Vete y no vuelvas
Vete, ¿me oyes? susurraba Miguel con lágrimas en los ojos. Vete, y no vuelvas jamás. Nunca.
Con manos temblorosas, el muchacho soltó la pesada cadena de hierro y, tirando de Gala hacia la verja, abrió de par en par el portillo e intentó empujarla hacia el camino.
Ella no comprendía lo que ocurría.
¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo
Te lo ruego, vete repitió Miguel abrazando a la perra. No puedes quedarte aquí. Él volverá y
En ese mismo instante se abrió de golpe la puerta de la casa, y en el umbral apareció Don Tomás, tambaleante y con un hacha en la mano.
*****
Si la gente pudiera imaginar siquiera por un momento lo duro que puede llegar a ser el destino de algunos perros, que sin culpa acaban en la calle, seguro que cambiarían su manera de mirarles. Al menos les mirarían con compasión, no con desprecio, como tan a menudo sucede en los pueblos. Pero ¿cómo podrían saber por todo lo que pasan nuestros amigos de cuatro patas? Nadie se lo cuenta
Los perros no pueden relatar sus desgracias.
Ni quejarse. Todo ese sufrimiento lo guardan dentro.
Pero quizá yo sí pueda contaros una historia. Una de lealtad, amor y traición
Y comienzo desde el principio: Gala, que así se llamó la perra, no fue querida desde muy pequeña.
Nadie supo nunca qué le hizo a su primer amo para que la despreciara tanto; tal vez solo por nacer.
A aquel hombre no se le ocurrió nada mejor que abandonar a la cachorra, con apenas dos meses, junto a una carretera entre los campos de Castilla.
Así, sin más.
Ni siquiera fue capaz de dejarla en el pueblo, donde quizás algún vecino la hubiese recogido.
Prefirió dejarla allí tirada, cerca del asfalto, y regresar tranquilo a Valladolid.
Por aquel camino pasaban coches, camiones y tractores sin parar.
Un paso en falso y la perrita podría haber sido atropellada.
Tal vez en eso confiaba el hombre.
Y aunque no hubiera quedado bajo las ruedas, sin comida ni agua tampoco habría sobrevivido muchos días. Era muy pequeña.
Pero aquel día, la fortuna quiso protegerla.
Ese mismo día, la encontró Miguel.
Aquello ocurrió porque a Miguel su padre le regaló, por su catorce cumpleaños, una flamante bicicleta nueva, y salió a probarla por los caminos.
No te pases de los límites del pueblo le gritó Carmen, su madre, cuando le vio montar, con la emoción pintada en el rostro, sobre las ruedas nuevas. ¿Has oído, hijo?
Sí, mamá contestó entusiasmado Miguel, alejándose. Todo irá bieeen.
Pero Miguel no hizo caso y cruzó los surcos del pueblo, donde las carreteras parecían un queso viejo. Ni siquiera para andar era fácil, y menos en bicicleta. Pero desde el pueblo, hacia la carretera que llevaba a la capital, habían puesto hacía poco un asfalto liso, y Miguel no resistió las ganas de ir «a toda pastilla».
Además, un domingo como aquel casi no circulaban coches.
Al llegar casi al cruce, justo cuando iba a girar, la vio: una diminuta cachorra, corriendo nerviosa de un lado a otro en la cuneta. A veces se arrimaba a los coches, a punto de echarse bajo sus ruedas, y en el último momento retrocedía.
«¿Qué le pasa a este animalito?», pensó Miguel, bajando de la bici y acercándose con cuidado.
*****
¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! exclamó sonriente Miguel al entrar en casa. Alguien la ha abandonado en la carretera. ¿Podemos quedárnosla? Es buenísima.
Miguel, ¿has pasado del pueblo? replicó Carmen, indignada. Te lo dije bien claro
Mamá, solo llegué hasta la carretera; no pasó nada Y si no la hubiera recogido, seguro habría muerto.
¿Y tú? suspiró la madre. ¿No pensaste en ti? Podrías haber acabado bajo un coche. No es sitio para niños solos en bicicleta.
No volveré a hacerlo, te lo juro. Pero, ¿qué hacemos con la perra? ¿Podemos quedarnosla? Te prometo que la cuido yo. Además, llevo soñando con un perro mucho tiempo y hoy es mi cumpleaños.
¡Tu cumpleaños! negó la cabeza Carmen. Y casi te llevas un castigo por desobediente
Miguel apretó con fuerza a la cachorra, temeroso de que se la quitaran.
Anda, Carmen, no le regañes más terció su padre, Pablo, sonriente con más de una copa en el cuerpo. Hoy cumple catorce ya, está hecho un mozo. Y no ha traído un perro cualquiera: se ve que es buena. Servirá para el patio. Déjasela, hija, no pasa nada.
Bueno, si tu padre está de acuerdo, yo también lo estoy cedió Carmen al ver la felicidad en los ojos de Miguel.
¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo!
Miguel estaba feliz: por fin tenía una amiga, un perro de verdad.
Y ese mismo día la llamó Gala.
Al principio Miguel pensó que era macho, pero pronto vio que era hembra. Una perra noble, cariñosa y tranquila. Desde el primer momento, entre Miguel y Gala nació un lazo especial.
Olvidó la nueva bicicleta, y pasaba el día jugando o paseando con su peluda amiga.
Nada parecía poder estropear tanta felicidad.
La perra rescatada de la muerte, Miguel con su soñado animal, y los padres contentos con la alegría de su hijo.
¿Fin del cuento? Por desgracia, no fue así.
Todo se torció medio año después.
Todo empezó cuando Tomás, el padre, perdió su trabajo como tractorista y se refugió en la bebida.
Se gastó todos los ahorros familiares en vino y cañas.
Ninguna súplica de Carmen, ninguna lágrima ni grito, lograban detenerle. Al contrario, su carácter se volvió cada vez más seco y violento.
La tomaba con su esposa por cualquier motivo: si no había chorizo en la nevera o si subía el precio del vino, la culpa era de Carmen. Era inútil razonar con él.
¿Yo? ¿La culpa la tengo yo? gritaba Tomás, cada vez más fuera de sí.
Él solo era responsable de su ruina.
Podía haber buscado otro empleo, aunque fuera de mozo de almacén en Valladolid, antes que destrozar su casa.
Pero Tomás no quería dejar la aldea, y tras arruinarse la cooperativa para la que trabajó más de veinte años, ya no había buen sueldo.
¡Carmen! ¿Dónde me has escondido la bota de vino? vociferaba Tomás por la mañana.
Carmen lo intentaba todo, pero sólo conseguía desatar su ira, y pronto llegaron los golpes y portazos.
Miguel tenía totalmente prohibido intervenir.
La mano de Tomás era pesada. Mejor no tentar al diablo.
En esos momentos, Miguel solía irse a buscar a Gala, acariciarla en silencio, mientras en casa seguían los gritos.
Gala, como entendiendo el sufrimiento de su pequeño amigo, le lamía las lágrimas de las mejillas, acompañándole con su mirada triste al interior de la casa.
Un día fue el propio Miguel quien sintió la rabia de su padre. Carmen salió a por pan, y él jugaba con Gala en el patio.
Tomás lo llamó, le agarró fuerte del brazo y le propinó un par de bofetones. Miguel aguantó al principio, pero al final gimió de dolor y trató de desasirse. Tomás tenía una fuerza feroz.
Justo entonces, Gala, siempre tan buena, ladró furiosa; tan fieramente que incluso Tomás se sobresaltó.
Miguel aprovechó el instante para zafarse.
Pero Tomás, fuera de sí, entró bamboleante en casa, con un «¡Te mato!», dispuesto a buscar algún objeto pesado. Miguel lo supo en ese momento: su padre iba a hacer una locura. ¿Qué hacer?
Vete, ¿me oyes? susurró Miguel con lágrimas. Vete, y no vuelvas nunca.
Con manos temblorosas, soltó la cadena, arrastró a Gala al portillo y la empujó hacia el camino.
Ella no lo comprendía.
¿La expulsaban? ¿De verdad?
Te lo ruego Musitó Miguel, dándole un abrazo apretado. No puedes quedarte. Mi padre volverá y
Justo entonces, Tomás salió de casa, apestando a vino y empuñando un hacha.
¡Miguel! rugió su voz ronca. ¿Por qué has soltado a la perra? ¿Quién te lo ha pedido?
Papá, no lo hagas, por favor murmuró Miguel, retrocediendo.
En ese instante, habría huido junto a Gala, pero
No podía dejar sola a su madre con el monstruo.
¿Qué no haga el qué? espetó Tomás, con ojos turbios, mirando de reojo a su hijo y a la perra, protegida tras él.
No le hagas nada, papá. Vete a dormir. Ni pareces ya persona
¿Ah sí? ¿No le hago nada a esa? ¿No tenía que haberme ladrado? Después de todo lo que le di Ahora lo vais a ver los dos.
Tomás bajó un escalón, titubeó, pero logró sujetarse a la baranda. Descendió furioso.
¡Tráela aquí!
Tómas, no, te lo suplico… Es solo una cachorra, la vas a matar gritó Carmen, que llegaba del mercado cargada con pan y leche.
¡No me supliques, Carmen! ¡Este animal va a enterarse de quien manda aquí!
Miguel entendió que no podía esperar más.
Sin pensarlo, se giró hacia Gala, la miró a los ojos, besó su hocico negro y empujándola con fuerza gritó:
¡Vete! ¡Corre, Gala! ¡Perdónanos, perdónanos por todo!
¡Maldito crío! aulló Tomás, comprendiendo que Miguel pretendía salvar a la perra.
Y así, Gala, miró una última vez a su amigo y se echó a correr hacia la arboleda, donde podía esconderse.
«No regreses, Gala, ¡te matará!», le gritó Miguel.
Gala no miró atrás.
Solo esperaba, allá donde el bosque la llevó, que Carmen y Miguel sobrevivieran.
*****
Desde aquel día han pasado
no, no un mes, ni un año.
Siete largos años pasaron desde aquella despedida.
Siete inviernos esperando un milagro.
Gala mantenía la esperanza de reencontrarse con Miguel… pero los años fueron apagando esa luz. Porque Miguel y Carmen ya no estaban en el pueblo.
Regresó una vez, medio año después de huir. Con cautela llegó hasta el portillo, lo empujó con la pata y descubrió el solar: la casa calcinada, el patio vacío. Nadie.
Ni Miguel, ni Carmen, ni Tomás, a quien tampoco quería ver.
Volvió otras veces, tres o cuatro, sin encontrarlos nunca.
Pero no sentía que algo malo les hubiese ocurrido. Solo sabría que se habían marchado. ¿Adónde? Eso no lo supo nunca.
Pero sí comprendió que probablemente nunca volverían.
Ya no tenían casa. Ni ella tampoco. Ni familia ni hogar
Así pasó de aldea en aldea, sin quedarse nunca mucho tiempo. Hasta que la recogió un anciano junto a la carretera de aquel mismo pueblo.
Era como un deja vu.
¿Te has perdido, eh? le dijo el viejo de barba blanca y mirada triste. ¿Te vendrás conmigo?
Y Gala lo siguió, pues no tenía otra opción.
Era don Raimundo, al que acabó por coger cariño. Era hombre de vinos, sí, pero de buen corazón.
Le daba de comer caldo, migas, huesos dulces No escatimaba pesetas en ella.
Incluso la llevaba con él a su faena.
Trabajaba de sereno, y también de cuidador en el cementerio.
Al principio a Gala le asustaban las tumbas, pero acabó acostumbrándose.
A don Raimundo lo llegó a querer. Era un hombre bueno, pero muy solo, muy triste. Como ella.
Cuando bebía, no se volvía violento como Tomás; al contrario, suspiraba y le contaba sus penas a Gala: cómo su mujer lo abandonó, que su hija no le reconocía que era un fracasado.
Gala se tumbaba junto a él, colocando el hocico en su rodilla, escuchando con atención. Sabía que a veces solo hace falta que te escuchen.
Y en esos silencios, Gala recordaba los días felices junto a Carmen y Miguel. A Tomás intentaba olvidarlo para siempre.
Y fue cosas del destino, que en uno de sus paseos en el cementerio, Gala olió una tumba con un hedor que no olvidó. Era la tumba de Tomás, aunque al principio no podía creerlo. El olor era el mismo: vino, rabia.
¿Qué haces aquí quieta? preguntó don Raimundo. Veamos Tomás… ¿Será el que murió en su propia casa quemado? Sí, ese. Su mujer y su hijo se marcharon, pero él, solo y borracho, murió como uno que ya no tiene remedio. Dicen que era mal hombre. Bueno, bendita tierra.
Casi cinco años vivió Gala con el sereno del cementerio. Luego, cuando el viejo murió, Gala quedó otra vez sola.
¿A dónde ir? Ya no era una cachorra. Nadie la acogería.
Así que decidió quedarse en el cementerio. A veces encontraba algo de comer. Se quedó allí, en la soledad de las tumbas, porque ya no esperaba otro compañero: solo aquel primer amigo de la infancia, Miguel.
*****
Y entonces, cuando cayó la primera nieve, sucedió lo inesperado.
Gala, paseando en busca de algo que llevarse al hocico, oyó voces.
No era habitual que visitaran el cementerio en fin de semana, pero aquella vez, sí: una voz de hombre y otra femenina, junto a la tumba de Tomás.
A Gala le llamó la atención y se acercó, curiosa.
Te lo dije, Lucía, que era mala idea. No quiero saber nada de ese hombre, ni muerto ni vivo, con todo lo que hizo. ¿Por qué tengo que perdonarlo? ¿Por mandar a mi madre a la tumba antes de tiempo?
Tienes que hacerlo, Miguel Perdonar y dejarlo ir. Solo así podrás dormir sin pesadillas… Dicen las abuelas que, si el difunto aparece en sueños, es porque sufre. Por duro que fuera, sigue siendo tu padre.
¿Y tú cómo lo sabes?
Es lo que decía mi abuela. Si le perdonas, te liberarás.
Quizá tengas razón
Miguel miró la lápida de Tomás, frunció el ceño, y después, con la voz serena, exclamó:
Te perdono, padre. Por mí, por mamá y por Gala… Solo me duele haber perdido a mi mejor amiga por tu culpa. Espero que al menos ella esté bien.
Durante ese tiempo, Gala estuvo quieta tras Miguel, sin pestañear.
Era él, su amado compañero.
Habían pasado muchos años, él ya era un hombre, pero ella lo reconoció enseguida.
¿Y él la reconocería?
Miguel, sintiendo una presencia a sus espaldas, se giró bruscamente y se quedó paralizado.
¿Qué pasa, Miguel? preguntó Lucía, inquieta. Pareces haber visto un fantasma.
No es un fantasma, es un perro respondió pensativo. Pero siento que ya la conozco… Espera, ¡es…!
Miguel avanzó unos pasos hacia Gala.
Dudó, pero poco a poco las dudas se disiparon.
Gala movió levemente la cola.
Dudosa, también dio un par de pasos hacia él, y de pronto se lanzaron el uno al otro.
Lucía ni pudo reaccionar: Miguel, acuclillado, ya abrazaba a su perra, a Gala, mientras ella le lamía la cara, el cuello, las lágrimas.
Su sueño canino se había hecho realidad: volver a ver a su amigo, a quien esperó tantos años.
*****
Miguel se la llevó, por supuesto. Gala pronto se hizo amiga de la chica de Miguel. Empezaron a vivir juntos, tres primero, luego cuatro cuando Gala recogió un minúsculo gatito de la calle, que todos decidieron adoptar y por último, cinco, cuando nació el hijo de Miguel, al que llamaron Mateo.
Tras un tiempo, Miguel reconstruyó la casa en el pueblo y, cada verano, regresaban todos juntos.
A pesar de tanto sufrimiento, Miguel y Gala fueron felices, acompañados por su nueva familia en aquellos parajes de Castilla.







