—¡Vaya, hombre! —exclamó Alejandro—. ¡Así tiene que ser! La última palabra siempre debe tenerla el hombre Por la mañana llegó a casa de los Jiménez, desde Madrid, el nieto mayor, el mismo cuyo enlace apenas habían celebrado. Alejandro venía a buscar patatas, pues siempre ayudó a sus abuelos preferidos tanto a plantarlas como a recogerlas. —Ya me contarás, Alejandro, ¿qué tal te va con tu Lucía? —preguntó enseguida la abuela mientras trajinaba en la cocina. —Bueno, abuela, pues no siempre es fácil… —respondió él, a regañadientes—. Hay de todo… —Espera, espera —intervino el abuelo Juan, visiblemente alerta—. ¿Cómo que de todo? ¿Que ya discutís, o qué? —No, no, de momento aún no. Lo que pasa es que andamos viendo quién lleva la voz cantante en casa —admitió el nieto. —¡Ay, Señor…! —suspiró la abuela con una sonrisa—. Y mira que tenéis cosas que aclarar. Eso debería estar claro desde el principio. —Claro que sí —rió también el abuelo—. Está claro que la jefa de la familia siempre ha sido, y será, la mujer. —Bueno, bueno… —replicó la abuela desde la cocina. —¿Abuelo, en serio? —el nieto miró incrédulo a su abuelo—. ¿Estás bromeando? —Ni mucho menos —zanjó Juan—. Y si no me crees, pregúntale a tu abuela. A ver, Carmen, ¿quién tiene siempre la última palabra en casa? —Anda ya, no digas tonterías —respondió ella con cariño. —Venga, dímelo —insistió Juan—. ¿Quién toma las decisiones definitivas, tú o yo? —Pues… yo. —¿Cómo puede ser? —el nieto no salía de su asombro—. Yo nunca lo he notado, y además, creo que el cabeza de familia siempre debe ser el hombre. —Quita, Alejandro —volvió a reír el abuelo—. En una familia de verdad las cosas no son como crees. Ahora te lo explico con un par de historias, y lo vas a entender. Historia —Ya empezamos… —murmuró resignada la abuela—. Ahora seguro que cuenta lo de la moto. —¿La moto? —se sorprendió el nieto. —La que se está pudriendo en el cobertizo —asintió encantado el abuelo—. Hace más años que Matusalén. ¿Y sabes cómo me hizo tu abuela comprarla? —¿Mi abuela? ¿Ella te obligó? —Sí. Ella misma me dio el dinero, del sudor de su frente. Pero primero pasó otra cosa. Una vez gané lo justo para comprar una moto con sidecar. Le digo a Carmen, tu abuela, que quiero la moto. Con sidecar, para traer las patatas de la huerta. Antes teníamos terreno fuera del pueblo. Tu abuela se encaprichó. Que mejor un televisor en color, que entonces valían un dineral. Dice que las patatas, como siempre, las traiga en la bicicleta. Un saco al cuadro y listo. Bueno, le digo, tú mandas, la última palabra es tuya. Compramos el televisor. —¿Y la moto? —preguntó el nieto, confuso. —La moto la compramos también… —suspiró la abuela—. Pero más tarde. Porque tu abuelo se dejó la espalda y tuve que cargar yo sola con casi todas las patatas. Y cuando en noviembre vendimos los cerdos, le di el dinero y le dije: vete a la capital y trae la moto con sidecar. —Y al año siguiente, en otoño, nos volvió a sobrar algo —siguió el abuelo—. Dije yo que había que arreglar el baño. El viejo, que era de mis padres, ya no se sostenía. Pero tu abuela quería muebles nuevos, como todo el mundo. Bueno, le dije, tú decides. Compramos los muebles. —Y en primavera, el baño se vino abajo —remató la abuela—. Con toda la nieve que cayó, el techo no aguantó… Desde entonces, decidí que siempre haríamos como Juan diga. —¡Eso es! —exclamó Alejandro—. ¡Así se hace! ¡La última palabra la tiene que tener el hombre! —Que no, Alejandro, no lo has entendido —rió el abuelo—. Porque antes de hacer nada, yo voy y le pregunto: quiero cambiar el horno, ¿te parece bien? Y como diga ella, así se hace. —Pues yo, después de aquello, siempre digo: haz lo que mejor veas. —Así que ya ves, Alejandro, en cualquier caso la última palabra la debe tener la mujer —concluyó el abuelo—. ¿Lo captas? Alejandro quedó pensativo, y después empezó a reírse a carcajadas. Cuando se le pasó, asintió iluminado. —Ahora sí lo entiendo, abuelo. Voy a decirle a Lucía, bueno, cariño, pues este año nos vamos a la playa, como tú querías. Y el coche, de momento, sin arreglar. Si se estropea, pues nada… Iremos a trabajar en autobús aunque haya que madrugar. Total, tampoco pasa nada, ¿no? ¿Lo hago bien, abuelo? —Perfecto —asintió Juan divertido—. En unos años, todo acabará encajando. Y la mujer, en casa, siempre debe ser la jefa. Así uno vive más tranquilo. Te lo digo por experiencia…

¡Bueno, ya está! exclamó Alejandro. ¡Así es! ¡La última palabra siempre la debe tener el hombre!

Esa mañana, el nieto mayor de los Jiménez llegó desde Madrid, aquel cuyo boda había sido hace poco y aún resonaba en la casa. Había venido Alejandro por unas patatas, como cada año; él siempre ayudaba a sus abuelos, Mercedes y Eugenio, a sembrarlas y recogerlas.

Pero dime, Alejandro, ¿cómo te va con tu Lucía? le preguntó la abuela, removiendo algo invisible dentro del horno de leña, de cuya boca salían nubes en forma de abanico.

Bueno… a veces sí, a veces no, abuela respondió el nieto, como si las palabras se le pegasen a la lengua. Va como va

A ver, a ver intervino el abuelo Eugenio, con la voz de quien escucha los pasos de duendes en el pasillo. ¿Cómo que así, así? ¿Ya os peleáis, o qué?

De momento, no demasiado. Intentamos ver quién manda en casa soltó Alejandro, casi como en sueños.

Manda narices suspiró la abuela, con media sonrisa, deslizándose por el suelo azul de la cocina. No sé qué tenéis que aclarar. Eso se sabe de sobra.

Eso rió el abuelo. Está claro que la jefa de la familia fue y será siempre la mujer.

Ya, ya… llegó la voz acuosa de Mercedes desde el calor del horno.

Abuelo, ¿pero qué dices? Alejandro miró al abuelo como si nunca lo hubiera visto antes. ¿Estás de chanza o qué?

Qué va cortó Eugenio, dándose golpecitos en la barriga. Pregúntale a tu abuela si no me crees. Vamos, Mercedes, di tú: ¿de quién es la última palabra en esta casa?

No digas sandeces respondió ella, con ternura derretida.

No, en serio insistió el abuelo. ¿Quién es el que decide al final, tú o yo?

Bueno, pues… yo.

¿Cómo? Alejandro ladeó la cabeza, las cejas hechas un nudo. Yo eso nunca lo he visto aquí. A mi parecer, el hombre debe ser siempre el jefe en casa.

Anda, Alejandro, déjate de cuentos volvió a reír el abuelo. En una familia de verdad, las cosas son de otro modo. Mira, te voy a contar unas historias y verás tú.

Historia

¡Ay, ya empieza! murmuró la abuela, y los azulejos temblaron bajo sus pies. Seguro que viene la historia del ciclomotor.

¿Ciclomotor? se asombró Alejandro.

El que se oxida en el cobertizo, sí afirmó el abuelo entornando los ojos, como si mirara una película antigua. Ese va a cumplir cien años. ¿Y tú sabes cómo me convenció tu abuela para comprarlo?

¿Abuela? ¿Convencerte?

Claro. Me dio el dinero. De sus ahorros. Pero primero hubo otra historia.

Una vez, reuní lo suficiente para comprarme un ciclomotor con sidecar. Le digo a Mercedes: quiero el ciclomotor, para traer las patatas del huerto. Antes, el Ayuntamiento nos daba una parcela a las afueras del pueblo.

Tu abuela se puso terca. Que mejor un televisor en color, decía ella, que entonces valían una fortuna. Patatas puedes seguir trayéndolas en la bici, son solo cuatro pedaladas.

Le ponía el saco en el portaequipajes y hale, carretera y manta. Bueno, le digo, tu palabra es la última. Compramos el televisor.

¿Y el ciclomotor? preguntó Alejandro, ya enredado en la cortina de la historia.

El ciclomotor lo compramos… suspiró la abuela, dibujando círculos en el aire. Pero después. Tu abuelo se fastidió la espalda, y yo tuve que acarrear las patatas sola todo el verano.

Y cuando en noviembre sacrificamos a los cerdos, le di todo el dinero de la venta y le dije: vete al pueblo grande a por el ciclomotor ese con sidecar.

Y a la siguiente otoñada nos volvió a entrar dinero continuó Eugenio, ya con los ojos llenos de chispas. Yo dije de levantar un baño nuevo, porque el viejo del abuelo ya se caía a trozos. Pero Mercedes: que mejor gastar en muebles. Que todo quedara bonito, como en las casas de la tele. Bueno, tú decides, le dije. Compramos muebles.

Y con la primavera, el baño se vino abajo completó la abuela. Fue un año de mucha nieve. El techo no aguantó Desde entonces decidí, que lo que diga Eugenio, eso se hará.

¡Lo ves! gritó Alejandro. ¡Así es como debe ser! ¡La última palabra, del hombre!

Eugenio sacudió la cabeza y rompió a reír:

Ay, Alejandro, no te enteras de nada. Antes de hacer nada vengo, y digo: quiero reformar la cocina. ¿Me das tu bendición? Y siempre quedamos como ella diga.

Yo, desde aquella vez, sólo respondo: haz como veas dijo Mercedes, moviéndose como si flotara en el aire caliente de la cocina.

Así que, Alejandro, la última palabra la tiene la esposa sentenció el abuelo, golpeando el suelo con su bastón invisible. ¿Te quedó claro?

Alejandro pensó un rato, de pronto se rió tan fuerte que el perro, Manolo, le ladró en sueños. Se detuvo, pensativo, como si contemplara un reloj sin agujas, y de repente su cara se iluminó.

Ahora sí, abuelo, lo he pillado. Cuando llegue a casa diré: Vale, Lucía, iremos de vacaciones a Benidorm, como quieres. El coche… ya lo arreglaré más adelante, que la caja de cambios hace cosas raras.

Si el coche se estropea, pues ya está. Iremos todo el invierno en autobús al trabajo. Nos levantaremos, qué sé yo, una hora antes. ¿No está mal, eh, abuelo?

Es la mejor decisión posible asintió Eugenio con una carcajada. Ya verás, en un año o dos, alcanzáis el equilibrio en la familia.

Porque la mujer debe ser siempre la jefa. Así vivimos todos más tranquilos. Te lo dice quien ha dormido con ello bajo la almohada muchos sueñosLa abuela, con una sonrisa torcida y las manos aún perfumadas a leña, cerró la puerta del horno despacio. Miró a Alejandro y, tras un segundo, le guiñó un ojo:

Mira, hijo, lo importante es que, en casa, la última palabra no la diga uno solo. Que sea siempre sí, cariño.

Alejandro soltó una carcajada y, por primera vez, entendió el secreto: no era cuestión de quién mandaba, sino de saber ceder, de elegir juntos y de reírse de las guerras pequeñas. De fondo, la cocina olía a pan recién hecho y el perro meneó la cola en sueños, como si también hubiera aprendido algo.

En el pueblo, el viento empezó a agitar los almendros y la abuela sacó una bandeja de patatas asadas, doradas y crujientes.

Vamos, ¡a la mesa! llamó, y todos se sentaron, renovados por la risa y el calor sencillo de la familia.

Mientras el abuelo servía el vino y la abuela partía el pan, Alejandro pensó que, al final, la verdadera última palabra en la casa de los Jiménez era siempre la misma: juntos. Y, sonriendo, supo que esa sí que valía para todos.

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MagistrUm
—¡Vaya, hombre! —exclamó Alejandro—. ¡Así tiene que ser! La última palabra siempre debe tenerla el hombre Por la mañana llegó a casa de los Jiménez, desde Madrid, el nieto mayor, el mismo cuyo enlace apenas habían celebrado. Alejandro venía a buscar patatas, pues siempre ayudó a sus abuelos preferidos tanto a plantarlas como a recogerlas. —Ya me contarás, Alejandro, ¿qué tal te va con tu Lucía? —preguntó enseguida la abuela mientras trajinaba en la cocina. —Bueno, abuela, pues no siempre es fácil… —respondió él, a regañadientes—. Hay de todo… —Espera, espera —intervino el abuelo Juan, visiblemente alerta—. ¿Cómo que de todo? ¿Que ya discutís, o qué? —No, no, de momento aún no. Lo que pasa es que andamos viendo quién lleva la voz cantante en casa —admitió el nieto. —¡Ay, Señor…! —suspiró la abuela con una sonrisa—. Y mira que tenéis cosas que aclarar. Eso debería estar claro desde el principio. —Claro que sí —rió también el abuelo—. Está claro que la jefa de la familia siempre ha sido, y será, la mujer. —Bueno, bueno… —replicó la abuela desde la cocina. —¿Abuelo, en serio? —el nieto miró incrédulo a su abuelo—. ¿Estás bromeando? —Ni mucho menos —zanjó Juan—. Y si no me crees, pregúntale a tu abuela. A ver, Carmen, ¿quién tiene siempre la última palabra en casa? —Anda ya, no digas tonterías —respondió ella con cariño. —Venga, dímelo —insistió Juan—. ¿Quién toma las decisiones definitivas, tú o yo? —Pues… yo. —¿Cómo puede ser? —el nieto no salía de su asombro—. Yo nunca lo he notado, y además, creo que el cabeza de familia siempre debe ser el hombre. —Quita, Alejandro —volvió a reír el abuelo—. En una familia de verdad las cosas no son como crees. Ahora te lo explico con un par de historias, y lo vas a entender. Historia —Ya empezamos… —murmuró resignada la abuela—. Ahora seguro que cuenta lo de la moto. —¿La moto? —se sorprendió el nieto. —La que se está pudriendo en el cobertizo —asintió encantado el abuelo—. Hace más años que Matusalén. ¿Y sabes cómo me hizo tu abuela comprarla? —¿Mi abuela? ¿Ella te obligó? —Sí. Ella misma me dio el dinero, del sudor de su frente. Pero primero pasó otra cosa. Una vez gané lo justo para comprar una moto con sidecar. Le digo a Carmen, tu abuela, que quiero la moto. Con sidecar, para traer las patatas de la huerta. Antes teníamos terreno fuera del pueblo. Tu abuela se encaprichó. Que mejor un televisor en color, que entonces valían un dineral. Dice que las patatas, como siempre, las traiga en la bicicleta. Un saco al cuadro y listo. Bueno, le digo, tú mandas, la última palabra es tuya. Compramos el televisor. —¿Y la moto? —preguntó el nieto, confuso. —La moto la compramos también… —suspiró la abuela—. Pero más tarde. Porque tu abuelo se dejó la espalda y tuve que cargar yo sola con casi todas las patatas. Y cuando en noviembre vendimos los cerdos, le di el dinero y le dije: vete a la capital y trae la moto con sidecar. —Y al año siguiente, en otoño, nos volvió a sobrar algo —siguió el abuelo—. Dije yo que había que arreglar el baño. El viejo, que era de mis padres, ya no se sostenía. Pero tu abuela quería muebles nuevos, como todo el mundo. Bueno, le dije, tú decides. Compramos los muebles. —Y en primavera, el baño se vino abajo —remató la abuela—. Con toda la nieve que cayó, el techo no aguantó… Desde entonces, decidí que siempre haríamos como Juan diga. —¡Eso es! —exclamó Alejandro—. ¡Así se hace! ¡La última palabra la tiene que tener el hombre! —Que no, Alejandro, no lo has entendido —rió el abuelo—. Porque antes de hacer nada, yo voy y le pregunto: quiero cambiar el horno, ¿te parece bien? Y como diga ella, así se hace. —Pues yo, después de aquello, siempre digo: haz lo que mejor veas. —Así que ya ves, Alejandro, en cualquier caso la última palabra la debe tener la mujer —concluyó el abuelo—. ¿Lo captas? Alejandro quedó pensativo, y después empezó a reírse a carcajadas. Cuando se le pasó, asintió iluminado. —Ahora sí lo entiendo, abuelo. Voy a decirle a Lucía, bueno, cariño, pues este año nos vamos a la playa, como tú querías. Y el coche, de momento, sin arreglar. Si se estropea, pues nada… Iremos a trabajar en autobús aunque haya que madrugar. Total, tampoco pasa nada, ¿no? ¿Lo hago bien, abuelo? —Perfecto —asintió Juan divertido—. En unos años, todo acabará encajando. Y la mujer, en casa, siempre debe ser la jefa. Así uno vive más tranquilo. Te lo digo por experiencia…