Begoña Martínez amaba a los gatos con una pasión que rozaba el delirio ¿Cómo no adorar a esos felinos si ella se sentía una de ellos, aunque en realidad fuera una auténtica perra?
De tamaño mediano, robusta, con unos colmillos que harían temblar hasta al caimán más fiero, Begoña siempre había sido una niña amable, nunca dio motivos a nadie para envidiarla.
Su amor por los gatos no surgió de inmediato; tardó aproximadamente mes y medio después de su nacimiento. Aquella madrugada, la perrita Lola, aún sin nombre y de raza indefinida, se hallaba atrapada bajo una charca. No había sido ella la que había creado aquel charco, sino la persistente llovizna primaveral.
Lola aullaba con todas sus fuerzas, aunque apenas tenía energía, y lamentaba su suerte al universo entero. Nadie escuchó su lamento, salvo un gato llamado Misuelo. Se acercó, se sentó al borde de la charca, arqueó sus patas y, con su esponjoso rabo, observó aquella escena triste y chillona.
De pronto, el felino notó un pequeño guante blanco en la patita delantera de la perra. Bajó la mirada y descubrió que él también llevaba uno idéntico.
¿Será mía? pasó por la cabeza de Misuelo.
Se preguntó quién podría haberle engendrado a esa criatura. ¿Había paseado con Margarita? ¿Con Lidia? ¿Con Matilde, la que solía descansar en el granero? ¿Y por qué la madre la había abandonado en aquella charca?
El cachorro, al detener su llanto, percibió una presencia cercana, cálida y compasiva. Temiendo que ese ser se marchara, se lanzó hacia él, pero sus patitas se enredaron y volvió a caer en la charca, gimiendo. Misuelo resopló con desdén, pero el gato ya no dudó: esa era, sin duda, su propia hija. Después de todo, él también había tropezado con sus patas cuando era cría.
Con dignidad, el gato cruzó la charca, se agachó sobre la perrita, respiró hondo y la tomó del cuello. El deber de padre era ineludible; aunque la tarea fuera dura, Misuelo no escaparía de sus responsabilidades. Si la madre la había dejado, él no la abandonaría. ¿Era acaso su padre o no?
En ese instante, Lola comprendió que estaba bajo una protección firme. Se tranquilizó, se relajó e incluso se quedó dormidita y Misuelo la llevó a su casa.
Al ver a la intrusa en el patio, la dueña, Isabel, agitó las manos con sorpresa:
¡Federico, ven! ¡Nuestro gato ha traído una perrita! ¡Y qué gordita! ¡Será una guardia estupenda!
Federico, el amo de Misuelo, aprobó la llegada de Lola. No sabían, sin embargo, que Begoña Martínez nunca quiso vigilar a nadie. Ella era una auténtica gata, hija de Misuelo, y la idea de proteger algo le resultaba absurda.
Criada por el gato, Lola mantuvo siempre su higiene, cazó ratones y pajarillos, e intentó trepar a árboles y cercas, aunque su corpulento trasero la frenaba.
En dos años, superó en tamaño a su padre felino varias veces, intentó pelear junto a él contra otros gatos y perros, pero Misuelo siempre la detenía:
Yo me encargo de los extraños; no permitiré que a una bella gatita le arruinen el pelaje.
El gato negaba rotundamente que Lola fuera una perra. Admitirlo significaría reconocer que no era su hija, y eso no lo soportaba. Quien se atreviera a decir lo contrario lo castigaba sin piedad.
Una noche, Misuelo no regresó a casa. Jamás había sucedido antes. Lola lo esperó, esperó, intentó escalar la cerca, deslizando sus garras sobre el liso metal, y olfateó en vano, sin percibir el rastro felino. Su corazón latía con una ansiedad desgarradora.
El perro del vecino, correteando por el patio, se sentó y aulló con fuerza:
¡Déjala entrar! exclamó la esposa de Federico. No descansará mientras Misuelo no vuelva. Encuéntralo y volveremos los dos
Lola, como una flecha liberada, cruzó la verja. Se detuvo un segundo, tapó los ojos y escuchó su interior. Algo le indicó el camino, y, meneando la cola de impaciencia, se lanzó al sitio donde el gato la había hallado.
Sus presentimientos no la engañaron. Allí estaba Misuelo, tendido sobre la tierra húmeda donde hace poco había secado la conocida charca. Estaba desgarbado, exhausto.
Papá sollozó Lola, acercándose con delicadeza, suplicando al universo que él siguiera con vida. Su mandíbula nunca había llevado algo tan frágil como una mariposa.
El fino olfato canino distinguió dos olores en el pelaje del padre: el del asfalto y el del humo de la herrería. Lola los recordaría siempre, pues los había captado entre millones.
¡Misuelo! gritó.
Los dueños envolvieron al gato en una manta, arrancaron el coche y, a toda prisa, se dirigieron al mejor veterinario de la zona, el de la carretera que bordea Segovia.
Lola, sin perder el rastro, corrió tras ellos, persiguiendo el vehículo hasta que desapareció de su vista. Allí quedó, aguardando, sin saber qué pensar.
El coche llegó al veterinario; pero los profesionales regresaron sin Misuelo. La perrita buscó entre los instrumentos, olisqueó el aroma medicinal y sollozó desconsolada.
Durante tres días casi no comió, sólo bebía, y la rabia alimentaba su alma. ¿Por qué esos perros ajenos habían hecho daño a su padre? Nunca dañaría a los suyos; su olor le resultaba familiar.
El odio la consumía, ardiendo como fuego. Finalmente, empezó a comer tímidamente, observando la cerca con creciente inquietud. Begoña Martínez aguardaba, esperando la ocasión para escapar.
Pasaron dos semanas; los dueños dejaron la puerta abierta y se marcharon. Lola salió del patio como una sombra.
Recorrió el pueblo, siguiendo el rastro de los intrusos. Al borde de la carretera, encontró a dos perros que se relamían tras devorar un ganso robado.
Lola se agazapó, recordando la lección de su padre: el silencio es la clave de la caza. Esperó el momento, acercándose sigilosamente, y luego, con un salto fulminante, lanzó sus dientes y garras.
Como siempre, Begoña Martínez se creía una verdadera gata. No ladraba sin razón, no se agitaba. Se acercó sigilosamente, conteniendo el rugido que amenazaba con estallar.
Entonces, el ataque fue brutal: huesos crujieron, pelaje voló, la piel se rasgó bajo los afilados dientes y garras de Lola. Luchó como una felina enfurecida, aunque jamás la habían enseñado a pelear como perro.
Los perros chillaron, pero no tuvieron oportunidad, tal como aquella noche en que Misuelo los había vencido. Lola triunfó, pero un repentino tirón del collar la arrojó atrás.
En ese instante la dueña la abrazó con fuerza, mientras Federico ahuyentaba a los perros maltrechos.
Lola, calma ¿Fueron ellos los que atacaron a Misuelo? ¡Qué valiente eres! ¡Casi nos perdemos, pero Misuelo nos vio y vino en nuestro auxilio!
Al oír su nombre, Lola se quedó paralizada; del coche la miró Misuelo, ya recuperado y con una venda en la espalda.
¿Te sorprende? Lo dejamos en el hospital, le pusieron puntos y unas gotas. Te lo habíamos dicho, perrita, que estabas tan triste que no entendías nada.
Begoña gritó con la misma intensidad que dos años atrás y, sobre sus patitas temblorosas, corrió hacia el coche. Misuelo, severo, sacudió la saliva de la feliz Lola y le reprochó:
¿Te has vuelto loca por pelear sola? ¿No pudiste esperarme?
Y, con orgullo, añadió:
Nadie ha visto a mi madre, pero ahora todos sabrán quién es la hija de Misuelo: ¡la mejor gata del mundo!
Begoña olfateó el punto de sutura en la espalda de Misuelo y lamentó haberla detenido tan pronto. Sin embargo, él tenía razón: ella era, en verdad, una gata, y como tal, supo esperar con paciencia.
Así, mientras aúlla de emoción, Lola vuelve a lamer al padre que tanto ama. La historia nos enseña que, aunque el camino sea duro y los engaños abundantes, la verdadera identidad y la paciencia son las llaves que nos permiten superar cualquier tormenta.






