Veinte años pidiendo disculpas a mi suegra hasta que una amiga me hizo una pregunta que me abrió los ojos: así descubrí que no soy responsable de las emociones de los demás

20 años pidiendo perdón a mi suegra, hasta que una amiga me hizo una pregunta. Entonces, todo lo vi más claro.

Veinte años.
Ese es el tiempo que pasé pidiendo disculpas a mi suegra casi de forma automática, sin pensarlo, como si fuese algo natural en mí.

¿Dónde estás? ¡Te llevo esperando media hora! su voz al teléfono sonaba indignada.

Perdón, quizá no me expliqué bien con la hora respondía ya por costumbre, aun sabiendo que en el mensaje había dejado claro: quedamos a las tres. Y aún faltaban quince minutos.

Así empezaban casi todas nuestras conversaciones.

Aquel día teníamos que elegir cortinas para la habitación de mi hija. Yo propuse mandarle unas fotos, pero insistió en que lo hiciéramos juntas.

Estas me parecen bonitas señalé unas cortinas claras, color beige.

¿Beige? Son poco prácticas. Mejor azul marino me cortó. Yo he criado hijos, sé mejor cómo va esto.

Y acabamos comprando las azules.

De vuelta, guardé silencio mirando por la ventanilla. Todo marchaba normal, ella estaba satisfecha, pero una pesadez indefinible se me iba instalando dentro.

Esa noche me llamó una amiga muy cercana.

¿Sabes lo que me he dado cuenta? me dijo . Pides perdón por las reacciones de otros.

Su pregunta me dejó parada.

Empecé a recordar.

Me disculpaba por no haber ido a una cena familiar a la que nadie nos había invitado.
Me disculpaba por no haberle consultado una decisión.
Me disculpaba por un regalo que no era el adecuado.
Me disculpaba porque mi hija no se quedaba a dormir en su casa.

Como si yo fuera la responsable de su estado de ánimo.

La mayor revelación llegó al encontrar una foto antigua yo con diez años. Callada, pequeñita, como si pidiera perdón por existir.

Me vino la infancia a la mente:
Mi madre, siempre cansada. Su fastidio. Frases como Por tu culpa, esto es más difícil.
Y yo, una niña que decidió hacer suyo el peso de las emociones ajenas.

Esa lógica nunca se fue. Solo que de adulta, en vez de mi madre, era mi suegra.

Una semana después me llamó enfadada porque habíamos apuntado a mi hija a clases de ballet.

Normalmente habría respondido:
Perdón no era nuestra intención molestarte lo pensaremos

Pero esta vez respiré hondo y respondí tranquila:

Lamento que te hayas disgustado. Pero es una decisión nuestra como padres. No es un desprecio hacia ti, ni es culpa mía que tus expectativas no coincidan con nuestras elecciones.

Al otro lado hubo silencio.

Al colgar, me temblaban las manos, pero por dentro sentí algo nuevo: alivio.

Cuando mi marido me dijo que su madre me había visto borde, simplemente contesté:

No he sido borde. Solo no he pedido perdón por algo que no era culpa mía.

Tiempo después vino a casa. Por primera vez hablamos abiertamente.

Lo único que quiero es sentirme importante me confesó.

Claro que es importante le respondí. Pero como opinión, no como mandato.

No solucionó todo aquel diálogo. En ocasiones todavía noto el impulso de disculparme por cosas que no dependen de mí.
Pero ya lo identifico.
Y paro.

Yo no cargo con las emociones ajenas.
Y esa ha sido, sin duda, la experiencia más liberadora de mi vida.

Pregunta para quien lo lea:

¿Y tú? ¿Cuántas veces te disculpas por cosas que no están en tus manos, solo para evitar el conflicto?

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MagistrUm
Veinte años pidiendo disculpas a mi suegra hasta que una amiga me hizo una pregunta que me abrió los ojos: así descubrí que no soy responsable de las emociones de los demás