Aurora está fregando los platos en la cocina cuando entra Enrique. Antes de aparecer, apaga la luz de la cocina.
Todavía hay bastante luz. No hace falta malgastar la electricidad murmura con gesto serio.
Quería poner la lavadora ahora dice Aurora, sin dejar de mirar los platos.
La pondrás de noche responde seco Enrique. Cuando la luz es más barata. Y no abras tanto el grifo, mujer, gastas demasiada agua, Aurora. Muchísima. Así no se puede. ¿No te das cuenta de que así tiras nuestro dinero por el desagüe?
Enrique baja la presión del agua. Aurora, resignada, apaga el grifo del todo, se seca las manos y se sienta a la mesa.
Enrique, ¿alguna vez te has mirado a ti mismo desde fuera? pregunta.
Todos los días contesta Enrique con mal genio. Qué pregunta.
¿Y qué ves? insiste Aurora.
¿Como persona? aclara él.
Como marido y padre.
Un marido como cualquier otro responde Enrique. Un padre normal. Del montón. Ni el mejor ni el peor. Como todos. ¿Por qué lo cuestionas?
¿De verdad crees que todos los maridos y padres son como tú? pregunta Aurora.
¿A dónde quieres llegar? gruñe Enrique. ¿Quieres bronca?
Aurora se da cuenta de que ya no hay marcha atrás y que tiene que continuar la conversación hasta que a Enrique le quede claro que vivir con él es un suplicio.
¿Sabes por qué no te has ido de casa todavía? le pregunta Aurora.
¿Y por qué tendría que irme? responde Enrique, sonriendo de lado.
Al menos porque no me quieres dice Aurora. Tampoco quieres a tus hijos.
Enrique está a punto de replicar, pero Aurora lo interrumpe.
No digas que no es cierto. En realidad, no quieres a nadie. Pero no es eso lo que quería decirte, sino por qué aún no nos has dejado a mí y a los niños.
Pues dime, ¿por qué? pregunta Enrique.
Por puro tacaño responde Aurora. Por tu avaricia desmedida. Porque para ti, Enrique, separarte de mí sería una gran pérdida económica. Llevamos juntos quince años, ¿no? Dime, ¿qué hemos conseguido todo este tiempo? Y no me digas que ser esposos y tener hijos. Me refiero a qué hemos logrado juntos en este tiempo.
Nos queda toda la vida por delante suelta Enrique.
No, Enrique, no toda. Solo lo que queda. En todo este tiempo, ni una sola vez hemos ido juntos a la playa. Ni una sola. Ya ni hablo de viajes fuera de España. Pero en nuestro propio país, jamás hemos hecho ni una escapada. Todos los veranos los pasamos aquí, en Madrid. Ni siquiera salimos a buscar níscalos al campo. ¿Y por qué? Porque todo es caro.
Porque ahorramos replica Enrique. Para el futuro.
¿Ahorramos? se sorprende Aurora. ¿O ahorras tú?
Es por vosotros responde Enrique.
¿Por nosotros? pregunta Aurora con seriedad. ¿De verdad cada mes, durante quince años, apartas el dinero de todos pensando en mí y en los niños?
¿Para quién sino? responde Enrique. Gracias a mí tenemos un buen colchón en el banco, ¿eh?
¿Nosotros? vuelve a preguntar Aurora, incrédula. Quizás tú tienes ahorros, pero yo… En fin. Igual no entiendo algo. Vamos a hacer la prueba. Dame dinero, quiero comprar ropa nueva para mí y para los niños. Llevo quince años usando lo que tenía cuando me casé y lo que me fue pasando tu cuñada. Y lo mismo los niños, que heredan todo de sus primos. ¡Y sobre todo! Quiero alquilar por fin un piso, cansada ya de vivir en casa de tu madre.
Mi madre nos ha dado dos habitaciones replica Enrique. No te puedes quejar. Y lo de la ropa, ¿para qué gastar en tonterías? Si la ropa de los primos mayores está perfecta para los nuestros.
¿Y yo? pregunta Aurora. ¿La ropa vieja de quién me toca a mí? ¿De tu cuñada?
¿Para quién te vas a arreglar? responde Enrique. Es absurdo. ¡Eres madre de dos hijos! Ya tienes treinta y cinco años. No está la cosa para pensar en trapitos.
¿Y en qué tengo que pensar, entonces? pregunta Aurora.
En el sentido de la vida dice Enrique. En que hay cosas más importantes que la ropa o cualquier otra tontería de mujeres. ¡Cosas grandes! Verdaderamente valiosas.
¿De qué hablas ahora? pregunta sin entender Aurora.
Del desarrollo espiritual contesta Enrique. De lo que realmente importa. De elevarte más allá de esas pequeñas preocupaciones de ropa, vivienda y demás.
Ya veo dice Aurora. Por eso todo el dinero está en tu cuenta y nunca nos das nada. Para nuestro futuro feliz. Para que avancemos espiritualmente juntos, ¿no es así?
Porque no se os puede confiar nada estalla Enrique. Lo gastáis todo enseguida. ¿Y si pasa algo? ¿De qué vamos a vivir? ¿Lo has pensado?
¿De qué vamos a vivir si pasa algo? repite Aurora irónica. Buena, Enrique, muy buena pregunta. Pero dime, ¿cuándo va a ser eso? ¿Cuándo vamos a empezar, ya sabes… a vivir? Porque ya parece que estamos viviendo como si ese por si acaso fuera ya nuestro día a día.
Enrique guarda silencio, mirando a Aurora con rabia.
Ahorras incluso en el jabón, el papel higiénico y las servilletas sigue Aurora. Traes a casa jabón y crema de manos del trabajo, lo que os dan ahí.
Un céntimo ahorrado, un euro ganado responde Enrique, tajante. Todo empieza por los detalles. Gastar en jabón caro, cremas o servilletas es una tontería.
Pues dime al menos un plazo aproximado: ¿cuánto más hay que aguantar? ¿Diez años? ¿Quince? ¿Veinte? ¿Cuánto vas a seguir ahorrando para que vivamos, por fin, como personas normales? ¿Con buen papel higiénico? Ahora tengo treinta y cinco, ¿todavía no ha llegado el momento?
Enrique sigue en silencio.
A ver si lo adivino continúa Aurora. ¿Cuarenta años? Eso es, podremos empezar a vivir cuando yo tenga cuarenta, ¿no?
Enrique no responde.
Claro, qué tontería la mía añade Aurora. ¿Quién empieza a vivir a los cuarenta? Soy una ingenua. ¿Y a los cincuenta? ¿A los cincuenta sí podré estrenar ropa nueva?
Enrique, mudo.
Tampoco, ¿verdad? dice Aurora con resignación. De hecho, igual tienes razón. ¿Y si pasa algo y acabamos pidiendo limosna solo por gastar antes de tiempo en papel higiénico bueno? A los cincuenta es muy pronto. ¿A los sesenta mejor? ¿Cuánto habrá en la cuenta para entonces? Un dineral. ¡Qué bien viviremos entonces! ¿Podré comprar ropa nueva?
Enrique no dice nada.
Mira, Enrique la voz de Aurora tiembla de inquietud. ¿Y si no llegamos a los sesenta? Perfectamente puede ocurrir. Comemos fatal por tu tacañería y compramos comida mala y barata, que solo llena y no alimenta. ¿Nunca has pensado que eso nos está quitando años de vida? Y lo peor, vivimos siempre de mal humor. ¿No lo notas? La gente así no suele llegar muy lejos.
Si nos independizamos y comemos bien, no podríamos ahorrar responde Enrique.
Exactamente coincide Aurora. Y por esa razón me voy de tu lado. Estoy harta de ahorrar. No quiero hacerlo más. A ti te encanta coleccionar euros, pero a mí no.
¿Y cómo vas a vivir? pregunta Enrique, horrorizado.
Seguro que mejor contesta Aurora. Alquilaré un piso para mí y los niños. Mi sueldo, igual que el tuyo, me da de sobra. Me llegará para la casa, ropa y comida. Y, lo mejor, no tendré que aguantar tus discursos sobre la electricidad o el agua. Poner la lavadora de día, y si me olvido la luz encendida, pues mira, tampoco es el fin del mundo. Y compraré el mejor papel higiénico y en mi mesa siempre habrá servilletas de papel. Y podré comprar en el súper lo que me dé la gana sin esperar a las rebajas.
¡No vas a poder ahorrar nada! se alarma Enrique.
¿Cómo que no? responde Aurora. Sí que podré. Lo que sobre de tu manutención de los niños. Pero tienes razón, en realidad no voy a ahorrar. No porque no pueda, sino porque no me da la gana. Me gastaré todo, incluso la pensión que me pases. Hasta el último euro. Viviré de una nómina a otra. Y los fines de semana os llevaré a los niños a ti y a tu madre. ¿Sabes lo que me ahorro? En esos ratos saldré al teatro, a restaurantes, a exposiciones. Y en verano me iré a la playa. No sé aún a dónde, pero acabaré decidiéndome. Cuando me libere de ti, lo decidiré.
A Enrique se le nubla la vista, le entra el pánico. No por Aurora ni por los niños. Por él. Calcula enseguida cuánto le quedará tras pagar la pensión y los extras de los niños los fines de semana. Pero lo que más le duele es pensar en el dinero que Aurora gastará en veranear en la playa. Para Enrique, eso no son solo euros tirados, es que siente que son sus euros.
Y no te he dicho lo principal continúa Aurora. Esa cuenta donde tienes todo el dinero la vamos a repartir.
¿Cómo que a repartir? no entiende Enrique.
A partes iguales responde Aurora. Todo lo ahorrado en quince años. Y también lo gastaremos. Yo no voy a ahorrar para mi vida, Enrique. Voy a vivir ya.
Enrique mueve los labios pero no le sale ni una palabra. El pánico le paraliza.
¿Sabes cuál es mi sueño, Enrique? dice Aurora. Quiero, cuando llegue mi hora, no tener ni un euro en mi cuenta. Así sabré que lo he aprovechado todo para disfrutar mi vida.
Dos meses después, Enrique y Aurora firman el divorcio.







