya familia… ni hogar. Pasó así, vagando de aldea en aldea, cerca de un año, quizá más. Hasta que la recogió un anciano, en la carretera cerca del mismo pueblo donde había vivido. Era como un déjà vu… —¿Te has perdido? —preguntó el hombre, de pelo cano y barba larga.— ¿Quieres venirte conmigo? Berta fue con él. No le quedaba otra. El anciano no era mala persona, aunque le gustaba el vino. Y Berta nunca pasó hambre. Sopas, guisos, huesos grandes. Nunca le faltó nada. Además, la llevaba con él a trabajar. Era sereno de noche. Y también guardián. Del cementerio. Al principio a Berta le asustaba andar entre tumbas humanas pero, con el tiempo, se acostumbró. Y a don Nicolás también se acostumbró. Era buen hombre. Pero muy solo. Y desgraciado. Como ella. Cuando bebía, a diferencia de Vasili, no se volvía fiera; suspiraba profundamente y le contaba sus penas a Berta. Que su mujer lo dejó, que su hija ni quería hablarle porque era un “fracasado”. En esos momentos, Berta se tumbaba junto a él, apoyando su hocico en su pierna, y escuchaba, sabiendo lo importante que es dejar que alguien hable. Cuando don Nicolás se callaba, ella recordaba aquellos días felices. A Antonina, a Miguel. A Vasili, mejor ni recordarlo. Y fue así como, en uno de sus paseos por el cementerio, Berta encontró la tumba de Vasili. Al principio no lo creyó; hacía tiempo que había muerto, pero ella… todavía olía su aroma. Un aroma a odio y alcohol. —¿Por qué te detienes? —preguntó don Nicolás al ver que la perra no caminaba junto a él, sino que se quedaba junto a una tumba.— Veamos, quién es… Vasili… Será aquel que murió quemado en su casa. Berta miró sorprendida al anciano. —Sí, ese era. Su mujer y su hijo, por suerte, se largaron a la ciudad, y él, de tanto beber, murió asfixiado. Estúpida muerte. Decían que maltrataba a su familia. Así que, bien merecido. Aunque… —don Nicolás se quedó pensativo.— De los muertos, bien o nada. Vamos, sigamos. Que la tierra le sea leve. Berta vivió casi cinco años con el sereno del cementerio. Hasta que él también falleció. Y ella volvió a quedarse sola. ¿Dónde ir, ahora? Ya no era una cachorra. Nadie más la adoptaría. Así que Berta decidió quedarse en el cementerio. Allí todavía encontraba algo de comida. Allí… Sí, Berta ya lo tenía decidido. Aunque el cementerio fuese para humanos, ella esperaría allí el final. No le hacía falta otro dueño (a don Nicolás nunca lo consideró realmente su dueño, sino un compañero de desgracia). Y así, cuando cayó la primera nieve, ocurrió algo que Berta jamás imaginó. Ese día, como siempre, merodeaba por el cementerio buscando algo de comer cuando oyó voces. Era raro que algún humano viniese en domingo. Pero allí estaban, dos voces: una masculina y otra femenina. Estaban junto a la tumba de Vasili. Berta lo encontró extraño, así que se acercó. —Ya te dije, Oksana, que era mala idea venir a la tumba de mi padre. ¿Qué hago yo aquí? No quiero saber nada de él después de lo que hizo, y dices que tengo que perdonarlo… ¿Por qué? ¿Por meter a mi madre en la tumba antes de tiempo? —Debes hacerlo, Migue… Perdónalo y déjalo ir en paz. Así terminarán las pesadillas. Estoy segura. Por muy monstruo que fuese, era tu padre. Si te aparece siempre en sueños, es que está sufriendo. —¿Tú crees? —Eso decía mi abuela. Perdónalo y todo irá mejor. Para ti y para él. —Bueno… Tal vez tengas razón. Miguel miró la tumba, frunció el ceño, luego relajó el gesto y dijo: —Te perdono, padre. Por mí, por mamá, y por Berta… Solo lamento haber tenido que echar de casa a mi mejor amiga por tu culpa. Espero que ella esté bien. Todo ese tiempo, Berta había estado detrás de Miguel, quieta, sin creérselo. ¡Era él! Su humano querido. Sí, habían pasado muchos años. Había crecido, era otro, pero ella lo reconoció enseguida. ¿La reconocería él? Y Miguel, al notar la mirada a su espalda, se giró de pronto y se quedó pasmado. —¿Qué pasa, Migue? —preguntó Oksana.— ¿Parece que has visto un fantasma? —No un fantasma… una perra —dijo distraído. —Hay muchas perros callejeros. ¿Te asusta? —Me parece… Me parece que la conozco… ¡Espera, es…! Miguel dio unos pasos hacia Berta. Se detuvo a cinco metros, esperado, observándola. Avanzó otro poco. La duda desaparecía a cada paso. Berta agitó ligeramente la cola. También avanzó. Y, en un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Miguel, en cuclillas, ya abrazaba a su perra, a la que no veía hacía siete años, y Berta, encaramada sobre sus hombros, le lamía la cara, la nariz y la barbilla. El sueño más grande de Berta se cumplía. Al fin volvía a ver a su amigo, al que había esperado siete largos años. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta consigo. Se hizo muy amiga de su humana, Oksana. Y vivieron todos juntos. Primero, tres. Luego, cuatro (un día Berta encontró un gatito en la calle y decidieron adoptarlo), y luego cinco. Llegó, finalmente, un pequeño humano llamado Nikita. Y, al poco, Miguel reconstruyó la casa en el pueblo, donde cada año iban de vacaciones toda la familia. Y, pese a todo lo que habían sufrido Miguel y Berta, al final, fueron felices.