¡Vaya que se ha vuelto orgullosa nuestra Ana! Bien dicen que el dinero cambia a las personas… Yo no …

Pues vaya altanera se ha vuelto vuestra Catalina. Bien dicen que el dinero cambia a las personas. Yo no comprendía a qué se referían, ni cómo había llegado a ofender tanto a la gente.

Hace ya muchos años, tuve un matrimonio feliz. Mi esposo y yo criábamos a nuestras dos niñas. Pero un día, todo aquello se desmoronó. Mi querido Fernando regresaba de trabajar, cuando sufrió un accidente de tráfico. Creí que aquel dolor me derrumbaría por completo; sin embargo, mi madre me hizo ver que debía mantenerme firme por el bien de las niñas. Así fue como saqué fuerzas y me dediqué a trabajar sin descanso. Cuando las chicas fueron mayores, me vi obligada a irme al extranjero a ganarme la vida. No tenía apoyo de nadie, debía sacar adelante a mi familia como fuera.

Primero acabé en Francia, después me trasladé a Inglaterra. Fueron tiempos duros, cambié de empleo muchas veces antes de ganar algo que me permitiera vivir con tranquilidad. Cada mes enviaba pesetas a mis hijas y, poco a poco, pude comprarles un piso a cada una. También yo reformé mi casa, y me sentía orgullosa por todo lo conseguido. Empezaba a pensar en volver a España y quedarme para siempre. Pero, hace un año, mi vida volvió a cambiar; conocí a un hombre. Pablo es español, de Valladolid, aunque lleva ya dos décadas viviendo en Inglaterra. Empezamos a salir y sentí que por fin podía tener una segunda oportunidad.

Aun así, las dudas me perseguían. Pablo no podía abandonar Inglaterra, pero mi corazón deseaba regresar a casa. Hace poco conseguí volver, primero fui a ver a mis hijas, luego pasé unos días con mis padres. Eran tantas las cosas pendientes que apenas encontraba momento para visitar a mis suegros. Un día, mi amiga Lucía vende productos en la tienda del barrio vino a verme y me contó algo inesperado:

Tu suegra está muy dolida contigo.

¿Por qué lo dices?

La escuché hablando con otra vecina. Decía que te has vuelto arrogante y que el dinero te ha cambiado. Además, anda diciendo que nunca les has ayudado económicamente.

Esa conversación me dolió en lo más hondo. Había criado a mis hijas prácticamente sola, luchando por ellas cada día. No podía permitirme ayudar también a mis suegros, ¿de qué iba a vivir yo? ¿Me entiendes?

Perdí entonces las ganas de visitarles, pero me obligué a hacerlo. Compré comida y fui a su casa. Al principio, todo pareció cordial, aunque la conversación de Lucía no se me quitaba de la cabeza. Al final, no aguanté más y les dije:

Sabéis que no lo he tenido fácil todos estos años. He hecho cuanto he podido por mis niñas, porque no tenía a nadie más a quien recurrir.

Nosotros también estamos solos. Todos tienen hijos que les ayudan; nosotros, en cambio, estamos abandonados. Somos como huérfanos. Deberías haber vuelto para ayudarnos me reprochó mi suegra, mirándome de una manera que me hizo sentir vergüenza.

No me atreví a confesarles que en Inglaterra tenía a un hombre que me daba cariño. Me marché totalmente desanimada. Hoy sigo sin saber qué hacer. ¿De verdad tengo la obligación de ayudar a los padres de mi difunto marido? Siento que ya no puedo más.

Rate article
MagistrUm
¡Vaya que se ha vuelto orgullosa nuestra Ana! Bien dicen que el dinero cambia a las personas… Yo no …