Querido diario,
Esta tarde, Sofía, mi esposa, me lanzó la pregunta con un tono de complicidad que nunca había escuchado: «¿Te ayudo a sacar la maleta ahora mismo?»
Yo, sorprendido, contesté: «¡Llévala!».
Ella, desconcertada, replicó: «¿Cómo?», como si esperara que mi respuesta fuera una invitación a discutir.
«¡Pues sí! ¿Quieres que te ayude a cargar la maleta ahora mismo?», insistió Sofía.
Yo, cansado de las discusiones inútiles, pensé: «¡Que cada quien cargue su propia maleta!», y, pisando el felpudo de la entrada, salí de la casa con la sensación de que todo había quedado bien, aunque quedara un sabor amargo.
Más tarde, una inesperada noticia sacudió el hogar. Un escáner de la clínica nos anunció que habría un bebé. «¡Vamos a ser padres! exclamó Sofía, mirándome con esa ilusión que siempre ha caracterizado su rostro. ¿No te alegra, cariño?»
Nuria Martínez había llegado a la Facultad de Enfermería cuando yo cursaba el tercer año, junto a Víctor Ríos, procedentes de otra ciudad. El padre de Víctor, militar, fue trasladado a otra guarnición y la familia se mudó. Nuria, que había sido novia de Víctor, se quedó como una fiel amiga de batalla, mientras él desapareció sin dejar rastro tras la mudanza, llevándose los papeles de su último año y sin responder a ninguna llamada.
En medio de esa ausencia, la atenta mirada del profesor de anatomía, Leandro Ortega, comenzó a prestar atención a Nuria. Ella, perspicaz y con una melena rizada que le servía de arsenal, buscaba una salida que no implicara volver al nido familiar con su padre y su madre, pues eso sólo auguraba más problemas.
Para sus padres, la única esperanza era la niña. Y la idea de que una hija pudiera traerles una carga extra les resultaba intolerable: «¡Una boca más y los gastos se disparan!», decían. En una familia numerosa, los niños de colores, los ponis rosa y los juguetes estrambóticos nunca son bien recibidos.
Ante la falta de una solución, surgió la figura del hombre maduro, el señor Joaquín, un tío de treinta años sin hijos. No había secreto de que la familia de Leandro nunca había tenido descendencia.
Nuria, entonces, inició una relación clandestina con el casado Leandro. Al notar que él no se preocupaba mucho por los métodos anticonceptivos, concluyó que él deseaba ser padre. «Bueno, Leandro, cumpliré tu deseo y serás un padre feliz», se dijo a sí misma mientras se entregaba al plan.
Tras un mes y medio, Nuria quiso dar la buena nueva a su amante. Podía decir que el bebé había nacido prematuro, pero el hombre sensato no lo notaría y la niña no sabría de nada. Todo estaba preparado con esmero: una cena ligera en un ambiente festivo, pues Nuria alquilaba una habitación en casa de una anciana, Doña Carmen, por una módica cantidad.
Doña Carmen, viuda y bastante liberal en cuestiones íntimas, no se oponía a los encuentros de Nuria con sus amantes, siempre que le pagara la luz y le ofreciera algún dulce de vez en cuando. La vida de los pensionistas ya no es fácil, y los precios de las farmacias y los supermercados son cada vez más altos.
Una noche, mientras Leandro bebía una copa de vino y Nuria bebía un sorbo, ella le mostró una prueba de embarazo positiva al estilo de las series y exclamó: «¡Vas a ser padre! ¿No te alegra, cariño?»
Leandro, sin embargo, no reaccionó como ella esperaba. No la llevó a bailar, no la abrazó, ni le propuso matrimonio. Tras un breve silencio, simplemente dijo: «¡No estoy preparado!».
«¿Para qué no estás preparado? le preguntó Nuria, sorprendida. Siempre has sido tan listo como un pionero».
«Para el niño», contestó él.
«¿Entonces estabas listo para concebir pero ahora no?», replicó ella con una sonrisa forzada.
Leandro se marchó sin decir más. Nuria, furiosa, lo llamó «¡maldito profesor!», usando la vulgaridad que su familia no temía. No obstante, él no era un villano sin corazón; simplemente era infértil. Ese hecho explicaba que el niño no podía ser suyo. Además, Leandro recordaba la relación anterior de Nuria con Víctor, lo que completó el rompecabezas.
Su infertilidad se debía a una parotiditis infantil que le había dejado secuelas. Tras tres años de matrimonio, la esposa de Leandro no había podido quedar embarazada, y el análisis de esperma reveló una escasez de espermatozoides que apenas se movían. Sólo se necesitaba uno vigoroso para concebir, y cuando no lo había, la pareja guardaba ese secreto bajo llave, fingiendo que buscaban una solución.
Pensaron en adoptar a un niño del hogar, mientras vivían tranquilamente. El padre de Leandro, ya enfermo de cáncer, no conocía su impotencia y seguía recibiendo elogios de los vecinos, con la ilusión de que pronto sería abuelo.
Al final, decidieron que el padre debía partir en paz, pues el conocimiento de esas carencias sólo aumentaba el dolor. Leandro y Sofía, a diferencia de muchos, se amaban sinceramente y su leve infidelidad, según ellos, sólo reforzaba su vínculo.
Cuando Nuria anunció su embarazo, el interés del profesor por ella menguó. Así que ella, sin que él lo supiera, se presentó en su casa y le reveló la verdad sobre su supuesta gran amor. Sofía, equilibrada como siempre, respondió con frialdad: «Llévala».
«¿Qué maleta?», pensé yo, mientras ella, pisando el felpudo, respondía: «¡Que cada quien cargue su propia maleta!». La noche se cerró con un escáner que anunciaba: «¿En quién confías, Sofía?». Yo, sorprendido, respondí que no tenía pruebas, pero que yo era un buen marido.
Nuria, que había dejado de ser una estudiante para buscar trabajo, consiguió empleo en un centro de salud como operadora telefónica. Con los treinta mil euros que le entregó el abuelo de Leandro, sumado al capital por maternidad y la ayuda del Estado, pudo ahorrar y abrir una cuenta. Finalmente, ingresó al programa de guardería y su hija, una niña de siete meses, se instaló allí.
Un año después, la madre de Leandro, fallecida, dejó un legado de recuerdos. El abuelo Yuri, con su enfermedad avanzada, había prometido a Nuria una ayuda mensual de treinta euros, aunque nunca cumplió. Cuando Nuría asistió a los funerales, la niñera que la acompañaba le impidió subir al autobús, y la puerta se cerró bajo su puño.
A pesar de todo, Nuría siguió adelante, combinando estudios a distancia y trabajo. Su hija creció sana, y Sofía, después de un año, quedó embarazada de nuevo, gracias a la repentina recuperación de la fertilidad de Leandro. Así nació un niño que llenó de alegría el hogar.
Hoy, al cerrar este relato, me queda claro que la vida nos pone pruebas inesperadas, pero la honestidad y la responsabilidad son los pilares que nos mantienen firmes. He aprendido que, aunque los caminos se crucen y se enreden, la verdad siempre debe ser la guía.
Hasta la próxima, querido diario.





