Antonio Jiménez nunca le había hecho un regalo a su esposa, con quien llevaba veinte años de matrimonio. Nunca había visto la necesidad. Con Lola se casaron rápido, apenas un mes después de conocerse.
Sus citas fueron sencillas, sin regalos. Iba al pueblo donde ella vivía, silbaba bajo su ventana, y ella salía corriendo de la casa. Juntos se sentaban en el banco de la entrada hasta bien entrada la noche, hablando poco pero disfrutando de la compañía.
El primer beso se lo dio cuando ya estaban comprometidos. Celebraban la boda, y comenzó la vida con sus quehaceres y preocupaciones. Antonio se convirtió en un buen hombre de campo, con un pequeño rebaño de ovejas y cabras. Lola, igual de trabajadora, tenía una huerta que era la envidia de las vecinas. Llegaron los hijos, los pañales, las fiebres infantiles. ¿Qué espacio quedaba para los regalos? Los festivos pasaban como días normales, celebrados con comidas sencillas. Así transcurría su vida, humilde y rutinaria, pero tranquila.
Una vez, Antonio fue al mercado con su vecino a vender patatas y jamón, justo antes del Día de la Madre. Revisó la despensa y decidió vender lo que sobraba. El jamón tampoco valía la pena guardarlo, pronto matarían otro cerdo. El día era fresco, con un aire primaveral, y las ventas fueron sorprendentemente buenas. El jamón se vendió al instante, y las patatas volaron como si fueran manjares exóticos. “Buen dinero he sacado,” pensó Antonio con satisfacción. “Lola se alegrará.”
Dejó los costales en la furgoneta del vecino y se dirigió a las tiendas. Su mujer le había pedido que comprara algunas cosas. Primero, por costumbre, entró en una taberna cercana para brindar por la buena venta. No era borracho, pero creía firmemente que si no tomaba una copa cuando le iba bien, la próxima vez la suerte lo abandonaría. Con el ánimo alegre, caminó por la calle llena de gente. Miró los escaparates y, de pronto, su mirada se detuvo en una escena: una joven pareja estaba frente a un gran escaparate.
La chica, fresca y juvenil como su acompañante, miraba embelesada un vestido colgado en un maniquí.
—Carmen, vámonos, ¿qué tanto miras ese trapo?
—Míralo, es precioso, me quedaría perfecto.
—Bah, no es nada del otro mundo.
—Eres un bobo, Pedro. Es lo último en moda, estilo vintage. Cómpralo para el Día de la Madre, ¿quieres?
—Carmen, ya sabes que andamos justos. Si lo compro, ¿con qué vamos a vivir este mes?
—Nos arreglaremos como sea, Pedro, por favor. Hace un año que estamos casados, y ni siquiera me regalaste nada en Navidad.
—¿Qué me estás pidiendo? ¿Vivir otra vez solo de lentejas?
—Pero te quiero, mi amor —Carmen le dio un sonoro beso en los labios y lo arrastró hacia la tienda.
El chico, al notar la mirada de Antonio, encogió los hombros como diciendo: “Ya ves cómo son las mujeres.” Poco después, la pareja salió de la tienda, Carmen riendo feliz mientras abrazaba a su marido. Antonio se quedó pensativo, observando el vestido en el escaparate. Era bonito, sencillo, con flores, parecido al vestido que Lola usaba cuando salían.
Algo se removió en su corazón. Tal vez fue el recuerdo de su juventud o verse reflejado en esa pareja. De pronto, pensó: “Nunca le he dado un regalo a Lola. Siempre estaba ocupado o lo consideraba un capricho. Y mira a ese Pedro, dispuesto a pasar hambre con tal de hacerla feliz. ¿Será que la quiere más que yo a mi mujer? Antes de casarnos, creía que la amaba. Después, todo se difuminó en la rutina. Vivir por vivir, sin nada que recordar. ¡Ay, la vida!”
Aquella felicidad ajena lo iluminó con tanta fuerza que le dolo el pecho. Entró decidido en la tienda.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó una joven dependienta.
—Necesito ese vestido del escaparate.
—¡Oh, es lo último en moda, estilo retro, pura seda! Su hija estará encantada.
—No es para mi hija, es para mi mujer —contestó Antonio, serio.
—¡Qué bonito! —exclamó la chica mientras envolvía el paquete.
Al oír el precio, Antonio se quedó pálido.
—¿Tan caro? —gruñó.
—Es de un diseñador reconocido —explicó ella con paciencia.
Recordó la sonrisa de Carmen y se decidió. Pagó y salió con el paquete. Su vecino ya lo esperaba.
—¿Cómo te fue? —preguntó el vecino en el camino de vuelta.
—Bien —respondió Antonio, malhumorado.
Al llegar a casa, Lola aún no había vuelto de la granja. Hizo las tareas, pero el corazón le pesaba. ¿Por qué le remordía comprar algo bueno? Bebió un par de copas para calmarse.
Lola llegó, como siempre, seria.
—¿Ya en casa? ¿Cómo te fue?
—Bien. Ahí está el dinero.
—Parece poco, ¿no vendiste todo?
—No, es que… bueno, lo demás está en ese paquete.
Lola sacó el vestido, desconcertada.
—¿Esto para quién es? ¿Para nuestra hija Rocío? Le parece demasiado grande, malgastando el dinero…
—Es para ti —dijo Antonio, tímido—. Un regalo por el Día de la Madre.
—¿Para mí? —dudó Lola—. ¿En serio?
—Para ti, claro —sonrió él, aliviado—. ¿Para quién si no?
Lola se echó a llorar y corrió a probárselo. Regresó minutos después, las mejillas húmedas.
—No me entra, estoy demasiado gruesa.
—Pero si era igual al que llevabas cuando nos sentábamos en el banco de la plaza…
—Tonto —rió ella entre lágrimas—, han pasado tantos años.
—Al ver las flores, recordé aquellas noches. Tú, tan delgada, y las estrellas como si alguien hubiera esparcido sal sobre el cielo.
—Sí, Antonio, tenías razón. Fueron buenos tiempos.
Pasaron la tarde rememorando viejas historias. Cuando llegó Rocío, vio el vestido en una silla.
—¡Madre mía! ¿De quién es esto? ¡Es lo más moderno!
Lola miró a Antonio.
—Es un regalo de tu padre.
La joven lo besó emocionada, se lo puso y salió feliz a enseñárselo a sus amigas.
A la mañana siguiente, Lola lo despertó con caricias.
—Levántate, Antonio, el desayuno está listo.
Sus ojos brillaban con un amor que lo hizo sentirse joven de nuevo.
—¿Ya es de día? Entonces… feliz Día de la Madre, mujer.
—Tú ya me lo diste ayer. Gracias.
Desayunaron en silencio, pero con una complicidad perdida hacía años.
La vida, a veces, nos enseña que los pequeños gestos pueden revivir lo que el tiempo ha enterrado. El amor no necesita grandes demostraciones, pero un detalle a tiempo puede recordar que, bajo la rutina, sigue latiendo el corazón de aquellos jóvenes que un día se sentaron bajo las estrellas.




