Unos amigos llegan con las manos vacías a una mesa puesta y yo cierro la puerta del frigorífico —Sergio, ¿estás seguro de que tres kilos de secreto ibérico van a bastar? La última vez no dejaron ni las migas del pan, rebañaron hasta la salsa. Y a Lupe le dio por pedirme tupper ‘para el perro’, pero luego subió fotos de mi asado a Instagram como si fuese obra suya. Irene retorcía nerviosa el borde del trapo, mirando el campo de batalla en el que se había convertido la cocina. Apenas son las doce de la mañana y ya lleva seis horas de pie: primero el mercado, para escoger la mejor carne fresca; luego el súper, a por bebida premium y delicatessen; después, cortar, hervir, asar, emplatar… sin parar. Sergio, su marido, lleva rato pelando patatas en el fregadero, con la montaña de peladuras creciendo igual que su mosqueo (aunque lo disimula). —Irene, ¿para qué tanto? —suspira él enjuagando otra patata—. Tres kilos de carne para cuatro invitados y nosotros dos… ¡Medio kilo por cabeza! Vais a reventar todos. Vas sobrada: hay ensaladas, jamón, caviar… No celebramos una boda, sólo el estreno de piso. Y con retraso. —No lo entiendes —niega Irene, removiendo salsa en la sartén—. Que vienen Lupe y Tomás, y Vane y Antonio. Nunca coincidimos. Se vienen desde el otro lado de Madrid. Da apuro que la mesa se vea pobretona; dirán que ahora, con piso propio, nos hemos vuelto tacaños. La hospitalidad la lleva Irene en la sangre. No soporta una mesa a medias. El menú lo planea toda la semana y ahorra de su sueldo para vinos franceses (que le gustan a Vane) y ese coñac caro favorito de Tomás. —Ya podían traer algo ellos —murmura Sergio—. Cuando fuimos al cumple de Antonio llevamos regalo, alcohol… y tú, encima, preparaste el pastel. Y ellos, ni una cerveza; y cuando fuimos de visita, solo había infusiones de marca blanca y bizcochos rancios. —No seas rencoroso, Sergio —le recrimina Irene—. Pasaban un bache, hipotecados todo el día. Ahora ya van sobrados: Tomás ha ascendido, Lupe presume de abrigo, a ver si esta vez traen aunque sea una tarta… A las cinco la casa reluce y la mesa parece la de una boda: lengua en gelatina al centro, ensaladilla con langostinos, embutidos artesanos, vodka frío en la nevera, vino y coñac preparados. El solomillo con patatas y setas burbujea en el horno. Irene, exhausta pero contenta, se planta el mejor vestido, se arregla y aguarda en el sillón el timbre de la puerta. —Estoy nerviosa —confiesa a su marido mientras él se abotona la camisa—. Primera vez en nuestro nuevo hogar. Quiero que todo salga perfecto. Dan las cinco exactas. Suenan al timbre. Puntuales. Irene corre abrir. Aparecen los cuatro, armando bullicio. Lupe con abrigo nuevo que cuesta lo que medio salón de Irene, Tomás en cazadora piel, Vane perfecta de maquillaje y Antonio ya contento. —¡Estreno de piso, por fin! —grita Lupe entrando en tromba, soltando un halo de perfume caro—. ¡Enseña la casa! Todos dejan los abrigos sobre el brazo de Sergio, que ni da abasto colgando. Irene, sonriente, mira discretamente… y ve las manos de todos: vacías. Ni una bolsa, ni tarta, ni botella, ni bombones. —¿Y… —empieza, pero se calla; qué corte preguntar. ¿Y si lo han dejado en el coche? —¡Irina, estás en los huesos! —le espeta Vane plantándole dos besos sin descalzarse—. ¿Y esa reforma? Todo blanco, paredes lisas… Parece una oficina, hija. ¿Por qué no papel pintado? —Nos gusta el minimalismo —dice Sergio mordiente—. Pasad al salón, tenemos la mesa lista. Nada más ver la mesa, a Tomás se le iluminan los ojos. —¡Vaya banquete! —frota las manos—. Sabía que veníamos a tiro hecho, desde el desayuno estamos a agua. Reservamos sitio para tu asado. Los cuatro se sientan; Irene corre a la cocina por los entrantes calientes. Por la cabeza le ronda: ¿habrán traído dinero en un sobre, por eso las manos libres? Al volver, ya remueven las ensaladas sin esperar brindis. —¡La ensaladilla, de diez! —masca Antonio—. Venga, Sergio, sirve que hay sequía. Sergio llena las copas: vodka a los chicos, vino a las chicas. —Por vuestro piso nuevo —brinda Tomás—. Que las paredes duren y los vecinos tampoco fastidien. ¡A vuestra salud! Bebe de golpe, se limpia con la manga (aunque hay servilletas de lino) y ataca el salmón sin pudor. —Oye, Irene —dice casi sin tragar—, ¿por qué está templada la vodka? Hay que meterla en el congelador. —Está recién sacada del frigorífico, cinco grados —musita Irene, notando hervir la rabia. —Sí, bueno, debería estar casi granizada. Pero cuela. ¿Y coñac? Apetece rematar. —Hay, sí. Pero mejor comemos primero. —¡Lo uno no quita lo otro! —ríe Antonio. El banquete se acelera. La comida desaparece de los platos a velocidad de vértigo mientras critican. —Esta ensaladilla, sequita —dictamina Lupe echándose el tercer platillo—. ¿Has racaneado mayonesa? —La he hecho yo, es más ligera —se excusa Irene. —Ay, deja de experimentar —dice Vane—. En el súper compras sobre y lo tiras por encima. Y la huevas, las de salmón pequeñas. Hay que coger de las gordas, las de keta. Irene cruza una mirada con Sergio; él se agarra la tenedor con los nudillos blancos. —Contadnos, ¿cómo os va? —corta Sergio—. Vane, ¿has vuelto de Dubái? —¡Una pasada! Hotel cinco estrellas, buffet, langosta a saco, champán… Me traje un bolso Vuitton de verdad, doscientos mil pagué, pero merece la pena. Tomás se quejaba, pero solo se vive una vez. —Las mujeres sois un pozo sin fondo —secunda Tomás, llenándose el coñac—. Yo me voy a pillar coche nuevo, crossover. El dinero hay que gastarlo bien, no tirarlo en reformas. —En reformas, dice… —Irene no entiende. —Las paredes son paredes —aclara Vane—. Nosotros seguimos con el papel de la abuela desde hace diez años, y cada verano: crucero, marcas de moda, restaurantes… Vosotros siempre gastando en cemento. Aburrido. —Por cierto, hablando de comer bien —interrumpe Antonio, limpiándose los labios y tirando la servilleta arrugada a la mesa—. Ayer cenamos en el “Galdós”. Eso es nivel —la cuenta, claro, salió carita, pero hay clase. No esto de andar guisando en casa. Irene, ¿para cuándo la carne? Lo otro es para el hambre… Irene recoge platos; tiembla de rabia. Estos que presumen de viajes y cenas no han traído ni planta al piso nuevo. Ni un detalle. Sale a la cocina. Lupe la sigue, entre comadreo y cotilleo. —Hija, qué mesa has puesto, aunque se nota que habéis apurado. El vino… normalito, ¿eh? De esos que sacamos de oferta en el pueblo. —Es francés, dos mil la botella —masca Irene mientras mete platos al lavavajillas. —Te timaron, sabe a vinagre. Oye, ¿me darás algo en tupper para mañana? Que con la resaca nos viene de perlas: carne, ensaladilla… Has hecho un montón y os sobra. Así no se tiene que tirar. Irene se queda paralizada, plato en alto. —¿Quieres que te prepare comida para llevar? —Claro, ¿qué hay de raro? Así ahorramos —se ríe Lupe—. Por cierto, ¿hay postre? Me apetece dulce. ¿Tienes tarta? —Habíamos quedado en que la traíais vosotros —susurra Irene. —¿Yo? ¿Cuándo he dicho eso? Estoy a dieta, no compro dulces. Creía que tú harías tu milhojas. O comprarías algo bueno. Nosotros venimos con las manos vacías porque imaginamos que ya teníais de todo. Con piso nuevo, seréis ricos. Irene deja el plato —el chinchín suena a disparo. —Entonces, venís porque pensáis que aquí ya hay de todo. Y que somos ricos. —¡Pues claro! Si os habéis comprado piso y hecho reforma, dinero habrá. Nosotros, mientras, ahorrando para Maldivas. Venga, trae la carne, que los chicos tocan la mesa con las cucharas. Irene la mira fijamente. Recuerda: el dinero prestado a Lupe, la mudanza gratis a Tomás… Toda la vida aguantando visitas sin gesto y cenas de compromiso, pero a la mínima que se invierte algo ellos brillan por su ausencia. Se acerca al horno. Lo abre y el aroma le llena la cocina: carne jugosa, con hierbas y ajos. Piensa en el pastel de frutos rojos que espera en la nevera, encargado para sorprender a todos a pesar de la conversación. Cierra el horno, apaga el gas. Se acerca al frigorífico y lo cierra con firmeza. —No hay carne —anuncia en voz alta. —¿Cómo? ¿Se quemó? —No. Simplemente, no hay. Entra al salón. Los chicos, copa en mano, debaten política, mientras Sergio luce una mueca amarga. —Irene les mira:—Estimados amigos, la fiesta ha acabado. Todos enmudecen. Tomás se queda con el chupito a medias. —¿Qué broma es esta, Irene? Ni asado, ni postre… —Lo prometí, pero he cambiado de opinión. —¿Cómo? —protesta Vane—. ¡Estamos muertos de hambre! Saca la carne. —La carne se queda en el horno. Y vosotros, a casa. O al “Galdós”. Seguro allí os dan de cenar por quince mil. —¿Estás borracha? —Antonio—. Sergio, controla a tu mujer. ¡Menudo numerito! ¡Somos vuestros invitados! Sergio se levanta, mide la sala, ve a Irene temblando de rabia y tristeza. Lo comprende todo. —Irene no está borracha. Está cansada. Venís a casa, ni un mísero detalle, os bebéis mi coñac, os burláis de su comida, criticáis el vino… y luego exigís más. —Era una broma —grita Lupe—, que se te va el carácter. Olvidamos la tarta, tampoco es para tanto. ¡Hemos venido a hacer ambiente! —¿Ambiente a nuestra costa? —sonríe Irene—. No, gracias. Me pasé la mañana guisando y gastando la mitad de mi sueldo para hacer una noche agradable. Y vosotros, ni una tableta de chocolate. Solo aprovechados, que viajan mucho pero no gastan ni para una planta. —¡Ah, ya veo! —Tomás da un portazo—. ¿Ahora echas en cara la comida? ¡Pues que te aproveche! ¡No cuentes más con nosotros! —Recoged, por favor —dice Sergio, abriendo la puerta—. Y no olvidéis los táper. Vacíos, claro. Salen de casa a voces y portazos. Lupe grita que Irene ya no es su amiga, que va a contar en el grupo lo tacaña y amarga que es. Vane se queja de noche arruinada, los hombres farfullan. Al cerrar la puerta todo queda en silencio. Irene, en mitad del salón, observa el destrozo: platos vacíos, manchones de vino, servilletas arrugadas. Sergio se le acerca y la abraza. —¿Estás bien? —Tengo las manos que me tiemblan —susurra—. ¿He sido una rancia? Igual debería haberles dado la cena y callar… Al fin y al cabo, eran invitados. —No, Irene. Has aprendido a respetarte. Estoy orgulloso. Yo les habría echado antes. Han pasado todos los límites. Irene suspira, se apoya en su marido. —¿Y la carne? —bromea Sergio—. ¿Hay de verdad, o sólo huele? Irene se ríe, por fin de verdad. —Hay carne, Sergio. Y tarta. Como para una boda. Se sientan entre los restos de platos ajenos, apartándolos. Irene saca la bandeja, el pastel frío y vierte para ambos el “vinagre” que era en realidad un Burdeos fabuloso. —Por nosotros —brinda Sergio—, y porque en esta casa sólo entren quienes vengan con el corazón abierto, no con la cuchara vacía. Disfrutan de la mejor cena de su vida. Una hora después, Irene recibe un mensaje de Lupe: “¡Menuda borde estás hecha! Aquí estamos en el McDonald’s, tragando hamburguesas por tu culpa. ¡Podías disculparte!”. Irene sonríe, pulsa “Bloquear”. Hace lo mismo con los demás. Ahora hay cuatro contactos menos en su móvil, pero mucho más aire en su vida. Y el frigorífico lleno, sólo para quienes lo merecen. Porque la amistad, en España también, es una calle de doble carril. Y a veces, para mantener la dignidad, basta con cerrar la puerta del frigorífico.

Los amigos llegaron con las manos vacías a una mesa digna de boda y yo cerré la puerta de la nevera.

¿Miguel, tú de verdad crees que con tres kilos de secreto ibérico será suficiente? pregunté, lanzando una mirada dramática. La última vez se zamparon hasta las migas, rebañando con pan el último resto de salsa. Y la Gloria incluso pidió un tupper, para el perro, y luego subió a su Instagram fotos de mi asado como si lo hubiera cocinado ella.

Clara retorcía con nerviosismo la esquina del paño de cocina, echando un ojo al campo de batalla, porque ya ni cocina se podía llamar a aquello. Eran solo las doce, pero desde las seis de la mañana andaba de pie: primero mercado, para escoger la carne más fresca, luego supermercado en busca de ese Rioja reserva que le encantaba a Paco y de delicatessen, y después cortar, hervir, asar… total, que la comida allí no llegaba del aire.

Miguel, su marido, pelaba patatas en el fregadero con resignación. La montaña de cáscaras crecía al ritmo de su paciencia, cada vez más justita.

Clara, ¿dónde van con más? suspiró, enjuagando otra patata. Tres kilos para cuatro invitados más nosotros… ¡Medio kilo por cabeza! Salís rodando. Encima has puesto de todo: jamón, ibéricos, ensaladas… ¿Qué es esto, una boda gitana? Es un simple estreno de piso, anda que…

No lo entiendes le atajó Clara, removiendo el espeso sofrito en la sartén. Es que son la Bea y Paco, y Lucía con Álvaro. Nuestros amigos de siempre. Vienen desde otro barrio, hace siglos que no nos vemos. Como llegue la mesa pobre, seguro que dicen que nos hemos creído, que hemos comprado piso y ahora ni compartir un chorizo.

La hospitalidad le venía a Clara de abuela salmantina: aquella buena mujer capaz de sacar un cocido de codillo y alimentar y a la guardia civil entera. Para Clara, mesa pobre era insulto personal. Si venían invitados, banquete había. Si se celebraba, que reventasen las mesas. Llevaba días elaborando menú, cazando recetas, aparcando euros de la nómina para ese brandy caro que tanto chiflaba a Paco, y esa botella de albariño francés que prefería Bea.

Mejor que traigan algo ellos, ¿no? gruñó Miguel. Cuando fue el cumple de Álvaro, llevamos regalo, botella decente de whisky, e hiciste tú misma la tarta… ¿Y ellos? El té en bolsitas y rosquillas rancios. Ni un zumito, oye.

No seas rácano, Miguel Clara le echó una mirada de esas que quitan el hipo. Entonces ellos estaban achuchados, con la hipoteca, la obra… Ahora les va bien: Paco ascendió, Lucía se compró un abrigo de piel (¡y vaya si lo enseñaba!). Seguro que traen algo: una fruta, una tartita… Yo les dije que el postre lo pusieran ellos, a ver si caía la indirecta.

A eso de las cinco, el piso relucía y la mesa parecía el escaparate del Club del Gourmet de El Corte Inglés. En el centro, una fuente de lengua en salsa; alrededor, un desfile de ensaladilla (con gambas, nada de mortadela de marca blanca), bacalao con pimientos, montaditos de lomo y jamón de bellota. En el horno, el secreto ibérico se hacía con patatas al estilo manchego y setas. En la nevera, bien fresquita, una botella de ron Matusalén, el brandy caro (con etiqueta que daba vértigo) y tres botellas de albariño.

Clara, agotada pero orgullosa, se puso su mejor vestido, se retocó las pestañas y se sentó como una señora, esperando el timbre.

Estoy de los nervios, Miguel murmuró, viendo cómo él se abrochaba una camisa limpia. Es la primera vez que abrimos la puerta de la casa nueva. Quiero que todo salga de revista.

El timbre sonó justo a las cinco. La puntualidad, hija predilecta del WhatsApp.

La puerta se abrió ante un grupo tan ruidoso como una verbena. Bea lucía su flamante abrigo de visón, con pinta de haber costado lo que la mitad del baño de Clara; Paco en cuero, Lucía con maquillaje digno de carnaval, y Álvaro, ya medio contento él de natural.

¡Olé, qué piso! chilló Bea, soltando un chorro de perfume empalagoso. ¡A enseñar las habitaciones!

Se fueron quitando abrigos y echando todo sobre los brazos de Miguel, que parecía un perchero humano. Clara vigilaba, con sonrisa de recibo, pero sus ojos analizaban las manos de los invitados.

Manos vacías. Ni bolsa con tarta, ni botella, ni frutero, ni chuchería. Vamos, ni un euro en una tarjeta.

¿Dónde…? empezó Clara, cortándose rápido. Preguntar era perder la dignidad. Igual lo habían dejado en el ascensor, o traían algún regalo minúsculo en el bolsillo, ¿no?

¡Chica, cómo has adelgazado! le chilló Lucía, dándole dos besos sin quitarse los zapatos. Se metió al pasillo sin pedir permiso. El piso, bueno… tirando a minimalista. ¿Papel pintable? Eso es de oficina, Clara. Mejor habrías puesto estuco.

Nos gusta lo sencillo Miguel respondió seco. Pasaos al salón, la mesa está puesta.

Tocaron salón y la primera vista les sacó brillo a los ojos de Paco.

¡Esto sí que es recibimiento! frotándose las manos. Mira que tienes arte, tía. Yo vengo en ayunas desde las once, reservando hueco pa tu asado famoso.

Todos se sentaron y Clara corrió a por unas cazuelitas de champiñones. Por su cabeza pasaba un único pensamiento: Quizá han traído pasta en un sobre; por eso, manos vacías….

Al volver, encontró a los invitados ya clavando el tenedor en las ensaladillas, ni brindis ni gaitas.

Ufff, qué buena la ensaladilla masculló Álvaro. Miguel, ¡sirve algo! Que me muero de sed.

Miguel llenó vasos de albariño a las chicas y ron a los chicos.

¡Por vuestro nuevo piso! brindó Paco. Que viváis aquí sin goteras y que los vecinos sean mudos. ¡A vivir!

De un trago, Paco apuró el vaso, se limpió el mostacho con la manga (pese a las servilletas de lino) y atacó el bacalao.

Oye Clara dijo con la boca llena, ¿cómo es que el ron está del tiempo? Eso se mete al congelador, ¿no?

Está fresco de la nevera, Paco, a cinco grados, como está escrito.

Eso será en los bares… El ron en España, frío de verdad. Bueno, ya me arreglaré. ¿Brandy tienes? Apetece después.

Claro, pero quizá primero comemos, ¿no?

Una cosa no quita la otra rió Álvaro.

El banquete cogió velocidad. La comida desaparecía a velocidad de retransmisión deportiva. Y entre plato y plato, llegaban las quejas.

La ensaladilla está sequita informó Bea, que ya se servía el tercer plato. ¿Has racaneado la mayonesa?

La he hecho casera, sale más ligera.

Pues ni tanto rollo con lo casero zanjó Lucía. Un bote del súper y a volar. Más rico y menos trabajo. Y el jamón no es pata negra, ¿no? El de bellota brilla más. Para la próxima ya sabes.

Clara se cruzó la mirada con Miguel, que exprimía el tenedor como si quisiera doblarlo.

Bueno, contadme ¿qué tal va todo? intentó cambiar la corriente Miguel. Bea, ¿estuviste en Dubai?

¡Creí morir! Bea puso los ojos en blanco. Hotel cinco estrellas todo incluido, langostas, cava a manta. Me compré un bolso de Louis Vuitton, original. Me salió por dos mil euros. Paco protestó, pero le dije: ¡Solo se vive una vez!.

Sí, gastar gastan bien asintió Paco, ya sirviéndose brandy sin preguntar. Yo me estoy mirando un coche nuevo, un crossover. Tenemos dinero ahorrado, no tenemos que andar liados en tonterías del hogar.

¿Tonterías? repitió Clara.

Sí, ya me entiendes, cambiar azulejos y tal. Nosotros llevamos diez años con el gotelé de la abuela y mira, tan felices. Así ahorramos para viajes, ropa de marca, salir a restaurantes. Vosotros, que si parquet y muebles suecos… vaya vida aburrida.

Hablando de restaurantes… interrumpió Álvaro, limpiándose los labios con una servilleta y dejándola en la mesa (total, para eso están), ayer cenamos en La Trainera. Cocina de otro planeta. La cuenta, cuatrocientos euros, pero compensa. No es lo mismo que esto de comer en casa. Oye, Clara, ¿el plato fuerte para cuándo? Que de tanto verde ya me aburro, quiero chicha.

Clara recogió los platos, temblándole por dentro hasta el alma. Esa gente hablaba de bolsos de dos mil euros y cenas de cuatrocientos, pero venían a tu casa y no traían ni una maceta del bazar, ni un polvorón.

Royendo su orgullo, se fue a la cocina. Detrás vino Bea, en plan ayuda, pero con intención de cotilleo.

Clara, hija, lo tuyo tiene mérito susurró pegada al marco. La mesa, estupenda… pero se nota el recorte. El vino, meh, justito. Yo eso lo pongo para la barbacoa en el pueblo. Podrías estirarte más con los amigos.

Bea, es vino francés, me costó veinte euros la botella dijo Clara, apilando platos.

¡Qué ingenua eres! Vaya timo. Sabe a vinagre. Oye, ¿puedes preparar algo para llevar luego? Mañana tengo resaca y paso de cocinar. Un poco de carne, ensalada que lo vas a tirar igualmente, y así ahorras tú el disgusto.

Clara se quedó petrificada con un plato en la mano. Se giró lentamente.

¿Me estás pidiendo que te prepare un tupper para llevar?

Sí, hija, lo hacemos siempre. Hay que apretarse el cinturón. Por cierto, ¿postre habrá? Me apetece dulce. ¿Tienes tarta?

Dijiste que lo traías tú, que yo no hiciera postre.

¿Yo? ¡Qué dices! Si estoy a dieta, ¿cómo iba a comprarlo? Pensé que harías tu famoso milhojas. O que tendrías algo decente. Hemos venido con las manos vacías porque, vamos, vosotros ahora que ya sois propietarios…

Clara apoyó el plato de vuelta en la mesa. El golpe sonó a sentencia.

Así que pensabais que aquí hay de todo.

¡Pues claro! Para algo pagáis la hipoteca y habéis hecho obra. Los que andamos ajustados somos nosotros, que este año igual ni playa. Venga, saca la carne, que los chicos están atacando el pan.

Clara miró fijamente a Bea, mientras le desfilaban por la memoria todas las veces que les había hecho favores, prestado dinero que luego devolvía en plazos eternos (sin gracias), las mudanzas en las que Miguel acabó sudando gratis, las cenas donde solo ellos montaban el banquete y los amigos que sólo llamaban para comer o pedían tupper si sobraba.

Fue al horno, abrió la puerta. El aroma del secreto asado llenó la cocina. El plato le costó medio día en la cocina y una pasta gansa.

Miró la nevera: dentro, la enorme tarta de merengue y frutos rojos que había encargado en la pastelería más fina, por más de cincuenta euros, para sorpresa de todos.

Cerró el horno. Apagó el fuego. Se fue a la nevera y la cerró de un portazo.

No habrá carne dijo con voz clara.

¿Perdona? Bea parpadeó. ¿Que se ha quemado?

No, está perfecta. Pero no habrá.

Clara se plantó en el salón. Los chicos rellenaban vasos y discutían de la última moción de censura. Miguel tenía cara de mártir.

Queridos invitados anunció, y la voz temblaba como cuerda de guitarra. El banquete ha terminado.

Todos se callaron, mirándola como si hubiese soltado un chiste malo. Paco casi se atraganta con el brandy.

¿Clara, pero qué dices? Si ni hemos probado la carne. Nos prometiste asado

Lo prometí. Pero se acabó.

¿Pero esto qué es? protestó Lucía. Estamos muertos de hambre, tía. Queremos carne.

La carne se queda en el horno. Y vosotros os vais, por favor. O si queréis, a La Trainera, allí por cuatrocientos euros os ponen hasta velas. Aquí no.

¿Te has vuelto loca? Álvaro casi se atraganta. Miguel, pon orden. Que somos invitados, por Dios.

Miguel se levantó despacio, mirando primero a su mujer, luego a los amigos. Clara estaba temblando de pura rabia.

Clara no está loca, ni borracha dijo con aplomo. Está cansada. Habéis venido a comer y beber gratis, sin traer ni un tomate, criticando cada cosa, menospreciando nuestro esfuerzo. ¿Y ahora exigís carne?

Era broma gritó Bea. Solo que se nos olvidó la tarta, ¡no pasa nada! Pero hemos venido a haceros compañía, a animaros.

A costa nuestra dijo Clara con sorna. Bueno, ya está bien. Me he pasado la mañana cocinando, he gastado la mitad de mi salario para haceros sentir bien, y lo único que recibo es cara de dame más. Sois unos caraduras, gente que viaja a Dubai pero no se rasca el bolsillo para traer ni un mísero bombón.

¡Así que ahora a echarnos cosas en cara! Paco se levantó de un salto, derribando la silla. ¡Anda y que te den! ¡Vámonos, que aquí no se come ni se cena!

Recoged, por favor Miguel abrió la puerta. No olvidéis vuestros tuppers vacíos.

Entre protestas, los cuatro salieron dando portazos y gritos. Bea chillaba que Clara era una histérica y que no la quería ver ni en pintura. Lucía se quejaba del fastidio de noche. Los chicos, soltando improperios.

Cuando se cerró la puerta tras el último, la paz llenó la casa. Clara se quedó en el centro del salón mirando la mesa asaltada: platos sucios, manchas de vino, servilletas arrugadas.

Miguel fue hacia ella y la abrazó.

¿Estás bien? susurró.

Me tiembla todo admitió ella. ¿He sido muy rancia, Miguel? ¿Debí callar la boca y darles de cenar? Al fin y al cabo, eran invitados

No has sido rancia. Has aprendido a enseñarte respeto. Estoy orgullosísimo de ti. Yo los hubiera largado antes si no te hubieras adelantado. Límite superado, mujer.

Clara sonrió, más aliviada.

¿Y el asado? dijo Miguel, guiñando el ojo. ¿Sigue ahí dentro? El olor me mata.

Clara soltó una carcajada que le limpió el alma.

Sigue, claro. Y la tarta también. Un tartón de frambuesas.

Se sentaron ante la mesa, apartaron los platos sucios a un lado y sacaron la bandeja del asado, humeante, dorado y crujiente. Clara trajo la tarta y llenó dos copas del vinagre francés, que resultó ser un gran borgoña.

Por nosotros dijo Miguel, chocando la copa. Y por esos amigos que vienen con buena cara, aunque sea con una barra de pan, y no solo con la cuchara lista.

Cenaron en medio del desastre, sin rastro de estrés, saboreando la mejor cena de sus vidas.

Una hora después, el móvil de Clara vibró. Mensaje de Bea: ¡Menuda borde estás hecha! Aquí estamos en el McDonalds, tragándonos hamburguesas por tu culpa. Podrías disculparte un poco, ¿no?.

Clara resopló una risa y apretó Bloquear. Lo mismo hizo después con Lucía, Paco y Álvaro.

El listado de contactos bajó en cuatro pero la casa se llenó de oxígeno. Y el frigorífico seguía repleto de cosas deliciosas para Miguel y para ella, tal vez para toda la semana. Ni una miga para quienes no la merecen.

Esto nos enseña que la amistad es una carretera de doble sentido, y que a veces lo más noble que se puede abrir en casa es la puerta de la nevera y cerrarla a tiempo.

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MagistrUm
Unos amigos llegan con las manos vacías a una mesa puesta y yo cierro la puerta del frigorífico —Sergio, ¿estás seguro de que tres kilos de secreto ibérico van a bastar? La última vez no dejaron ni las migas del pan, rebañaron hasta la salsa. Y a Lupe le dio por pedirme tupper ‘para el perro’, pero luego subió fotos de mi asado a Instagram como si fuese obra suya. Irene retorcía nerviosa el borde del trapo, mirando el campo de batalla en el que se había convertido la cocina. Apenas son las doce de la mañana y ya lleva seis horas de pie: primero el mercado, para escoger la mejor carne fresca; luego el súper, a por bebida premium y delicatessen; después, cortar, hervir, asar, emplatar… sin parar. Sergio, su marido, lleva rato pelando patatas en el fregadero, con la montaña de peladuras creciendo igual que su mosqueo (aunque lo disimula). —Irene, ¿para qué tanto? —suspira él enjuagando otra patata—. Tres kilos de carne para cuatro invitados y nosotros dos… ¡Medio kilo por cabeza! Vais a reventar todos. Vas sobrada: hay ensaladas, jamón, caviar… No celebramos una boda, sólo el estreno de piso. Y con retraso. —No lo entiendes —niega Irene, removiendo salsa en la sartén—. Que vienen Lupe y Tomás, y Vane y Antonio. Nunca coincidimos. Se vienen desde el otro lado de Madrid. Da apuro que la mesa se vea pobretona; dirán que ahora, con piso propio, nos hemos vuelto tacaños. La hospitalidad la lleva Irene en la sangre. No soporta una mesa a medias. El menú lo planea toda la semana y ahorra de su sueldo para vinos franceses (que le gustan a Vane) y ese coñac caro favorito de Tomás. —Ya podían traer algo ellos —murmura Sergio—. Cuando fuimos al cumple de Antonio llevamos regalo, alcohol… y tú, encima, preparaste el pastel. Y ellos, ni una cerveza; y cuando fuimos de visita, solo había infusiones de marca blanca y bizcochos rancios. —No seas rencoroso, Sergio —le recrimina Irene—. Pasaban un bache, hipotecados todo el día. Ahora ya van sobrados: Tomás ha ascendido, Lupe presume de abrigo, a ver si esta vez traen aunque sea una tarta… A las cinco la casa reluce y la mesa parece la de una boda: lengua en gelatina al centro, ensaladilla con langostinos, embutidos artesanos, vodka frío en la nevera, vino y coñac preparados. El solomillo con patatas y setas burbujea en el horno. Irene, exhausta pero contenta, se planta el mejor vestido, se arregla y aguarda en el sillón el timbre de la puerta. —Estoy nerviosa —confiesa a su marido mientras él se abotona la camisa—. Primera vez en nuestro nuevo hogar. Quiero que todo salga perfecto. Dan las cinco exactas. Suenan al timbre. Puntuales. Irene corre abrir. Aparecen los cuatro, armando bullicio. Lupe con abrigo nuevo que cuesta lo que medio salón de Irene, Tomás en cazadora piel, Vane perfecta de maquillaje y Antonio ya contento. —¡Estreno de piso, por fin! —grita Lupe entrando en tromba, soltando un halo de perfume caro—. ¡Enseña la casa! Todos dejan los abrigos sobre el brazo de Sergio, que ni da abasto colgando. Irene, sonriente, mira discretamente… y ve las manos de todos: vacías. Ni una bolsa, ni tarta, ni botella, ni bombones. —¿Y… —empieza, pero se calla; qué corte preguntar. ¿Y si lo han dejado en el coche? —¡Irina, estás en los huesos! —le espeta Vane plantándole dos besos sin descalzarse—. ¿Y esa reforma? Todo blanco, paredes lisas… Parece una oficina, hija. ¿Por qué no papel pintado? —Nos gusta el minimalismo —dice Sergio mordiente—. Pasad al salón, tenemos la mesa lista. Nada más ver la mesa, a Tomás se le iluminan los ojos. —¡Vaya banquete! —frota las manos—. Sabía que veníamos a tiro hecho, desde el desayuno estamos a agua. Reservamos sitio para tu asado. Los cuatro se sientan; Irene corre a la cocina por los entrantes calientes. Por la cabeza le ronda: ¿habrán traído dinero en un sobre, por eso las manos libres? Al volver, ya remueven las ensaladas sin esperar brindis. —¡La ensaladilla, de diez! —masca Antonio—. Venga, Sergio, sirve que hay sequía. Sergio llena las copas: vodka a los chicos, vino a las chicas. —Por vuestro piso nuevo —brinda Tomás—. Que las paredes duren y los vecinos tampoco fastidien. ¡A vuestra salud! Bebe de golpe, se limpia con la manga (aunque hay servilletas de lino) y ataca el salmón sin pudor. —Oye, Irene —dice casi sin tragar—, ¿por qué está templada la vodka? Hay que meterla en el congelador. —Está recién sacada del frigorífico, cinco grados —musita Irene, notando hervir la rabia. —Sí, bueno, debería estar casi granizada. Pero cuela. ¿Y coñac? Apetece rematar. —Hay, sí. Pero mejor comemos primero. —¡Lo uno no quita lo otro! —ríe Antonio. El banquete se acelera. La comida desaparece de los platos a velocidad de vértigo mientras critican. —Esta ensaladilla, sequita —dictamina Lupe echándose el tercer platillo—. ¿Has racaneado mayonesa? —La he hecho yo, es más ligera —se excusa Irene. —Ay, deja de experimentar —dice Vane—. En el súper compras sobre y lo tiras por encima. Y la huevas, las de salmón pequeñas. Hay que coger de las gordas, las de keta. Irene cruza una mirada con Sergio; él se agarra la tenedor con los nudillos blancos. —Contadnos, ¿cómo os va? —corta Sergio—. Vane, ¿has vuelto de Dubái? —¡Una pasada! Hotel cinco estrellas, buffet, langosta a saco, champán… Me traje un bolso Vuitton de verdad, doscientos mil pagué, pero merece la pena. Tomás se quejaba, pero solo se vive una vez. —Las mujeres sois un pozo sin fondo —secunda Tomás, llenándose el coñac—. Yo me voy a pillar coche nuevo, crossover. El dinero hay que gastarlo bien, no tirarlo en reformas. —En reformas, dice… —Irene no entiende. —Las paredes son paredes —aclara Vane—. Nosotros seguimos con el papel de la abuela desde hace diez años, y cada verano: crucero, marcas de moda, restaurantes… Vosotros siempre gastando en cemento. Aburrido. —Por cierto, hablando de comer bien —interrumpe Antonio, limpiándose los labios y tirando la servilleta arrugada a la mesa—. Ayer cenamos en el “Galdós”. Eso es nivel —la cuenta, claro, salió carita, pero hay clase. No esto de andar guisando en casa. Irene, ¿para cuándo la carne? Lo otro es para el hambre… Irene recoge platos; tiembla de rabia. Estos que presumen de viajes y cenas no han traído ni planta al piso nuevo. Ni un detalle. Sale a la cocina. Lupe la sigue, entre comadreo y cotilleo. —Hija, qué mesa has puesto, aunque se nota que habéis apurado. El vino… normalito, ¿eh? De esos que sacamos de oferta en el pueblo. —Es francés, dos mil la botella —masca Irene mientras mete platos al lavavajillas. —Te timaron, sabe a vinagre. Oye, ¿me darás algo en tupper para mañana? Que con la resaca nos viene de perlas: carne, ensaladilla… Has hecho un montón y os sobra. Así no se tiene que tirar. Irene se queda paralizada, plato en alto. —¿Quieres que te prepare comida para llevar? —Claro, ¿qué hay de raro? Así ahorramos —se ríe Lupe—. Por cierto, ¿hay postre? Me apetece dulce. ¿Tienes tarta? —Habíamos quedado en que la traíais vosotros —susurra Irene. —¿Yo? ¿Cuándo he dicho eso? Estoy a dieta, no compro dulces. Creía que tú harías tu milhojas. O comprarías algo bueno. Nosotros venimos con las manos vacías porque imaginamos que ya teníais de todo. Con piso nuevo, seréis ricos. Irene deja el plato —el chinchín suena a disparo. —Entonces, venís porque pensáis que aquí ya hay de todo. Y que somos ricos. —¡Pues claro! Si os habéis comprado piso y hecho reforma, dinero habrá. Nosotros, mientras, ahorrando para Maldivas. Venga, trae la carne, que los chicos tocan la mesa con las cucharas. Irene la mira fijamente. Recuerda: el dinero prestado a Lupe, la mudanza gratis a Tomás… Toda la vida aguantando visitas sin gesto y cenas de compromiso, pero a la mínima que se invierte algo ellos brillan por su ausencia. Se acerca al horno. Lo abre y el aroma le llena la cocina: carne jugosa, con hierbas y ajos. Piensa en el pastel de frutos rojos que espera en la nevera, encargado para sorprender a todos a pesar de la conversación. Cierra el horno, apaga el gas. Se acerca al frigorífico y lo cierra con firmeza. —No hay carne —anuncia en voz alta. —¿Cómo? ¿Se quemó? —No. Simplemente, no hay. Entra al salón. Los chicos, copa en mano, debaten política, mientras Sergio luce una mueca amarga. —Irene les mira:—Estimados amigos, la fiesta ha acabado. Todos enmudecen. Tomás se queda con el chupito a medias. —¿Qué broma es esta, Irene? Ni asado, ni postre… —Lo prometí, pero he cambiado de opinión. —¿Cómo? —protesta Vane—. ¡Estamos muertos de hambre! Saca la carne. —La carne se queda en el horno. Y vosotros, a casa. O al “Galdós”. Seguro allí os dan de cenar por quince mil. —¿Estás borracha? —Antonio—. Sergio, controla a tu mujer. ¡Menudo numerito! ¡Somos vuestros invitados! Sergio se levanta, mide la sala, ve a Irene temblando de rabia y tristeza. Lo comprende todo. —Irene no está borracha. Está cansada. Venís a casa, ni un mísero detalle, os bebéis mi coñac, os burláis de su comida, criticáis el vino… y luego exigís más. —Era una broma —grita Lupe—, que se te va el carácter. Olvidamos la tarta, tampoco es para tanto. ¡Hemos venido a hacer ambiente! —¿Ambiente a nuestra costa? —sonríe Irene—. No, gracias. Me pasé la mañana guisando y gastando la mitad de mi sueldo para hacer una noche agradable. Y vosotros, ni una tableta de chocolate. Solo aprovechados, que viajan mucho pero no gastan ni para una planta. —¡Ah, ya veo! —Tomás da un portazo—. ¿Ahora echas en cara la comida? ¡Pues que te aproveche! ¡No cuentes más con nosotros! —Recoged, por favor —dice Sergio, abriendo la puerta—. Y no olvidéis los táper. Vacíos, claro. Salen de casa a voces y portazos. Lupe grita que Irene ya no es su amiga, que va a contar en el grupo lo tacaña y amarga que es. Vane se queja de noche arruinada, los hombres farfullan. Al cerrar la puerta todo queda en silencio. Irene, en mitad del salón, observa el destrozo: platos vacíos, manchones de vino, servilletas arrugadas. Sergio se le acerca y la abraza. —¿Estás bien? —Tengo las manos que me tiemblan —susurra—. ¿He sido una rancia? Igual debería haberles dado la cena y callar… Al fin y al cabo, eran invitados. —No, Irene. Has aprendido a respetarte. Estoy orgulloso. Yo les habría echado antes. Han pasado todos los límites. Irene suspira, se apoya en su marido. —¿Y la carne? —bromea Sergio—. ¿Hay de verdad, o sólo huele? Irene se ríe, por fin de verdad. —Hay carne, Sergio. Y tarta. Como para una boda. Se sientan entre los restos de platos ajenos, apartándolos. Irene saca la bandeja, el pastel frío y vierte para ambos el “vinagre” que era en realidad un Burdeos fabuloso. —Por nosotros —brinda Sergio—, y porque en esta casa sólo entren quienes vengan con el corazón abierto, no con la cuchara vacía. Disfrutan de la mejor cena de su vida. Una hora después, Irene recibe un mensaje de Lupe: “¡Menuda borde estás hecha! Aquí estamos en el McDonald’s, tragando hamburguesas por tu culpa. ¡Podías disculparte!”. Irene sonríe, pulsa “Bloquear”. Hace lo mismo con los demás. Ahora hay cuatro contactos menos en su móvil, pero mucho más aire en su vida. Y el frigorífico lleno, sólo para quienes lo merecen. Porque la amistad, en España también, es una calle de doble carril. Y a veces, para mantener la dignidad, basta con cerrar la puerta del frigorífico.