Ver para creer
Tras una tragedia atroz la pérdida de marido e hija de seis años en un accidente, Carmen estuvo mucho tiempo sin poder recomponerse. Se pasó casi medio año en una clínica, sin querer ver a nadie. Solo su madre se mantenía a su lado, hablándole con infinita paciencia. Un día, su madre se atrevió a decirle:
Carmencita, el negocio de tu marido está al borde del colapso. Apenas sobrevive; Gabriel está desbordado. Me llamó y me pidió que te lo dijera. Menos mal que Gabriel es buena gente, pero
Fue como si estas palabras sacudieran a Carmen un poco.
Tienes razón, mamá. Tengo que ocuparme de algo. Seguro que a mi Javier le hubiese gustado que yo siguiera con su trabajo. Por suerte entendía algo; fue como si lo supiera, llevándome a su oficina poco antes de morir.
Carmen volvió al trabajo y consiguió estabilizar el negocio familiar. Pero, aunque el negocio iba viento en popa, Carmen echaba horriblemente de menos a su hija.
Hija le aconsejó su madre, deberías plantearte adoptar una niña del orfanato. Pero escoge a una que lo esté pasando aún peor que tú. Le darás otra vida, y lo entenderás: ese será tu salvavidas.
Carmen meditó las palabras de su madre y, tras darle muchas vueltas, aceptó que tenía razón. Pronto se plantó en el orfanato, aunque era consciente de que a su niña, de sangre, sería imposible sustituirla jamás.
María del Valle nació prácticamente ciega. Sus padres, ambos universitarios de buena familia, la abandonaron nada más conocer el diagnóstico. Hay cobardías y miserias que ni la cultura ni los apellidos pueden evitar.
Así acabó María del Valle en la Casa Cuna, donde la bautizaron con ese nombre. Allí creció distinguiendo apenas sombras. Aprendió a leer, adoraba los cuentos y soñaba con que, algún día, una hada madrina vendría a buscarla.
Cuando María del Valle estaba a punto de cumplir siete años, apareció su hada madrina: bella, elegante, aparentemente feliz y, en realidad, desbordada por la tristeza. María del Valle no pudo verla bien, pero intuyó su bondad. La directora del centro no disimuló su sorpresa al saber que Carmen quería a una niña con problemas, pero Carmen no quiso dar demasiadas explicaciones. Simplemente dijo ser capaz de mantenerla y querer ayudar a una niña discapacitada.
La cuidadora llevó a María del Valle de la mano. En cuanto Carmen la vio, supo al instante que era su hija: con rizos dorados y enormes ojos azules muy abiertos, profundamente limpios pero ciegos.
¿Quién es? preguntó, fascinada.
Nuestra María del Valle, es un encanto, cariñosa y dulce respondió la cuidadora.
María del Valle es para mí, no hay duda decidió Carmen en el acto.
Entre Carmen y María del Valle se forjó una conexión profunda y mutua necesidad. La vida de Carmen, desde entonces, adquirió un nuevo sentido. Consultó a los médicos, quienes la tranquilizaron: con una operación, puede que la niña recupere parte de la visión y con gafas pueda desenvolverse.
Carmen se aferró a esa esperanza. María del Valle fue operada antes de empezar el colegio, pero apenas mejoró. Había otra posibilidad, pero requería tiempo y más madurez. La vida siguió. Carmen volcó todo su amor en la niña. El negocio crecía, Carmen era una mujer guapa y próspera, pero para los hombres era invisible: su mundo giraba en torno a su hija.
María del Valle creció como una auténtica belleza, de esas que te dejan sin aliento. Terminó la universidad; no era una niña consentida, sabía valorar las cosas y ya trabajaba en la empresa familiar. Carmen, por su parte, andaba ojo avizor con quienes rodeaban a su hija, no fuera a aparecer un oportunista dispuesto a pescar en el río revuelto de la considerable herencia de la joven. Si algo sospechaba, ya se encargaba ella de que nadie se hiciera ilusiones.
Y llegó el amor para María del Valle. Carmen conoció a Alejandro, no vio nada sospechoso en él y no puso objeciones a la relación. Pronto Alejandro le propuso matrimonio a María del Valle y los preparativos de la boda no se hicieron esperar. Medio año después del enlace estaba prevista la última y definitiva operación para intentar recuperar la vista de María del Valle.
Alejandro era atento, cariñoso y complaciente. Es cierto que a veces Carmen notaba en él un deje de teatro, pero acababa convenciéndose a sí misma de que todo era imaginación. La pareja se desplazó a un restaurante a las afueras de Madrid para cerrar detalles de la celebración. Era mediodía y el local estaba casi vacío.
Una vez sentados, Alejandro dejó su móvil sobre la mesa, pero enseguida sonó la alarma de su coche y salió fuera a comprobar qué pasaba. María del Valle, sola, vio cómo el móvil de Alejandro empezaba a sonar insistentemente. Al principio no quiso responder, pero acabaría tomando la llamada. Antes siquiera de saludar, escuchó la voz estridente de su futura suegra, Doña Inés Delgado.
Hijo mío decía Inés, ya sé lo que debemos hacer para quitarnos de en medio a esa ciega de María del Valle. Había dos plazas reservadas para un viaje de aventura por los Picos de Europa en la agencia de mi amiga. Tras la boda, te marchas con tu parmilla a la montaña, le dices que te hace ilusión subir a las cumbres y, de camino, un pequeño tropezón, una caída, lo típico… y adiós. Luego, vas a la Guardia Civil y dices que se perdió, que discutisteis y se marchó sola. Te lamentas, pides apoyo, montas el numerito. Cuando la encuentren, pues nada, habrá sido un accidente. ¿Quién va a ponerse a investigar en medio del monte? Sé que podrías interpretar al marido desconsolado sin problemas. Así incluso su madre te creerá. Si le hacen la operación y ve, lo tenemos crudo para librarnos de ella, y esos euritos no los podemos dejar escapar. Piénsalo, te llamo luego.
Doña Inés colgó. María del Valle dejó caer el móvil sobre la mesa como si le quemara.
Así que su madre quiere matarme y Alejandro parece estar de acuerdo pensaba aterrorizada.
Hasta hacía un segundo era una prometida feliz, pensando solo en los detalles de la boda. De repente todo se derrumbó: la pareja a la que su madre y ella ya consideraban familia, tramaba su muerte. Alejandro no había escuchado la conversación; ella temblaba, luchando por no perder la compostura. Entonces Alejandro regresó.
Qué raro, no sé por qué saltó la alarma. Igual un gato pero no hay marcas. En eso, volvió a sonar su teléfono. Alejandro contestó: Sí, sí, dime, Juan, voy para allá, tranquilo. Cortó y añadió: Qué faena, me requieren urgentemente en la oficina.
No te preocupes musitó María del Valle, esperaré a mamá, así charlamos tranquilas.
Pues nada, salgo pitando. Ya lo siento.
Al quedarse sola, María del Valle rompió a llorar desconsolada.
La administradora, Lucía que conocía bien a la familia, se acercó.
María del Valle, ¿te encuentras bien? ¿Se ha ido Alejandro? ¿No ibais a?
Todo bien, es Lucía, ¿verdad? Ahora vendrá mi madre, ha surgido algo. Me quedo aquí esperándola. Han llamado urgentemente a Alejandro de la oficina.
Anda, me encargo de traerte un té, que te veo mala cara.
Carmen, consciente de que su hija había ido con Alejandro al restaurante, se sorprendió al recibir la llamada de su hija.
¿Qué habrá pasado para que llame así? pensaba poniéndose el cinturón.
Llegó en veinte minutos, localizó a su hija y se sentó a su lado.
María del Valle, estaba angustiada.
¡Mamá! y se deshizo en lágrimas, quieren matarme.
¿Quiénes? preguntó, atónita.
Alejandro y su madre, Doña Inés. Lo escuché con mis propios oídos. Ella llamaba a Alejandro, dejó el móvil sobre la mesa cuando fue a ver el coche, y contesté yo. Ella planeaba que él me llevara de viaje y me matase por accidente. Todo para que no pudieras operarme y quedarme con la herencia.
Hija, ¿estás segura de lo que dices? ¿No es un malentendido?
Mamá, te juro que lo he oído clarísimo. Doña Inés ni se percató de que era yo al teléfono. Alejandro tuvo que salir corriendo del restaurante.
Carmen estaba pasmada. ¿De verdad se habrían equivocado de tal manera con aquel chico? ¿Y ahora, qué hacer? Mientras debatían sus opciones, sonó el teléfono: era Alejandro.
Bueno, María del Valle, ¿vino ya tu madre? ¿Cierran los detalles del banquete?
Carmen cogió el teléfono.
Hola Alejandro, cariño. Por suerte, hemos conocido a tiempo vuestros planes: los del viaje y el accidente.
¿Viaje? ¿Accidente? No sé de qué hablas intentó sonar inocente o sorprendido, pero su tono era más teatral que nunca.
Del viajecito a los Picos, el que tu madre tramaba para quedarse con mi hija bajo tierra y con su dinero en vuestro bolsillo. Por suerte, en la policía saben restaurar grabaciones borradas ¿te queda claro?
A Alejandro le costó articular respuesta.
Entiendo, pero fue idea de mi madre, no mía
Encima tienes la cara de echarle la culpa a ella. Eres patético: adiós, Alejandro.
El día siguiente, Alejandro se largó de Madrid, echando pestes de su madre por liársela. Le quitó todo el dinero y desapareció por miedo a que Carmen y María del Valle denunciasen. Doña Inés también se exilió a casa de una amiga en Valencia.
El shock de ver la vida con sus propios ojos
En la clínica oftalmológica, operaron a María del Valle. Carmen estaba allí, apoyándola. Todavía tenía los ojos vendados y Carmen la sacaba a tomar el aire. El doctor Diego Ordóñez, joven y prometedor, era quien la atendía. El cirujano responsable de la operación era muy prestigioso y María del Valle estaba en buenas manos. Diego se desvivía por su paciente, y se notaba que no era solo profesional.
Diego se ruborizaba cada vez que lo miraba y eso que ella apenas podía aún. Carmen, madre en guardia, lo observaba todo pero Diego parecía sinceramente entusiasmado. El día que le quitaron la venda, apareció con un ramo de rosas tremendo. María del Valle se quedó en shock al ver, al fin, todo con sus propios ojos: el ramo y al apuesto doctor rubio de ojos grises.
¡Qué felicidad, mamá, lo veo todo! sollozó de alegría, mientras Diego intentaba calmarla.
Podía ver por fin, aunque ya siempre dependería de las gafas. Pero, vistas las alternativas, menuda tontería.
Pasó el tiempo: la boda de Diego y María del Valle fue una preciosidad. Un año después nació su hija, con los mismos ojos grises que el padre. María del Valle no podía ser más feliz; había encontrado un marido bueno y leal, que la cuidaría como nadie.
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