Vega volvía a toda prisa a casa, arrastrando bolsas del súper tan llenas que casi se le salían las lentejas por los agujeros.
En su cabeza solo sonaban listas: preparar la cena, alimentar a los críos y, con el pequeño, aún repasar los deberes.
Desde lejos, Vega divisó una ambulancia plantada delante de su edificio. Le dio un vuelco el corazón. ¿No le habrá pasado algo grave a su marido, Álvaro, que últimamente andaba flojillo y con más achaques que un geranio en agosto?
¿Van al piso quince? preguntó Vega al conductor, con voz de cordero degollado.
No, al catorce. A una señora mayor, que se ha encontrado mal contestó el hombre.
A Vega le volvió el alma al cuerpo. No era para ellos. Parecía que tocaba a la vecina, doña Carmen Martínez. También le dio pena la pobre mujer, tan sola, con casi ochenta vueltas al sol encima.
Ay madre, doña Carmen tiene a su gata, si la llevan al hospital habrá que cuidar a la pobre Trini iba pensando Vega mientras subía a trompicones por la escalera.
En la puerta de la vecina había más movimiento que en la Puerta del Sol la Nochevieja: la puerta abierta, una camilla aparcada, y Álvaro, su marido, ayudando al enfermero con la señora.
Ahora sube el conductor y entre todos apañamos decía el enfermero.
Doña Carmen, al ver a Vega, respiró aliviada:
Ay, Veguita, si me llevan al hospital… Te dejo las llaves, ¿vale? Échale un ojo a Trini, la comida está en la cocina, el arenero se lo cambiáis una vez al día… Espero volver antes de nochevieja y le puso las llaves en la mano a Vega.
Claro, no se preocupe, yo me hago cargo de Trini. ¡Y anímese, que la esperamos pronto! le dijo Vega tapándole las manos como si así pudiera curar.
Usted quieta, señora, no se mueva nada reprendió el enfermero. Venga, ya estamos todos, para abajo.
Un momento insistió doña Carmen, Vega, hay otro favor. En la entrada, sobre la cómoda, hay un papel con un número. Si me pasa algo, llama. Es mi hija, Beatriz. Hace años que no nos hablamos, por una bronca de esas gordas
Vega prometió que todo iría bien. Cuando ya se la llevaron, recogió el papel con el número, revisó que Trini no se hubiera subido a la lámpara y cerró la puerta.
Anda que le dijo luego a Álvaro, después de tantos años compartiendo rellano y yo sin saber que Carmen tenía hija.
Ni yo la he visto nunca por aquí dijo Álvaro. ¿Qué, hay cena o qué?
Vega puso cara de drama y se metió de lleno en las rutinas domésticas. Cuando acabó, niños a la cama y casa en orden, se acordó de la hija de la vecina, cogió el papel arrugado y se quedó pensando.
Miró el reloj y ni se le ocurrió llamar ya era tarde, y total, en el hospital a esas horas no la dejarían pasar.
Al día siguiente, Vega fue a casa de doña Carmen a dar de comer a Trini, quien agradecida se le subió ronroneando a las piernas. Vega dudaba si llamar o no a esa tal Beatriz.
Al final, se animó:
¿Beatriz? preguntó cuando contestaron al otro lado. Soy la vecina de su madre. Se la han llevado ayer al hospital. Quizá quiera ir a verla.
Mire, esa señora para mí ya no es mi madre desde hace años. No me llame más soltó Beatriz, dura como el hueso de jamón.
Mujer, ¡no diga disparates! pegó un respingo Vega, ¿tan gorda fue la bronca? Doña Carmen está mayor y quizás quizás no vuelva a casa. ¿En serio ni un poquito de remordimiento siente?
Eso no es asunto suyo Beatriz ni se inmutó.
¡Pues vaya corazón de piedra tiene! Si yo pudiera ver a mi madre media hora, daba media vida, que la perdí después de cuidarla seis años. ¡Y sí que hay días duros, y días para tirarse por la ventana, pero ahora que ya no la tengo, daría lo que fuera por tenerla, aunque solo fuera de paciente vegetal diez años más!
Vega colgó de un manotazo.
Trini, le habló a la gata, como tu dueña no mejore, vendrás con nosotros. Ya apañaremos tú y Fígaro, que las convivencias no son fáciles He llamado al hospital, pero Carmen sigue igual…
Se acercaba fin de año. Vega y Álvaro volvían del mercado, él cargando con un árbol de Navidad que parecía haber arrancado de la mismísima Sierra de Guadarrama.
¡Aguanta la puerta, por favor! gritó Vega, corriendo hacia el portal donde entraban dos mujeres. ¡Álvaro, venga!
Álvaro trotaba, la pinaza de la rama dándole en toda la cara.
De pronto, Vega se quedó clavada mirando. ¡Si era doña Carmen la que entraba, tan campante!
¡Pero bueno, doña Carmen! ¿Ya está de vuelta?
¡Sí, hija, me auto-dí el alta! Me dejaron ir para celebrar el año nuevo en casa. Y de paso, te presento, ésta es mi hija Beatriz dijo Carmen, que sonreía como un niño con churros.
Uy, nos conocemos… rió Beatriz, de oídas, claro.
Subieron todos juntos como una gran familia. Beatriz, agarrando a su madre del brazo, susurró a Vega:
Gracias por darme el empujón. ¿Te importa si luego paso un rato por tu casa?
Por supuesto contestó Vega sorprendida.
Media hora después, Beatriz llamaba a la puerta de Vega y Álvaro, con un roscón de reyes en la mano. Entre té y risas, confesó:
Hace diez años, una tontería nos separó. Ni me acuerdo por qué. Mi madre fue profe de toda la vida, siempre intentando educarme. Y aquel día, pues terminé por decir que bastaba, que mejor sin ella…
Un año sin hablarnos, las dos orgullosas como un hidalgo manchego. Luego solo llamadas en Navidad o cumpleaños.
Hasta que usted me llamó, Vega. Al principio hasta me alegré, fíjate, y luego pensé si le pasa algo, me quedaré sin madre, y sin infancia, y seré una huerfanita viajando por el mundo sin rumbo
Dos días dándole vueltas, y al final fui, escondiendo el orgullo. Desde que la visité, mi madre ha mejorado. No pienso volver a perderla.
Beatriz se despidió con besos y salió disparada a casa de su madre.
¿Qué le habrías dicho para que cambiara así? se sorprende Álvaro.
Nada, solo la verdad… Al final, solo la verdad le abre los ojos a un ciego le respondió, bajando la voz Vega.
Oye, cariño, no olvides llamar a tu madre hoy, ¿eh? O es más, vámonos a celebrarlo con ella. Que al final, madre solo hay una… y está para compartirla.







