Lárgate, Nacho
Los platos con la cena fría seguían sobre la mesa. Martina los miraba sin verlos realmente. En cambio, sí notaba perfectamente los números en el reloj, que avanzaban despacio, casi burlándose. 22:47.
Nacho había prometido estar en casa a las nueve. Como siempre
El móvil seguía en silencio.
Martina ya no estaba enfadada.
Todo lo que quedaba vivo en su interior se había consumido, dejando sólo un cansancio gélido.
Cerca de las doce menos cuarto, la cerradura sonó; alguien introducía la llave.
Martina ni siquiera giró la cabeza. Sentada en el sofá, envuelta en una manta, miraba fijamente a un punto en la nada.
Hola, cariño. Perdona, se me ha alargado el trabajo la voz de Nacho sonó forzada, con ese tono alegre y cansado que siempre le salía cuando mentía.
Se acercó e intentó besarle la mejilla. Martina se apartó de forma automática. Era apenas perceptible, pero él lo notó.
¿Pasa algo? preguntó, desabrochándose la bufanda.
¿Te acuerdas de qué día es hoy? la voz de Martina era suave, sin vida.
Nacho se quedó un segundo congelado, pensando.
Miércoles. ¿Por?
Hoy es el cumpleaños de mi madre. Íbamos a ir juntos a su casa con una tarta. Me lo prometiste.
La cara de Nacho cambió. En un instante, la sonrisa se esfumó, dejando espacio a una expresión de pánico y culpa.
Dios mío, Marti, se me ha ido por completo. Perdóname, cielo, este trabajo me tiene hasta arriba. Mañana mismo la llamo.
Fue a la cocina. Martina oía cómo Nacho se movía con nerviosismo junto a la nevera, el ruido de los platos. Siempre hacía lo mismo: se refugiaba entre el ajetreo de cubiertos y vasos para evitar las preguntas incómodas.
Pero esa noche ella no pensaba dejarlo pasar. Se levantó y apareció en el umbral de la cocina.
Nacho, ¿con quién se te hizo tan tarde hoy en el trabajo?
Él se volvió. La mano que sostenía el brick de leche, tembló levemente.
Con el equipo. Estamos lanzando un nuevo proyecto. Las fechas nos aprietan, ya sabes cómo va esto.
Ya, asintió Martina. Y también sé que a las tres de la tarde llamaste por teléfono y dijiste: Elena, lo entiendo todo, pero tengo que arreglarlo.
Elena. Su ex mujer. Ese espectro que llevaba años viviendo entre ellos, el frío fantasma de reproches y agravios nunca dichos.
Nacho palideció.
¿Has estado espiando?
No hizo falta. Hablabas tan alto en el baño que lo escuché todo.
Dejó el cartón de leche sobre la mesa y se dejó caer con pesadez en una silla.
No es lo que crees.
¿Y entonces qué es? por primera vez la voz de Martina dejó escapar emociones. ¿Que en los últimos seis meses estás como un manojo de nervios? ¿Que siempre desapareces por las tardes? ¿Que me miras como si no estuviera aquí? ¿Vas a volver con ella? Dímelo claro. Puedo soportarlo.
Nacho miraba sus propias manos. Esas manos fuertes capaces de arreglar cualquier cosa, menos construir la felicidad.
No pienso volver con ella susurró.
Entonces, ¿qué? ¿Estás acostándote otra vez con ella?
¡No! había tanta sinceridad y angustia en sus ojos que Martina dudó, por un instante, de sus sospechas. Marti, te lo juro, nada de eso.
¿Entonces qué? ¿Qué arreglas tanto a sus espaldas? casi gritaba ella. ¿Le pagas sus deudas? ¿Le resuelves los problemas? ¿Vives su vida en vez de la mía?
Nacho callaba.
Las palabras reprimidas de Martina brotaron sin freno.
Vete, Nacho. Vuelve con ella si tanto la necesitas. O con quien sea. Arregla tus asuntos, pero déjame en paz. No quiero seguir así. No puedo.
Iba a marcharse, pero Nacho se levantó de golpe y le cortó el paso:
¡No tengo a dónde ir! ¡No hay ninguna Elena, ni nueva ni vieja! Yo ni siquiera sé qué me pasa ¡Sólo quiero arreglarlo todo!
Se dio la vuelta, tragando saliva.
No hables en acertijos, musitó Martina.
¿Quieres saber qué intento arreglar? estalló Nacho. ¡A mí mismo! O, mejor dicho, lo intento. Pero no puedo, ¿lo entiendes? Tú no eres ella. Eres más paciente, más buena, creíste en mí hasta cuando yo mismo no podía. Y contigo todo debería ir bien. Yo debería ser mejor, nuevo, el correcto. Pero no soy capaz. Lo estropeo todo otra vez: olvido fechas importantes, me pierdo en el trabajo sabiendo que me esperas, guardo silencios. Y veo cómo tu mirada se apaga, igual que le pasó a la suya entonces.
Martina guardaba silencio.
No quiero buscar otra persona continuó Nacho con voz suave, temo que vuelva a pasarme lo mismo. Que otra vez pierda algo esencial, que la lleve al llanto, a la desesperación o al odio. No sé cómo ser marido. No sé cómo convivir día tras día, sin dramas, sin broncas. Todo lo destruyo. Vivo en un funambulismo constante, con miedo a caer. Y tú tú también pareces muerta a mi lado
Nacho la miró. Esta vez con la mirada perdida, pero sincera:
Así que el problema no eres tú. Ni Elena. El problema soy yo
Martina escuchó ese galimatías y, con total claridad, comprendió: Nacho no la había traicionado con otra mujer. La traicionaba con sus propios miedos. No era un mal hombre, sólo estaba perdido. No sabía cómo vivir.
¿Y ahora, Nacho? preguntó, sin un reproche en la voz. Todo eso lo tienes claro. ¿Y entonces?
No lo sé admitió él, sin rodeos.
Pues búscate a ti mismo se le escapó a Martina. Ve a un psicólogo, lee libros, date de cabezazos en la pared, haz lo que sea. Pero deja de dar vueltas buscando un botón mágico que arregle tus errores de siempre. Ese botón no existe. Sólo hay trabajo. Contigo mismo. Ve y hazlo. Solo.
Sin mí.
Salió de la cocina, pasó a su lado por el pasillo y se puso el abrigo.
***
La puerta se cerró. Nacho se quedó solo en el silencio, sólo roto por la lluvia al golpear la ventana. Se acercó y vio cómo la silueta de Martina se deshacía bajo la oscuridad húmeda, y de repente sintió todo el peso del mundo.
Su abismo ya no era un fantasma. Estaba allí, en esa casa vacía, en la cena enfriada, en sus manos incapaces de sujetar nada.
Y en vez de salir detrás de Martina, cogió una botella de brandyPor primera vez en mucho tiempo, Nacho no intentó llamar. No redactó un mensaje, no inventó una excusa. Se dejó caer en la silla y apoyó la cabeza entre las manos, sintiendo que en el hueco dejado por Martina cabía todo el eco de su propia soledad.
Tras un rato indefinido, se levantó despacio. Recorrió la casa en silencio, acariciando los marcos de fotos, los libros de Martina, su bufanda colgada en el perchero. Notó esa ausencia tan real y tan punzante que no se podía llenar con promesas.
Encendió la luz de la cocina y, con resignación humilde, recogió los platos intactos. Los lavó sin prisa, uno a uno, bajo el agua caliente que le quemaba las manos y no lograba derretir el hielo que llevaba dentro. Cada plato reluciente era la despedida de una vida que ya no existía.
Antes de irse a la cama, miró de reojo la puerta cerrada. Por primera vez, sintió un impulso diferente al miedo: el deseo de empezar por el fondo, de buscar su reflejo en el agua fría, de aprender a estar consigo mismo aunque doliera.
En aquel apartamento vacío, Nacho se permitió, finalmente, caer del alambre. Sentado en la oscuridad, dejó que las lágrimas se deslizaran silenciosas y, en ese gesto, hubo un atisbo pequeñísimo de alivio.
No sabía cómo se rehacía uno desde los pedazos, pero en el fragmento exacto de esa noche, al fin, entendió: hay adioses que no son un final, sino un principio.
Y mientras la lluvia seguía sonando, Nacho, sólo y despierto, se atrevió por fin a imaginar quién podría llegar a ser cuando nadie más mirara.






