¡Lárgate de aquí! ¡Te estoy diciendo que te vayas! ¿Por qué vienes a husmear a mi puerta? exclamó doña Remedios Serrano mientras dejaba con estruendo en la mesa, bajo la sombra del antiguo manzano, una gran fuente de empanadillas humeantes y apartaba de un empujón al chiquillo del vecino. ¡Anda, fuera! ¿Cuándo empezará tu madre a vigilarte, bribón?
Flaco como un junco, Pelayo al que nadie llamaba por el nombre, todos acostumbrados a su apodo El Saltamontes lanzó una mirada tímida a la severa vecina y se fue cabizbajo hacia el portal de su propia casa.
En aquel caserón, dividido en varios pisos y medio vacío, vivían en realidad dos familias y media: los Guzmán, los Ramírez, y finalmente los Torres, Consuelo y su hijo Pelayo.
Esa “media” familia era, en buena parte, invisible: apenas les dirigían la palabra si no era estrictamente necesario. Consuelo no importaba demasiado a nadie, y casi nunca recibía atención.
Aparte de su hijo, Consuelo no tenía a nadie más: ni marido ni padres. Sobrevivía como podía. Recibía miradas de soslayo, pero casi nunca reproches, salvo los frecuentes a Pelayo, a quien apodaban Saltamontes por sus larguísimos brazos y piernas delgaduchas y esa cabeza grande sostenida por un pescuezo increíblemente fino.
El Saltamontes era feo de solemnidad, asustadizo pero extraordinariamente bueno. Nunca pasaba de largo si oía llorar a otro niño: enseguida corría a consolarlo, lo cual, por cierto, le costaba riñas constantes de muchas madres, que no querían “a ese Espantapájaros” cerca de sus hijos.
Pelayo ignoró durante años quién era ese tal Espantapájaros. Hasta que un día, su madre le regaló un libro sobre una niña llamada Celia y todo tuvo sentido: entendió por qué le llamaban así.
Pero ofenderse, jamás se le ocurrió. Pelayo decidió que era incluso motivo de orgullo: todos llamaban Espantapájaros al protagonista de aquella historia, que en realidad era valiente y generoso, ayudaba a todo el mundo y, al final, gobernaba una ciudad maravillosa.
Consuelo, cuando Pelayo le contó sus conclusiones, no tuvo valor para contrariarle: pensó que, después de todo, nada malo habría en que su hijo pensase mejor de la gente de lo que en verdad merecían.
Al fin y al cabo, el mundo rebosaba ya de maldad y su hijo tendría tiempo de sobras para tragar ese veneno amargo. Que al menos disfrutara su corta infancia
Consuelo amaba a su hijo como pocas. Perdonó al padre de Pelayo su mala cabeza y su traición, y, aun desde la cama del hospital, sostuvo a su recién nacido entre los brazos y cortó en seco a la comadrona que murmuraba algo sobre que su niño había nacido “diferente”.
¡Venga ya, mujer! Mi hijo es el más hermoso del mundo.
Si no digo lo contrario Solo que, de listo, no sé yo si lo será
¡Ya veremos! decía Consuelo, acariciando el rostro del niño mientras lloraba a mares.
Durante los dos primeros años de vida, no dejó de llevar a Pelayo de consulta en consulta, hasta conseguir que los médicos se lo tomaran en serio. Bajaba a Valladolid en el autobús viejo, con el niño abrigado hasta las cejas.
No hacía caso de las miradas lástimeras. Si alguien le sugería algo, se transformaba en una leona:
¡Lleva tú al tuyo al Hospicio, si tanto sabes! Yo sé perfectamente qué hacer, gracias.
Para cuando Pelayo cumplió dos años, se había fortalecido y, salvo por su cuerpecillo y esa delgadez inextinguible contra la que Consuelo luchaba como una leona, poco se diferenciaba de los demás críos. No era guapo, claro. Esa cabeza grande, los brazos como palillos y esa delgadez resignada
Consuelo se privaba de todo por darle lo mejor, y eso repercutió en la salud del niño. Pero, a pesar de su aspecto extraño, los médicos dejaron de incordiar. Simplemente se admiraban de cómo Consuelo, menuda y pálida como una hada del robledal, abrazaba a su Saltamontes.
¡Si todas las madres fueran como tú! decían. ¡Iba a dar miedo verte pelear como lo haces por él!
Consuelo se encogía de hombros, sin entender por qué tanto halago.
¿Acaso no es obligación de una madre querer y cuidar a su hijo? Nada hacía más que lo que le pedía su conciencia. Actuaba como debía ser.
Cuando llegó el momento de que Pelayo entrara en primaria, ya sabía leer, escribir y sumar, aunque tartamudeaba un poco, lo que a veces empañaba sus talentos.
¡Ya basta, Pelayo, gracias! le cortaba la maestra, dándole la palabra a algún otro.
Y luego se quejaba en la sala de profesores: el muchacho era brillante, sí, pero oírle leer en voz alta resultaba insufrible. Por suerte para él, esa profesora se fue pronto; se casó y dejó el puesto. El grupo de Pelayo cayó en manos de doña Amalia, ya mayor, pero con energía y amor igual que al inicio de su carrera.
Pronto entendió cómo era el Saltamontes. Habló con Consuelo, le recomendó un logopeda y le pidió a Pelayo que hiciese los trabajos por escrito.
¡Qué letra más buena tienes! ¡Me encanta leerte!
Pelayo florecía bajo sus elogios, y doña Amalia leía en voz alta sus respuestas, alabando cada vez su ingenio.
Consuelo lloraba de gratitud y hubiera besado las manos de la maestra, pero ésta no permitía agradecimientos:
¡Pero mujer! ¡Es mi deber! Tu hijo es encantador; todo le irá bien, ya lo verás.
Pelayo iba dando saltitos al colegio, provocando el jolgorio de los vecinos.
¡Anda, mira, el Saltamontes! Ya nos toca a nosotros salir detrás, que la naturaleza ha sido cruel con el chaval ¿Por qué lo habrá dejado?
Consuelo sabía de sobra lo que pensaban sobre ella y su niño. Pero nunca discutía: pensaba que, si alguien no tiene alma, poco pueden hacer los sermones.
¿Para qué gastar el tiempo con amargados? Mejor aprovecharlo arreglando la casa o plantando otra rosa junto al portal.
El patio, con arriates bajo cada ventana y aquel pequeño huerto trasero, no tenía divisiones: cada familia era dueña tácita del “cacharrito” ante su puerta.
El rincón de Consuelo era el más bonito: rosas, un gran lilo, y los peldaños embaldosados con restos de mosaicos que ella, con arte, había convencido de regalarle al director de la Casa de Cultura. Hacían obras, y la montaña de azulejos rotos brillaba como tesoro bajo el sol.
¡Déme esos trozos! pidió ella casi sin llamar a la puerta.
¿Trozo de qué, mujer?
¡De azulejos! ¡No los tire!
El director apenas pudo reprimir la risa, pero le permitió llevárselos. Consuelo, con ayuda de una carretilla prestada, pasó horas entre tejas y pedazos, eligiendo los que encajaban a su idea.
Y luego paseó por todo el pueblo con la carretilla, donde el Saltamontes se sentaba como un rey.
¿Qué hará con tanta basura? se asombraban las vecinas.
Pero semanas después se quedaban boquiabiertas al ver que el porche de Consuelo era un tapiz multicolor a la vista de todo el pueblo.
¡Es una obra de arte!
Consuelo nunca contestaba. Sus verdaderos premios eran las palabras de Pelayo:
Mamá, qué bonito te ha quedado
El niño pasaba el dedo por los azulejos como si leyera y, feliz, casi se derretía de alegría. Consuelo, por su parte, sollozaba otra vez.
Su hijo era feliz
Y en su vida, alegrías no había tantas: algún elogio en la escuela, alguna delicia que Consuelo le preparaba, besos y caricias, y poco más.
El Saltamontes apenas tenía amigos: no podía seguir el ritmo de los demás muchachos, prefería la lectura al fútbol, y las niñas no se le acercaban jamás. Especialmente lo evitaba doña Remedios, que tenía tres nietas de cinco, siete y doce años.
¡Ni se te ocurra acercarte! amenazaba con el puño al Saltamontes. ¡No están para ti las rosas!
Nadie entendía qué pasaba en su cabeza llena de rizos por la permanente, pero Consuelo advirtió a Pelayo que no merodeara cerca de Remedios ni de sus nietas.
No vaya a darle un disgusto y le dé un jamacuco.
Pelayo asintió y ni se acercaba al patio de la vecina, aunque ese día, cuando Remedios ultimaba los preparativos de la fiesta, solo pasaba de largo, no pretendía unirse a los juegos.
¡Jesús, qué pecados arrastro! Me llamarán tacaña, seguro. ¡Espera!
Separó un par de empanadillas y corrió tras el chiquillo.
¡Toma, anda! Y ni se te ocurra molestar. Hoy celebramos, ¿eh? ¡Quieto ahí hasta que vuelva tu madre de la costura! ¿Entendido?
Pelayo asintió. Agradeció las empanadillas y se alejó. Remedios tenía mil cosas que hacer: la familia llegaría con las niñas y pronto tocaría sentarse a la mesa. Era el cumpleaños de su nieta menor y preferida, Lucía, y en su fiesta no quería extraños.
Nada de asustar a las niñas con ese chico de ojos saltones. ¡Correteaban y luego no dormían! Remedios suspiraba, recordando cómo intentó convencer a Consuelo de que no se quedara con el niño.
¡Déjalo, mujer! ¿Para qué complicarte así la vida? No podrás criarlo. Acabará perdido.
¡¿Me has visto una copa en la mano alguna vez?! Consuelo saltaba a la mínima.
¡Eso no importa! Con las miserias que pasas, acabaréis en el mismo sitio. Ni tú ni el niño tenéis futuro. Nadie te enseñó a ser madre. ¡Deshazte de él, anda!
Desde entonces Consuelo evitó a Remedios. Paseaba con su gran vientre y ni la miraba.
¿Para qué se enfada conmigo? ¡Si solo quiero lo mejor para ella! decía Remedios negando con la cabeza.
Su “bien” apesta, y yo tengo nauseas respondía Consuelo acariciando la barriga, tranquilizando a ese Saltamontes aún desconocido. No temas, nadie te hará daño.
Lo que soportó Pelayo a lo largo de sus casi ocho años, jamás se lo contó a Consuelo. La protegía Si le hacían daño, lloraba a solas, pero callaba. Sabía que a su madre le dolería más que a él. Las ofensas se le iban como el agua de los patos, sin odio ni rencor. Las lágrimas infantiles limpiaban enseguida cualquier pena, y a la media hora la olvidaba, solo sintiendo lástima por los adultos, incapaces de comprender lo esencial.
Sin resentimientos la vida es mucho más liviana
A Remedios hacía tiempo que Pelayo dejó de temerla, aunque tampoco le tenía aprecio. Cada vez que le dirigía amenazas o palabrotas afiladas, se alejaba para no oírla ni verla. Si ella le hubiera preguntado, tal vez se habría sorprendido: Pelayo sentía lástima por ella, porque gastaba su vida en la rabia.
Él valoraba, sobre todo, el tiempo. Nada hay más valioso que los minutos, lo comprendió muy pronto. Todo puede arreglarse, menos el tiempo perdido.
Tic-tac diría el reloj.
Y ya está.
Se fue el minuto No vuelve. No puede pagarse con euros ni con los envoltorios más bonitos de golosinas.
Los mayores no entendían esto
Pelayo, sentado en el alféizar de la ventana de su cuarto y mordisqueando la empanadilla, veía correr a las nietas de Remedios y a los chiquillos invitados al cumpleaños de Lucía. La cumpleañera revoloteaba, mariposa rosa, en su vestido nuevo; Pelayo la contemplaba fascinado, imaginándola princesa o hada de cuento.
Los adultos festejaban en la mesa bajo el porche, mientras los niños, tras un rato, salieron corriendo hacia el viejo pozo en el prado del fondo, a jugar al balón.
Pelayo en seguida adivinó el destino y, corriendo al dormitorio de su madre, se asomó a la ventana, desde donde dominaba la pradera y el pozo. Pasó largo rato aplaudiendo desde la distancia a los que corrían, hasta que empezó el anochecer.
Algunos niños se fueron, otros cambiaron de juego. Solo la niña vestida de rosa seguía dando vueltas cerca del pozo, y eso angustió al Saltamontes.
Sabía perfectamente que era peligroso; Consuelo se lo había advertido mil veces:
Ese pozo tiene la brocal podrida. Ya no se usa, pero aún hay agua Si caes, nadie te oirá. ¿Lo entiendes? No te acerques nunca.
No lo haré, mamá.
Pelayo no vio el momento en que Lucía resbaló y desapareció del borde. Estaba distraído mirando a unos niños que hablaban animados. Cuando se dio cuenta de la ausencia de la mancha rosa Se le heló el alma.
Lucía ya no estaba
Saltó del portal y en un instante comprendió que tampoco estaba entre los adultos.
Nunca supo explicar después por qué no pidió ayuda. Corrió sin pensar al patio trasero, mientras oía a Remedios gritar detrás, indignada:
¡Te he dicho que dentro de casa!
Los otros niños ni notaron su ausencia ni la de Lucía. Pelayo, al llegar al pozo, divisó algo pálido en el fondo y gritó:
¡Pégate al muro!
Acostó el cuerpo sobre el brocal, metió las piernas y, arrastrándose por la madera podrida, se dejó caer en la oscuridad.
Pelayo saltó sabiendo que Lucía no sabía nadar.
Lo recordaba de sobra por las tardes en la playa fluvial, mientras Remedios gruñía intentando enseñar a la nieta. Lucía jamás aprendió y, por culpa de la abuela, temía al Saltamontes. Pero aun así, ahora se aferró a él con toda la fuerza, empapada en agua mohosa.
Tranquila, que estoy contigo la sujetó por el cuello, como Consuelo le había enseñado. ¡Aguanta, que voy a gritar!
Tratando de acomodarse entre las maderas resbaladizas, mientras Lucía se le hundía, Pelayo reunió aire en su pecho diminuto y gritó todo lo que pudo:
¡Socorro!
Pelayo no podía saber que los niños ya se habían ido del prado y que nadie, de momento, podía oírle. Solo tenía clara una cosa: esa niña, tan mágica y guapa en su vestido rosa, debía vivir. Porque la belleza y la vida son igual de escasas en el mundo.
Tardaron en oír su llamada.
Remedios, al llevar la bandeja de asado, buscó a sus nietas, y cuando no vio a Lucía, palideció:
¿Dónde está Lucía?
Los invitados, algo achispados, no lo entendieron al principio, pero su grito bastó para alarmar a medio barrio.
Pelayo siguió llamando, cada vez más débil:
Mamá
Y Consuelo, que volvía de la costura, sintió un presentimiento, aceleró el paso y olvidó la compra. Pasó de largo la tienda, sin saludar a nadie, y corrió hacia casa, algo dentro de ella gritaba que llegaba tarde.
Entró en el patio justo cuando Remedios se desplomaba llevándose la mano al pecho, en las escaleras del porche de Consuelo. Sin prestar atención, Consuelo corrió hacia el fondo, adivinando la dirección de la voz de su hijo.
¡Aquí estoy, hijo!
No tuvo que pensar dónde buscar: el pozo siempre le había parecido una amenaza. Pidió cientos de veces en el ayuntamiento que lo taparan o aseguraran; nadie la escuchó. Puso una endeble valla, pero nadie salvo Consuelo se preocupó de aquello
No había tiempo que perder. Volvió corriendo y agarró una cuerda (la del tendedero), salió al patio y gritó:
¡Ayudadme! ¡Sujetad esto!
Por suerte, uno de los yernos de Remedios tenía la cabeza algo clara e improvisó un nudo. Rodeó la cintura enana de Consuelo:
¡Venga, que yo te tengo!
Lucía fue fácil de encontrar: al sentir la presencia de Consuelo, se aferró a su cuello y se desmayó, completamente agotada. A Consuelo la sacudió el pánico.
No lograba encontrar a Pelayo en la oscuridad
Y entonces rezó como en el hospital, aún marcada por el dolor:
¡Señor, no me lo quites!
Desesperada, rebuscaba bajo el agua. Los segundos parecían martillarla con el miedo, hasta que, al fin, algo flaco y resbaladizo rozó su mano. Consuelo tiró con fuerza, rezando, y sacó el cuerpo de Pelayo, sin querer siquiera pensar si respiraba. Gritó:
¡Tirad!
Y mientras la izaban, oyó el susurro jadeante:
Mamá
Pelayo fue recibido como un héroe a su regreso al pueblo tras dos semanas en el hospital de Valladolid.
A Lucía le dieron el alta antes; solo había tragado un poco de agua y se llevó unos rasguños y el vestido hecho un guiñapo.
Pelayo, peor parado: muñeca rota, dificultad para respirar, pero con Consuelo al lado y, poco a poco, el susto fue pasando. Lucía iba a verle cada semana, acompañada de sus padres.
Hijo mío Si no hubieras estado sollozaba Remedios, abrazando al moreno Pelayo. ¡Te lo debo todo! Lo que quieras
¿Para qué? encogió los hombros él. Solo hice lo que debía. ¿Es que no soy un hombre?
Remedios no supo responderle, le abrazó de nuevo, ignorando que ese muchacho huesudo siempre El Saltamontes, su apodo quedó para siempre, dentro de unos años guiaría un camión lleno de heridos entre el fuego, y haría cuanto estuviera en su mano por aliviar el dolor, sin preguntar de quiénes eran.
A quien le preguntó si de verdad valía la pena ayudar a otros, Saltamontes solo respondió:
Soy médico. Es lo que hay que hacer. Debemos vivir. Es lo correcto.
***
Queridos lectores:
El amor de una madre no conoce límites.
Consuelo, a pesar de la soledad y de los prejuicios, amó sin reservas a su hijo. Su dedicación y fe le convirtieron en un hombre bueno y valiente. Una historia que recuerda la fuerza inquebrantable del cariño materno.
El verdadero héroe es quien lo demuestra en el alma: Pelayo, pese a su aspecto, fue héroe al lanzarse sin dudar a salvar a una niña. Su acto, no su físico, definió su valía. Porque bondad, valor y compasión son atributos de los grandes.
Quienes menospreciaron a Consuelo y a su hijo tuvieron que rendirse ante la evidencia. Esta historia recalca que los prejuicios se derrumban cuando asoma la nobleza, y la mayor lección es perdonar y hacer el bien, aunque a uno le traten mal. Como dijo Pelayo: Soy médico. Es lo que hay que hacer. Debemos vivir. Es lo correcto.
Que esta historia nos inspire a recordar que la humanidad y la empatía siempre vencen, y la belleza verdadera reside en el interior.
¿No creéis que la bondad, pase lo que pase, siempre halla su camino y mejora el mundo? ¿Tenéis recuerdos que demuestren que el valor de alguien está en su interior, no en su aspecto?







