Valeria fregaba los platos en la cocina cuando entró Iván. Antes de hacerlo, apagó la luz.
Todavía entra luz, no hace falta gastar electricidad gruñó con el ceño fruncido.
Quería poner la lavadora dijo Valeria.
Por la noche la pones contestó seco Iván. Cuando la luz es más barata. Y no abras el grifo tan fuerte al fregar. Gastas una barbaridad de agua, Valeria. Demasiado. Así derrochas nuestro dinero. ¿No lo entiendes?
Iván cerró el grifo hasta dejar un hilo de agua. Valeria lo miró con tristeza, apagó el grifo, se secó las manos y se sentó a la mesa.
Iván, ¿te has mirado alguna vez desde fuera? preguntó.
Todos los días no hago más que mirarme desde fuera respondió Iván, clavando la mirada con fastidio.
¿Y qué ves? insistió Valeria.
¿Como persona? matizó Iván.
Como marido y padre.
Pues un marido normal. Un padre normal. Lo de siempre, sin más. Ni el mejor, ni el peor. Como todos. ¿Por qué me atacas?
¿Quieres decir que todos los maridos y padres son como tú? volvió a preguntar Valeria.
¿Qué buscas con esto? ¿Pelear?
Valeria presentía que ya no había vuelta atrás, que aquel diálogo debía continuar, hasta que él comprendiera de una vez lo dura que era la convivencia.
¿Sabes por qué no me has dejado aún, Iván? preguntó.
¿Y por qué iba a dejarte? respondió con una sonrisa torcida.
Porque no me quieres dijo Valeria con calma. Ni tú ni a los niños.
Iván se apresuró a replicar, pero ella lo interrumpió:
No digas que no es verdad. Porque no quieres a nadie, Iván. No vamos a discutir sobre eso, no merece la pena. Yo quería hablarte de otra cosa. De por qué a pesar de todo no nos dejas.
Venga, ilumíname espetó Iván.
Por codicia dijo ella. Por pura avaricia. Porque para ti, separarte de mí sería como perder una fortuna. Llevamos ¿cuánto? ¿Quince años? Y en todo este tiempo, ¿qué hemos conseguido? Más allá de ser pareja y tener hijos, ¿qué hemos logrado?
Toda la vida por delante… murmuró Iván.
No, Iván respondió Valeria. Nos queda la vida que queda. Y dime, ¿alguna vez hemos ido a la playa de vacaciones? ¿Siquiera dentro de España? Nunca. Pasamos todos los veranos en casa. Ni siquiera vamos a por setas al campo. Porque todo es caro, siempre lo mismo.
Porque ahorramos replicó Iván. Para el futuro.
¿AhorraMOS? ¿O ahorraS tú?
Por vosotros lo hago respondió Iván.
¿Por nosotros? ¿En serio? ¿De verdad durante quince años has ido guardando todo el dinero para mí y para los niños?
Pues claro. ¿Sabes cuánto tengo ya ahorrado?
¿Tenemos? Quizá tú. Yo no he visto un duro. Bueno, a lo mejor no me entero… Hagamos la prueba. Dame dinero para comprarle ropa nueva a los niños y a mí. Porque llevo quince años poniéndome lo que tenía en la boda y lo que me pasa la mujer de tu hermano. Igual que los críos, siempre la ropa de sus primos mayores. Y sobre todo, quiero alquilar un piso para nosotros. Ya me cansé de vivir en casa de tu madre.
Mi madre nos dio dos habitaciones, no tienes derecho a quejarte replicó Iván. Y la ropa… ¿para qué más, si la de mis sobrinos está perfecta para nuestros hijos?
¿Y yo? ¿De quién heredo la ropa? ¿De tu cuñada?
¿Y para quién tienes que arreglarte tú? afirmó Iván. Ridículo. Tienes treinta y cinco; madre de dos niños. Piensa en cosas importantes.
¿Y en qué debo pensar?
En el sentido de la vida. Hay cosas más valiosas que lo material.
¿Y a eso llamas guardar dinero sólo en tu cuenta y no darnos nada? ¿Para un futuro feliz, dices? ¿Para que maduremos espiritualmente, no?
Porque si os doy el dinero lo gastáis todo vociferó Iván. ¿Y si pasa algo? ¿Qué haríamos entonces?
¿Y entonces cuándo viviremos, Iván? Porque a veces parece que ese por si acaso tuyo ya nos ha alcanzado, y vivimos como si el desastre ya hubiera llegado.
Iván miró con odio, callado.
Ahorras hasta en el jabón, el papel higiénico y las servilletas prosiguió Valeria. Te llevas el jabón y la crema del trabajo, la que os dan allí.
Un euro ahorrado, euro bien empleado. Todo empieza por detalles afirmó seco Iván. Gastar en chorradas es absurdo.
Al menos pon un plazo, Iván. ¿Cuánto más hay que aguantar? ¿Diez, quince, veinte años más? ¿Cuándo pensabas que podríamos vivir bien: con papel higiénico bueno, por ejemplo? Tengo treinta y cinco… ¿A qué edad empiezan las personas a vivir?
Iván callaba.
¿Cuarenta? ¿Ahí sí puedo comprarme un vestido nuevo? ¿O tampoco? ¿Cincuenta? ¿Sesenta, quizá? Con suerte habrá en la cuenta miles de euros, y entonces sí podremos gastarlo en vivir. Y comprar ropa nueva. ¿Ves bien esa edad, Iván?
Sin respuesta.
¿Y si no llegamos a los sesenta juntos? ¿No lo has pensado nunca? Comemos mal porque comprar mejor también es caro, y al final engullimos peor comida, sólo porque es más barata y llena. ¿De verdad crees que la salud no importa? Pero no te hablo de eso, sino de nuestro ánimo. Siempre estamos malhumorados, ¿no te das cuenta? La gente amargada vive menos.
Si nos vamos de casa de mi madre y queremos comer bien, no podemos ahorrar dijo Iván.
No, no podríamos asintió Valeria. Y por eso me marcho. Estoy harta de ahorrar. No quiero seguir. Tú sigue ahorrando, pero yo no.
¿Pero cómo vas a vivir? preguntó horrorizado Iván.
Pues como hasta ahora, solo que mejor respondió Valeria. Alquilaré un piso para los niños y para mí. Mi sueldo es tan bueno como el tuyo. Me llega para alquiler, comida y hasta ropa. Y sobretodo, no tendré que escuchar más tus sermones sobre la electricidad o el agua. Pondré la lavadora cuando me apetezca. Si me olvido la luz en la cocina, no me mortifico. Comprar papel higiénico suave, servilletas de papel, ir al supermercado y elegir lo que me apetezca sin esperar a las rebajas. Así viviré.
¡No tendrás ni para ahorrar! dijo Iván con horror.
¿Por qué no? respondió Valeria. De hecho, sí ahorraré. La pensión que pases para los niños, me la guardo. Bueno… en realidad, no. Gastaré todo, y sus pensiones también. Viviré de día en día. Y los fines de semana los niños irán contigo y con tu madre, así ahorro aún más. Yo entonces saldré a teatros, restaurantes, museos, y en verano me iré al mar. Aún no he decidido a cuál, pero lo haré. En cuanto me vea libre de ti.
Iván sintió un sudor frío; el miedo le oprimió el pecho. No pensaba en Valeria, ni en sus hijos. Temía por él. Calculó rápidamente cuánto le quedaría descontando la pensión y los gastos. Pero lo que más le dolió fue imaginar a Valeria gastando en vacaciones, lo cual le parecía un derroche de su dinero.
Hay algo más, Iván añadió Valeria. Lo que haya en esa cuenta de ahorros, lo dividiremos.
¿Cómo? preguntó él confuso.
A partes iguales dijo Valeria. Lo que hay acumulado en quince años lo gastaré también. No quiero ahorrar para la vida, sino vivirla.
Iván movió los labios, mudo de pánico, incapaz de pensar o de replicar.
¿Sabes cuál es mi sueño, Iván? dijo Valeria suavemente. Llegar al final y no tener ni un euro en la cuenta. Así sabré que he gastado mi vida en disfrutarla.
Dos meses después, Iván y Valeria se separaron.
Aprender a vivir no es esperar al momento perfecto, ni guardar el tiempo y el dinero como si la felicidad siempre estuviera a la vuelta de la esquina. La vida es ahora, y es urgente aprender a vivirla antes de que pase de largo.







