Ven, Esteban
Señora, pero nosotros no tenemos dinero susurró el niño, mirando con timidez la bolsa repleta.
Después de la Navidad, la ciudad de Salamanca parecía más gris. Las luces aún colgaban de las farolas, pero ya no calentaban el alma. La gente iba deprisa, las tiendas estaban medio vacías, y en las casas sobraba comida y había un silencio espeso.
En el amplio caserón de los Fernández, las mesas habían estado repletas. Como cada año. Roscones, asados, ensaladas, naranjas. Mucho más de lo necesario.
La señora Fernández recogía los platos despacio. Miraba tanta comida y sentía un nudo en la garganta. Sabía que una parte tendría que tirarla. Ese pensamiento le dolía.
Se acercó a la ventana, movida por un extraño impulso.
Allí, en la verja, le vio.
Esteban.
Estaba quieto, pequeño y callado, con la boina calada hasta las cejas y el abrigo demasiado fino. No miraba fijamente la casa. Solo esperaba pero sin atreverse a llamar.
El corazón se me encogió.
Unos días antes de Navidad lo había visto en el centro. Pegado al escaparate de una pastelería, miraba los dulces perfectamente expuestos. No pedía nada, no molestaba. Solo miraba. Aquella mirada hambrienta y resignada nunca se borró de mi memoria.
En ese instante lo comprendí todo.
Apoyé los platos, cogí una bolsa grande y la llené de pan, roscón, carne, fruta, dulces. Llené otra bolsa. Y otra más. Todo lo que había sobrado de las fiestas.
Abrí la puerta con cuidado.
Esteban ven, hijo.
El niño se sobresaltó. Se acercó con pasos indecisos.
Toma. Llévalo a casa le dije, tendiéndole las bolsas con dulzura.
Esteban se quedó paralizado.
Señora nosotros no tenemos dinero
No hace falta dinero, hijo. Solo comed.
Le temblaban las manos al agarrar las bolsas. Las apretó contra el pecho, como si resguardara un tesoro, algo sagrado.
Gracias murmuró, con los ojos llenos de lágrimas.
La señora Fernández le observó alejarse, más despacio de lo que había venido, como si no quisiera que terminara aquel instante.
Esa noche, en una casa pequeña, una madre lloró de gratitud.
Un niño comió hasta saciarse.
Y una familia se sintió, al fin, acompañada.
En la casa grande, las mesas lucían vacías, pero los corazones rebosaban.
Porque la verdadera riqueza no está en lo que guardas para ti,
sino en lo que decides dar, aunque nadie te lo pida.
Quizás la Navidad no tenga solo un día.
Quizás la Navidad empieza cuando abres la puerta
y dices: Ven.
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