Valeria fregaba los platos en la cocina cuando entró Iván. Antes de eso, él apagó la luz. —Todavía hay suficiente luz y no hace falta gastar electricidad— gruñó Iván con cara de pocos amigos. —Quería poner la lavadora— respondió Valeria. —La pondrás por la noche— contestó Iván seco— Cuando la electricidad es más barata. Y no hace falta abrir tanto el grifo cuando uses el agua. Gastas demasiado, Valeria. Muchísimo. Así no puede ser. ¿De verdad no entiendes que así tiras nuestro dinero por el desagüe? Iván bajó la presión del grifo. Valeria miró a su marido con tristeza, apagó el agua, se secó las manos y se sentó a la mesa. —Iván, ¿has intentado alguna vez mirarte desde fuera?— preguntó ella. —Cada día, no hago otra cosa— respondió Iván con rabia. —¿Y qué puedes decir de ti?— insistió Valeria. —¿Como persona?— preguntó Iván. —Como marido y como padre. —Marido como marido, padre como padre— contestó Iván— Normal. Como todo el mundo. Ni mejor ni peor. ¿Por qué me acosas? —¿Quieres decir que todos los maridos y padres son como tú?— le recriminó Valeria. —¿Qué pretendes? ¿Quieres discutir?— dijo Iván. Valeria sabía que no había vuelta atrás y que tenía que seguir la conversación hasta que él, al fin, comprendiera que vivir con él era un suplicio. —¿Sabes por qué no me has dejado todavía, Iván?— preguntó ella. —¿Y por qué tendría que dejarte?— respondió Iván, esbozando una sonrisa torcida. —Al menos porque no me quieres. Ni a mí, ni a nuestros hijos— respondió Valeria. Iván quiso replicar, pero Valeria continuó. —No digas que no es verdad. No quieres a nadie. Ni vale la pena discutirlo, no hay que perder tiempo. Yo quería hablarte de otra cosa: de por qué aún no nos has dejado. —¿Y por qué?— preguntó Iván. —Por tu tacañería, Iván. Porque eres tan sumamente avaro que separarte de mí sería para ti una pérdida económica enorme. ¿Cuánto llevamos juntos? ¿Quince años? ¿En qué se han invertido todos estos años? ¿Qué hemos logrado? Al margen de casarnos y tener hijos, ¿qué hemos conseguido en estos quince años? —Aún nos queda toda la vida, Valeria— dijo Iván. —No, Iván— corrigió Valeria— No toda. Solo lo que queda. Durante todo este tiempo, Iván, nunca hemos ido de vacaciones al mar. Nunca. Ni siquiera dentro de España, ya no digo al extranjero. Siempre de vacaciones en la ciudad. Ni una vez hemos ido siquiera a recoger setas al campo. ¿Por qué? Porque es caro. —Porque ahorramos para el futuro— argumentó Iván. —¿Ahorramos? ¿O tú ahorras?— inquirió Valeria. —Es para vosotros— insistió Iván. —¿Para nosotros?— repitió Valeria, muy seria— ¿De verdad para mí y para los niños? ¿Quince años dedicados a reunir cada mes mi dinero y el tuyo en una cuenta para nosotros? —Claro. ¿Sabes cuánto tenemos ahorrado?— presumió Iván. —¿Tenemos? ¿O tienes tú? A ver…, vamos a comprobarlo. Dame dinero para comprar ropa para mí y los niños. Hace quince años que visto lo mismo con lo que me casé o la ropa que me pasa tu cuñada. Igual que los niños, siempre heredan de sus primos. ¡Y lo más importante! Voy a alquilarme por fin un piso propio, porque estoy harta de vivir en casa de tu madre. —Mi madre nos ha dado dos habitaciones— respondió Iván. No te quejes de ella. Y ¿para qué gastar en ropa para los niños si los hijos de mi hermano mayor ya crecieron y su ropa les sirve? —¿Y yo? ¿De quién heredo la ropa? ¿De tu cuñada? —¿Y para quién vas a arreglarte?— protestó Iván— Es ridículo. Eres madre de dos hijos, ya tienes treinta y cinco años. No deberías pensar en trapitos. —¿Y en qué debería pensar?— replicó Valeria. —En el sentido de la vida— respondió Iván. En cosas más importantes que ropa, piso y demás chorradas. En el desarrollo personal, en lo verdaderamente valioso. —Ya veo— ironizó Valeria— Por eso guardas todo el dinero en tu cuenta y no nos das nada. Para nuestro feliz futuro. Para que crezcamos espiritualmente. ¿Es así? —Porque no se os puede confiar nada— gritó Iván— Os lo gastaríais todo de golpe. ¿Y si pasa algo? ¿De qué viviríamos? —¿De qué viviríamos si pasa algo? Muy bueno, Iván. ¡Pero dime, cuándo vamos a empezar eso de “vivir”? ¿No ves que ya vivimos como si ese “si pasa algo” hubiera ocurrido? Iván la miraba con odio. Valeria siguió. —Hasta en el jabón, el papel higiénico y las servilletas ahorras. Te traes el jabón y la crema del trabajo. —Un euro ahorrado, un euro ganado— gruñó Iván— Todo empieza por las pequeñas cosas… —¿Al menos podrías decirme cuánto más vamos a aguantar así? ¿Diez, quince, veinte años más? ¿Cuándo vas a parar de ahorrar para que podamos vivir como personas? ¿Ahora con treinta y cinco años es demasiado pronto? ¿Quizás a los cuarenta podré tener papel higiénico bueno? Iván callaba. —Déjame adivinar— continuó Valeria— ¿Cuarenta? ¿No? ¿Cincuenta quizás? Y si gastamos antes en papel higiénico bueno y luego nos arruinamos, ¿qué? Mejor seguir esperando. ¿Sesenta? Quizás entonces podremos empezar de verdad… Iván seguía callado. —¿Y si no llegamos a los sesenta?— preguntó Valeria preocupada— Comemos fatal, porque tu tacañería no nos deja comprar bueno y encima comemos demasiado de cosas baratas que llenan pero no alimentan. ¿No te has planteado que eso es malo? Pero lo peor, Iván, es que estamos siempre de mal humor y así no se vive mucho tiempo. —Si nos vamos de casa de mi madre y comemos bien, no podremos ahorrar— señaló Iván. —Cierto— convino Valeria— Por eso me voy de ti. Estoy harta de ahorrar. No quiero seguir haciéndolo. A ti te gusta, a mí no. —¿Y cómo vas a vivir?— se escandalizó Iván. —Como sea— contestó Valeria— No peor que ahora. Alquilaré un piso para mí y para nuestros hijos. Mi sueldo es igual al tuyo. Me llegará para ropa, comida… Y lo mejor de todo, no tendré que aguantarte hablando de ahorrar luz, gas o agua. Pondré la lavadora de día, y no me angustiaré si me olvido una luz encendida. Comprar é el mejor papel higiénico y siempre habrá servilletas en mi mesa. Y me compraré lo que me apetezca sin esperar rebajas. —¡No vas a poder ahorrar nada!— gritó Iván. —¿Por qué no? Muy bien podré. Tus pensiones para los niños, eso ahorraré. Aunque… tienes razón, Iván, probablemente no ahorre nada. No porque no pueda, sino porque no quiero. Gastaré todo. Incluso tu dinero. Viviré de nómina en nómina. Y los fines de semana los niños se quedarán contigo y con tu madre. ¡Imagínate el ahorro para mí! Mientras, yo iré al teatro, al restaurante, a exposiciones… E incluso iré a la playa. Aún no he decidido adónde, pero lo haré cuando por fin me libre de ti. A Iván le dio un vuelco el corazón. No por Valeria ni por los niños, sino por él mismo. Mentalmente calculó cuánto le quedaría tras la pensión alimenticia y los gastos de los fines de semana. Pero lo peor era que Valeria gastaría dinero en viajes. En SU dinero. —No te he dicho lo mejor, Iván— continuó Valeria— El dinero de la cuenta lo vamos a dividir. —¿Dividir? ¿Cómo?— no entendía Iván. —A medias— respondió Valeria— ¿Cuánto has acumulado en quince años? Seguro que una buena suma. La voy a gastar. No voy a ahorrar para vivir, Iván. Voy a vivir ahora. Iván movía los labios sin lograr articular palabra. Estaba paralizado por el terror de lo que acababa de oír. —¿Sabes cuál es mi sueño, Iván?— concluyó Valeria— Que cuando me toque irme de este mundo, no me quede ni un euro en la cuenta. Así sabré que me lo he gastado todo disfrutando de la vida. Dos meses después, Iván y Valeria se divorciaron.

Marina friega los platos en la cocina cuando entra Javier. Antes apaga la luz de la estancia.
Todavía hay bastante claridad. No hace falta gastar electricidad murmura con gesto avinagrado.
Quería poner una lavadora dice Marina.
La pones por la noche responde seco Javier. Cuando la tarifa es más barata. Y no abras tanto el grifo, gastas demasiada agua, Marina. Muchísima. Así no puede ser. ¿No comprendes que tiras nuestro dinero por el desagüe?
Javier baja la presión del agua. Marina, resignada, apaga el grifo, se seca las manos y toma asiento.
Javier, ¿alguna vez te has contemplado desde fuera? le pregunta.
Me veo todos los días desde fuera dice Javier, hosco.
¿Y qué opinas de ti? insiste Marina.
¿Como persona? pregunta Javier.
Como esposo y padre.
Esposo como cualquier otro contesta Javier. Y padre igual. Normal, corriente. Ni mejor ni peor. Como todos. ¿Por qué me atacas?
¿Dices que todos los maridos y padres son como tú? pregunta Marina.
¿Qué es lo que buscas? ¿Quieres pelea?
Marina sabe que no hay vuelta atrás, que tiene que proseguir la conversación hasta que él entienda que vivir juntos es insoportable.
¿Sabes por qué no te has ido aún de mi lado, Javier? dice Marina.
¿Y por qué iba a hacerlo? responde Javier, esbozando una mueca.
Porque no me quieres, Javier. Y tampoco a nuestros hijos.
Él abre la boca para protestar, pero Marina sigue.
Y no digas que no es así. No amas a nadie. No lo discutamos, no merece la pena. Quiero contarte otra cosa, la verdadera razón por la que no nos has dejado.
¿Ah, sí? ¿Y cuál es? pregunta Javier.
Por tu tacañería responde Marina. Por tu extrema avaricia. Separarte de nosotros supondría, para ti, una gran pérdida económica. ¿Cuánto llevamos juntos? ¿Quince años? ¿Y en qué han consistido todos estos años? ¿Qué hemos conseguido? Aparte de ser marido y mujer, de tener hijos. ¿Qué logros?
Nos queda toda la vida por delante dice Javier.
No toda, Javier. Lo que nos queda es menos de lo que piensas. En quince años no hemos ido nunca a la playa juntos. Nunca. Ni viajes fuera del país te pido, pero ni un verano en la costa aquí en España. Siempre de vacaciones en Madrid. Ni al campo a por setas… ¿Por qué? Porque es caro.
Porque estamos ahorrando replica Javier. Para nuestro futuro.
¿”Estamos”? Marina arquea una ceja. ¿Seguro que no eres solo tú?
Lo hago por vosotros insiste Javier.
¿De verdad? ¿Por mí y los niños? ¿Llevas quince años reservando cada mes tu salario y el mío a un fondo para nosotros?
¿Y quién si no? ¿Sabes lo que tenemos ahorrado gracias a mí?
¿Tenemos?… ¡Tendrás tú! Pero vamos a comprobarlo. Dame dinero, por favor, quiero comprar ropa nueva para mí y los niños. Llevo quince años usando lo que tenía cuando me casé contigo y lo que tu cuñada me va pasando. Los niños igual, siempre ropa heredada de sus primos mayores. ¡Y lo peor! Quiero alquilar un piso para nosotros. Estoy cansada de vivir en casa de tu madre.
Mi madre nos ha dejado dos habitaciones dice Javier. No tienes derecho a quejarte. Y gastar en ropa nueva… ¿para qué, si la de mis sobrinos está perfecta para nuestros hijos?
¿Y yo? Marina le mira fija. ¿De quién debería heredar la ropa? ¿De tu cuñada también?
¿Y para quién te tienes que arreglar? se burla Javier. Ya tienes treinta y cinco años y eres madre de dos niños. No toca pensar en trapos.
¿Y en qué debo pensar? pregunta Marina.
En el sentido de la vida. Hay cosas más importantes que la ropa, que todas esas banalidades. Cosas elevadas, que merecen verdadera atención.
¿De qué hablas ahora? Marina entrecierra los ojos.
Del desarrollo espiritual afirma Javier. Hay que superarse más allá de la preocupación por lo material: el piso, la ropa
Ya veo suspira Marina. Por eso todo lo guardas en tu cuenta y nunca vemos un euro. ¿Para nuestro desarrollo espiritual y nuestro futuro feliz, correcto?
Porque no os lo puedo confiar estalla Javier. Os lo gastaríais todo. ¿Y si pasa algo? ¿Cómo viviríamos?
¿Cómo viviríamos si pasa algo? repite Marina, irónica. Buena pregunta, Javier. ¿Y cuándo vamos a empezar a vivir? Porque, viendo cómo estamos ahora, es como si tu temido “por si acaso” ya estuviera aquí.
Javier la observa con el ceño fruncido.
Ahorras hasta en el jabón y el papel higiénico. Traes jabón y crema de manos robados del trabajo.
El céntimo cuida el euro espeta Javier. Todo empieza por lo pequeño. Gastar en jabones caros, cremas o papel… absurdo.
Al menos, dime cuánto tiempo más debe durar esto Marina le mira con lágrimas contenidas. ¿Diez años? ¿Quince? ¿Veinte? ¿Hasta cuándo piensas ahorrar antes de empezar a vivir de verdad? ¿Cuando ya tenga cuarenta? ¿Eso es vivir?
Javier calla.
Igual a los cincuenta, ¿no? Porque a esa edad seguro que ya hemos acumulado mucho. ¿Y entonces podré comprar ropa nueva para los niños y para mí?
Javier sigue en silencio.
A los sesenta entonces… Quizá a los sesenta podamos empezar a vivir. ¿No te parece? Para entonces tendremos una buena cantidad. Y yo, por fin, podré elegir un vestido bonito.
Javier sigue sin decir palabra.
¿Sabes qué pienso, Javier? Que igual ni llegamos a los sesenta. Con tu tacañería, comemos lo más barato y en exceso, porque la comida barata llena más aunque alimente menos. Eso es malo para la salud, ¿lo sabías? Pero sobre todo, siempre estamos de mal humor. ¿No te das cuenta? Nadie vive mucho así.
Si nos vamos de casa de mi madre y gastamos más, no podremos ahorrar alega Javier.
No podremos, no. Por eso me voy, Javier. Porque yo ya no quiero ahorrar más. Se acabó. A ti te gusta, a mí no.
Pero, ¿cómo vas a vivir? Javier la mira pálido.
Como pueda responde Marina. Peor que ahora, seguro que no. Voy a alquilar un piso para mí y mis hijos. Mi sueldo es igual al tuyo, me basta. Incluso tendré para ropa y comida. Pero sobre todo, no escucharé más tus sermones sobre el ahorro del agua, la luz ni el gas. Pondré la lavadora cuando quiera. Si me dejo una luz encendida, no me preocuparé. Y compraré el mejor papel higiénico. En mi mesa siempre habrá servilletas de papel. Y podré comprar lo que quiera en el supermercado sin esperar rebajas.
¡No vas a poder ahorrar nada! se escandaliza Javier.
¿Y por qué no? replica Marina. Sí que podré. De hecho, ahorraré tu pensión de alimentos para los niños. Aunque, bueno… tienes razón, no pienso ahorrar nada. No porque no pueda, sino porque no quiero. Me gastaré hasta el último euro, incluidos tus pagos. Viviré al día. Los fines de semana llevaré los niños contigo y con tu madre. ¿Ves qué ahorro? Y esos días iré al teatro, a restaurantes, a exposiciones. Y en verano iré a la playa. Aún no he decidido a qué costa, pero ya lo decidiré, una vez me libere de ti.
A Javier le tiembla todo el cuerpo. No por la suerte de Marina ni por la de los niños. No. Es miedo por sí mismo. Calcula rápidamente lo que le quedará después de pagar la manutención y de los gastos de los fines de semana con los niños. Pero lo que más le duele son las vacaciones de Marina. Para Javier, eso es tirar el dinero. Su dinero.
Y lo mejor continúa Marina, levantando la voz: el dinero ahorrado en tu cuenta, vamos a repartirlo.
¿Cómo que repartirlo? balbucea Javier.
A medias afirma Marina. Todo lo de estos quince años. Y también me lo gastaré enterito. No pienso ahorrar ni para mi vida, Javier. Yo quiero vivir ahora.
Javier mueve los labios, incapaz de articular palabra. El horror le bloquea el pensamiento.
¿Sabes cuál es mi sueño, Javier? Marina le mira fijamente. Cuando me muera no quiero que quede ni un solo euro en mi cuenta. Así sabré que he dedicado toda mi vida y mi dinero a mí misma, y me habré ido vacía pero plena.
Dos meses después, Marina y Javier se divorcian.

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MagistrUm
Valeria fregaba los platos en la cocina cuando entró Iván. Antes de eso, él apagó la luz. —Todavía hay suficiente luz y no hace falta gastar electricidad— gruñó Iván con cara de pocos amigos. —Quería poner la lavadora— respondió Valeria. —La pondrás por la noche— contestó Iván seco— Cuando la electricidad es más barata. Y no hace falta abrir tanto el grifo cuando uses el agua. Gastas demasiado, Valeria. Muchísimo. Así no puede ser. ¿De verdad no entiendes que así tiras nuestro dinero por el desagüe? Iván bajó la presión del grifo. Valeria miró a su marido con tristeza, apagó el agua, se secó las manos y se sentó a la mesa. —Iván, ¿has intentado alguna vez mirarte desde fuera?— preguntó ella. —Cada día, no hago otra cosa— respondió Iván con rabia. —¿Y qué puedes decir de ti?— insistió Valeria. —¿Como persona?— preguntó Iván. —Como marido y como padre. —Marido como marido, padre como padre— contestó Iván— Normal. Como todo el mundo. Ni mejor ni peor. ¿Por qué me acosas? —¿Quieres decir que todos los maridos y padres son como tú?— le recriminó Valeria. —¿Qué pretendes? ¿Quieres discutir?— dijo Iván. Valeria sabía que no había vuelta atrás y que tenía que seguir la conversación hasta que él, al fin, comprendiera que vivir con él era un suplicio. —¿Sabes por qué no me has dejado todavía, Iván?— preguntó ella. —¿Y por qué tendría que dejarte?— respondió Iván, esbozando una sonrisa torcida. —Al menos porque no me quieres. Ni a mí, ni a nuestros hijos— respondió Valeria. Iván quiso replicar, pero Valeria continuó. —No digas que no es verdad. No quieres a nadie. Ni vale la pena discutirlo, no hay que perder tiempo. Yo quería hablarte de otra cosa: de por qué aún no nos has dejado. —¿Y por qué?— preguntó Iván. —Por tu tacañería, Iván. Porque eres tan sumamente avaro que separarte de mí sería para ti una pérdida económica enorme. ¿Cuánto llevamos juntos? ¿Quince años? ¿En qué se han invertido todos estos años? ¿Qué hemos logrado? Al margen de casarnos y tener hijos, ¿qué hemos conseguido en estos quince años? —Aún nos queda toda la vida, Valeria— dijo Iván. —No, Iván— corrigió Valeria— No toda. Solo lo que queda. Durante todo este tiempo, Iván, nunca hemos ido de vacaciones al mar. Nunca. Ni siquiera dentro de España, ya no digo al extranjero. Siempre de vacaciones en la ciudad. Ni una vez hemos ido siquiera a recoger setas al campo. ¿Por qué? Porque es caro. —Porque ahorramos para el futuro— argumentó Iván. —¿Ahorramos? ¿O tú ahorras?— inquirió Valeria. —Es para vosotros— insistió Iván. —¿Para nosotros?— repitió Valeria, muy seria— ¿De verdad para mí y para los niños? ¿Quince años dedicados a reunir cada mes mi dinero y el tuyo en una cuenta para nosotros? —Claro. ¿Sabes cuánto tenemos ahorrado?— presumió Iván. —¿Tenemos? ¿O tienes tú? A ver…, vamos a comprobarlo. Dame dinero para comprar ropa para mí y los niños. Hace quince años que visto lo mismo con lo que me casé o la ropa que me pasa tu cuñada. Igual que los niños, siempre heredan de sus primos. ¡Y lo más importante! Voy a alquilarme por fin un piso propio, porque estoy harta de vivir en casa de tu madre. —Mi madre nos ha dado dos habitaciones— respondió Iván. No te quejes de ella. Y ¿para qué gastar en ropa para los niños si los hijos de mi hermano mayor ya crecieron y su ropa les sirve? —¿Y yo? ¿De quién heredo la ropa? ¿De tu cuñada? —¿Y para quién vas a arreglarte?— protestó Iván— Es ridículo. Eres madre de dos hijos, ya tienes treinta y cinco años. No deberías pensar en trapitos. —¿Y en qué debería pensar?— replicó Valeria. —En el sentido de la vida— respondió Iván. En cosas más importantes que ropa, piso y demás chorradas. En el desarrollo personal, en lo verdaderamente valioso. —Ya veo— ironizó Valeria— Por eso guardas todo el dinero en tu cuenta y no nos das nada. Para nuestro feliz futuro. Para que crezcamos espiritualmente. ¿Es así? —Porque no se os puede confiar nada— gritó Iván— Os lo gastaríais todo de golpe. ¿Y si pasa algo? ¿De qué viviríamos? —¿De qué viviríamos si pasa algo? Muy bueno, Iván. ¡Pero dime, cuándo vamos a empezar eso de “vivir”? ¿No ves que ya vivimos como si ese “si pasa algo” hubiera ocurrido? Iván la miraba con odio. Valeria siguió. —Hasta en el jabón, el papel higiénico y las servilletas ahorras. Te traes el jabón y la crema del trabajo. —Un euro ahorrado, un euro ganado— gruñó Iván— Todo empieza por las pequeñas cosas… —¿Al menos podrías decirme cuánto más vamos a aguantar así? ¿Diez, quince, veinte años más? ¿Cuándo vas a parar de ahorrar para que podamos vivir como personas? ¿Ahora con treinta y cinco años es demasiado pronto? ¿Quizás a los cuarenta podré tener papel higiénico bueno? Iván callaba. —Déjame adivinar— continuó Valeria— ¿Cuarenta? ¿No? ¿Cincuenta quizás? Y si gastamos antes en papel higiénico bueno y luego nos arruinamos, ¿qué? Mejor seguir esperando. ¿Sesenta? Quizás entonces podremos empezar de verdad… Iván seguía callado. —¿Y si no llegamos a los sesenta?— preguntó Valeria preocupada— Comemos fatal, porque tu tacañería no nos deja comprar bueno y encima comemos demasiado de cosas baratas que llenan pero no alimentan. ¿No te has planteado que eso es malo? Pero lo peor, Iván, es que estamos siempre de mal humor y así no se vive mucho tiempo. —Si nos vamos de casa de mi madre y comemos bien, no podremos ahorrar— señaló Iván. —Cierto— convino Valeria— Por eso me voy de ti. Estoy harta de ahorrar. No quiero seguir haciéndolo. A ti te gusta, a mí no. —¿Y cómo vas a vivir?— se escandalizó Iván. —Como sea— contestó Valeria— No peor que ahora. Alquilaré un piso para mí y para nuestros hijos. Mi sueldo es igual al tuyo. Me llegará para ropa, comida… Y lo mejor de todo, no tendré que aguantarte hablando de ahorrar luz, gas o agua. Pondré la lavadora de día, y no me angustiaré si me olvido una luz encendida. Comprar é el mejor papel higiénico y siempre habrá servilletas en mi mesa. Y me compraré lo que me apetezca sin esperar rebajas. —¡No vas a poder ahorrar nada!— gritó Iván. —¿Por qué no? Muy bien podré. Tus pensiones para los niños, eso ahorraré. Aunque… tienes razón, Iván, probablemente no ahorre nada. No porque no pueda, sino porque no quiero. Gastaré todo. Incluso tu dinero. Viviré de nómina en nómina. Y los fines de semana los niños se quedarán contigo y con tu madre. ¡Imagínate el ahorro para mí! Mientras, yo iré al teatro, al restaurante, a exposiciones… E incluso iré a la playa. Aún no he decidido adónde, pero lo haré cuando por fin me libre de ti. A Iván le dio un vuelco el corazón. No por Valeria ni por los niños, sino por él mismo. Mentalmente calculó cuánto le quedaría tras la pensión alimenticia y los gastos de los fines de semana. Pero lo peor era que Valeria gastaría dinero en viajes. En SU dinero. —No te he dicho lo mejor, Iván— continuó Valeria— El dinero de la cuenta lo vamos a dividir. —¿Dividir? ¿Cómo?— no entendía Iván. —A medias— respondió Valeria— ¿Cuánto has acumulado en quince años? Seguro que una buena suma. La voy a gastar. No voy a ahorrar para vivir, Iván. Voy a vivir ahora. Iván movía los labios sin lograr articular palabra. Estaba paralizado por el terror de lo que acababa de oír. —¿Sabes cuál es mi sueño, Iván?— concluyó Valeria— Que cuando me toque irme de este mundo, no me quede ni un euro en la cuenta. Así sabré que me lo he gastado todo disfrutando de la vida. Dos meses después, Iván y Valeria se divorciaron.