¡Fuera de aquí! ¡Te digo que te vayas! ¿Qué haces merodeando por aquí? exclamó doña Clotilde Fernández, depositando ruidosamente una gran bandeja de empanadillas humeantes sobre la mesa bajo la extensa sombra de un manzano mientras empujaba al hijo del vecino. ¡Venga, largo! ¿Cuándo se dignará tu madre a vigilarte? ¡Vago!
Elgado como un fideo, Alfonso, a quien nadie llamaba por su nombre todos estaban acostumbrados a apodarle Saltamontes por sus brazos y piernas larguísimos y su enorme cabeza que parecía sostenerse a duras penas sobre un cuello delgadísimo lanzó una última mirada a la temida vecina y se arrastró hacia el porche de su casa.
Aquel edificio enorme, reconvertido en varias viviendas, apenas estaba medio habitado. En realidad, vivían tres familias: los Gómez, los Ramos y los Martín estos últimos, Carmen con su hijo Alfonso, eran considerados la media familia que nadie tenía mucho en cuenta, salvo que hubiera alguna necesidad urgente. Nadie veía a Carmen como alguien importante y, por tanto, tampoco merecía la pena gastar tiempo con ella.
Carmen estaba sola con su hijo. Sin padres, sin marido, se las apañaba como podía. La miraban de reojo, pero no solían molestarla, salvo para reprender de vez en cuando a Alfonso: “Saltamontes”, le decían por ese aire suyo de insecto desgarbado.
Y es que Alfonso era frágil, tímido y algo desmañado, pero de corazón inmenso. No podía dejar a ningún niño llorando sin intentar consolarlo, lo que a menudo le granjeaba el enfado de las madres protectoras, poco dispuestas a permitir que ese espantajo anduviera cerca de sus criaturas.
Durante mucho tiempo, Alfonso no supo quién era aquel Espantapájaros del que le hablaban, hasta que su madre, Carmen, le regaló un libro de una niña llamada Dorita. Así entendió el apodo; pero le costó ofenderse. Si alguno lo ha leído pensaba sabrá que el Espantapájaros era bueno e inteligente, y llegó a gobernar una ciudad preciosa. Carmen, al escuchar su reflexión, nunca le quitó la ilusión: mejor que pensara bien de los demás mientras la vida se lo permitiera.
En este mundo ya hay demasiada maldad y su hijo tendría tiempo de sufrirla, así que al menos que disfrutara de la infancia Carmen le quería con locura. Perdónó a su padre a quien nadie volvió a ver ni se le esperaba y aceptó su destino en el paritorio, contestando enfadada a la comadrona cuando sugería que el niño no era del todo normal.
¡No diga disparates! ¡Mi hijo es el más guapo del mundo!
No lo discuto, pero listillo no parece
¡Eso ya lo veremos! le acariciaba la carita mientras lloraba de alegría y miedo.
Durante los dos primeros años, Carmen llevó a Alfonso de un hospital a otro hasta que logró que le atendieran debidamente. Viajaba en autobuses viejos, protegía a su niño de miradas lástima, y saltaba como una loba si alguien pretendía darle lecciones:
¡Lleva tú al tuyo a un orfanato si quieres! El mío lo crío yo, ¿te enteras?
Al llegar Alfonso a los dos años, parecía casi como los demás niños, salvo por su magro aspecto y su gran cabezota. Carmen le daba lo mejor, ahorrando en todo lo demás, y eso se notó: aunque nunca fue guapo, raro era el día en que el médico tenía que ocuparse de él, y a menudo admiraban el cariño con que ella lo abrazaba.
¡Qué madres así quedaran más! ¡Iba para inválido y mírale, un campeón!
¡Normal! ¡Mi chico es único!
¡No, Carmen, hablamos de ti! Eres tú la valiente aquí.
Ella solo se encogía de hombros. ¿Acaso una madre no debe querer así a un hijo? ¿Dónde está el mérito, entonces? Simplemente, hacía lo que sentía que tenía que hacer.
Cuando Alfonso empezó el cole, ya leía, escribía y calculaba bastante bien, aunque tartamudeaba un poco, lo que a veces anulaba sus talentos. La maestra la señorita Consuelo se cansó pronto de él y, tras casarse, se marchó al poco. El curso de Alfonso pasó entonces a la veterana doña María Beltrán, tan cariñosa como estricta, que pronto supo cómo ayudarle: recomendó a Carmen un buen logopeda y permitió que Alfonso entregase los trabajos por escrito.
¡Qué bien escribes! ¡Me encanta leerte!
El chico florecía cada vez que doña María recitaba sus respuestas alabando su talento ante la clase. Carmen no sabía cómo agradecerle tanto, pero doña María lo dejó muy claro:
¡Por favor! ¡Es mi trabajo, y tu hijo es estupendo! ¡Todo le saldrá bien, ya lo verás!
Alfonso iba al colegio dando saltos, lo que divertía a los vecinos.
¡Anda mira, ahí va el Saltamontes! decían. Nos marca el relevo del día. Pobrecillo, qué mala jugada le ha hecho la vida. ¿Y para qué le dejaron quedarse aquí?
Carmen era consciente de lo que pensaban, pero prefería no discutir. Si la vida no ha dado a alguien corazón ni alma, nada se puede hacer. Así que ella invertía ese tiempo en cuidar el pequeño huerto o plantar una rosa junto a su entrada.
En el patio grande, cada vecino tenía su rinconcito bajo un silencioso acuerdo: el trocito ante el portal, para los de esa casa. El de Carmen era el más bonito, con rosales y una gran mata de lilas. Las escaleras las había revestido con azulejos rotos que consiguió del director del centro cultural, tras rogar por ellos viendo cómo relucían entre los escombros del último arreglo:
¡Déjeme llevarme los trozos de azulejo!
El director se rió, pero le dio permiso. Carmen pasó tardes enteras seleccionando las piezas y, orgullosa, empujaba la carretilla de la compra con Alfonso subido, ante la incredulidad de las vecinas. Pero, en pocas semanas, el porche era una pequeña obra de arte por la que todo el barrio pasaba a mirar.
¡Pero si es una maravilla!
Carmen no atendía al asombro. Para ella, el cumplido más sincero era el de su hijo:
Mamá, qué bonito
Alfonso recorría con el dedo los dibujos de azulejo, fascinado. Ella lloraba de emoción. Su hijo era feliz que no era poca cosa: en la escuela si le felicitaban o si su madre le preparaba algún postre o le susurraba que era listo y bueno. Eso era toda su dicha.
No tenía muchos amigos: no lograba seguir el ritmo de los chicos y prefería leer a jugar al fútbol. Las niñas, por mandato de doña Clotilde, ni se le acercaban a Saltamontes. Clotilde tenía tres nietas de cinco, siete y doce años y jamás le perdía de vista:
¡A mis nietas ni te acerques! le amenazaba. ¡No son para ti!
Qué pasaba por la cabeza de Clotilde, solo ella lo sabía, pero Carmen le dijo a Alfonso que la dejara tranquila:
¿Para qué buscamos problemas? Mejor evitar líos.
Alfonso obedecía y no se acercaba jamás, ni ese día en que Clotilde se afanaba organizando una gran fiesta para el cumpleaños de la pequeña Lucía. De hecho, solo pasaba por allí cuando la vecina lo echó sin miramientos.
Sin embargo, antes de entrar en casa, Clotilde se apiadó un poco y le alcanzó dos empanadillas:
Toma. Y que no te vea por aquí hoy. ¡Estamos de celebración! Quédate dentro hasta que tu madre vuelva del trabajo, ¿me oyes?
Alfonso asintió, agradeció el gesto, y se retiró. Enseguida empezaron a llegar los familiares, y Clotilde preparaba un gran banquete; quería que el cumpleaños de su nieta Lucía fuera inolvidable. Alguien como Alfonso, enclenque y cabezón, solo podía incomodar.
¡A espantar a los demás niños, seguro! masculló Clotilde, recordando cómo intentó convencer a Carmen de que no criara a aquel niño.
¿Para qué te tomas esa carga, Carmen? No vas a poder sacarlo adelante le había dicho. Si no le dejas ya, acabará peor
¿Me has visto jamás con una copa en la mano? respondió Carmen.
¡Eso no significa nada! Con tu pobreza, no hay otra salida. Nada esperas para ti, nada para él. No sabes lo que es ser madre, nadie te lo enseñó. ¿Por qué vas a condenar a ese chico? ¡Libérate mientras puedas!
Carmen dejó de saludar a Clotilde y marchaba orgullosa con su barriga por el barrio, ignorando su presencia.
¡Si solo quiero ayudarte, chiquilla! lamentaba Clotilde.
Su bien apesta, y yo tengo náuseas replicaba Carmen, acariciándose el vientre. Tranquilo, mi pequeño. Nadie te hará daño.
Alfonso nunca contó a su madre las humillaciones que había vivido en sus primos ocho años de vida. No quería hacerle daño: si le herían, se desahogaba solo. Sabía que a su madre le dolería el doble. Las ofensas se le deslizaban como el agua a un pato, sin dejar rastro ni de rabia ni de rencor. Pronto olvidaba todo, y solo sentía pena por los mayores, que no sabían lo esencial.
Sin resentimiento ni rabia, se vive mejor.
A Clotilde, hacía tiempo que Alfonso no la temía, pero tampoco le gustaba. Cuando la mujer le lanzaba frases cortantes, él se alejaba rápido, para no oír ni sus palabras ni su amargura. Si le hubiera preguntado, la habría sorprendido: Alfonso más bien la compadecía, pues no sabía aprovechar su tiempo disfrutando de la vida.
Los minutos eran el mayor tesoro de Alfonso: comprendía bien que nada vale tanto como ellos. Todo se puede recuperar, menos el tiempo.
Tic-tac decía el reloj.
Y se acabó ese momento no vuelve, no se compra, no se trueca ni por el envoltorio más bonito de un caramelo.
Pero los adultos no parecían entenderlo.
Sentado en la ventana de su cuarto, Alfonso mordisqueaba una empanadilla observando cómo jugaban las nietas de Clotilde y los demás niños que venían a celebrar el cumpleaños de Lucía. La homenajeada, con su vestido rosa, bailaba como una mariposa en el césped, y Alfonso apenas podía apartar la mirada, imaginándola princesa o hada de cuento.
Los mayores celebraban la fiesta junto a la casa de Clotilde. Los niños, tras cansarse de estar cerca, salieron corriendo a jugar con el balón cerca del pozo viejo al fondo del jardín.
Alfonso, en cuanto los vio irse en tropel, corrió al cuarto de su madre, desde cuya ventana se veía perfectamente el prado donde jugaban. Se quedó mirando, aplaudiendo para sus adentros y alegrándose por quienes se divertían, hasta que empezó a oscurecer.
Poco a poco los chicos regresaban a sus padres o inventaban nuevas travesuras. Solo la niña del vestido rosa daba vueltas cerca del pozo y así atrajo la atención de Alfonso.
Ya sabía lo peligroso que era ese pozo. Su madre le había advertido infinidad de veces:
Ten cuidado, el brocal está podrido y, aunque nadie use ya ese pozo, sigue habiendo agua. Si caes, no habrá quien te oiga ¿entendido, hijo? ¡No te acerques jamás!
No lo haré, mamá.
El momento en que Lucía resbaló en el brocal y desapareció de su vista, Alfonso lo perdió: estaba distraído mirando al grupo de niños. Pero, de pronto, buscó el rosa y se quedó helado. Lucía no estaba.
Salió disparado al porche y le bastó una ojeada para ver que tampoco estaba con los mayores. Después nunca supo decir por qué no gritó pidiendo ayuda. Simplemente corrió hacia el fondo del jardín como impulsado por un resorte, ignorando el grito indignado de Clotilde:
¡Te he dicho que te quedes en casa!
Nadie parecía notar la ausencia de la niña. Alfonso se lanzó al pozo, primero gritando para advertirle:
¡Quédate pegada a la pared!
Temeroso de golpearla, Alfonso dejó caer las piernas y, deslizándose por las maderas húmedas, se sumergió en la oscuridad.
Sabía que Lucía no sabía nadar: lo había visto mil veces fracasar en el agua con su abuela en la playa. Así que, en cuanto la sintió, la abrazó y le susurró:
Tranquila, estoy contigo. Agárrate fuerte, que yo gritaré.
Las manos le resbalaban en los troncos cubiertos de moho; Lucía intentaba sujetarse, pero él logró tomar aire y, con todas sus fuerzas, gritó:
¡Socorro!
No podía saber que los demás niños ya se habían marchado del prado. Ni si tendría fuerzas para resistir hasta que llegara ayuda. Solo sabía que esa niña del vestido rosa tenía que vivir. Porque en el mundo, como en la vida, hay poquísimas cosas realmente hermosas.
El eco de su grito tardó en llegar. Clotilde, sirviendo el asado, buscó con la mirada a su nieta y, al no verla, se llevó la mano al corazón:
¿Dónde está Lucía?
Al principio nadie la tomó en serio, hasta que se puso a chillar de tal forma que todos se alarmaron, incluso los que pasaban por la calle.
Alfonso, agotado, lanzó aún alguna súplica, más débil, apenas audible:
Mamá
Y, como si el corazón lo supiera, Carmen, que regresaba apresurada del trabajo, aceleró el paso sin detenerse ni a comprar pan ni a saludar a las vecinas que charlaban en la puerta. Corrió sin pensar en el dolor de los pies ni el precio de los zapatos nuevos.
Al llegar, vio a Clotilde desplomada en las escaleras. Sin esperar más, Carmen corrió a la parte trasera, donde siempre jugaba Alfonso, y fue entonces cuando escuchó su voz:
¡Aquí, mamá!
No hizo falta preguntarse de dónde venía el grito; su peor temor siempre fue ese pozo, y muchas veces pidió en el ayuntamiento que lo taparan o aseguraran, sin resultado. Aquella valla miserable que puso no pararía a ningún niño curioso, pero a nadie, salvo a Carmen, le importaba el dichoso pozo
Sin tiempo que perder, entró en casa, agarró la cuerda de tender la ropa y, gritando, pidió ayuda.
Por suerte, un yerno de Clotilde, no demasiado borracho, comprendió al instante. Ató un nudo rápido y aseguró a Carmen:
¡Venga, que yo la sujeto!
Rescatar a Lucía fue fácil: la niña se abrazó a ella en cuanto sintió unos brazos. Pero no hallaba a Alfonso y el pánico empezó a apoderarse de Carmen.
Entonces rezó como en el parto, clamando al cielo:
¡Señor, no me lo quites!
Desesperada, removía el agua con la mano. Los segundos le golpeaban el alma, no podía ni respirar. Al fin, algo flaco y frío rozó su brazo. Tiró hacia sí y sacó a su hijo del pozo, ni queriendo saber si respiraba. Gritó entonces:
¡Tirad!
Ya arriba, oyó, entre fatigoso y desmayado:
Mamá
Alfonso pasó casi dos semanas en el hospital de la ciudad, convertido en un pequeño héroe. Lucía fue dada de alta antes: se había asustado y tragado algo de agua, pero solo tuvo algunos arañazos en brazos y vestido.
Alfonso, en cambio, sufrió una fractura en la muñeca y problemas respiratorios durante varios días. Pero estaba su madre y Lucía acudía a visitarlo con sus padres. Solo quería volver a casa, a sus libros y a su querido gato.
¡Hijo mío, bendito seas! sollozaba Clotilde abrazándolo con fuerza. ¡Dime qué quieres, lo que sea! Yo
¿Para qué? replicó Alfonso encogiéndose de hombros. Solo he hecho lo que debía. ¿Acaso no soy un hombre?
Clotilde, sin palabras, volvió a abrazarle, sin saber entonces que aquel chico, Saltamontes, conservaría su apodo mucho tiempo después, y que un día, ya médico, se metería bajo el fuego enemigo para salvar vidas, sin mirar a quién, devolviendo la esperanza a los que, desesperados, gritaran mamá.
Y cuando le preguntaran por qué lo hacía, si le trataban tan mal, Alfonso solo diría:
Soy médico. Hay que hacerlo. La vida lo exige. Es lo correcto.
***
Queridos lectores:
El amor de una madre no conoce límites. Carmen, pese a todo, amó sin reservas a Alfonso. Su entrega y confianza hicieron de él una gran persona. Es un recordatorio vivo de la fuerza del amor incondicional.
El auténtico héroe es el del alma: Alfonso, el feo, fue quien, sin pensarlo, se arrojó al pozo para salvar a Lucía. Su acto heroico demostró que es el corazón quien define la grandeza.
El barrio, que menospreciaba a ambos, tuvo que reconocer su valor tras aquel gesto. La historia enseña que los prejuicios se desmoronan ante las verdaderas virtudes y que el mayor ejemplo es saber perdonar y actuar bien, incluso cuando contigo han sido injustos. Como dice Alfonso: Soy médico. Hay que hacerlo. La vida lo exige. Es lo correcto.
Esta historia nos recuerda que la humanidad y la compasión siempre triunfan y que la verdadera belleza es la del alma.
Os invitamos a reflexionar:
¿Creéis que la bondad acaba siempre encontrando su camino y mejorando el mundo? ¿Qué anécdotas de vuestra vida confirman que la verdadera riqueza de una persona está en su interior?







