Unión sin amor

Matrimonio sin Amor

Alejandro se casó con Ana para vengarse de su verdadero amor. Quería demostrarle que su traición no lo había destruido. Con Isabel habían estado juntos casi tres años. Su pasión por ella lo enloquecía: hubiera entregado el mundo entero con tal de verla sonreír. Alejandro soñaba con la boda, pero Isabel lo frenaba: «¿Para qué apresurarnos? Aún no termino la carrera, y tu negocio va a duritas penas. Ni coche decente ni casa. ¿Vivir con tu hermana en un piso? Ni hablar, no pienso compartir cocina con Lucía, aunque sea mi amiga».

Sus palabras lo hirieron, pero Alejandro reconocía la verdad. Él y su hermana vivían en el piso de sus padres en Zaragoza, y el negocio familiar, heredado tras su muerte, apenas daba para subsistir. Dejó la universidad para salvarlo. Junto a Lucía, decidieron vender la casa de campo —el negocio era lo primero—. En seis meses, las deudas crecieron: ambos eran estudiantes, él en quinto año, ella en segundo. El dinero de la venta cubrió deudas, compró mercancía y dejó un pequeño colchón. Pero Isabel vivía el presente; sus padres le aseguraban una vida sin preocupaciones, mientras Alejandro, convertido en cabeza de familia, pensaba en el futuro. Creía que, con tiempo, tendrían casa y coche.

El golpe llegó sin aviso. Alejandro esperaba a Isabel frente al cine, como habían acordado por teléfono. Le insistió en que no la recogiera, algo extraño, pues odiaba el autobús. La vio llegar en un todoterreno de lujo. «Perdona, terminamos. Me caso», soltó, empujándole un libro antes de desaparecer en el coche. Alejandro se quedó paralizado. ¿Cómo había cambiado todo en dos días de viaje?

Lucía lo entendió al verlo: «¿Ya lo sabes?». Asintió. «Se buscó un ricachón. Boda el veintiocho. Me invitó de testigo, me negué. ¡Una zorra! Llevaba meses engañándote», gritó, llorando de rabia. «Tranquila», la abrazó él. «Que tenga todo lo que quiera. Nosotros tendremos algo mejor».

Se encerró un día entero. Lucía llamó: «Come algo, hice tortitas». Al anochecer, salió con los ojos encendidos: «Prepárate». «¿Qué planeas?». «Me caso con la primera que acepte». Ella intentó razonar: «¡No puedes arruinar vidas así!». Pero él fue inflexible: «Si no vienes, voy solo».

El parque estaba lleno. Una chica se rió de su propuesta, otra huyó, pero una tercera, al mirarlo, dijo: «Sí». «¿Cómo te llamas, preciosa?». «Ana», respondió. Alejandro los arrastró a un bar a celebrar el «compromiso». El silencio pesaba. Lucía callaba; él ardía en deseos de venganza. Quería casarse el mismo día que Isabel.

«¿Hay una razón tras esto?», preguntó Ana en voz baja. «Si es un impulso, me voy sin rencor». «No. Dijiste que sí. Mañana vamos al registro y a ver a tus padres», cortó él, guiñándole un ojo: «Hablámonos de tú».

En un mes, se vieron diariamente. «¿Por qué lo hiciste?», preguntó Ana una vez. «Secretos», evadió él. «¿Y tú?». «Me imaginé como una princesa casada con un desconocido. En los cuentos, eso acaba bien. Quise comprobarlo».

La realidad era más dura. Ana había sufrido un amor que le destrozó el corazón y perdió sus ahorros. Aprendió a desconfiar de aduladores. No buscaba al «indicado», pero admiraba a los hombres decididos. En Alejandro vio fortaleza. De no haber ido con su hermana, habría pasado de largo.

«¿Qué princesa eres? ¿La Bella Durmiente o Elena de Troya?», bromeó él. «Bésame y lo sabrás», respondió Ana. Pero no hubo besos. Alejandro organizó todo, incluso eligió su vestido: «Serás la más guapa».

En el registro, se toparon con Isabel y su novio. Alejandro forzó una sonrisa: «Enhorabuena», besó su mejilla. «Sé feliz con tu magnate». «No montes un número», replicó ella. Al ver a Ana —elegante, altiva—, Isabel sintió que perdía. La envidia la corroía, como si hubiera apostado mal.

«Todo está bien», mintió Alejandro. «Aún puedes echarte atrás», susurró Ana. «No, esto termina», afirmó él. Pero al ver sus ojos tristes, sintió el dolor causado. «Te haré feliz», prometió, creyéndolo.

Comenzó la vida en común. Lucía y Ana se hicieron inseparables. La temperamental Lucía aprendió a contenerse; Ana, con talento para los números, puso orden en el negocio. En un año, abrieron una segunda tienda y luego equipos de reformas. Los beneficios se triplicaron. Ana, como una maga, presentaba ideas que Alejandro creía suyas. Todo era perfecto, pero él añoraba el fuego de su pasado. «No la amo», pensaba.

Ana impulsó el negocio: empezaron a construir casas. La primera fue la suya. Cuanto más crecían, más recordaba Alejandro a Isabel: «¿Qué pensaría al ver mi coche, mi mansión?». La duda lo carcomía. Ana notaba su distanciamiento. Intentó ganarse su amor, pero el corazón no se fuerza. «Los cuentos no siempre se cumplen», pensó, pero no se rindió.

Lucía también lo vio. «Perderás más de lo que ganas», le espetó al sorprenderlo viendo fotos de Isabel. «¡Cállate!», rugió él. «¡Eres idiota! Ana te quiere de verdad, ¿y tú juegas?». La obsesión lo consumió. Le escribió a Isabel.

Ella se quejó: su marido la echó, dejó los estudios, no tenía trabajo y vivía en una habitación alquilada en Albacete. Dudó: ¿ir o no? Ana viajó a cuidar a una tía enferma, y la tentación fue insoportable. Quedaron.

Voló a Albacete, emocionado, imaginando el reencuentro. Pero la realidad lo golpeó. «¡Cariño!», se abalanzó Isabel, oliendo a sudor y perfume barato. Llevaba una falda corta y maquillaje vulgar. «¡Qué vergüenza!», se apartó él. «¡Me da igual!», rió, bebiendo cerveza. «Préstame dinero, te lo agradeceré», guiñó. Buscó una excusa para irse. «Tengo trabajo». «¿Nos veremos?», gimió ella. «No». Pagó y le dejó dinero.

En el coche, se maldijo: «¡Lucía tenía razón!». Pero algo lo reconfortó: «Nunca he llamado “Ani” a mi mujer. Ella es mi vida». Frenó, recordando su matrimonio: los ojos verdes de Ana, su sonrisa, sus dedos acariciándole el pelo. «Le prometí felicidad».

Giró el coche y corrió hacia la casa de la tía. «Una semana sin ti es demasiado. No aguanté dos días», dijo cuando Ana salió. «Loco», sonrió ella entre lágrimas. «Ani, amor mío», susurró él, y sus corazones latieron al unísono.

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