Vete, Kike Los platos con la cena fría seguían sobre la mesa. Marina los miraba sin verlos; en cambio, veía perfectamente los números del reloj, que avanzaban despacio, como burlándose de ella. 22:47. Kike había prometido llegar a las nueve. Como siempre… El móvil seguía en silencio. Marina ya no estaba enfadada. Todo lo vivo que le quedaba por dentro se había consumido hasta dejar una fatiga helada. Cerca de las once y media, la llave chirrió en la cerradura. Marina ni siquiera giró la cabeza. Seguía sentada en el sofá, envuelta en la manta, fijando la mirada en un punto. —Hola, cariño. Perdona, se me ha hecho tarde en el trabajo —en la voz cansada de Kike, sonaban las mismas notas falsas de buen humor de siempre cuando mentía. Se acercó, se inclinó para besarle la mejilla. Marina se apartó instintivamente. Apenas perceptible, pero él lo notó. —¿Pasa algo? —preguntó, quitándose la bufanda. —¿Te acuerdas de qué día es hoy? —la voz de Marina era baja, sin vida. Él se quedó un segundo pensando. —Miércoles, ¿por? —Hoy es el cumpleaños de mi madre. Iba a recogerme para llevarle la tarta. Me lo prometiste. El rostro de Kike cambió de inmediato. La sonrisa se borró y apareció la expresión de culpa y pánico. —Jolín, Mari, se me ha ido por completo de la cabeza. Perdona, de verdad, es que en el trabajo… un lío. Mañana la llamo sin falta. Se fue a la cocina. Marina le oía trastear en la nevera, golpear los platos. Siempre huía así: revolviendo tazas y cubiertos, podía esconderse de las preguntas incómodas. Pero hoy no pensaba dejarlo pasar. Se levantó y fue a la puerta de la cocina. —Kike, ¿con quién estabas hoy “liado” en el trabajo hasta las once de la noche? Él se giró. La mano que sujetaba el cartón de leche temblaba: —Con el equipo. Lanzamos proyecto nuevo. No llegamos a tiempo. Tú sabes cómo es. —Lo sé —asintió ella—. Y también sé que a las tres llamaste y dijiste: “Elena, lo entiendo todo, pero tengo que arreglarlo”. Elena. Su exmujer. El fantasma que llevaba tres años viviendo entre ellos. El frío de los reproches mudos y los viejos dolores se sentía a kilómetros. Kike se puso pálido. —¿Has estado escuchando? —No hacía falta. Hablabas tan alto en el baño que lo escuché todo. Él dejó el brik de leche en la mesa y se sentó, desplomado. —No es lo que piensas. https://clck.ru/3R8onP —¿Y qué debo pensar? —Por primera vez en mucho tiempo, la voz de Marina salió cargada de emoción—. ¿Qué llevas medio año en tensión? ¿Que cada noche estás fuera? ¿Que me miras y parece que no me ves? ¿Qué pasa, quieres volver con ella? Dímelo ya, puedo soportarlo. Con la cabeza gacha, Kike miró sus manos. Manos fuertes, capaces de montar cualquier aparato, pero no de construir la felicidad. —No pienso volver con ella —dijo en voz baja. —¿Entonces qué? ¿Te acuestas de nuevo con ella? —¡No! —en sus ojos había tal sinceridad y desesperación que Marina dudó de sus sospechas—. Mari, créeme, no es eso. —¿Entonces qué? ¿Qué “arreglas” allí? —casi gritó—. ¿Le pagas las deudas? ¿Solucionas sus problemas? ¿Vives su vida en vez de vivir conmigo? Kike seguía callado. Las palabras que Marina llevaba tanto tiempo conteniendo, salieron de golpe. —Vete, Kike. Vete con ella, si es lo que quieres. O con quien sea. Arregla tus errores. Pero déjame en paz. Ya no puedo más. Ni quiero. Quiso salir, pero Kike se levantó de un salto y le cortó el paso: —¡No tengo a nadie más! ¡No hay ninguna Elena! ¡Ni nueva ni vieja! Yo… ni yo sé qué me pasa. Solo quiero arreglarlo todo. Se giró, tragando saliva. —No me hables con enigmas —musitó Marina. —¿Me preguntas qué arreglo allí? —no aguantó Kike—. ¡A mí! Intento arreglarme yo. Y no puedo. ¿Entiendes? Tú no eres ella. Eres más paciente, más buena, creíste en mí incluso cuando yo no podía. Contigo todo tendría que salir bien. Y yo también tenía que lograrlo: ser otro, ser mejor. Pero nada me sale… La vuelvo a liar: olvido cumpleaños, me quedo en el curro sabiendo que me esperas, callo. Veo cómo se apaga la luz en tus ojos. Justo como en los suyos, una vez. Marina callaba. —No quiero buscar a otra —siguió Kike, bajito—. Temo terminar igual que siempre: perdiendo algo importante, haciendo daño hasta las lágrimas. No sé… ser marido. No sé estar en pareja. Día tras día. Sin dramas, sin broncas. Lo estropeo todo. Por eso no vivo, solo hago malabares en el alambre, sin atreverme a caer. Y tú… tú también pareces muerta a mi lado… Kike la miró. Esta vez, sus ojos eran sinceros pero perdidos: —Así que el problema no eres tú. Ni Elena. El problema soy yo. Marina escuchó aquella confesión desmadejada y lo entendió: Kike no la había traicionado con otra mujer. La había traicionado con su propio miedo. No era un villano, sino un hombre perdido sin saber cómo seguir. —¿Y ahora qué, Kike? —preguntó, sin asomo de reproche—. ¿Has entendido todo esto y ahora qué? —No lo sé —admitió él. —Pues entonces búscate, arréglate tú solo —le salió a Marina—. Ve a un psicólogo, lee libros, date contra la pared si hace falta, pero deja de dar vueltas esperando encontrar un botón mágico para arreglar lo de antes. No existe. Solo existe el trabajo. En uno mismo. Vete y hazlo. Solo. Sin mí. Salió de la cocina, pasó junto a él hacia la entrada y se puso el abrigo. *** La puerta se cerró. Kike se quedó solo en el silencio, roto solo por la lluvia. Se acercó a la ventana, vio cómo la silueta de Marina desaparecía bajo la lluvia y de repente sintió un peso insoportable. El peso de lo que le quedaba. Su pozo ya no era un fantasma. Estaba allí, en el piso vacío, en la cena fría, en sus manos incapaces de sujetar nada. Y, en vez de salir corriendo tras Marina, sacó la botella de coñac…

Las platos con la cena fría permanecían sobre la mesa, igual que cuando los puse. Elena los miraba sin ver. En cambio, los números del reloj, que avanzaban despacio y burlones, no podía dejar de observarlos. 22:47.

Gonzalo prometió llegar a las nueve. Como siempre

El móvil guardaba un silencio obstinado.

Ya no me quedaba rabia.

Todo lo que alguna vez ardió dentro se había consumido hasta no dejar más que un agotamiento helado.

Casi a las doce menos cuarto sonó una llave en la cerradura.

Ni me molesté en girar la cabeza. Sentado en el sofá, arropado con una manta, fijé la vista en un punto muerto.

Hola, cariño. Perdona, me he quedado tarde en el trabajo su voz cansada trataba inútilmente de sonar animada. Gonzalo siempre hablaba así cuando mentía.

Se acercó, inclinándose para darme un beso en la mejilla. Instintivamente, me retiré. Apenas perceptible, pero lo notó.

¿Pasa algo? preguntó, desenrollando la bufanda.

¿Te acuerdas de qué día es hoy? mi voz sonó apagada, vacía.

Por un segundo, se quedó paralizado, pensando.

Miércoles. ¿Por?

Hoy es el cumpleaños de mi madre. Quedamos en ir a verla con una tarta. Me lo prometiste.

El rostro de Gonzalo se transformó de inmediato. La sonrisa desapareció, reemplazada por una expresión de culpa y pánico.

Madre mía, Elena, lo olvidé completamente. Perdón, con el trabajo estoy colapsado. De verdad, la llamo mañana, te lo prometo.

Fue directo a la cocina. Escuché sus movimientos apresurados junto a la nevera, el tintineo de la vajilla. Gonzalo siempre huía así: en el ajetreo de platos y cubiertos, le resultaba fácil esconderse de las preguntas incómodas.

Pero esta noche no iba a dejarle escapar. Me levanté y fui hasta la puerta de la cocina.

Gonzalo, ¿con quién has estado hoy en el trabajo hasta las once de la noche?

Se giró. La mano que sostenía el cartón de leche tembló:

Con el equipo, lanzamos un proyecto nuevo y los plazos nos aprietan. Sabes cómo es esto

Sí, claro que lo sé asentí. Y también sé que a las tres de la tarde llamaste diciendo: Ana, lo entiendo, pero tengo que arreglar esto.

Ana. Ana, su exmujer. El fantasma que nos acompañaba desde hacía tres años. Un eco frío de reproches nunca dichos ni olvidados.

Gonzalo se puso pálido.

¿Has estado escuchando?

No hacía falta. Hablabas tan alto en el baño que lo escuché todo perfectamente.

Dejó la leche sobre la mesa y se dejó caer en la silla, derrotado.

No es lo que piensas.

¿Y qué debería pensar? por primera vez, dejé que alguna emoción asomara en mi voz. ¿Que te pasas medio año al límite? ¿Que desapareces cada noche? ¿Que me miras como si no me vieras? ¿Intentas volver con ella? Dímelo de frente. Aguantaré.

Con la cabeza gacha, Gonzalo contemplaba sus manos. Manos fuertes y hábiles, capaces de reparar cualquier aparato, pero incapaces de construir felicidad.

No quiero volver con ella murmuró.

¿Entonces qué? ¿Te acuestas con ella otra vez?

¡No! en sus ojos vi tanta sinceridad y desesperación que por un segundo dudé de mis palabras. Elena, créeme, no es eso.

¿Entonces? ¿A qué te dedicas arreglando cosas con ella? casi le grité. ¿Le pagas sus deudas? ¿Resuelves sus problemas? ¿Vives su vida en vez de compartir la mía?

Gonzalo guardó silencio.

Las palabras que llevaba meses conteniendo salieron a borbotones.

Vete, Gonzalo. Ve con ella, si es lo que necesitas. O con quien quieras. Arregla tus líos, pero déjame en paz. No puedo más. Ya no quiero.

Intenté marcharme, pero Gonzalo saltó, bloqueándome el paso:

¡No tengo a nadie más! No hay ninguna otra Ana, ni nueva ni vieja. Ni yo mismo sé qué demonios me pasa. Solo quiero arreglarlo todo.

Se apartó, tragando saliva con dificultad.

No hables en acertijos conseguí decir apenas.

¿Quieres saber qué intento arreglar? no se aguantó. ¡A mí mismo! Intentarlo, al menos. Pero no puedo. ¿Entiendes? Tú no eres ella. Eres más paciente, más generosa, creíste en mí cuando ni yo mismo lo hacía. Contigo todo debía salir bien. Yo debía funcionar. Ser el hombre nuevo, el correcto. ¡Pero no lo consigo! Olvido fechas, me quedo hasta las tantas trabajando, aunque sé que me esperas en casa. Callo. Miro a tus ojos y veo cómo tu luz se apaga. Como le pasó a ella.

No respondí.

No quiero buscar a otra prosiguió en voz baja. Me da miedo repetirlo todo. Volver a fallar, volver a herir. No sé ser marido. No sé compartir la vida día tras día, sin dramas. Siempre lo estropeo todo. Por eso no vivo, solo ando en equilibrio precario, temiendo caer. Y tú Tú también pareces muerta a mi lado

Me miró, esta vez con una sinceridad dolida y desarmante:

Así que la culpa no es tuya. Ni de Ana. Soy yo

Escuchando ese discurso confuso, de pronto lo vi claro: Gonzalo no me traicionaba con otra mujer, sino con sus miedos. No era un villano. Solo alguien perdido, que no sabe hacia dónde ir.

¿Y ahora qué, Gonzalo? pregunté, ya sin reproche. Ahora que lo sabes, ¿qué vas a hacer?

No lo sé admitió con una honestidad desarmante.

Pues entonces, encuéntrate. Ve al psicólogo, lee, haz lo que necesites, pero deja de buscar un botón mágico que lo arregle todo. Eso no existe. Solo existe el trabajo. Sobre uno mismo. Hazlo. Pero solo.

Sin mí.

Salí de la cocina, pasé por su lado sin mirarle y me puse el abrigo en el recibidor.

***

La puerta se cerró. Gonzalo se quedó solo, abrazado por el silencio, que solo rompían las gotas de lluvia contra la ventana. Se acercó y vio, entre la oscuridad de Madrid, cómo mi silueta se deshacía bajo la lluvia, y de pronto sintió el peso insoportable de lo que quedaba junto a él.

Su vacío ya no era un fantasma. Estaba allí: en el piso vacío, en la cena fría, en sus manos incapaces de retener nada.

Y en lugar de salir corriendo tras mí, sacó una botella de brandy y se sirvió un trago.

Hoy he aprendido que cuidar del otro empieza por cuidar de uno mismo. Los fantasmas no se vencen con palabras, sino con valor y trabajo interior. Y, a veces, uno solo puede empezar a vivir de verdad cuando por fin se queda solo.

Rate article
MagistrUm
Vete, Kike Los platos con la cena fría seguían sobre la mesa. Marina los miraba sin verlos; en cambio, veía perfectamente los números del reloj, que avanzaban despacio, como burlándose de ella. 22:47. Kike había prometido llegar a las nueve. Como siempre… El móvil seguía en silencio. Marina ya no estaba enfadada. Todo lo vivo que le quedaba por dentro se había consumido hasta dejar una fatiga helada. Cerca de las once y media, la llave chirrió en la cerradura. Marina ni siquiera giró la cabeza. Seguía sentada en el sofá, envuelta en la manta, fijando la mirada en un punto. —Hola, cariño. Perdona, se me ha hecho tarde en el trabajo —en la voz cansada de Kike, sonaban las mismas notas falsas de buen humor de siempre cuando mentía. Se acercó, se inclinó para besarle la mejilla. Marina se apartó instintivamente. Apenas perceptible, pero él lo notó. —¿Pasa algo? —preguntó, quitándose la bufanda. —¿Te acuerdas de qué día es hoy? —la voz de Marina era baja, sin vida. Él se quedó un segundo pensando. —Miércoles, ¿por? —Hoy es el cumpleaños de mi madre. Iba a recogerme para llevarle la tarta. Me lo prometiste. El rostro de Kike cambió de inmediato. La sonrisa se borró y apareció la expresión de culpa y pánico. —Jolín, Mari, se me ha ido por completo de la cabeza. Perdona, de verdad, es que en el trabajo… un lío. Mañana la llamo sin falta. Se fue a la cocina. Marina le oía trastear en la nevera, golpear los platos. Siempre huía así: revolviendo tazas y cubiertos, podía esconderse de las preguntas incómodas. Pero hoy no pensaba dejarlo pasar. Se levantó y fue a la puerta de la cocina. —Kike, ¿con quién estabas hoy “liado” en el trabajo hasta las once de la noche? Él se giró. La mano que sujetaba el cartón de leche temblaba: —Con el equipo. Lanzamos proyecto nuevo. No llegamos a tiempo. Tú sabes cómo es. —Lo sé —asintió ella—. Y también sé que a las tres llamaste y dijiste: “Elena, lo entiendo todo, pero tengo que arreglarlo”. Elena. Su exmujer. El fantasma que llevaba tres años viviendo entre ellos. El frío de los reproches mudos y los viejos dolores se sentía a kilómetros. Kike se puso pálido. —¿Has estado escuchando? —No hacía falta. Hablabas tan alto en el baño que lo escuché todo. Él dejó el brik de leche en la mesa y se sentó, desplomado. —No es lo que piensas. https://clck.ru/3R8onP —¿Y qué debo pensar? —Por primera vez en mucho tiempo, la voz de Marina salió cargada de emoción—. ¿Qué llevas medio año en tensión? ¿Que cada noche estás fuera? ¿Que me miras y parece que no me ves? ¿Qué pasa, quieres volver con ella? Dímelo ya, puedo soportarlo. Con la cabeza gacha, Kike miró sus manos. Manos fuertes, capaces de montar cualquier aparato, pero no de construir la felicidad. —No pienso volver con ella —dijo en voz baja. —¿Entonces qué? ¿Te acuestas de nuevo con ella? —¡No! —en sus ojos había tal sinceridad y desesperación que Marina dudó de sus sospechas—. Mari, créeme, no es eso. —¿Entonces qué? ¿Qué “arreglas” allí? —casi gritó—. ¿Le pagas las deudas? ¿Solucionas sus problemas? ¿Vives su vida en vez de vivir conmigo? Kike seguía callado. Las palabras que Marina llevaba tanto tiempo conteniendo, salieron de golpe. —Vete, Kike. Vete con ella, si es lo que quieres. O con quien sea. Arregla tus errores. Pero déjame en paz. Ya no puedo más. Ni quiero. Quiso salir, pero Kike se levantó de un salto y le cortó el paso: —¡No tengo a nadie más! ¡No hay ninguna Elena! ¡Ni nueva ni vieja! Yo… ni yo sé qué me pasa. Solo quiero arreglarlo todo. Se giró, tragando saliva. —No me hables con enigmas —musitó Marina. —¿Me preguntas qué arreglo allí? —no aguantó Kike—. ¡A mí! Intento arreglarme yo. Y no puedo. ¿Entiendes? Tú no eres ella. Eres más paciente, más buena, creíste en mí incluso cuando yo no podía. Contigo todo tendría que salir bien. Y yo también tenía que lograrlo: ser otro, ser mejor. Pero nada me sale… La vuelvo a liar: olvido cumpleaños, me quedo en el curro sabiendo que me esperas, callo. Veo cómo se apaga la luz en tus ojos. Justo como en los suyos, una vez. Marina callaba. —No quiero buscar a otra —siguió Kike, bajito—. Temo terminar igual que siempre: perdiendo algo importante, haciendo daño hasta las lágrimas. No sé… ser marido. No sé estar en pareja. Día tras día. Sin dramas, sin broncas. Lo estropeo todo. Por eso no vivo, solo hago malabares en el alambre, sin atreverme a caer. Y tú… tú también pareces muerta a mi lado… Kike la miró. Esta vez, sus ojos eran sinceros pero perdidos: —Así que el problema no eres tú. Ni Elena. El problema soy yo. Marina escuchó aquella confesión desmadejada y lo entendió: Kike no la había traicionado con otra mujer. La había traicionado con su propio miedo. No era un villano, sino un hombre perdido sin saber cómo seguir. —¿Y ahora qué, Kike? —preguntó, sin asomo de reproche—. ¿Has entendido todo esto y ahora qué? —No lo sé —admitió él. —Pues entonces búscate, arréglate tú solo —le salió a Marina—. Ve a un psicólogo, lee libros, date contra la pared si hace falta, pero deja de dar vueltas esperando encontrar un botón mágico para arreglar lo de antes. No existe. Solo existe el trabajo. En uno mismo. Vete y hazlo. Solo. Sin mí. Salió de la cocina, pasó junto a él hacia la entrada y se puso el abrigo. *** La puerta se cerró. Kike se quedó solo en el silencio, roto solo por la lluvia. Se acercó a la ventana, vio cómo la silueta de Marina desaparecía bajo la lluvia y de repente sintió un peso insoportable. El peso de lo que le quedaba. Su pozo ya no era un fantasma. Estaba allí, en el piso vacío, en la cena fría, en sus manos incapaces de sujetar nada. Y, en vez de salir corriendo tras Marina, sacó la botella de coñac…