¡Vete ya! ¡Te lo estoy diciendo, vete! ¿Por qué andas merodeando aquí? gritó Doña Clotilde Martínez mientras soltaba sobre la mesa, debajo del extenso manzano, una gran fuente de empanadillas humeantes. De un manotazo, apartó al muchacho del vecino. ¡Anda, largo! ¿Cuándo va a empezar tu madre a estar pendiente de ti? ¡Vago!
Elgado y huesudo, apodado Saltamontes (a nadie se le ocurría ya llamarle por su nombre: Tomás), el chaval lanzó una mirada de resignación a la severa señora del portal de al lado y se arrastró hasta el zaguán de su casa.
La enorme casona, dividida en varios pisos, estaba habitada sólo a medias. En realidad, allí vivían dos familias y media: los Paniagua, los Cifuentes y los Carreño Catalina y su hijo Tomás.
Ellos, la “media familia”, apenas importaban a nadie y la mayoría prefería hacer como si no existieran, salvo urgencias inevitables. Catalina nunca fue alguien relevante en la comunidad; pocos consideraban que mereciera la pena gastar tiempo con ella.
No tenía a nadie más que a Tomás: ni marido ni padres. Se desenvolvía sola como buenamente podía. La miraban de reojo, aunque rara vez la molestaban, a excepción de alguna reprimenda airada contra Tomás, a quien no llamaban más que Saltamontes, por sus larguísimos brazos y piernas huesudas y esa cabeza enorme, que se sostenía milagrosamente sobre su cuello de junco.
Saltamontes era feo, asustadizo, pero bueno como el pan. Imposible para él pasar de largo si veía un niño llorando era el primero en consolarlo, lo que irritaba a las mamás más fieras, que no querían ese “Espantapájaros” cerca de sus retoños.
Que fuera un Espantapájaros no lo entendió hasta que su madre le regaló un libro de una niña llamada Alicia, y por fin comprendió el porqué del mote cruel.
No obstante, ofenderse jamás. Tomás pensó que, si lo llamaban así, era porque conocían al personaje; y que el Espantapájaros, después de todo, era inteligente y bondadoso, ayudaba a todos y se convirtió finalmente en el gobernante de una ciudad hermosa.
Catalina, sabiendo lo que su hijo había deducido, no le desmintió. Pensó que tal vez no pasaba nada por permitir que el niño creyese en la bondad de la gente, aunque la realidad fuese distinta. Al fin y al cabo, el mal abunda demasiado en el mundo; ya tendría suficiente con lo que la vida le deparara. Que al menos disfrutase su niñez.
Catalina quería a su hijo con ese amor inmenso e inexplicable de madre. Perdona a su padre, que les abandonó, y abrazó a su destino en la sala del hospital, ignorando los comentarios de la comadrona sobre que “el niño no había salido como debía”.
¡Bah! ¡Tonterías! ¡Es el niño más guapo del mundo!
Bueno, guapo sí, pero inteligente… le respondían.
¡Eso aún está por verse! exclamaba Catalina, acunando a su pequeño y ahogada en sollozos.
Durante los dos primeros años, Catalina recorrió hospitales sin descanso hasta convencer a los médicos de que atendieran seriamente a Tomás. Cogía el autobús destartalado de la línea rural, apretando contra su pecho al pequeño, abrigado hasta las cejas.
No hacía caso a las miradas de lástima; y, si alguien intentaba darle consejos, saltaba hecha una loba:
¡Lleva a tu propio hijo al orfanato! ¿No quieres? ¡Pues tampoco quiero tus consejos! ¡Sé perfectamente lo que hago!
A los dos años, Tomás se normalizó y casi no se diferenciaba ya de otros niños, aunque de guapo seguía teniendo poco: cabeza desproporcionada, miembros larguísimos y flaco como un silbido, aun cuando Catalina luchaba contra ese aspecto por todos los medios posibles.
Ella se privaba de casi todo para que su hijo tuviera lo mejor, y eso acabó dándole frutos. Los médicos rara vez lo veían ya; sólo meneaban la cabeza al ver a esa Catalina delgadísima, como un duende salmantino, abrazada a su Saltamontes.
¡Madres así apenas hay! ¡Si parecía que el niño acabaría como inválido, y ahora míralo, qué campeón!
¡Claro! Es mi hijo, ¿qué esperabas?
Sí, pero no hablamos de tu hijo, sino de ti, Catalina. ¡Eres una madre admirable!
Catalina encogía los hombros, sin comprender de dónde venía tanto elogio. ¿No es eso lo que toca hacer a una madre: amar y cuidar a su hijo? ¿Cuál es el mérito? Ella simplemente hacía lo que consideraba su deber.
Para cuando Tomás tenía que ir al colegio, ya leía, escribía y sumaba como un mayor, aunque se le trababa la lengua al hablar y eso, a veces, arruinaba sus talentos.
¡Ya está bien, Tomás, muchas gracias! le cortaba la maestra, dando paso a otro para leer en voz alta.
Luego, se quejaba en la sala de profesores: muchacho listo, pero escucharle leer era casi tortura. Por suerte, la maestra sólo estuvo dos cursos. Se casó, se fue de baja, y en su lugar llegó doña María del Pozo.
María era veterana, pero no había perdido la chispa. Se ganó enseguida a los niños y, tras hablar con Catalina, mandó a su hijo con un buen logopeda y pidió a Saltamontes que entregara deberes por escrito.
¡Pero qué bien escribes! ¡Me da gusto leer lo que haces!
Tomás resplandecía con los elogios; María leía sus respuestas en voz alta, subrayando siempre lo brillante que era ese alumno.
Catalina lloraba de agradecimiento y hubiera besado las manos de la maestra que tanto ayudaba a su hijo, pero María cortó cualquier intento:
¡Por favor, mujer! ¡Es mi trabajo! ¡Y tienes un hijo estupendo! Verás que le irá todo bien.
Al colegio, Saltamontes iba dando brincos, lo que hacía reír a todo el vecindario.
¡Ahí va nuestro Saltamontes! Eso es señal de que el día cambiará ¡Vaya, qué cruel puede ser la naturaleza con los niños! ¿Por qué no lo abandonó? murmuraban.
Catalina conocía las opiniones que suscitaba ella y su hijo en el barrio, pero evitar discusiones era su norma; a fin de cuentas, quien no tiene corazón, tampoco aprende a comportarse como es debido. Mejor dedicar su tiempo a cuidar su pequeño espacio, plantar otra rosa en la entrada o limpiar la casa.
El patio común, con parterres bajo cada ventana y un jardinillo privado al fondo, nadie lo había cercado; se respetaba la costumbre de que el trozo de tierra delante de cada escalera pertenecía al piso que a ella conducía.
El de Catalina era el más florido: rosas, un gran laurel, y unos peldaños cubiertos de trozos de azulejos recuperados de las obras de la Casa de Cultura. El montón relucía al sol con destellos de tesoros lejanos.
¡Dámelos! exigió Catalina al director.
¿El qué? preguntó, incrédulo.
¡Los azulejos! ¡Dámelos!
El director se rió, pero le permitió llevárselos. Catalina pasó la tarde eligiendo cuidadosamente cada trozo. Después, cruzó el pueblo empujando una carretilla donde, orgulloso, viajaba Saltamontes.
¿Para qué querrá ella esos trastos? cuchicheaban.
Pocas semanas después, quedaron boquiabiertas al ver lo que Catalina había creado con aquello que nadie quería… Nunca había estado en ningún museo ni cruzado la frontera; pero su instinto acertó. Su zaguán, cubierto de mosaicos, se convirtió en obra de arte, admirada por todos.
¡Un verdadero prodigio!
Catalina no hacía caso a los comentarios. La única opinión valiosa era la de Tomás:
Mamá, ¡qué bonito!
Él repasaba con el dedo el dibujo complicado del mosaico, y Catalina, viéndole feliz, rompía a llorar de emoción.
Porque la felicidad escaseaba en la vida de Tomás. Algún elogio en el colegio, la comida preferida que le preparaba mamá, o el calor de un abrazo con palabras dulces susurradas al oído. Esos eran sus pequeños festines.
Amigos tenía pocos. Torpe para seguir a los demás chicos, prefería leer a pegarle patadas al balón. Las chicas ni se le acercaban, sobre todo por culpa de la vecina Clotilde, que tenía tres nietas de cinco, siete y doce años.
¡Ni se te ocurra acercarte a ellas! le amenazaba con el puño. ¡Esas flores no son para ti!
Lo que pasaba por esa cabeza rizada por la permanente era un misterio, pero Catalina ordenó a Tomás que se mantuviera lejos.
Mejor no alterarla, que le va a dar algo…
Saltamontes obedeció, y ese día, mientras Clotilde preparaba su fiesta, sólo pasaba por allí, nada de querer formar parte de la jarana.
Ay, Señor, ¡qué cruz la mía! suspiró Clotilde, cubriendo la fuente de empanadillas con un paño bordado. Van a decir que soy tacaña ¡Espera!
Seleccionó dos empanadillas y alcanzó al niño.
¡Toma! Y que no te vea por el patio, ¿eh? Tenemos fiesta. Quédate tranquilo hasta que vuelva tu madre. ¿Me has entendido?
Tomás asintió, aceptando el regalo, pero para Clotilde ya no existía. Pronto llegarían los hijos, nietos, la familia, y había aún mucho por ultimar. El cumpleaños de la nieta pequeña, Lucía, quería celebrarlo a lo grande. Y el hijo raro, cabezón, enclenque de la vecina no le hacía ninguna falta.
No fuera a asustar a los niños con sus ojos saltones; luego no dormirían. Clotilde recordaba cuando intentó convencer a Catalina de que lo diera en adopción:
Pero, ¿qué vas a hacer con una criatura así? No vas a poder sacarlo adelante. Acabará tirado en la calle…
¿Alguna vez me has visto borracha? le espetó Catalina.
Eso no significa nada. Así, tan pobre, ¿qué futuro te espera? Te han dejado sin nada, ni tú ni el niño tenéis salida. No sabes ser madre porque nadie te lo enseñó. ¿Para qué malgastar más? Deshazte de él antes de que sea tarde.
¿Y no te da vergüenza? ¡Tú también eres madre!
Sí, pero mis hijos se criaron conmigo. ¿Y tú, qué le das? ¡Nada! Piénsatelo.
Catalina dejó de saludar a la vecina. Caminaba con la cabeza alta, luciendo su barriga extrañamente deformada, y ni miraba hacia Clotilde.
¿Por qué se enfada? Solo quiero ayudar… decía esta, negando con la cabeza.
Pues tu ayuda huele fatal. Y yo tengo nauseas le respondía Catalina, acariciándose la barriga y susurrando a su Saltamontes aún desconocido. No temas, pequeño, nadie te hará daño.
Saltamontes jamás contó a su madre lo que padecía cuando lo humillaban. La protegía… Si le herían, lloraba escondido en algún rincón, en silencio. Sabía que su madre sufriría mucho más por él. Las ofensas le resbalaban, limpias lágrimas de niño las lavaban de su alma. Al cabo de media hora se le habían olvidado, sólo le quedaba lástima por esos adultos incapaces de entender algo tan sencillo.
Sin rencor, la vida es infinitamente más ligera…
A Clotilde Tomás hace tiempo que dejó de temerla, aunque tampoco la quería. Cada vez que lo amenazaba, él corría a refugiarse lejos de su mirada de cuchillos y palabras afiladas. Si Clotilde hubiera preguntado qué pensaba de todo aquello, se habría llevado una sorpresa.
Porque Tomás le tenía lástima, de corazón, como solo un Serafín podría. Le entristecía ver a esa mujer emplear sus valiosas minutillos en el odio.
Y los minutos, Tomás lo había descubierto muy pronto, eran el mayor tesoro del mundo. Todo lo demás se puede recuperar, menos el tiempo.
¡Tic-tac! decía el reloj.
Y se acabó…
¡Un minuto perdido nunca regresa! Ni con monedas de euro, ni cambiándolo por los cromos más bonitos.
Pero los mayores parecen no entenderlo
Encaramado al alféizar, Tomás masticaba una empanadilla y miraba cómo las nietas de Clotilde, junto a otros niños, correteaban en la pradera trasera, celebrando el cumpleaños de Lucía. Ella, resplandeciente vestida de rosa, daba vueltas como una mariposa, mientras Tomás la miraba hipnotizado, imaginando a una princesa o un hada de cuento.
Los adultos se congregaban ante la mesa larga, riendo, mientras la chiquillería, tras jugar un rato, corrió hacia el viejo pozo del fondo: allí había más espacio para sus juegos.
Tomás, adivinando al instante a dónde iban, se trasladó al dormitorio de su madre, desde cuya ventana la pradera se divisaba a la perfección, y permaneció contemplando la partida, aplaudiendo y celebrando en su secreto las jugadas, hasta que fue cayendo la tarde.
Algunos niños se marcharon, otros emprendieron un nuevo juego. Solo la niña del vestido rosa deambulaba junto al pozo. Y eso hizo que Saltamontes no apartase la vista.
Sabía perfectamente que el pozo era peligroso. Catalina siempre se lo recordaba:
El brocal está podrido. Ya no saca nadie agua, pero la hay. Si te caes, nadie te oirá. ¿Me has entendido? ¡Ni se te ocurra acercarte!
No me acercaré.
El momento en que Lucía resbaló al borde y desapareció, Tomás lo perdió, distraído mirando a los chicos que parloteaban a lo lejos. Cuando volvió la vista, la mancha rosa ya no estaba.
Saltamontes salió disparado al zaguán y tardó una décima en comprender: Lucía tampoco estaba entre la gente que seguía comiendo en la mesa.
Nunca supo por qué no pidió ayuda enseguida. Sencillamente, bajó las escaleras de un salto y corrió al patio trasero, sin oír ni el chillido indignado de Clotilde:
¡Te he dicho que no salgas!
A los niños les daba igual Lucía; ni notaron su ausencia, tampoco que Tomás se arrojó al pozo, identificando en el fondo un retazo de vestido rosa:
¡Arrímate a la pared!
Con miedo de golpearla, Tomás se alargó sobre el borde, bajó las piernas dentro y, rozando su tripa contra la podredumbre del brocal, descendió al abismo.
Saltó sabiendo que el tiempo corría en su contra. Lucía no sabía nadar…
Eso Tomás lo había comprobado muchas veces en la playa de la ribera, donde Clotilde intentaba instruir a su nieta, mientras no perdía oportunidad de fruncirle el ceño a Tomás.
Lucía nunca aprendió, y a Saltamontes le tenía miedo, como bien se había encargado de inculcarle la abuela. Sin embargo, en ese momento, tragando agua nauseabunda, se aferró con uñas de hierro a sus delgados hombros.
¡Ya está! ¡No temas! Estoy contigo le decía, sujetándola. Agárrate fuerte, yo pediré socorro.
Sus manos resbalaban por los troncos babosos del brocal podrido, Lucía tiraba hacia el fondo, pero Tomás consiguió llenar los pulmones y gritar tan fuerte como pudo:
¡Socorro!
No sabía que los demás niños se habían marchado poco después de que la oscuridad tragara su silueta. No tenía idea de si aguantaría a que llegaran los adultos. Pero sabía una cosa: esa niña, tan delicada y bonita, debía sobrevivir. Porque, igual que los minutos, la belleza auténtica escasea en este mundo.
Al principio nadie oyó su llamado.
Clotilde, sacando la bandeja con el asado, buscó a la nieta, y al darse cuenta de su ausencia, puso el grito en el cielo.
¡Lucía! ¿Dónde está Lucía?
La alarma se propagó entre los comensales, y de repente hasta la calle supo del pánico de la anfitriona.
Saltamontes logró gritar otra vez antes de agotarse. Y, debilitándose, llamó:
¡Mamá!
Catalina, que regresaba del trabajo, aceleró el paso, ignorando el pan que debía comprar y pasando de largo la tienda donde las vecinas braveaban en el umbral. Llegó corriendo, como impulsada por ese sexto sentido inexplicable.
Justo cuando Clotilde caía desmayada en sus escalones, Catalina corrió al patio trasero, ya con el corazón encogido. No necesitaba más señas: la voz de su hijo la llamó.
¡Estoy aquí, mamá!
No hubo dudas. La aterrorizaba ese pozo y había suplicado una y otra vez en el ayuntamiento que lo rellenaran o al menos lo cubrieran. Nadie la escuchó; un cartón viejo no podía con la curiosidad infantil
No había tiempo que perder. Corrió a casa, cogió una cuerda de tender la ropa y, al volver al patio, vociferó:
¡Venid! ¡Agarraos!
Uno de los yernos de Clotilde fue lo bastante hábil como para envolver a Catalina con firmeza y sujetarla abajo; ella bajó sin pensar.
Encontró a Lucía de inmediato: en cuanto la niña la abrazó, Catalina la sintió desmayarse en sus brazos, pegándose a su cuello y cerrando piernas y brazos en torno a ella. Pero el miedo la desgarró.
No lograba dar con Tomás en la oscuridad, por mucho que palpara
Entonces rezó como nunca antes, igual que había gritado al cielo en la maternidad:
¡Señor, no me lo quites!
Jadeando, buscó en la profundidad fría. Cada segundo era una puñalada; la asfixiaba el miedo. Pero no podía detenerse.
Por favor…
Algo fino y baboso se enroscó en su mano. Catalina tiró hacia arriba. Su hijo, pálido y exánime, flotó en la negrura. No se atrevía a preguntarse si respiraba.
¡Tirad!
Al levantarlos, percibió aliviada aquel susurro afónico:
Mamá
Pasaron dos semanas hasta que Tomás volvió, convertido en héroe del pueblo.
A Lucía la dieron de alta antes: se había tragado agua y gastado el susto, pero apenas tenía arañazos y la ropa rota.
Tomás tuvo menos suerte: muñeca rota, dificultad para respirar una temporada, pero su madre estaba cerca y el miedo a perder a Lucía se disipó. Pronto volvería a su cuarto, sus libros y su gato preferido.
¡Hijo mío, bendito seas! Si no llegas a estar ahí tú lloraba Clotilde, apretando entre sus brazos al chiquillo bronceado. Mira, todo lo que quieras
¿Para qué? encogió Tomás los hombros. Solo hice lo correcto. ¿No soy un hombre?
Clotilde, incapaz de responder, lo abrazó fuerte, sin saber todavía que ese hijo raro y enclenque, que conservaría de por vida el apodo de Saltamontes, años más tarde, conduciría un vehículo blindado lleno de heridos fuera del fuego y, sin distinguir entre unos y otros, haría lo posible por aliviar el dolor de quienes, como él, llamarían alguna vez a su madre entre la confusión…
Y, cuando le pregunten por qué ayuda, aunque no siempre recibió un trato justo, Saltamontes solo dirá:
Soy médico. Debo hacerlo. La vida es eso. Es lo correcto.
***
Queridos lectores:
El amor de madre, en verdad, no conoce fronteras.
Catalina, a pesar de todas las dificultades y prejuicios, quiso sin límites a su hijo. Gracias a su tenacidad y fe, él creció honesto y noble. Una lección sobre la fuerza invencible del cariño.
El verdadero héroe está en el alma: Tomás, poco agraciado por fuera, demostró su verdadera grandeza al salvar a la niña del pozo. Su bondad y coraje, no su aspecto, fueron quienes determinaron su carácter.
Los mismos vecinos que despreciaban a madre e hijo acabaron rindiéndose ante su dignidad tras aquella gesta. La historia apunta que los prejuicios caen ante la virtud, que la clave está en saber perdonar y hacer lo correcto, aunque uno misma haya conocido la injusticia. Como resumió Tomás: “Soy médico. Debo hacerlo. La vida es eso”.
¿Creéis que la bondad, a pesar de todo, acaba triunfando y transformando el mundo para bien? ¿Qué ejemplos propios conocéis de que la verdadera riqueza está dentro, no fuera?
Pensadlo; porque la auténtica belleza siempre empezó en el corazón.




