**VELA AL VIENTO**
Isabel Martínez se quitó los guantes de látex y la mascarilla, los arrojó a un cubo metálico y, agotada, salió de quirófano. Había sido una de esas operaciones en las que la vida pende de un hilo. El paciente, un hombre mayor de nombre Eduardo Jiménez Castro, con el corazón debilitado, había resistido la anestesia por milagro.
Ahora solo quedaba esperar.
Isabel no durmió esa noche. Yacía en la pequeña cama de la sala de residentes, mirando al techo. La yesería blanca y agrietada parecía arrastrarla hacia el pasado, a aquel lugar que llevaba años ocultando en lo más profundo de su memoria. Aquellas grietas le recordaban a su juventud, a aquel pueblo remoto, Valdeherrero, en las tierras frías de Soria, donde comenzó su vida adulta.
Cerró los ojos y el tiempo retrocedió. Tenía diecinueve años, estaba frente a una iglesia derruida, de madera ennegrecida por el tiempo, con un campanario silencioso y vacío.
Recién terminada la carrera, la enviaron a aquel lugar olvidado. Allí conoció el silencio, el frío cortante y la indiferencia de la gente.
Un día, entró en la iglesia casi por instinto. Dentro olía a polvo, cera y humedad. Encendió una vela, buscando un poco de calor en aquel lugar helado.
—Algo te inquieta, hermana —escuchó a sus espaldas.
Era el padre Gabriel, un sacerdote joven, de mirada serena.
—Solo vine a rezar —mintió con una sonrisa forzada.
A partir de entonces, volvió con frecuencia. Sus conversaciones eran largas y tranquilas. Él parecía entenderla, como si leyera su alma.
Una tarde, confesó en un susurro:
—Hoy es el cumpleaños de mi padre. Era militar. Murió en 1921, en Melilla…
No sabía que serían sus últimas palabras libres.
Esa misma noche, unos golpes violentos sacudieron su puerta. Se abrió, y todo terminó.
Registraron su casa entre gritos e insultos. El padre Gabriel había sido un delator. La acusó de “conversaciones antipatrióticas”.
En la cárcel, el interrogador no la golpeó. Era bajo, calvo, con ojos cansados.
—Siéntate. Soy Javier Méndez. No temas —dijo en voz baja—. No todos aquí somos bestias. Aunque estos tiempos son como una vela al viento: un soplo y se apaga…
No la maltrató. Solo la miró con lástima.
—No puedo salvarte, Isabel. Pero evitaré que te manden a un campo de trabajo. Te enviaré a un pueblo. Y reza para que nadie más se interese por tu caso.
Así llegó a Valdeherrero.
El camino era una senda helada, recta como una flecha. El invierno era cruel.
Nadie la recibió. Tocó puerta tras puerta, solo recibiendo negativas o silencio.
—Encontrarás humanidad hasta en el fin del mundo —recordó las palabras de Méndez.
Hasta que una mujer, Lucía, una viuda joven, abrió.
—Pasa. Pero compórtate.
Isabel se quedó con ella. Trabajó en la huerta, atendió a los enfermos, cuidó niños y animales. Poco a poco, la gente comenzó a confiar.
Pasaron dos años. Cada quince días, firmaba en el ayuntamiento. El alcalde, Ramón Soto, un hombre frío, estampaba su firma sin mirarla.
En el tercer año, todo cambió.
Era noche cerrada, ventisca afuera.
Un carruaje se detuvo frente a la casa de Lucía. Ramón irrumpió, cubierto de nieve.
—Mi hija se muere. Ayúdame.
Isabel tomó sus instrumentos. Llegaron a su casa.
En la cama yacía una niña de siete años, pálida, con la respiración agitada. Una médico del pueblo los observaba desde un rincón.
—Difteria —dijo sin emoción.
—¿Tienen bisturí?
—Llegará en horas.
—Para entonces será tarde —cortó Isabel—. Necesito un cuchillo, una vela y alcohol.
Ramón trajo todo. Isabel esterilizó el cuchillo, lo deslizó en la garganta de la niña. El absceso estalló.
Sangre y pus salpicaron. La madre, desesperada, la golpeó. Ramón la apartó.
Isabel veló a la niña toda la noche. Por la mañana, la pequeña Laura respiraba mejor. Al día siguiente, ya reía.
Antes de irse, la madre se acercó.
—Perdóname. Pensé que… pero la salvaste. Toma —le entregó una bolsa con comida, una manta y almohadas bordadas.
Ramón volvió con provisiones. Ya no le pidió firmas. No era tan duro como parecía; la vida lo había endurecido.
Un año y medio después, Isabel regresó a la ciudad. Hizo su doctorado, se casó, tuvo hijos.
Los años pasaron.
Un día, paseando, llegó a aquella iglesia. Ahora estaba limpia, iluminada, cuidada.
Entró. Una monja barría el suelo.
—¿Puedo ver al padre Gabriel?
—No está. Murió. Un accidente, hace seis años.
Isabel miró al joven sacerdote que la observaba.
—¿Eres una de las que denunció? —preguntó él.
Asintió.
—Dios no perdona el mal hecho en Su casa —susurró.
Encendió una vela: por su padre, por su juventud, por el dolor.
Tiempo después, un hombre mayor llegó a su consulta.
—Cáncer de estómago. Corazón débil —leyó en el expediente—. Nombre: Eduardo Jiménez Castro.
Alzó la vista y se quedó inmóvil. Era él. El mismo interrogador.
—¿Isabel? —la reconoció—. No puede ser…
HablarHabían pasado décadas, pero al mirarlo, comprendió que algunas velas, aunque débiles, nunca se apagan del todo.






