¡Vete, ¿me oyes?! susurra con lágrimas en los ojos Miguel. Vete y no vuelvas nunca más, por favor.
Con manos temblorosas, el chico suelta la pesada cadena metálica y, tirando de Berta hacia la verja, abre la puerta de par en par e intenta empujarla hacia la calle.
Ella, perpleja, no entiende nada.
¿En serio la están echando? ¿Por qué? Si ella no ha hecho nada malo…
Vete, por favor repite Miguel, abrazando a la perra. No puedes quedarte aquí. Él va a volver y…
En ese mismo instante, la puerta de la casa se abate de golpe y en el umbral aparece, tambaleándose y blandiendo un hacha, un hombre borracho: Basilio.
*****
Si la gente pudiese siquiera imaginarse, aunque solo fuera por un momento, lo dura que puede llegar a ser la vida de un perro que un día acaba en la calle sin quererlo, seguramente cambiarían su actitud hacia ellos.
Al menos, los mirarían con compasión y no con desprecio, como por desgracia suele ocurrir.
Pero, ¿cómo pueden los humanos saber por lo que pasan nuestros amigos de cuatro patas, qué pruebas enfrentan? ¿De dónde podrían sacar esa información?
Los perros, al fin y al cabo, no pueden contar nada.
Tampoco pueden quejarse de su destino. Toda su pena la guardan dentro.
Pero yo quiero contaros una historia. Una historia de amor, traición y lealtad…
Y empieza cuando Berta, desde bien pequeña, resulta ser una carga para su primer dueño.
Nunca se supo exactamente qué tenía en contra de ella ese primer dueño. Quizá simplemente nacer ya era suficiente motivo.
No se le ocurrió nada mejor que llevar a la cachorra, de apenas dos meses, a las afueras del pueblo más cercano, y…
…abandonarla en la cuneta.
Sí, simplemente la dejó allí.
Ni siquiera tuvo la decencia de llevarla al pueblo, donde tal vez alguien la habría recogido.
En lugar de eso, la dejó en el arcén de la carretera y se fue tan tranquilo de vuelta a la ciudad.
Por esa carretera pasaban coches, autobuses y camiones a toda velocidad; un paso en falso y la cachorra podía haber terminado bajo las ruedas.
Quizá eso era precisamente lo que él esperaba.
Incluso si esa tragedia no sucedía, sin agua ni comida no hubiera sobrevivido mucho tiempo. Era demasiado pequeña aún.
Pero aquel día tuvo suerte.
Aquel día, la pequeña desconocida se encontró con Miguel.
Y gracias a eso se salvó.
Aquel mismo día, el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva para celebrar su decimocuarto cumpleaños, y el chico salió disparado a estrenarla.
No te salgas del pueblo, ¿lo oyes? gritó su madre, Antonia, mientras Miguel, excitado, pedaleaba por la calle a toda velocidad.
¡Vale, mamá…! respondió feliz Miguel. ¡No te preocupes, todo irá bien!
Pero al final, Miguel sí salió del pueblo. Las calles allí estaban llenas de baches y era imposible circular bien en bici, ni siquiera caminar.
En cambio, justo hacía una semana que habían asfaltado la carretera hasta la autovía, la que lleva a la ciudad, y Miguel no pudo resistir la tentación de sentir el aire fresco mientras pedaleaba.
Casi nunca pasaban coches por allí, y menos en domingo.
Y fue justo al llegar a la autovía cuando vio una pequeña perra corriendo de un lado a otro, nerviosa, sin rumbo, a punto de lanzarse bajo las ruedas de los coches.
Miguel se bajó de la bici, la dejó en la hierba y se acercó presto a la perra diminuta.
*****
¡Mamá, papá, mirad lo que he encontrado! gritó Miguel entrando en casa sonriente. La han abandonado en la carretera. ¿Podemos quedárnosla? Es buenísima.
Pero Miguel, ¿fuiste más allá del pueblo? se quejó Antonia. Te lo había pedido…
Mamá, sólo fui hasta la autovía, quería ver el asfalto nuevo y volverme. Mira, no ha sido en vano; si no llego a recoger a esta perrita, la habría matado un coche.
¿Y tú? suspira Antonia. ¿No has pensado en ti? Los niños nunca deben ir solos por la carretera, menos en bici.
Perdona, mamá, no volveré a hacerlo, lo prometo. Pero… ¿podemos quedarnos con la perra? Prometo que cuidaré de ella. Siempre quise tener una, y…, además, hoy es mi cumpleaños…
Ya, tu cumpleaños resopla Antonia. Ya veremos si lo celebramos, te vas a llevar un buen pescozón por desobedecerme.
Miguel abraza a la perrita, asustado de que le vayan a quitar su nuevo amigo.
Bah, déjale en paz, mujer interviene el padre, con mejor humor de la cuenta gracias al vino de la comida. Hoy cumple catorce años tu hijo, es un chico grande ya. ¿No recuerdas las cosas que hacíamos a su edad? La perra tiene buena pinta, además. Es lista, será buena para guardar el patio. Déjasela, yo estoy de acuerdo.
Bueno, si tu padre no tiene problema, yo tampoco sonríe Antonia mirando a su hijo.
¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo!
Miguel no puede ser más feliz ese día.
Decide llamar a la perra Berta.
Al principio, Miguel pensaba que era un macho, pero luego vio que era una niña, una perrita afable, dulce y cariñosa que se ganó el corazón de Miguel al instante. Pronto el chico olvidó incluso la bicicleta nueva, pasando los días con su amigo peludo, inseparables.
¿Qué podía salir mal si todo acababa bien?
La cachorra salvada, Miguel cumpliendo el sueño de tener perro algo que había creído imposible porque su padre nunca había sido amigo de los animales. Incluso los padres estaban contentos viendo a su hijo tan feliz.
¿Final feliz? Ojalá…
La desgracia llegó seis meses después.
Todo comenzó cuando Basilio, el padre, perdió su trabajo de toda la vida, y se refugió en la botella.
Empezó a beber sin control, gastando todos los ahorros que tenían para emergencias.
Ni los ruegos de Antonia, ni sus lágrimas, ni sus súplicas surtían efecto. Todo lo contrario, sólo conseguían que se enfadara más.
Pronto, hasta la compañía de su mujer le molestaba.
La bebida lo transformó: se volvió brusco, cruel, furioso con el mundo…
A veces incluso levantó la mano contra Antonia, por cualquier excusa, incluso estando sobrio.
Cuanta menos comida quedaba, cuanto más subían los precios de los cigarrillos o el vino, más le echaba la culpa a Antonia.
Y no había forma de que Basilio reconociera su responsabilidad.
¡¿Yo?! ¿Culpable yo? gritaba a Antonia.
Sí, él y nadie más era el responsable.
Podía haber buscado otro trabajo; conductor, mozo de almacén… pero no quiso.
Trabajar en la ciudad no le gustaba, y en el pueblo, tras el cierre de la empresa donde estuvo más de veinte años, no quedaba ningún empleo decente.
¡Toñi! ¿Dónde has metido el vino? chillaba cada mañana Basilio con resaca.
Antonia hacía todo lo posible por parar a su marido, sin éxito.
Bastaba decirle una sola palabra para que todo estallara.
Cuando no encontraba el vino, era casi inevitable que la cosa acabara mal; Basilio se volvía incontrolable.
Y Antonia siempre prohibía a Miguel meterse de por medio: temía que su hijo acabara sufriendo, también.
La mano de Basilio era dura; mejor no tentar la suerte.
En esos momentos, Miguel solía alejarse con Berta, acariciando su cabeza mientras miraba la casa donde sus padres discutían.
Berta, compasiva, le lamía las mejillas mojadas de lágrimas, dándole su cariño.
Una vez, Miguel también fue víctima del mal humor de su padre. Antonia, que estaba en el supermercado, no pudo ayudarle.
Miguel sólo estaba jugando en el patio con Berta.
Basilio lo llamó, lo sujetó fuerte del brazo y le pegó varios pescozones.
Miguel intentó aguantar, pero al final no pudo más y gritó del dolor, intentando soltarse, sin éxito: la mano de Basilio era como una prensa.
Entonces, de improviso, Berta, siempre tan buena y tranquila, se puso a ladrar con furia a Basilio. Tanto, que Basilio se quedó paralizado.
Miguel aprovechó para zafarse y escapar.
Basilio, loco de ira, se metió en casa. Miguel supo que volvería, y con algo peligroso. No podía dejar a su madre sola.
Vete, ¿me oyes? susurra Miguel con lágrimas. Vete y no vuelvas. Nunca.
Con manos temblorosas, desengancha la cadena, lleva a Berta a la verja, abre la puerta y la empuja hacia la calle.
Berta no entiende nada.
¿La están echando? ¿Por qué? Ella sólo quiere proteger.
Vete, te lo pido repite Miguel, abrazando a la perra. No puedes quedarte aquí. Mi padre volverá y…
En ese instante, la puerta de casa se abre de golpe; Basilio aparece tambaleando, hacha en mano.
¡Miguel! truena su voz, furiosa. ¿Por qué sueltas a la perra? ¿Quién te lo ha pedido?
Papá, no, por favor responde Miguel, asustado, reculando ante su padre.
Siente un miedo terrible, pero no puede abandonar a su madre con ese hombre. No puede huir.
¿Que no? gruñe Basilio, mirando con ojos vidriosos a Miguel y a la perra que protege.
No le hagas daño a la perra, papá. Vete a dormir la mona. Ni pareces una persona…
¿Ah no? ¿No la toco? No debería haberme ladrado. Yo le daba de comer y ¡me ladra! Ahora me las pagará y luego me encargaré de ti, a ver si aprendes a obedecer a tu padre.
Basilio da un paso imposible, a punto de caerse, pero llega a apoyarse en un poste y baja las escaleras.
¡Tráela aquí!
Basilio, por favor… no lo hagas… es sólo una perrita… la vas a matar implora Antonia que acaba de llegar de comprar.
¡No me vengas con monsergas! ¡Ese chucho tiene que aprender de quién es la casa! ¡Miguel, tráela ya, he dicho!
No había tiempo que perder.
Miguel se vuelca hacia Berta, la mira a los ojos, la besa en el hocico negro y, con lágrimas, la empuja fuerte hacia la calle:
¡Vete! ¡Corre! ¡Perdónanos, Berta! No quería que pasara esto…
¡Maldito! ruge Basilio, dándose cuenta de que su hijo quiere ayudar a la perra.
Berta, echando un último vistazo dolorido a Miguel, echa a correr hacia el bosque.
Era el único sitio donde podía esconderse.
«¡Y no vuelvas, Berta, si no quieres morir!», grita Miguel a todo pulmón.
Lo que pasó después, Berta no lo vio.
Sólo deseó, con toda el alma, que su ser más querido Miguel y su madre estuviesen bien.
*****
Desde aquel momento han pasado…
…no un mes, ni un año.
Han pasado siete años completos. Siete años de espera eterna para Berta, esperando un milagro.
Siempre con la esperanza y fe de volver a encontrarse con Miguel.
Pero cada año la esperanza era más débil. Miguel y Antonia ya no estaban en el pueblo desde hacía mucho.
Cuando, medio año después de escapar, Berta volvió, ni la casa, ni ellos estaban ya. Sólo encontró las ruinas de lo que fue hogar.
Se acercó con recelo, empujó con la pata la verja entreabierta, y apenas chirrió al abrirse. Detrás, sólo las cenizas de un incendio. Ni rastro de Miguel, Antonia ni Basilio, a quien no quería ver nunca más.
Regresó otras veces, pero nunca halló a nadie. Sabía en el fondo que sólo se habían ido. Sin hogar, no había nada a lo que volver, ni para ella, ni para ellos.
Así vagó durante un año, o quizá más, de pueblo en pueblo, sin arraigo.
Hasta que un día la recogió un viejo.
Se reencontraron por casualidad cerca de aquel pueblo de antaño.
¿Te has perdido? sonríe el hombre, con melena canosa y barba larga. ¿Quieres venir a casa conmigo?
Berta acepta. No tenía más remedio.
El viejo, como descubriría después, le gustaba beber, pero era bondadoso.
Siempre compartía su comida con ella; caldos, arroz, huesos. La cuidaba y la llevaba a su trabajo.
Él era vigilante nocturno. Y sepulturero. En el cementerio.
Al principio a Berta le daba miedo andar entre tumbas, pero luego le acostumbró.
El viejo, don Nicolás Fernández, era buena gente. Aunque muy solitario y desgraciado, como ella.
Cuando don Nicolás bebía, lejos de convertirse en bestia, suspiraba y contaba a Berta sus penas: que su mujer le había dejado, que su hija no lo reconocía, que era un fracaso.
Berta se tumbaba a su lado, apoyada en su pierna, escuchando atenta, sabiendo lo mucho que necesita a veces una persona desahogarse.
Y cuando don Nicolás callaba, Berta recordaba sus días felices, a Antonia y a Miguel. De Basilio no quería acordarse nunca más.
Por una casualidad macabra, descubrió la tumba de Basilio durante una ronda.
Al principio pensó que era imposible, pero el olor, tan impregnado de alcohol y rabia, era inconfundible.
¿Qué te pasa? pregunta don Nicolás. ¿Quién tenemos aquí? Basilio… Debe ser aquel hombre que murió en su casa por un incendio.
Berta mira al anciano, sorprendida.
Sí, fue un personaje, sí. La esposa y el hijo se marcharon a la ciudad, gracias a Dios. Él bebía sin freno y se murió tonto. Por lo visto, hacía mucho daño en casa. Qué le vamos a hacer. Aunque dicen que de los muertos hay que hablar bien, o no hablar.
Casi cinco años vivió Berta en el cementerio con don Nicolás. Un día, el hombre desapareció también, y Berta volvió a quedarse sola.
¿Adónde ir ahora? Ya no era una cachorrita, nadie la querría.
Así que decidió quedarse en el cementerio. Allí podía encontrar comida, y sería su lugar de descanso.
No necesitaba otro dueño. Don Nicolás no fue un amo, sino un compañero de desdichas.
Tiempo después, con la primera nevada, ocurrió lo impensable.
Berta, en una de sus habituales vueltas buscando comida, para y escucha voces.
No solían venir personas al cementerio en domingo, pero allí había dos: una mujer y un hombre.
Se detienen justo ante la tumba de Basilio, lo que sorprende a Berta y la acerca aún más.
Te lo dije, Asunción, que era mala idea venir a la tumba de mi padre. ¿Qué hago yo aquí? No le perdonaré nunca todo lo que hizo… ¿Tú dices que debo hacerlo? ¿Por qué? ¿Por destrozar la vida de mi madre?
Debes perdonarle, Miguel… Perdonar y dejarlo ir. Tú mismo sufres cada noche. Si le perdonas, todo mejorará. Al final era tu padre, aunque fuese un tirano. Si últimamente le sueñas tanto será por algo.
¿Y tú cómo lo sabes?
Me lo decía mi abuela. Si le perdonas, será más fácil para todos.
Bueno… Puede que tengas razón.
Miguel mira la tumba, frunce el ceño y luego repite, sereno:
Te perdono, padre. Por mí, por mamá y por Berta… Qué pena que por tu culpa perdí a la mejor amiga que he tenido nunca. Espero que le vaya bien.
Berta ha estado quieta detrás de Miguel, sin creérselo.
¡Es él! Su Miguel. Ha pasado mucho tiempo, se ha hecho mayor, pero es inconfundible.
¿La reconocerá él a ella?
Miguel siente una presencia y se gira.
¿Qué pasa, Migue? pregunta Asunción, asustada. No seas así, parece que has visto un fantasma.
No, un fantasma no… Una perra.
Bah, aquí hay muchas. ¿Te ha dado miedo?
Juraría… juraría que la conozco… Espera, es…
Miguel se acerca unos pasos.
Se detiene a pocos metros de Berta; duda, repasa a la perra.
Berta mueve la cola tímidamente.
Da también unos pasos. En cuanto cruzan las miradas, corren el uno hacia el otro.
Asunción apenas reacciona mientras Miguel, agachado, abraza a Berta, a la que no veía desde hacía siete años. Y Berta, encaramada, le lame la cara, feliz.
Se ha cumplido el mayor de los sueños de Berta: reencontrar a su amado humano al que esperó todos esos años.
*****
Miguel se lleva a Berta a casa, cómo no. Ella se acostumbra enseguida a su nueva compañera, Asunción.
Empiezan a vivir juntos: primero tres, luego cuatro cuando adoptan un gatito abandonado, y por último cinco, cuando nació el hijo de Miguel: Nicolás.
Tiempo después, Miguel reconstruye la casa del pueblo y cada verano la familia entera va allí a pasar las vacaciones.
Y, tras todas las pruebas que la vida les puso delante, tanto Miguel como Berta y el resto de la familia son felices.





