Unos conocidos se apuntaron a un viaje en nuestro coche prometiendo compartir gastos, pero al llegar dijeron: «Si ibais a venir de todos modos»

Diario personal, 23 de julio

Todo empezó siendo un sencillo plan de vacaciones de verano. Mi mujer, nuestro viejo SUV y yo, una ruta de más de mil kilómetros hasta la costa y el dulce entusiasmo de la carretera. Siempre hemos sentido debilidad por los viajes en coche: decidir el ritmo, parar donde nos apetece, desviarnos según la inspiración… Nada de horarios de tren, niños llorando en el compartimento de al lado o la incertidumbre de los vuelos retrasados.

Pero esta vez cometimos el gran error de hablar más de la cuenta.

En una cena con amigos y conocidos, entre risas y tapas, se me escapó que en un par de semanas nos marchábamos al sur, en nuestro propio coche.

¿A qué fechas os vais? saltó enseguida la pareja sentada enfrente.

Eran Iñigo y Marisa. No éramos íntimos, apenas coincidíamos de vez en cuando en reuniones de amigos.

Salimos el día quince respondí, sin pensar en las consecuencias.

¡Justo cuando nosotros! dijo Iñigo, dejando el tenedor a un lado, animadísimo. Nuestro descanso empieza el dieciséis, pensábamos ir en tren, pero no quedan billetes decentes, solo literas junto al baño ¿Podríamos ir juntos? Compartimos gasolina y así el viaje es más ameno. Somos tranquilos, lo prometemos.

Busqué con la mirada a mi mujer: su cara dejaba claro que aquello era un no rotundo. Empecé a balbucear que el coche iba lleno, que solemos parar mucho…

Bah, solo llevamos una maleta para los dos insistió Iñigo. Además, así se ahorra un montón. Ahora la gasolina es oro. Echadnos un cable, que no somos desconocidos.

Y accedimos. El argumento económico nos venció, y también la vergüenza de negarnos en la cara. Típica indecisión que acabaría pasándonos factura durante las dos siguientes semanas.

Haz el bien… y acábalo pagando

Quedamos a las cinco de la mañana delante de nuestro portal. Nosotros estábamos listos, el maletero perfectamente organizado: nuestras bolsas, agua, herramienta, mantas. Iñigo y Marisa aparecieron casi cuarenta minutos tarde.

El taxi ha tardado una barbaridad dijo Marisa, sin ni un simple perdón, arrastrando una maleta que parecía una nevera y unas cuantas bolsas de snacks.

Quedamos en llevar lo imprescindible no pude evitar decir.

Bueno, es una chica, necesita cambiarse soltó Iñigo con una sonrisa.

Tocó jugar al tetris con nuestro equipaje.

Empezó la odisea. Pronto Marisa protestó por el calor, así que pusimos el aire a tope; diez minutos más tarde, a Iñigo le helaba. Mi música no les gustaba. Y después, las interminables paradas: para el baño, café, estirar las piernas, fumar…

Mi ruta milimetrada para esquivar atascos se fue al traste. El viaje parecía el de una furgoneta de línea, no unas vacaciones planificadas.

El clímax fue en una gasolinera.

Llené el depósito: 90 euros. Volví al coche, Iñigo comía un bocadillo.

Bueno, ¿hacemos cuentas? pregunté, esperando un Bizum.

Lo vemos al final, ¿no? Así no andamos ahora con líos dijo despreocupado.

La respuesta no me gustó, pero mi mujer me susurró: No empieces, ya pagarán al llegar. Aguanté. Las autopistas de peaje también las pagué yo; ni siquiera preguntaron cuánto.

Durante el trayecto comieron sus bocadillos, dejando migas por todo el asiento. Cuando les pedí que tuvieran cuidado, se rieron:

No pasa nada, ya lo aspirarás después.

Al destino llegamos de madrugada, extenuados más por la compañía que por el viaje.

Solo íbamos con vosotros

Al día siguiente, tras dormir algo, nos encontramos en la cocina común de la pensión. Saqué mi libreta con todos los gastos apuntados.

A ver dije calmado. Gasolina, 360 euros. Peajes, 75. En total 435. La mitad, 217,50 euros de vuestra parte.

Iñigo casi se atraganta con el café, Marisa abrió los ojos como platos.

¿Doscientos…? ¿En serio? protestó ella.

Totalmente en serio respondí. Hablamos de compartir los gastos.

Iñigo dejó la taza y dijo:

Pero tú habrías ido igual. Esa gasolina la gastabas fueras o no con nosotros. Solo ocupamos espacio libre que ya tenías.

Un momento contesté. Lo acordamos antes. Hemos soportado incomodidades, fuimos al ritmo de vuestras paradas, llevamos vuestras cosas y compartimos gastos.

Exageras bufó Marisa. Si hasta nos lo pasamos bien. Si lo llegamos a saber, pillamos un BlaBlaCar más barato.

Mi mujer no pudo más:

Cualquier otro conductor os deja tirados por llorones y por las migas, de verdad.

Iñigo cortó la conversación:

Mira, podemos daros cien euros, poco más, simbólico. Lo de pagar la mitad no lo vemos. Nuestro presupuesto es justo.

Me levanté.

No hace falta el dinero. Considerad que os hemos hecho el favor. Pero la vuelta os la organizáis solos.

¿Pero qué dices? saltó Iñigo. ¡No tenemos billetes! ¡Quedamos en ir y volver juntos!

Acordamos repartir gastos. Incumplisteis. Que tengáis buen viaje de regreso.

Vacaciones por separado y regreso en paz

El resto de los diez días evitamos cruzarnos, aunque coincidíamos en el mismo pueblo. Alguna vez los vimos en la playa; ni nos miraron.

La víspera de salida, mensaje de Iñigo: Vale, no seas cabezón. Te damos 150 por el viaje de ida y vuelta. Vayamos juntos, Marisa lo pasa fatal en el bus.

No contesté.

Recogimos nuestras cosas, revisamos el coche, pusimos música y al alba partimos sin prisa, disfrutando por fin del placer del viaje: nuestra música, las paradas justas y, sobre todo, el silencio más deseado.

Por conocidos supe después que me han puesto de insolidario, que en el sur les abandoné por unos euros. Ellos tardaron horas y dinero en buses con trasbordos y ahora me ponen de mal amigo a la mínima.

Yo, en cambio, me quedo con la lección. Ahora, cuando alguien pregunta con disimulo ¿Vais al pueblo? ¿Nos lleváis?, contesto amablemente pero firme: Lo siento, viajamos mejor solos.Quizá alguien crea que exagero, que soy poco flexible, incluso tacaño. No me importa. Lo que de verdad aprendí en esta aventura no fue nada sobre dinero, sino sobre los límites invisibles que nos separan de lo que llamamos amistades casuales. Viajando con quien no encaja en tu mundo, descubres que el mayor lujo no es el aire acondicionado ni una playlist infinita, sino poder elegir tu compañía. O, mejor aún, disfrutar de la carretera y de la vida con quien comparte tu silencio y valora tus migas.

Desde entonces, cada vez que cambio de ruta o decido una parada inesperada, sonrío pensando que esas pequeñas decisiones libres son el auténtico destino. Y si alguna vez mis recuerdos me llevan a esa gasolinera y ese café incómodo al sol, sé que el mejor viaje es el que empieza y termina en paz, aunque algunos no lo entiendan.

Después de todo, hay lecciones que solo se aprenden conduciendo hacia el sur, con el depósito lleno y el asiento vacío al lado.

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MagistrUm
Unos conocidos se apuntaron a un viaje en nuestro coche prometiendo compartir gastos, pero al llegar dijeron: «Si ibais a venir de todos modos»