10 de abril
Aún tengo el pecho apretado y la garganta llena de nudos. No dejo de preguntarme si he hecho lo correcto.
Vete, ¿me oyes? susurré entre lágrimas. Vete y no vuelvas nunca. Jamás.
Mis manos temblaban mientras le quitaba la pesada cadena de hierro. Arrastré a Luna hasta la verja, abrí la cancela de par en par y traté de empujarla hacia la calle.
Ella solo me miraba perpleja, incapaz de entender lo que ocurría.
¿De verdad la estaba echando? ¿Por qué? No había hecho nada malo…
Por favor, vete repetí, abrazándola con fuerza. No puedes quedarte aquí. Mi padre volverá en cualquier momento y
En ese instante la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció papá, tambaleándose, con un hacha en la mano.
*****
Pienso que pocas personas llegan a imaginar cuán dura puede ser a veces la vida de un perro abandonado, de esos a los que echan sin más a la calle. Si lo supieran, seguro muchos cambiarían su manera de verlos, tal vez los mirarían con compasión en vez de desprecio, como ocurre a menudo aquí, en tantos pueblos y ciudades.
Pero ¿cómo podrían saberlo? Los perros no cuentan nada, no pueden quejarse. Llevan el dolor por dentro, en silencio.
Hoy quiero contar mi historia. La historia de Luna. De amor, traición y lealtad… Porque ser perro en España puede ser tan duro como serlo en cualquier otro sitio.
A Luna nadie la quiso desde pequeña. No sé exactamente qué molestó a su primer dueño, quizá simplemente nacer, existir. El caso es que una mañana en la provincia de Salamanca, el hombre la subió al coche y la dejó sola junto a una carretera, sin mirar atrás. Ni siquiera se molestó en entrar en el pueblo; la dejó a la suerte de los coches que volaban por la nacional, camiones, autocares, furgonetas. Un paso en falso y ese cachorro ya nunca más volvería a mirar el cielo.
Creo que el hombre lo sabía… quizá hasta lo deseaba. Aunque si el tráfico no acababa con ella, sin comida ni agua no habría sobrevivido muchos días. Apenas dos meses de vida tenía Luna.
Pero ese día, por fortuna, el destino hizo que yo pasara por allí. Todo ocurrió porque mi padre me había regalado una bici por mi decimocuarto cumpleaños y estaba deseando estrenarla. Cuando salí de casa, mamá me gritó:
Martín, ¡no te alejes del pueblo!
Vale, mamá, solo hasta la carretera y vuelvo le dije, entusiasmado, sin saber que iba a desobedecerla.
La calle principal estaba llena de baches, imposible para la bici. Pero hacía poco el ayuntamiento había asfaltado el camino hacia la carretera nacional. Y, claro, yo quería sentir la brisa. En domingo apenas pasa nadie, todos duermen la siesta o marchan a misa.
Cuando ya casi había llegado al cruce, la vi. Una bolita negra correteando, metiéndose delante de los coches, saltando cada vez que uno pasaba rugiendo. Me paré, dejé la bici sobre la hierba y me acerqué cuidadoso a la cachorra, que me miró entre asustada y alegre.
*****
¡Mamá, papá, mirad lo que he encontrado! entré en casa sonriendo. Alguien ha abandonado este perro. ¿Podemos quedárnoslo? Es buenísima.
¿Fuiste hasta la carretera? exclamó mamá, con cara de susto. ¿No te dije que no salieras del pueblo?
Solo fue un momento… Si no le recogía, se habría muerto.
Pero, hijo suspiró mamá, preocupada. ¿Y si a ti te pasa algo? Es peligroso ir solo por ahí. Imagínate si te atropellan…
No volverá a ocurrir, lo prometo. ¿Puedo quedarme con ella? Juro que me haré cargo. ¡Además, hoy es mi cumpleaños!
Papá, que ese día estaba más alegre de lo habitual, intervino:
Deja a Martín, mujer, que tenga una alegría, que ya es todo un hombre. Cuando era joven hice mil locuras peores y aquí estamos. Además, el perro parece listo y de buena raza. Puede cuidar la casa. Déjaselo, anda.
Vale, hijo, pero te haces cargo dijo mamá, por fin con una sonrisa.
No cabía en mí de alegría. Le puse de nombre Luna, aunque al principio pensaba que era un macho. Pero nada más ver sus ojillos mansos y el modo en que se acurrucaba, supe que era una perra, y una amiga increíble. A partir de entonces, me olvidé de la bici y pasé todo el tiempo con Luna.
¿Quién diría que las cosas podían terminar mal tras un comienzo tan feliz? Salvé a Luna de una muerte casi segura, mis padres estaban contentos, yo cumplía mi sueño de tener perro.
Pero el destino a veces da bruscos giros. A los seis meses todo empezó a cambiar.
Papá perdió el trabajo en la cooperativa y se hundió en la bebida. Cada botellín de DYC vació el monedero y llenó la casa de discusiones. Mamá, Antonia, luchaba por evitarlo, pero no servía de nada. Papá se fue volviendo un hombre duro, amargado. Ni siquiera Luna lograba alegrarle el día.
Empezó a gritar por cualquier cosa, incluso a levantarle la mano a mamá. Yo tenía prohibido meterme, pero no podía evitar sentir rabia. Algunas veces, cuando la tensión era insoportable, me iba con Luna al corral. Ella, como si lo entendiera, me lamía las lágrimas y se tumbaba a mi lado.
Una noche, papá me pegó. Lo hizo porque jugaba fuera con Luna, nada más. Me llamó y, sin razón, me arreó un par de tortas. Quise huir, pero me agarraba con fuerza descomunal. De repente, Luna, mi perra buena y tranquila, empezó a ladrarle con fuerza. Papá se quedó helado. Aproveché para soltarme, pero sabía que aquello no quedaría así.
Corrí con Luna a la verja, solté la cadena con torpeza y le abrí la puerta.
Tienes que irte le repetí, abrazándola fuerte. Si te quedas aquí, te hará daño.
En ese momento, papá salió arrastrando los pies con el hacha y la cara desencajada.
¡Martín! bramó. ¿Por qué sueltas al perro? ¿Quién te da permiso?
No lo hagas, papá, por favor…
¿No lo haga? He criado yo a este animal y me ladra a mí… Ahora verás.
En ese instante, mamá apareció cargada con una bolsa del supermercado.
¡Por Dios, no lo hagas, Segundo! Es solo una perra…
¡Basta! Esta chucha tiene que aprender quién manda aquí.
No pude más. Miré a Luna a los ojos, la besé en el hocico y la empujé fuera.
¡Corre! ¡Vete ya! Perdónanos, Luna, por favor…
Papá se enfureció aun más, pero Luna corrió hacia el campo, sin mirar atrás.
Ojalá entendiera que lo hacía para salvarle la vida.
*****
Solamente puedo imaginar lo que fue de Luna después porque nunca volvimos a verla por años. Pasaban los meses y a veces me asomaba al camino con la ilusión de que reapareciera, pero nada. Hasta que un día, después de mucho tiempo, pasó de nuevo por delante de nuestra vieja casa, encontró la puerta entreabierta… y vio cenizas. Todo se había perdido en un incendio. Nosotros ya vivíamos en Madrid.
Luna vagó sin rumbo de aldea en aldea, hasta que un anciano de barba blanca la recogió junto a la carretera. Se llamaba Nicolás y era el vigilante del cementerio de nuestro antiguo pueblo. Un hombre solitario, dado a la bota de vino, pero de gran corazón. Luna encontró con él cierta paz: la alimentaba bien y le hablaba de su soledad. Ella comprendía, y en silencio también le acompañaba en su tristeza.
Un día, paseando juntos entre las tumbas, Luna se paró sin moverse delante de una lápida: la de Segundo, mi padre. Nicolás suspiró y le contó que aquel hombre, borracho y solo, había muerto en un incendio.
Dicen que maltrató mucho a su familia. Si es verdad, bien merecido lo tiene… aunque sobre muertos, dicen que mejor no hablar. Vamos, Luna, que aquí ya nada hay para nosotros.
Cinco años duró la vida de Luna junto a Nicolás. Pero cuando él también falleció, la perra quedó otra vez sola. Ya mayor y sin fuerzas, decidió quedarse en el cementerio, sin esperar más milagros.
*****
Hoy volvió a nevar, y por alguna razón quizá un presentimiento decidí volver al pueblo con mi esposa, Isabel. No sé ni cómo acabamos delante de la tumba de mi padre, la misma donde Luna se había quedado tantas noches.
No entiendo por qué tengo que perdonarlo le dije a Isabel. Por él mi madre acabó enferma y yo perdí a mi mejor amiga.
Hay que dejar atrás el dolor, Martín. Da igual cómo fuera tu padre, es hora de soltar el rencor.
Respiré hondo, miré la lápida y, por dentro, acepté que tenía razón.
Te perdono, papá. Por mí, por mamá… y por Luna. Solo espero que ella esté bien.
Entonces sentí que alguien me observaba. Me giré, y tras unos metros entre las lápidas, estaba ella. Vieja, canosa, pero inconfundible. Nuestra Luna.
Al principio dudé. Caminé despacio hacia ella, y cuanto más me acercaba, más seguro estaba. Ella movió apenas el rabo, como reconociéndome. Corrimos el uno hacia el otro y la abracé, llorando como aquel niño que la salvó en la carretera. Luna me lamía la cara y gimoteaba feliz.
Al fin, el viejo sueño se cumplía. Mi amiga volvía a casa.
Nos la llevamos con nosotros, y pronto se adaptó a la familia. Primero fuimos tres, después cuatro con la llegada de un gatito callejero que Luna trajo consigo, y poco después cinco, cuando nació nuestro hijo Javier.
Ahora, cada verano volvemos al pueblo, a la vieja casa reconstruida. A pesar de todo lo que pasamos, acabamos siendo felices.
Y hoy, al mirar a Luna dormida al sol, no puedo evitar pensar que, pase lo que pase, a veces la esperanza y la lealtad tienen su recompensa.







