Los platos con la cena fría seguían en la mesa como islas olvidadas entre la niebla. Eugenia los contemplaba sin verlos, pero los números del reloj brillaban con una nitidez cruel, avanzando parsimoniosos como caracoles. 22:47.
Javier había prometido llegar a las nueve. Como siempre
El móvil guardaba un silencio mineral.
Eugenia ya no estaba enfadada.
Lo único vivo dentro de ella se había consumido, dejando un cansancio helado.
Cerca de las doce, la cerradura gimió bajo la llave.
Eugenia ni siquiera giró la cabeza. Permanecía en el sofá, envuelta en una manta de cuadros, clavando la mirada en un punto imposible.
Hola, cariño. Perdona, el trabajo… La voz de Javier temblaba con una falsedad ya gastada. Siempre sonaba así cuando mentía.
Se acercó y se inclinó para besarle la mejilla. Eugenia se apartó apenas, muy levemente, pero él lo notó.
¿Pasa algo? preguntó, enredando el bufanda entre los dedos.
¿Sabes qué día es hoy? La voz de Eugenia era apenas aire, pálida y sin pulso.
Se quedó paralizado por un instante.
Miércoles. ¿Y?
Hoy es el cumpleaños de mi madre. Íbamos a ir a verla con tarta. Lo prometiste.
La expresión de Javier se difuminó, como si la sonrisa se hubiera disuelto de repente, dejando solo culpa y algo parecido a vértigo.
Madre mía, Euge, se me ha borrado de la cabeza. De verdad. Este trabajo es un caos, te juro que le llamo mañana.
Se fue a la cocina. Eugenia escuchaba la inquietud entre el tintineo de vasos y cubiertos. Javier siempre buscaba refugio ahí, entre las cazuelas: el ruido distraía de las preguntas antipáticas.
Pero hoy no estaba para caridades. Se levantó y asomó al umbral de la cocina.
Javier, ¿con quién has estado hoy atascado en el trabajo hasta las once?
Él giró despacio. La mano con la bolsa de leche temblaba ligeramente.
Con el equipo. Abrimos un proyecto nuevo. Vamos justísimos de plazo, ya sabes cómo va esto.
Ya lo sé asintió Eugenia. Y también sé que a las tres has llamado diciendo: Carmen, lo entiendo, pero tengo que arreglarlo.
Carmen. Su exmujer. El espectro que llevaba tres años viviendo en su casa. Un viento frío que guardaba reproches y sombras petrificadas.
Javier palideció.
¿Has estado escuchando?
No hacía falta escuchar a escondidas. Te has puesto a hablar tan alto en el baño que era imposible no enterarse de todo.
Él dejó la leche y se sentó de golpe, como si el mundo se encogiera.
No es lo que piensas.
¿Y qué se supone que tengo que pensar? Por primera vez la voz de Eugenia titiló. ¿Que llevas meses inquieto, que desapareces cada tarde, que me miras sin verme? ¿La estás intentando recuperar? Venga, dilo claro. Lo aguantaré.
Javier miraba sus manos. Manos fuertes, capaces, pero incapaces de construir nada estable.
No voy a volver con ella musitó.
¿Entonces? ¿Duermes otra vez con ella?
¡No! Los ojos de Javier se llenaron de una angustia limpia, casi infantil, que por un instante hizo dudar a Eugenia. Euge, te juro que no.
¡¿Entonces qué?! ¿Qué arreglas allí? La voz de Eugenia casi se ahogó. ¿Pagas sus deudas? ¿Solucionas sus líos? ¿Vives por ella en vez de por mí?
Javier cayó en silencio.
Las palabras que Eugenia había enterrado tiempo atrás brotaron como agua.
Vete, Javier. Vete con ella, si es lo que necesitas. O con quien sea. Arregla tus líos. Déjame en paz. No puedo más. Ni quiero.
Intentó cruzar la puerta, pero Javier saltó y se plantó delante de ella:
¡No tengo a nadie! ¡No hay Carmen, ni vieja ni nueva! Yo ni siquiera sé lo que me pasa. Quiero arreglarlo todo, pero
Se apartó, tragando saliva.
No hables con enigmas susurró Eugenia.
¿Quieres saber qué arreglo? estalló Javier. ¡A mí mismo! O lo intento. Y no puedo. Tú no eres ella. Eres más paciente, más buena. Creíste en mí cuando ni yo podía. Contigo todo tenía que salir bien. Y yo tenía que salir bien. Pero no puedo. Olvido cumpleaños, me pierdo en el trabajo aunque sé que me esperas, me encierro en mi burbuja. Veo tus ojos: poco a poco va desapareciendo la luz, igual que pasó con los suyos.
Eugenia callaba.
No busco a otra continuó Javier, en voz baja. Me aterra repetirlo. Volver a hacer daño, destrozar algo bonito, llevar a alguien al llanto o al odio. No sé ser esposo. No sé compartir los días, juntos. Sin dramas, sin ruinas. Lo rompo todo. Camino sobre la cuerda floja. Y tú tú tampoco vives ya a mi lado.
Javier la miró, y esa vez el vacío era sincero en su mirada.
No eres tú. Ni Carmen. Soy yo.
Eugenia comprendió, con una certeza amarga: Javier no le había traicionado con otra persona, sino con su propio miedo. No era malvado, solo alguien perdido, incapaz de saber cómo seguir.
¿Y ahora qué, Javier? preguntó, sin reproches. Ya lo has entendido. ¿Y qué?
No lo sé respondió él, sin teatro.
Entonces encuéntrate. Ve al psicólogo, devora libros, grítale a la pared, haz lo que te salga. Pero deja de buscar atajos, de querer una tecla mágica que borre tus errores. Esa tecla no existe. Solo queda trabajar. Contigo mismo. Hazlo. Solo.
Sin mí.
Atravesó la cocina, cruzó el pasillo y se puso el abrigo ante él.
***
La puerta se cerró. Javier se quedó rodeado solo por el silencio y el repiqueteo de la lluvia. Se asomó a la ventana, con el eco de Eugenia hundiéndose en la noche empapada y, de pronto, la pesadez de lo que quedaba le aplastó.
Su vacío ya no era fantasma. Estaba ahí, en el piso frío, la cena olvidada, en sus propias manos vacías.
En lugar de correr tras ella, buscó una botella de brandy y se sirvió. Afuera, la Gran Vía parecía un río sumergido en la niebla y en la tristeza.







