Ver Con Mis Propios Ojos Tras la terrible tragedia de perder en un accidente a su marido y a su hij…

Ver para creer

Tras una horrible tragedia la pérdida de su esposo y de su hija de seis años en un accidente, Verónica tardó mucho en recomponerse. Pasó casi medio año en una clínica, sin querer ver a nadie. Su madre fue su única compañía, siempre paciente, conversando cada día con ella. Hasta que una mañana, su madre soltó a bocajarro:

Vero, cariño, el negocio de tu marido está casi en la cuerda floja. Está casi aguantando, Hilario apenas logra mantenerlo a flote. Me llamó y me pidió que te lo dijera. Por suerte Hilario es un hombre decente, pero

Parece que esas palabras despertaron un poquito a Verónica.

Tienes razón, mamá. Debería ocuparme de algo, estoy segura de que mi Daniel estaría contento si siguiera con el negocio. Menos mal que aprendí algunas cosas, él, como si lo intuyera, quiso llevarme a la oficina.

Verónica regresó al trabajo y salvó el negocio familiar, que ya bailaba en el alambre. Pero aunque el negocio volvió a marchar bien, Verónica echaba muchísimo de menos a su hija fallecida.

Hija, me gustaría sugerirte que adoptaras una niña de un orfanato, sobre todo una que esté aún peor que tú en este momento. Mejorarás su vida Y puede que entiendas que esa es tu salvación.

Verónica meditó bien las palabras de su madre y terminó dándole la razón. Así fue como se plantó en un orfanato, aunque sabía de sobra que a su hija de sangre nadie lograría reemplazarla jamás.

Araceli nació casi ciega. Sus padres, nada más enterarse del diagnóstico, renunciaron a ella. Los dos, de familias cultivadas, universitarios y todo, se acobardaron ante la responsabilidad y la dejaron atrás, demostrando que ni la inteligencia libra de la cobardía.

Así terminó la niña en la casa cuna, donde la bautizaron como Araceli. Creció viendo poco más que sombras, pero aprendió a leer, adoraba los cuentos y creía que algún día aparecería su hada madrina.

Y cuando Araceli tenía casi siete años, llegó el hada. Era guapa, elegante, elegante, millonaria y, encima, profundamente infeliz. Araceli no distinguía bien a la señora que estaba frente a ella, pero sintió enseguida que era buena gente. Cuando Verónica fue al orfanato, la directora casi se atraganta de la sorpresa: ¿Por qué querría una niña con problemas de salud? Verónica no quiso dar muchas explicaciones, temiendo que la juzgaran mal. Se limitó a las frases de rigor: que tenía medios de sobra y ganas de ayudar a una niña con discapacidad.

La cuidadora llevó a Araceli de la mano. Cuando Verónica la vio, supo en ese instante: esa chiquilla era para ella. Tenía una cara angelical, sus rizos dorados y unos ojazos azules limpios y profundos, aunque ciegos.

¿Quién es? preguntó Verónica, sin despegar los ojos de la niña.

Nuestra Araceli, una joya. Es un encanto, dulce y cariñosa respondió la cuidadora.

Araceli es mía, sin duda decidió Verónica al momento.

Verónica y Araceli se adoraron desde el principio, las dos se necesitaban mucho. Con la llegada de Araceli a su vida, Verónica encontró de nuevo sentido. Llevó a Araceli a varios médicos. Le dijeron que, con una operación, podía ser que volviera a ver, aunque tendría que llevar gafas de por vida.

Verónica se aferró a esa esperanza. Justo antes de que la niña empezara el colegio, la operaron pero resultó que Araceli veía bastante mal. Había otra oportunidad, pero tendría que esperar a crecer un poco más. Pasó el tiempo. Verónica se desvivía por su hija adoptiva, volcaba en ella todo su amor y energía. El negocio marchaba viento en popa, Verónica era una mujer bella y acomodada aunque los hombres ni le llamaban la atención. Toda su vida era Araceli.

Araceli creció, y además lo hizo guapísima, de una belleza que casi parecía de película. Terminó la universidad, nada de niña consentida, bien educada, agradecida y ya trabajando en la empresa familiar. Verónica vigilaba como una leona a quienes se le acercaban a su hija, temerosa de que algún arribista quisiera arrimarse al calor del buen dote familiar. El que lo intentaba, se llevaba una advertencia clara: por dinero, aquí ni lo sueñes.

Y entonces llegó el amor. Verónica conoció también a Hugo, el elegido, y no le vio nada raro, así que no le puso objeciones a la relación. No tardó Hugo en pedirle matrimonio a Araceli. Todo era preparativos, y la última operación para la vista de Araceli estaba programada para medio año después de la boda.

Hugo era detallista y tierno, siempre atento. De vez en cuando a Verónica le daba un ramalazo de sospecha como si algo en ese chico no terminara de cuadrar, pero lo apartaba enseguida. Los novios fueron juntos a un restaurante de las afueras donde pensaban celebrar la boda, para hablar con el responsable de la decoración del salón. A mediodía, el local estaba medio vacío.

Sentados ya, Hugo dejó el móvil en la mesa. Justo entonces saltó la alarma de su coche y salió corriendo del restaurante. Araceli se quedó sola y, de repente, el teléfono de Hugo empezó a sonar insistentemente. Al principio no quería contestar, pero el aparato no paraba de vibrar. Finalmente contestó y, antes de decir palabra, escuchó la voz bien potente de la madre de Hugo, la futura suegra, señora Inmaculada Serrano.

Hijito, ya sé cómo podemos quitarnos de encima a la cegata de Araceli. Mi amiga de la agencia de viajes me ha apartado dos billetes: te vas de viaje de bodas a los Pirineos con tu esposa. Le dices que mueres por ver las montañas. Subís los dos, y te las apañas para que tu mujercita se tropiece y se caiga. Y hala, desapareces. Después pon una denuncia a la Guardia Civil, dices que tu mujer se perdió por ahí, que discutisteis, que se fue sola. Hazte el desolado, llora, exige que la busquen. Cuando la encuentren, ya verán: dirán que se cayó y ya. A nadie le va a importar investigar mucho allí, y yo sé que sabes hacer bien el papel de viudo desconsolado. Su madre también te va a creer. Si no, le harán esa operación y se nos cae el chollo. No dejes escapar ese dinero, hijo. Bueno, ya te dejo.

La señora colgó y Araceli soltó el móvil sobre la mesa, como si le hubiera mordido.

Así que me quieren matar él y su madre pensaba, atemorizada.

Hacía diez segundos era una novia feliz, ultimando detalles de boda. Ahora temblaba, incapaz de entender cómo había confiado tanto en esas dos personas. Araceli sabía que Hugo no había oído la llamada. Tuvo que contenerse para no venirse abajo cuando Hugo entró de vuelta:

No sé, debió de ser algún gato, no veo marca en el coche, pero bueno. Justo entonces sonó otra vez el móvil. Hugo lo cogió rápidamente. Sí, venga, Román, vale Colgó. Menuda faena, me llaman al despacho urgentemente.

Pues ve, acertó a decir Araceli, todavía temblando. Yo espero a mamá, así concretamos todo juntas.

Vale, me voy volando, a ver qué pasa

Y se fue, dejándola allí acuclillada de tristeza.

Araceli le siguió con la mirada y llamó a Verónica.

Mamá, ven echando leches al restaurante. Por favor Intentó sonar firme, pero la voz se le quebraba.

Hija, ¿qué te pasa? ¿Por qué suenas así? Ya voy, espérame.

La administradora del local se acercó, viéndola llorar.

Araceli, ¿te pasa algo? ¿Dónde va Hugo? Si hace un momento

Eres tú, Carmen Sí, ahora viene mi madre. Ha habido un malentendido Hugo tuvo que salir por trabajo.

Toma, te traigo un té. Te hace falta ofreció la administradora, y Araceli asintió.

Verónica apenas tardó veinte minutos en llegar y se sentó a su lado.

Hija, vine lo más rápida que pude.

Mamá, mamá la abrazó entre lágrimas. ¡Quieren matarme!

¿Quién, criatura? preguntó Verónica perpleja.

Hugo e Inmaculada Serrano. Lo he oído con mis propios oídos. Él dejó el móvil en la mesa, salió al coche y ella empezó a decirle cómo deshacerse de mí. Que me llevara a los Pirineos y me empujara. Que se diera prisa antes de que tú y yo pudiéramos hacerme la operación.

¿Pero estás segura? ¿No sería una broma de mal gusto?

Mamá, te lo juro, Inmaculada ni se dio cuenta de que era yo la que cogió el teléfono, hasta colgué rápido y ni se habrá enterado. Hugo dice que le llamaron de urgencia al despacho.

Verónica entró en shock. ¿De verdad se le había escapado ese detalle del dulce Hugo? ¿Qué hacer ahora? Mientras debatían, sonó el teléfono de Araceli, era Hugo.

Bueno, ¿ha llegado tu madre? ¿Todo en orden para la celebración del banquete?

Verónica cogió el móvil de su hija.

Hola, Hugo, querido. Menos mal que nos hemos adelantado a vuestros planecitos. Te vas a quedar con las ganas, chaval. Como lleve tu móvil a la Policía, ya verás cómo recuperan hasta los mensajes borrados. ¿Me sigues?

Tardó varios segundos Hugo en contestar.

Lo entiendo, pero yo era todo idea de mi madre

Vaya, encima te escondes tras las faldas de tu madre. Un campeón. Adiós, Hugo.

Al día siguiente, Hugo se largó de Madrid. Le echó la culpa a su madre por el lío, le sacó algo de dinero y puso tierra de por medio, por miedo a que Verónica y Araceli acabaran en comisaría. Inmaculada también desapareció de la circulación camino de casa de una amiga en Sevilla.

Ver la vida con tus propios ojos

En la clínica oftalmológica, Araceli se sometió por fin a la última operación. Verónica la acompañaba, paseando por el parque cercano porque aún no le quitaban las vendas. El doctor Julián Martínez, joven y atento, la trataba con mucha delicadeza y le daba fuerza para aguantar. El cirujano que operó era un viejo experto, pero Julián no se separaba de su paciente favorita.

Julián se ponía colorado cada vez que Araceli le sonreía. Verónica miraba de reojo, pero vio enseguida que aquel chico era puro romanticismo, todo ternura. Y el día de retirar la venda, apareció con un ramo enorme de rosas. Araceli se quedó petrificada al ver de verdad todo aquel color, el ramo enorme, y ese guapo doctor con ojos grises Ahora sí veía.

¡Mamá, lo veo todo! sollozaba Araceli mientras Julián se quitaba la bata de médico para abrazarla.

Ahora Araceli veía perfectamente, aunque tenía que llevar gafas. Pero eso ya era lo de menos.

Pasó el tiempo, y la boda de Julián y Araceli fue todo un éxito. Un año después, nació su hija: una nena preciosa de ojos grises como el papá. Araceli ya nunca estuvo triste: tenía un marido tierno y protector que no iba a permitir que nadie volviera a hacerle daño.

Gracias por leer hasta el final, por tus suscripciones, tus ánimos y tu apoyo. ¡Que la vida te trate tan bien como a ellos!

Rate article
MagistrUm
Ver Con Mis Propios Ojos Tras la terrible tragedia de perder en un accidente a su marido y a su hij…